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jueves, 24 de noviembre de 2011

RESEÑA: BASUALDO, VICTORIA. (2010). "LOS DELEGADOS Y LAS COMISIONES INTERNAS EN LA HISTORIA ARGENTINA: 1943-2007". (1)

El artículo de Victoria Basualdo (2), "Los delegados y las comisiones internas en la historia argentina: 1943-2007" tiene un origen académico, pues es producto de la tesis doctoral de la autora, titulada "Labor and structural change: Shop-Floor organization and militancy in Argentina industrial factories, 1943-1983". Esta tesis fue defendida ante el Departamento de Historia de Columbia University (New York) en diciembre de 2009. La tesis mencionada sirvió de base a la autora para redactar el artículo que reseñamos en esta oportunidad.

Basualdo aborda en este largo artículo un tema de importancia fundamental tanto para la construcción de una política obrera autónoma como para la formulación de una teoría del poder y en la sociedad capitalista.

El capitalismo se caracteriza, en tanto forma particular de organización social, por el hecho de que los trabajadores son libres de toda forma de dependencia personal (es decir, que no son esclavos ni siervos en términos jurídicos). Es por ello que en nuestra sociedad los trabajadores van a trabajar forzados por la coerción impersonal pero inexorable de la necesidad económica (sin dinero en el bolsillo no se puede adquirir ninguna de las mercancías necesarias para vivir). En otras palabras, el trabajador asalariado es libre desde el punto de vista del derecho, pero se encuentra encadenado por las leyes de la producción capitalista. Esto determina que la estructura política de la sociedad capitalista sea radicalmente diferente a la de las formas sociales que la precedieron. Así, el capitalismo se caracteriza por una división entre el ámbito político, en el que todos los ciudadanos son iguales, y el ámbito de la sociedad civil, en el que impera la desigualdad originada en la propiedad privada de los medios de producción.

Lo expuesto en el párrafo precedente permite comprender por qué la clase capitalista puede permitir la existencia de formas democráticas en el plano de la sociedad política. En efecto, para la burguesía el régimen democrático de gobierno funciona como una formidable herramienta mistificadora, pues permite ocultar el hecho crucial de que en el lugar de trabajo reina la dictadura del capital.

Si el esquema presentado en el párrafo anterior es correcto, se comprende que la burguesía tenga un profundo interés en evitar la organización de los trabajadores en dicho lugar de trabajo, pues ésta pone en cuestión la dictadura que ejerce todos los días del año, estableciendo qué se produce, cómo se produce y en qué cantidad. En el plano de la teoría, este interés de la burguesía se refleja en los intentos reiterados de negar carácter político a las relaciones entre capital y trabajo, relegándolas a la condición de relaciones entre individuos o, dicho de otro modo, a un asunto privado, que carece de significación política general.

La existencia de formas de autoorganización de los trabajadores en el proceso de productivo pone en cuestión el núcleo duro de la dominación capitalista, esto es, la dictadura del capital en el proceso de trabajo, basada a su vez en la propiedad privada de los medios de producción. Desde esta perspectiva, las asambleas de base, los delegados y las comisiones internas constituyen fenómenos subversivos, pues ponen en cuestión la dictadura del capital.

Basualdo aborda, pues, una problemática central para entender la naturaleza de las relaciones entre capital y trabajo. Estas relaciones son muchas cosas, menos un vínculo armonioso entre dos actores que colaboran para el logro de la "grandeza del país". En estos tiempos en los que los principales dirigentes de la fuerza política gobernante en Argentina se cansan de proclamar la armonía entre empresarios y trabajadores, no hay nada mejor que volver a poner las patas en la fuente, recordando lo que ocurre en el mundo real del taller, el campo, la oficina, el comercio, etc. En este sentido, la revisión de la historia de la organización obrera en el lugar del trabajo es de suma importancia, porque muestra qué ocurre cuando los trabajadores avanzan sobre las prerrogativas de los empresarios.

