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miércoles, 1 de agosto de 2012

FICHA DE LECTURA: NORBERTO BOBBIO, LIBERALISMO Y DEMOCRACIA (1985)


Liberalismo y democracia es una obra del politólogo italiano Norberto Bobbio (1909-2004). Fue publicada originalmente en 1985 en idioma italiano (Milán, Franco Angeli Libri). El libro fue traducido al español por José F. Fernández Santillán y editado en 1989 por el Fondo de Cultura Económica en su colección Breviarios. Para redactar esta ficha de lectura se utilizó la 6° reimpresión de la 1° edición española (México D. F., Fondo de Cultura Económica, 2000). Todas las citas del texto corresponden a dicha edición.

El libro está dedicado a presentar las relaciones entre liberalismo y democracia (p. 7). No es preciso señalar la importancia del tema, sobre todo en una época en que las derrotas del movimiento obrero han generado la convicción de que el socialismo es un albur. Ahora bien, el tratamiento de la temática en la obra es abstracto, porque Bobbio deja constantemente de lado al capitalismo, que es la forma de organización social en que se desarrollan tanto el liberalismo como la democracia. Al hacer esto, vacía de contenido a la política, reduciendo las luchas políticas a meras confrontaciones de ideas. 

La concepción de Bobbio acerca del proceso histórico, expresada en la siguiente cita, permite caracterizar la abstracción mencionada en el párrafo anterior:

“…el curso histórico camina de un estado inicial de servidumbre a estados sucesivos de conquista de espacios de libertad por parte de los sujetos, mediante un proceso de liberación gradual…” (p 15).

De este modo, las Revoluciones Burguesas, que marcaron el pasaje del poder político desde la nobleza hacia la burguesía, son vistas como parte de un proceso secular de conquista de la libertad. Ni una palabra sobra sobre el contenido social de esa libertad. Es por ello que termina cayendo en un fetichismo de la política, esto es, separando el ámbito de la sociedad política del resto de la sociedad y omitiendo el carácter político de las relaciones de producción. Bobbio no va más allá de algunas referencias a los aspectos estrictamente políticos de las Revoluciones Inglesa (p. 55-56) y Francesa. En la obra los aspectos fundamentales del capitalismo suelen son tratados al nivel de la anécdota.

Para entender el sentido de nuestra crítica general al planteo de Bobbio hay que precisar algunas cuestiones. El capitalismo presenta dos características que redefinieron radicalmente el ámbito de lo político: a) los trabajadores sufren una “doble liberación”: son despojados de los medios de producción, pero también son emancipados de toda forma de dependencia personal (esclavitud, servidumbre); b) la dominación social del empresario capitalista se basa en su control del proceso de trabajo, gracias a la propiedad privada de los instrumentos de producción. La conjunción de ambas características hizo que la coerción económica (el sometimiento de las personas a la lógica del capital por medio de la presión de la economía – el que no gana dinero no come -) se convirtiera en la principal herramienta de dominación de la clase capitalista. Dicho de otro modo, el empresario consigue que todos los días los trabajadores concurran a sus lugares de trabajo a ser explotados, sin necesidad del látigo o la pistola en la cabeza. Como consecuencia, cambia el rol y la naturaleza del Estado en relación a las sociedades precapitalistas. Surge la escisión entre la sociedad política (el Estado) y la sociedad burguesa, porque la segunda cuenta con mecanismos para garantizar el ejercicio de la dominación sobre la clase trabajadora y, en principio, sólo debe recurrir a la coerción extraeconómica (la violencia física) del Estado cuando los sectores populares rechazan las reglas de juego imperantes.

Si se dejan de lado las cuestiones enunciadas en el párrafo anterior, el liberalismo y la democracia moderna se convierten en fenómenos unilaterales, que pierden conexión con la vida cotidiana de la mayoría de la población de las sociedades capitalistas. Las limitaciones señaladas hacen que Bobbio se encierre en la historia de las ideas entendida del modo unilateral que ya hemos mencionado. Además, el tratamiento de la historia de las ideas por Bobbio es muy recortado, a punto tal que en toda la obra apenas se dedica muy poco espacio al pensamiento socialista sobre la democracia. Bobbio, a quien no puede negarse inteligencia, dice a la pasada algunas cosas importantes, pero carece de una visión adecuada para enmarcar al liberalismo y a la democracia.

Bobbio caracteriza al liberalismo como una determinada concepción del Estado (p. 7), la cual postula la necesidad de limitar las funciones y poderes estatales (p. 7, 17 y ss., 99). Es una consecuencia del desarrollo del individualismo (cap. II); el autor apunta con razón que “sin individualismo no hay liberalismo” (p. 16). Por supuesto, Bobbio no conecta el surgimiento del individualismo con la paulatina expansión de la economía mercantil (productores privados que producen para el mercado); el individualismo es, según nuestro autor, una consecuencia del proceso histórico que va de la “servidumbre” a la “libertad”, y en el plano de las ideas tiene su correlato en el abandono del organicismo y la adopción del contractualismo como explicación de la sociedad y el Estado. 

