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lunes, 3 de septiembre de 2012

DEMOCRACIA Y CAPITALISMO SEGÚN EL PROGRESISMO ARGENTINO: NOTAS A UN ARTÍCULO DE ATILIO BORÓN (I)


Atilio Borón es un politólogo y sociólogo argentino. Doctor en Ciencia Política (Universidad de Harvard). Profesor en la UBA, de la que fue vicerrector. Secretario Ejecutivo de CLACSO (1997-2006). Borón es un exponente típico del académico progresista en Argentina. Su obra Tras el búho de Minerva: Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica y CLACSO, 2000) es una compilación de sus trabajos sobre la problemática enunciada en el título. Uno de ellos es el artículo “Los nuevos leviatanes y la polis democrática” (pp. 103-132). En esta serie de notas haremos un análisis de dicho artículo. Todas las citas que figuran a continuación (salvo indicación en contrario) corresponden a la edición original de la obra.

Borón puede ser considerado como un representante emblemático de lo que podríamos caracterizar como el ala izquierda del progresismo argentino. El examen crítico de su obra permite conocer los alcances y las limitaciones del progresismo. Hay que tener en cuenta que, a diferencia de los representantes corrientes del arco progresista, Borón se autodefine dentro del pensamiento marxista.

El progresismo se define a partir de la negación del carácter antagónico de la relación entre empresarios y trabajadores y de la lucha de clases. El capitalismo no es concebido como una organización social basada en la explotación de los trabajadores, sino como un sistema eficiente de producción, en el cual es posible distinguir entre formas justas y formas injustas. Las dos primeras son aquellas en las que predomina el capital industrial, las segundas están definidas por el predominio del capital financiero, de la banca. A diferencia de los viejos reformistas, que tenían como horizonte al socialismo y que pensaban que el capitalismo podía ser suprimido paulatinamente mediante reformas, los modernos progresistas consideran que el capitalismo es el mejor de los mundos posibles y que la transformación pasa por fortalecer al “capitalismo industrial”, en detrimento del capitalismo basado en la “valorización financiera”.

Así las cosas, la democracia constituye el terreno ideal para que los progresistas desplieguen su arsenal, pues negadas la explotación capitalista y la lucha de clases, las conquistas obtenidas por vía electoral parecen ser el camino propicio para la instauración de un capitalismo “bien organizado”.

En este contexto, el artículo de Borón es de utilidad para comprender la forma en que el progresismo encara la cuestión del capitalismo y de la democracia. Escrito antes del colapso del neoliberalismo en Argentina, prefigura los rasgos principales que asumió el progresismo en la primera década del siglo XXI. Los intelectuales progresistas que adhirieron al kirchnerismo pueden encontrar en este texto muchas de las ideas con las que justificaron dicha adhesión. Puesto que Borón no integra las filas de la intelectualidad kirchnerista, puede observarse como los progresistas kirchneristas abrevaron en una fuente más amplia, que es la del progresismo en general, tal como se fue conformando esta corriente de pensamiento a partir de la dictadura militar de 1976.

La tesis que articula el texto es sencilla: el neoliberalismo, basado en la hegemonía del mercado sobre la política, es incompatible con la democracia. En sus palabras,

“la emergencia de un pequeño conglomerado de gigantescas empresas transnacionales, los «nuevos leviatanes», cuya escala planetaria y extraordinaria gravitación económica, social e ideológica la constituye en actores sociales de primerísimo orden y causantes de un ominoso desequilibrio en el ámbito de las débiles instituciones y prácticas democráticas de las sociedades capitalistas.” (p. 103).

Para ser más precisos, Borón plantea la existencia de una incompatibilidad radical entre globalización y democracia. La crisis del neoliberalismo en América Latina y la emergencia de nuevas formas de estructurar la acumulación capitalista mostraron que la globalización iba más allá del neoliberalismo.

La globalización, entendida como “la generalización planetaria del modo capitalista de extraer excedente, o sea, la relación capital-trabajo” (Rolando Astarita, Valor, mercado-mundial y globalización, Buenos Aires, Kaicron, p. 208), permanece vigente, está vivita y coleando. De hecho, la aceptación acrítica y la naturalización de la relación capital-trabajo es la marca de fábrica del progresismo de comienzos del siglo XXI. Nada de esto aparece en el texto de Borón. Las críticas a la valorización financiera por los intelectuales progresistas de principios del siglo XXI están en la línea del pensamiento de Borón en las postrimerías del neoliberalismo en Argentina. Sólo a partir de una radical abstracción del momento de la producción capitalista es posible sostener que la tarea del momento es dejar el “anarcocapitalismo”.

Borón es terminante acerca del futuro de la relación neoliberalismo-democracia: “No existen muchas experiencias históricas que demuestren que un régimen democrático puede sostenerse indefinidamente en condiciones de hundimiento de los sectores populares, de creciente pauperización de los sectores medios y de niveles de desocupación y de exclusión social (…) como los que hay prevalecen en la Argentina y varios otros países de América Latina. En el mejor de los casos pueden subsistir las formalidades y los rituales externos de la vida democrática (…) pero privadas de todo significado y sustancia.” (p. 129). O sea que la hegemonía neoliberal era enemiga de la democracia. La década del ’90, que fue una década neoliberal, debería haber estado marcada, entonces, por la emergencia de dictaduras en América Latina. Nada de esto sucedió.

Alberto Bonnet, en su libro La hegemonía menemista: El neoconservadurismo en Argentina, 1989-2001 (Buenos Aires, Biblos, 2008), hizo una prolija revisión de las predicciones erróneas de Borón, que abarcan mucho más que el artículo que estamos analizando. Bonnet pone en relación dichos pronósticos (p. 45-48) con las limitaciones de la concepción de Borón acerca de la relación entre democracia y capitalismo.

El quid de la cuestión radica en la forma en que Borón define tanto al capitalismo como a la democracia. En este punto hay que tener en cuenta dos cosas fundamentales: cuando Borón se refiere al capitalismo se concentra en el nivel del intercambio (el mercado) y deja de lado el nivel de la producción; cuando habla de democracia, la concibe como una abstracción, que puede ser independiente de las formas que asumen las relaciones de producción en una sociedad dada. Así, Borón independiza a la democracia del capitalismo. De hecho, su tesis sobre la incompatibilidad entre neoliberalismo y democracia se apoya en la idea de que la democracia es independiente del capitalismo.

Lo anterior queda claro en la manera en que Borón plantea el problema: “¿cómo reconciliar este auge de los mercados con la preservación de la democracia?” (p. 104).

En la nota siguiente efectuaremos un análisis de las concepciones de democracia y capitalismo según Borón.

Buenos Aires, lunes 3 de septiembre de 2012

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