Basualdo sostiene que “uno de los rasgos más destacados y particulares de la estructura sindical argentina es el alto grado de penetración que alcanzó en los establecimientos laborales a través de la instauración de instancias de representación directa de los trabajadores. Teniendo en cuenta la multiplicidad de funciones de los representantes en el lugar de trabajo desde el régimen peronista en adelante, su amplia difusión puede ser vista como uno de los logros más importantes del movimiento obrero argentino después de 1945. La existencia de estas instancias de representación directa otorgó a la estructura sindical argentina un carácter original y pionero respecto a la de la mayoría de los países latinoamericanos los cuales, o bien no habían podido aún obtener esta conquista o bien nunca podrían conquistarla.” (p 81-82).

La autora afirma que los estudios sobre la historia del movimiento obrero argentino se han concentrado, por lo general, en la conformación de un sistema sindical centralizado y con elevadas tasas de sindicalización de los trabajadores (por lo menos hasta el golpe militar de 1976). Esta historiografía tiende a ubicar en los sindicatos el poder de la clase trabajadora en el período que se extendió desde 1945 hasta 1976. La contrapartida de esta forma de hacer la historia del movimiento obrero es el abandono relativo en que han quedado las instancias de representación directa de los trabajadores al nivel del taller y la fábrica (3). El propósito de Basualdo es “destacar la importancia de su análisis [de los delegados, los cuerpos de delegados y las comisiones internas] para una comprensión cabal de la historia de la clase trabajadora en las distintas etapas históricas, y sus potencialidades para poner en perspectiva la situación actual e iluminar posibles vías de construcción futura.” (p. 82).

Basualdo define a los delegados como “los representantes de los trabajadores en los distintos establecimientos laborales con diez o más trabajadores. (…) En términos generales, los trabajadores deben, para ser candidatos a delegados, estar afiliados a la organización sindical legalmente reconocida (con personería gremial) correspondiente a su rama de actividad, presentarse a elecciones convocadas por el sindicato y acreditar una determinada antigüedad en el establecimiento en cuestión. Actualmente, los delegados son elegidos por la totalidad de los trabajadores por voto simple y directo, aunque en otros períodos históricos el sindicato parece haber tenido más peso e influencia en esta elección.” (p. 83). El cuerpo de delegados “es un órgano colegiado que comprende a la totalidad de los delegados de un establecimiento laboral.” (p. 83). Por último, la comisión interna es “un cuerpo colegiado compuesto por un número reducido de delegados que, de acuerdo a los distintos reglamentos internos de las organizaciones sindicales, pueden ser elegidos por la totalidad de los trabajadores del establecimiento por voto simple y directo, o, en su defecto, por los mismos integrantes del cuerpo de delegados. La comisión interna es la encargada de representar a la totalidad de los trabajadores de la fábrica ante la patronal, y de liderar los reclamos obreros vinculados con las condiciones de trabajo, la salubridad, el nivel salarial, incidentes o demandas específicas, entre otros. Al mismo tiempo, estas comisiones internas forman parte de la estructura sindical, y tienen una importante función de articulación entre los trabajadores del establecimiento y el sindicato de base nacional.” (p. 83-84).

Para abordar el tema, la autora establece la siguiente periodización: a) la expansión de las comisiones internas y los delegados durante los dos primeros gobiernos peronistas (1946-1955), b) la segunda etapa de la sustitución de importaciones (1955-1976); c) la desindustrialización y el retroceso de las instancias de representación directa de los trabajadores (1976-2001); d) la posconvertibilidad (2002-2007).