El individualismo es concebido, por tanto, como el resultado de la confrontación entre servidumbre y libertad, entendidos como principios generales desgajados de las condiciones sociales que les dan sustento. En el mundo real, el individualismo se desarrolló a partir de la generalización de la producción mercantil en los siglos XVI y XVII; al producir para el mercado como productores privados recíprocamente indiferentes, los individuos pasaron a verse a sí mismos como el centro del universo, y la comunidad pasó a ser algo secundario. El contractualismo expresó en el campo de la filosofía política la ideología de la burguesía, la clase de propietarios privados que progresivamente iba transformando el dinero en capital, y que dependía del plusvalor extraído a los trabajadores en el proceso de producción. Su poder social emanaba de la propiedad del capital, y no de la sangre o de dios. El iusnaturalismo servía a sus necesidades políticas porque iba dirigido contra los fundamentos del poder tradicional. Como era de esperarse, Bobbio omite toda mención a estos procesos.

A diferencia de las clases dominantes de las sociedades precapitalistas, la burguesía no basa su dominio exclusivamente en el control del Estado. Su poder social reside en la propiedad privada de los medios de producción, y su interés principal pasa porque esa propiedad sea vista como asunto privado y no como una cuestión política. La burguesía es la primera clase dominante de la historia que promovió la separación entre lo público y lo privado. Este es el contexto para entender el desarrollo del liberalismo. Nuevamente, nuestro autor evita referirse a estas cuestiones.

A continuación de su definición de liberalismo, Bobbio dedica los capítulos III y IV a esbozar los límites que el liberalismo pretende imponer al Estado y al concepto de libertad propio del liberalismo. Es significativo el concepto de libertad negativa (p. 41), pues concibe a la libertad separada de todas las condiciones materiales que hacen posible su ejercicio, y la entiende únicamente como libertad individual (la clase obrera no es libre de dejar de trabajar para los capitalistas). En este punto se percibe con claridad el papel del individualismo como base filosófica del liberalismo. 

En el capítulo V el autor valora positivamente el individualismo. El antagonismo aquí mentado no es otra cosa que la competencia entre propietarios privados (hay que recordar que es a través de la competencia que se aplica la ley del valor en el capitalismo); por su parte, la exaltación de la variedad ensalzada por el autor alude a que se consideran valiosas las diferencias de clase. Todo ello cobijado bajo la noción de “libertad individual”. (p. 29).

Bobbio define a la democracia como una forma de gobierno, en la que el poder reside en la mayoría (p. 7). Para profundizar en la definición utiliza el conocido debate de principios del siglo XIX sobre la libertad de los antiguos y la de los modernos (capítulos I y VI). A pesar de mantenerse en la abstracción (sería fecundo retomar la tradición aristotélica sobre las formas de gobierno – donde se privilegia el contenido de clase de las formas de gobierno por sobre el número de personas que ejercer el gobierno -), Bobbio da en la tecla en el siguiente pasaje: 

“Si por democracia moderna se entiende la democracia representativa, y si a la democracia representativa es inherente a la desvinculación del representante de la nación del individuo representado y de sus intereses particulares, la democracia moderna presupone la atomización de la nación y su recomposición en un nivel más alto y restringido, como lo es la asamblea parlamentaria. Pero este proceso de atomización es el mismo proceso del que nació la concepción del Estado liberal, cuyo fundamento debe buscarse, como se ha dicho, en la afirmación de los derechos naturales e inviolables del individuo.” (p. 38).

La base económica del proceso de atomización está dada por la separación del productor directo de los medios de producción (piénsese en la ruptura de los vínculos con la tierra, por ejemplo). La clase dominante se recompone (en el sentido de intereses generales) en el Parlamento, en el Estado. Los trabajadores deben superar la atomización política y económica.

El autor se mueve siempre dentro de los límites del individualismo burgués, que propone un tratamiento unilateral del individuo (sólo es considerado en tanto individuo poseedor). Esto es especialmente visible en la manera en que aborda la cuestión de la relación entre democracia e igualdad (capítulo VII, pero también el VIII). Bobbio llega a afirmar que “la libertad e igualdad son valores antitéticos” (p. 41). Nuestro autor puede llegar a esa conclusión porque tiene como punto de partida al individuo burgués (el propietario privado), quien constituye la culminación del desarrollo de la humanidad. Individuo y comunidad son antitéticos, pues el individuo sólo puede desarrollarse plenamente en el plano privado.

Luego de ocuparse de definir los conceptos de liberalismo y democracia, Bobbio se ocupa en el resto del libro de describir a grandes rasgos la evolución de ambas corrientes de pensamiento entre los siglos XIX y XX (aunque su atención se concentra, sobre todo, en el siglo XIX). El capítulo IX (El individualismo y el organicismo) sirve de engarce entre las dos partes de la obra. En dicho capítulo, plantea que la democracia y el liberalismo tienen en común el individualismo: 

“…el liberalismo y la democracia (…) tienen un punto de partida en común: el individuo; los dos reposan en una concepción individualista de la sociedad.” (p. 49).

