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viernes, 23 de marzo de 2012

24 DE MARZO

En vísperas de un nuevo aniversario del golpe militar de 1976 vuelven a reiterarse los lugares comunes sobre esta fecha. En algunos casos no está mal, pues para calificar la hijoputez de los valerosos militares argentinos, héroes de la picana, el submarino y el secuestro de bebés, los adjetivos se agotan pronto y abundan las repeticiones. Sin embargo, hay otras reiteraciones que terminan por banalizar el significado político de la fecha, al transformar en liturgia aquello que es parte de nuestra vida cotidiana desde los días del golpe militar. 

Es conveniente empezar diciendo, de una vez por todas, que la dictadura obtuvo un triunfo político rotundo en los objetivos políticos que se propuso, y que la relación de fuerzas sociales que cristalizó mediante el uso concentrado de la violencia (secuestros, torturas y asesinatos) permanece inalterada en nuestros días. En otras palabras, el proyecto político de la dictadura sigue victorioso, por más que sus ejecutores se hallen absolutamente desprestigiados y sometidos a la acción de los tribunales.

La dictadura militar o, mejor dicho, la clase dominante argentina (cosa que suele olvidarse en muchas de las celebraciones de estos días) se propuso destruir las bases de la capacidad de resistencia de los trabajadores y los sectores populares. Desde que el capitalismo existe, los empresarios producen en función de su tasa de ganancia. La organización de los trabajadores, independientemente de que ésta sea de carácter reformista o revolucionario, es uno de los factores que afecta dicha tasa de ganancia. Traducido al criollo, la organización de los trabajadores jode al capital, porque impide desarrollar plenamente su marca de nacimiento, que es la búsqueda de ganancias siempre crecientes. 

En Argentina, la irrupción de los trabajadores en el centro de la escena política con el peronismo (1945), tuvo como una de sus consecuencias la expansión de los sindicatos y el desarrollo de formas de poder obrero al interior de la fábrica (comisiones internas y delegados). Los sindicatos peronistas no discutían el dominio del capital, pero se mostraban fuertes al momento de discutir las condiciones de venta de los trabajadores en el mercado (la magnitud de los salarios, condiciones laborales, accidentes de trabajo, seguridad social, etc.). Esto ponía en entredicho la capacidad del capital para dictar las condiciones del proceso de producción en particular, y del proceso económico en general.

En la medida en que imperó el modelo de sustitución de importaciones (centrado en un proceso de industrialización basado en el reemplazo de productos importados por bienes producidos en el país), fue posible conciliar relativamente los intereses del capital y de los sindicatos peronistas, pues ambos tenían interés en el mercado interno. Sin embargo, en las fases recesivas de ese modelo, cuando el ritmo de crecimiento industrial se detenía o desaceleraba, los empresarios volvían a cargar sobre los "privilegios" de los sindicatos, pues los percibían como un obstáculo para el desenvolvimiento de las políticas de reestructuración necesarias para salir de la crisis. En este sentido, la tan mentada comunidad de intereses entre capital y trabajo fue una más una especie de guerra fría que una relación armónica.

La situación descripta en el párrafo anterior se agravó durante la dictadura del general Onganía (1966-1970), pues el intento de reestructurar la economía en favor del capital más concentrado dejó sin aire a los sindicatos peronistas, quienes entre 1966-1969 se vieron desplazados de las mesas de negociación. En este marco, y a partir del Cordobazo (1969), rebelión obrera-estudiantil que mostró las potencialidades políticas de los sectores populares, hizo eclosión una corriente de militantes obreros que rechazaba la conciliación con el capital y que ponía en el centro de su acción la lucha de clases entre obreros y empresarios. Además, la aparición de organizaciones guerrilleras fue visualizada por todas las fracciones de la clase dominante como un peligro para la dominación política del capital. En otras palabras, en el período comprendido entre 1969-1976, la clase dominante se sintió jaqueada por la presencia simultánea del peronismo (que, más allá de las políticas de su conductor, simbolizaba la irrupción de la clase obrera en la política argentina), el "clasismo" de muchos militantes obreros y las organizaciones político- militares de los sectores populares. 