Al referirse a los dos primeros gobiernos peronistas, la autora señala que “la consolidación y expansión de instancias de representación de los trabajadores en los establecimientos laborales en el período inmediatamente posterior a 1946” ocupó un lugar marginal en la historiografía; ahora bien, esta laguna en la producción historiográfica contribuye a dejar de lado uno de los principales logros del movimiento obrero durante el primer peronismo (4). Basualdo afirma que “las comisiones internas adquirieron una importancia clave en varios sentidos. Primero, jugaron un papel decisivo para promover un grado tan elevado de afiliación sindical en un período tan corto. En segundo lugar, permitieron comenzar a garantizar una efectiva aplicación de la legislación laboral, y de los acuerdos colectivos firmados por los sindicatos, estableciendo un canal directo y continuo de comunicación entre las organizaciones sindicales y los trabajadores. En tercer lugar, transformaron profundamente las relaciones en el ámbito de la producción, otorgando a los trabajadores el derecho a tener representantes reconocidos por la patronal y con protección contra los despidos y las represalias. Finalmente, tuvieron un papel importante en la dinámica del conflicto sindical. Por un lado, en el caso de medidas convocadas por parte de los líderes sindicales, las comisiones permitían lograr la adhesión y participación de los trabajadores de base. Por otro lado, las instancias de representación de base permitían generar y sostener conflictos desde la base, superando a las dirigencias.” (p. 88).

Las instancias de representación directa de los trabajadores se expandieron fuertemente durante el período 1946.1955, a punto tal que los empresarios reclamaron la acción del Estado para recortar las prerrogativas con que contaban dichas instancias. En este sentido, los empresarios comprendieron que la existencia de las comisiones internas y de los delegados ponía en cuestión su autoridad en el proceso de producción, socavando la dictadura del capital en la empresa. Así, a partir de la implementación del Plan Quinquenal de 1952 se desarrolló una creciente ofensiva patronal contra los delegados y las comisiones internas, plasmada en un documento de la CGE (Confederación General Económica) que sostenía que “las comisiones internas han mostrado repetidamente no comprender cuáles son las precondiciones para una eficiente gestión de las empresas, y su actitud constituye uno de los principales obstáculos que traban la organización racional de la producción” (p. 91) (5).

Sin embargo, Basualdo enfatiza el carácter dual de las instancias de representación directa de los trabajadores: “al tiempo que permitían establecer límites al poder del capital, organizar la discusión sobre las condiciones de trabajo y las relaciones de producción, y disponer de mediaciones para ejercer presión sobre las instancias más altas de la representación sindical, las comisiones internas podían convertirse también, debido a que constituían una instancia de la estructura sindical, en instrumentos de control de las bases obreras, promoviendo su encuadramiento y subordinación en el seno de dicha estructura. Las funciones contradictorias de estos órganos de representación que estuvieron presentes desde su origen, marcaron a fuego su desarrollo en períodos posteriores y se encontraron en permanente disputa. La predominancia relativa de cada una de ellas sobre la otra fue variando históricamente en vinculación con la posición de los trabajadores en la estructura económica y social, con el desarrollo de la conciencia y las luchas obreras, y con las articulaciones de bases y líderes con las distintas fuerzas políticas, marcando distintas etapas en la relación de fuerzas entre capital y trabajo.” (p. 90-91).

La autora resume así el papel jugado por las instancias de representación directa: “la extraordinaria expansión de los representantes de base y las comisiones internas – que constituyó, más allá de toda posible discusión sobre el papel del gobierno en este proceso, sus intenciones y objetivos, una indudable conquista de la clase trabajadora – modificó las relaciones de fuerza en el interior de las fábricas, marcando con características particulares el funcionamiento de la estructura sindical y su impacto. La inclusión de este elemento central ocasiona una reevaluación del signo y alcance de los logros de la clase trabajadora durante los gobiernos peronistas. (…) este análisis pone de manifiesto que esta clase logró, a lo largo del decenio peronista, consolidar una estructura sindical de gran fortaleza no sólo por el liderazgo centralizado y por la sólida apoyatura de los sindicatos industriales de alcance nacional, sino también por la penetración que logró en los lugares de trabajo, que implicaron la construcción de instancias de «poder obrero» cuya existencia y desarrollo jugaron un papel fundamental en el período siguiente.” (p. 96).