Así, casi sin querer, el autor revela el límite infranqueable de la democracia moderna: el respeto al individuo burgués, que no es otra cosa que el respeto a la propiedad privada que constituye a ese individuo.

En los capítulos X-XIII Bobbio tomas las figuras de Tocqueville (1805-1859) y Stuart Mill (1806-1873) para describir, respectivamente, las trayectorias del liberalismo y de la democracia. Cabe insistir en que es llamativa la ausencia de referencias a la lucha del movimiento obrero y de los socialistas por la democracia. Sólo en el capítulo XV trabaja la relación entre socialismo y democracia. Marca la existencia de una antítesis completa entre liberalismo y socialismo (p. 88) y plantea claramente las raíces de la diferencia entre ambos: 

“La manzana de discordia es la libertad económica que presupone la defensa a ultranza de la propiedad privada. Por cuantas definiciones se puedan dar del socialismo del siglo pasado (…), por lo menos hay un criterio constante y determinante para distinguir una doctrina socialista de todas las demás: la crítica de la propiedad privada como fuente principal de «desigualdad entre los hombres» (…) y su eliminación total o parcial como proyecto de la sociedad futura. La mayor parte de los escritores socialistas y de los movimientos que se inspiraron en ellos han identificado el liberalismo, con razón o sin ella – mas ciertamente en el plano histórico con razón – con la defensa de la libertad económica y por consiguiente de la propiedad individual como única garantía de la libertad económica, entendida a su vez como presupuesto necesario para el desarrollo real de todas las demás libertades. Bajo una concepción clasista de la historia, que el movimiento socialista heredó de la historiografía burguesa, según la cual el principal sujeto histórico son las clases y el desarrollo histórico se produce con el paso del dominio de una clase al de otra.” (p. 89).

Bobbio afirma que entre democracia y socialismo existió una relación de complementariedad:

“…desde su origen la relación entre el socialismo y la democracia más bien fue de complementariedad (…) Para reforzar el nexo de compatibilidad, más aún de complementariedad, entre el socialismo y la democracia, se sostuvieron dos tesis: ante todo, el proceso de democratización habría inevitablemente producido o por lo menos habría favorecido el advenimiento de una sociedad socialista, basada en la transformación del instituto de la propiedad y en la colectivización al menos de los principales medios de producción; en segundo lugar, sólo la llegada de la sociedad socialista habría reforzado y ampliado la participación política y por tanto hecho posible la realización plena de la democracia (…) Con base en estas dos tesis, la indisolubilidad entre la democracia y el socialismo fue demostrada, por parte de las principales corrientes del socialismo, como condición necesaria para el advenimiento de la sociedad socialista; por parte de las corrientes democráticas, como condición del desarrollo de la misma democracia.” (p. 90-91). 

Según nuestro autor, fueron las experiencias totalitarias del siglo XX las que aproximaron la democracia al liberalismo.

En el capítulo XVI, y a partir del examen de Anarquía, Estado y utopía (1984), de Robert Nozick (1938-2002), hace un análisis perspicaz del neoliberalismo:

“En cuanto a la determinación de los derechos individuales que el Estado debe proteger, la teoría de Nozick está genéricamente basada en algunos principios del derecho privado, según la cual el individuo tiene el derecho de poseer lo que ha adquirido justamente (o principio de justicia en la adquisición) y lo que ha adquirido justamente del propietario anterior (principio de justicia en la transferencia). Cualquiera otra tarea que el Estado asuma es injusta porque interfiere indebidamente en la vida y en la libertad de los individuos. (…) La doctrina de Nozick plantea más problemas que los que resuelve: está basada completamente en la aceptación de la doctrina jurídica de los títulos de adquisición originaria y derivada de la propiedad, de la que el autor no da la más mínima explicación.” (p. 102).

En el capítulo XVII expone la tesis de Samuel P. Huntington (1927-2008) acerca de la democracia, expuesta en el trabajo colectivo La crisis de la democracia. Informe sobre la gobernabilidad de la democracia a la Comisión Trilateral (1975). Hay que recordar que Huntington, teórico político al servicio del Departamento de Estado, elaboró en su obra una justificación de los golpes de Estado que asolaron América Latina durante la década de 1970. Bobbio enuncia aquí los límites de las democracias modernas: 

“Todas las democracias reales, no la ideal de Rousseau, nacieron limitadas, en el sentido ya aclarado de que las decisiones que toman las mayorías no pueden afectar las materias que se refieren a los derechos de libertad llamados precisamente «inviolables». Y esto sucedió desde el inicio. (…) Una vez más, el contraste entre el liberalismo y la democracia se resuelve en la aceptación por parte de la doctrina liberal de la democracia como método o como conjunto de reglas del juego, pero al mismo tiempo en el establecimiento de límites dentro de los cuales pueden ser usadas estas reglas.” (p. 107-108).

Por supuesto, Bobbio tiende a oscurecer que esos derechos “inviolables”  se resumen en el derecho de propiedad, núcleo en torno al cual se estructura el poder en la sociedad capitalista. Aunque los académicos, los políticos y los periodistas prefieran hablar de otras cosas más atractivas.

Buenos Aires, miércoles 1 de agosto de 2012

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