A partir de 1969 la clase dominante experimentó una crisis de hegemonía, cuya expresión más significativa fue la incapacidad relativa de dicha clase para establecer los límites del debate político. La organización de los trabajadores y demás sectores populares (insisto, más allá del carácter reformista o revolucionario de dicha organización) ponía un límite bien concreto a cualquier intento de reestructuración capitalista (dirigida, por supuesto, a aumentar la tasa de ganancia). El fracaso del Rodrigazo (1975), un intento brutal por imponer las condiciones del capital a los trabajadores, mostró a las claras el enorme poder de resistencia de la clase trabajadora argentina. Ricardo Balbín, el principal dirigente del radicalismo de esa época, expresó con claridad el problema al hacer referencia a la necesidad de enfrentar a la "guerrilla fabril".

Los militares dieron el golpe con el objetivo primordial de aplastar las distintas formas de organización de los trabajadores. Éste fue el mandato que recibieron del conjunto de la clase dominante (incluyendo aquí a los sectores industriales). Es fundamental enfatizar esta cuestión. Si bien la política económica de la dictadura terminó favoreciendo a ciertas fracciones de la clase dominante, fue el conjunto de ésta la que proporcionó el aliento a la "gesta heroica" de los militares. Para los capitalistas argentinos, concentrados o pymes, nacionales o extranjeros, la organización de los trabajadores era un problema que había que resolver. Y los militares resolvieron el problema con un éxito contundente.

La clase obrera salió de la dictadura debilitada en número y en capacidad de organización; la tercerización, el empleo "en negro" y la desocupación se volvieron características estructurales a partir de 1976. Los sindicatos perdieron poder de negociación y terminaron convirtiéndose en una especie de departamento de recursos humanos de las empresas, cuando no en empresarios exitosos. Todo esto se tradujo en una fenomenal debilidad política. A partir de 1983, con la reinstauración del régimen democrático de gobierno, el capitalismo se volvió el límite de toda propuesta política. La dominación de los empresarios fue aceptada como un fenómeno natural. El socialismo pasó a ser concebido como una "utopía" inofensiva defendida solamente por los "alienígenas" de la izquierda. En este sentido, el éxito de los militares puede mensurarse a partir de lo estrecho de los límites del debate político, que no puede cuestionar de ningún modo la dominación del capital, ni siquiera en un sentido reformista (por ejemplo, plantear la necesidad de mejorar los ingresos del conjunto de los trabajadores, y no sólo los de las capas "privilegiadas"; eliminar la precarización de la relación laboral, etc.). Hoy en día, los trabajadores ni siquiera pueden decidir las condiciones en que viajan a los lugares en que son explotados. Tal vez esto último sirva para entender cabalmente los alcances del éxito de la dictadura.

La crisis terminal experimentada en 2001 por el modelo de acumulación vigente a partir de 1976 pareció marcar un corte con los legados de la dictadura. No obstante ello, y sin entrar a discutir los aspectos del nuevo modelo de acumulación que comenzó a cristalizar a partir de la devaluación de 2002, es preciso hacer notar que la desarticulación de las formas de organización de los trabajadores (insisto, ya sea reformistas o revolucionarias) ha persistido como la herencia más significativa de la dictadura. El debate actual acerca de la necesidad de una mayor intervención estatal en la economía tiene por trasfondo la aceptación de que el capitalismo es la única forma racional (y natural) de organizar el proceso productivo. La frase de Cristina Fernández acerca de la necesidad de superar "el anarcocapitalismo" resume con precisión la derrota de los trabajadores, pues expresa que la única alternativa posible al capitalismo es...el capitalismo.

La dictadura sigue, pues, formando parte de la vida cotidiana. Toda vez que un trabajador es despedido a los dos meses y 29 días de trabajo, para no tener que efectivizarlo, reaparece en toda su dimensión la "revancha clasista" llevada adelante por los militares. La lucha contra la dictadura, que es una lucha actual y no una liturgia, es la lucha por la superación de la fragmentación y por la organización de la clase trabajadora y los sectores populares.

Buenos Aires, viernes 23 de marzo de 2012

1 comentario:

Sergio de la UNSAM dijo...

Hola Ariel: No en vano pasó la dictadura porque a 36 años del golpe militar, el impacto de la mutación política provocada por
la represión salvaje en la consciencia del pueblo argentino aun sigue perdurando. Juan Aleman, entonces Secretario de Hacienda, declaraba alegremente haber contribuido a que en el sector industrial haya 500.000 obreros menos, dejar un millón de desocupados, fomentar el cuentapropismo y el bajo grado de sindicalización. Este fue el supremo objetivo de la dictadura: destruir a la clase obrera y modificar la estructura económica argentina.