El desarrollo alcanzado por las instancias de representación directa de los trabajadores durante el período 1946-1955 no pudo ser suprimido por la dictadura instaurada en 1955. Los delegados y las comisiones internas sobrevivieron a la represión y fueron un factor importante en la combatividad obrera en la década del ’60. En este sentido, Basualdo se apoya en investigaciones que demuestran que, a pesar del peso alcanzado por la burocracia sindical (simbolizada en la figura de Augusto Timoteo Vandor), la persistencia de formas de “poder obrero” en la fábrica permitió hacer frente con éxito a los diversos intentos de racionalización del trabajo promovidos por los empresarios. “La serie de tomas de fábrica de 1963 y sobre todo el desarrollo de la segunda etapa del Plan de Lucha en 1964 demuestran que las comisiones internas y la militancia obrera en los establecimientos industriales no habían sido eliminadas por el proceso de «racionalización», sino que a pesar de este impacto negativo seguían vigentes y jugando un papel importante en la lucha sindical.” (p. 113).

El rol de las instancias de representación directa de los trabajadores permite a la autora poner en cuestión algunos de los tópicos de la historiografía sobre el movimiento obrero de la década del ’60. Así, Basualdo cuestiona la centralidad otorgada a la importancia relativa de la izquierda y del peronismo en el movimiento obrero: “no resulta útil, para determinar el eje central que definió la confrontación en el seno del movimiento obrero durante la segunda etapa de la sustitución de importaciones, partir de la contradicción entre la «izquierda» y el «peronismo» en términos globales. El núcleo central de la confrontación en las fábricas y establecimientos laborales, que de hecho atravesaba y dividía tanto a la izquierda como al Peronismo, giraba en torno a las formas de concebir la relación entre las clases. Los dos polos de esta confrontación estaban constituidos por dos grandes corrientes, articuladas en torno a concepciones opuestas. Mientras la primera partía de la complementariedad entre el capital y el trabajo y de la posibilidad de mutuo beneficio de las clases, la segunda consideraba que existía una relación de oposición ineludible entre el capital y el trabajo, de la que se derivaba que, necesariamente, todo beneficio de una de las clases debiera obtenerse a expensas de la otra.” (p. 122). “En suma, a fines de los años ’60 las fábricas se convirtieron en un campo de batalla en el cual se dirimía esta confrontación y las comisiones internas y los delegados, lejos de estar desactivados y fuera de funcionamiento, estaban en el centro de este conflicto. La confrontación entre las distintas formas de comprender la relación entre las clases se traducía en combates permanentes sobre la función del delegado. Desde el punto de vista de los defensores de la conciliación, los delegados debían ser «intermediarios neutros» entre el capital y el trabajo, que debían estar encargados de mediar y encontrar soluciones que satisficieran a ambas partes. Por el contrario, aquellos que partían de la necesaria confrontación de las clases y de la intrínseca contraposición de sus intereses, consideraban al delegado como un representante de los trabajadores que debía liderar la lucha, defensiva u ofensiva, contra los avances del capital, con estrategias y medidas que estuvieran de acuerdo con las relaciones de fuerza. La existencia de representantes «combativos» en el lugar de trabajo que desarrollaban políticas de confrontación simultánea con la patronal y las dirigencias conciliatorias, enfrentando además en varias instancias – como en el caso del Cordobazo – al poder político, constituía un desafío abierto a las líneas predominantes en el sindicalismo a nivel nacional, y cuestionaba severamente el control de la patronal sobre las condiciones de producción, el ritmo de trabajo y la retribución de los asalariados. Fue justamente debido a estas razones que tanto las patronales como las fuerzas del «aparato» dominado por una dirigencia que defendía la posibilidad de «conciliación» de los intereses de clase y el beneficio simultáneo de capital y trabajo ejercieron esfuerzos denodados para frenar el ascenso de corrientes que, como partían de la necesaria confrontación entre las clases, confluían con organizaciones políticas y político-militares radicalizadas, constituyéndose en una amenaza, no sólo en términos económicos, sino también políticos y sociales” (p. 123-124).

En la perspectiva de la autora, el proceso abierto por el Cordobazo en 1969 representó, por tanto, una impugnación de la dominación del capital, motivada por la confluencia de la acción de las instancias de representación directa a nivel de las fábricas y por las organizaciones políticas que cuestionaban con mayor o menor profundidad la forma capitalista de organizar a la sociedad. Esta impugnación fue percibida como especialmente peligrosa por la burguesía debido a la existencia del “poder obrero” en la fábrica. Es a partir de la magnitud de este desafío que puede entenderse la acción de la dictadura militar en 1976. “El desarrollo y la vitalidad de los delegados y de las comisiones internas (en cuyo seno se dirimían las pugnas sobre la identidad de la clase y su relación con el capital) durante la segunda sustitución de importaciones es un factor esencial para explicar las raíces de este poder del trabajo sobre el capital, que se traducía, no sólo en el plano económico, en las luchas en el ámbito de la producción, sino también en términos de las grandes confrontaciones políticas y sociales. Las medidas aplicadas a partir de mediados de los ’70 (…) tuvieron como claro objetivo resolver el desafío que implicaba la confluencia del proceso de radicalización política y social con el poder de la clase trabajadora. A diferencia de las líneas de solución intentadas durante la segunda sustitución de importaciones (…) las diversas políticas operadas a partir de 1976 no sólo permitieron atacar las formas organizativas y las vinculaciones políticas de la clase trabajadora, sino que, simultáneamente, promovieron transformaciones económicas que alteraron profundamente sus bases estructurales de poder.” (p. 129).

Para Basualdo, uno de los objetivos principales de la dictadura militar de 1976-1983 fue desarticular las formas de “poder obrero” en el lugar de trabajo. Ello permite explicar, en parte, tanto el carácter sistemático como la ferocidad de la represión. El éxito obtenido por la dictadura en la desarticulación de las formas de organización de los trabajadores es uno de los principales factores que permiten explicar la etapa comprendida entre 1976-2001, signada por la debilidad del movimiento obrero.

El artículo de Basualdo constituye un aporte al estudio de la problemática del “poder obrero” en Argentina y al de la cuestión del proceso de trabajo como lugar político. En nuestra opinión, el pensar el lugar de trabajo como un lugar en el que se construye y se reproduce poder político constituye una de las diferencias sustanciales entre la teoría social académica y una teoría social revolucionaria.

Trenque Lauquen, sábado 26 de noviembre de 2011

NOTAS:

(1) Incluido en: Schorr, Martín. (2010). La industria y el sindicalismo de base en la Argentina. Buenos Aires: Atuel. (pp. 81-157).

(2) Victoria Basualdo es Licenciada en Historia (UBA) y Doctora (Universidad de Columbia, New York). Coordinadora del Programa Estudios del Trabajo del Área de Economía y Tecnología de FLACSO. Se desempeña como profesora en la Universidad de Columbia y en la Maestría en Economía Política de FLACSO.

(3) La autora sostiene que el estudio de la historia de dichas instancias “ha tenido, hasta muy recientemente, un lugar marginal en el campo de estudios del trabajo en la Argentina.” (p. 82).

(4) “Si bien el «caudillismo» y la centralización y verticalización de la estructura sindical fueron (…) herencias centrales de la década peronista y en este sentido parece correcta la afirmación de James de que la consolidación y el ascenso de la dirigencia sindical «burocrática» peronista en los años ’60 deben analizarse como un fenómeno con raíces profundas en este período previo, el nivel de organización en los lugares de trabajo fue otro resultante, no menos destacable, de las luchas y construcciones de la década 1946-55 que permitió – aunque por supuesto no garantizó – niveles muy altos de cuestionamiento y movilización de las bases.” (p. 94-95).

(5) Basualdo cita aquí el documento Congreso de Organización y Relaciones de Trabajo, que data de 1954, reproducido por Doyon en su obra Perón y los trabajadores (p. 388-389).

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