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domingo, 21 de marzo de 2010

NOTAS SOBRE EL CAPITAL (1): EL MÉTODO

En el prólogo de la 1º edición alemana de El Capital (fechado en Londres el 25 de julio de 1867), Karl Marx (1818-1883) hace el siguiente comentario metodológico:
"Cuando analizamos las formas económicas, no podemos servirnos del microscopio ni de reactivos químicos. La facultad de abstraer debe hacer las veces del uno y de los otros." (I, 1: 6). (1) (2)

Antes de pasar a discutir el contenido de este fragmento, es conveniente hacer una breve referencia al contexto en que se inserta dicho pasaje. Marx señala que, a pesar de su sencillez, la forma mercancía del valor sólo pudo ser descubierta en el siglo XIX. Ahora bien, no cabe duda de que hubo economía mercantil (mejor dicho, distintas variantes de ésta) en todas las sociedades que pasaron del nomadismo al sedentarismo. La gran antigüedad de la forma mercantil lleva a formular el problema del porqué se demoró tanto en el descubrimiento de la forma mercancía. En otras palabras, la expresión más simple del valor sólo pudo ser descubierta cuando la mercancía había recorrido un largo camino histórico y se había convertido en una relación social omnipresente en todos los rincones de la sociedad.


Marx proporciona en la afirmación arriba citada el esbozo de una explicación para el problema mencionado arriba. Esta explicación, cabe decirlo, está expresada en el nivel metodológico antes que en el nivel ideológico. ¿Qué significa esto? De modo esquemático, puede afirmarse que toda teoría social expresa la visión del mundo de una determinada clase (o grupo) social, visión que refleja en líneas generales la peculiar experiencia vital de esa clase; dicho de otro modo, las condiciones específicas de vida de esa clase generan una manera especial de concebir la sociedad y el mundo. Esa visión del mundo es ideológica en la medida en que expresa una experiencia particular, y es tanto más ideológica cuanto más particular es. Un análisis de la teoría social en general (y de cualquier teoría social en particular) llevado a cabo desde el nivel ideológico, implica indagar, en primer lugar, los condicionantes sociales de dicha teoría o, lo que es lo mismo, en la conexión entre dicha teoría y la experiencia particular de una clase social. Así, por ejemplo, cabe decir que la economía política clásica constituye una expresión de la experiencia de la burguesía en ascenso de finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, en tanto que la teoría de Marx es una de las expresiones de la experiencia del proletariado en el siglo XIX.
Analizar la teoría social sólo en el nivel ideológico supone una simplificación tal que termina por oscurecer la comprensión de lo que se está estudiando. Hay que tener presente en todo momento que existen otros niveles de análisis, y que focalizarse exclusivamente en uno de ellos termina por una visión parcial, unilateral, de la teoría. Uno de estos niveles es el metodológico, y consiste en poner la atención sobre el punto de partida del análisis (los supuestos últimos de toda teoría, en el sentido de principios más generales sobre la sociedad), y sobre los instrumentos teóricos y de recolección de datos empleados por dicha teoría. Por tanto, este nivel de análisis se encuentra ligado indisolublemente a los supuestos epistemológicos de la teoría. Así, por ejemplo, la economía clásica es examinada desde el nivel metodológico centrando el estudio en los supuestos más generales de la teoría económica (por ejemplo, el supuesto de que los seres humanos son egoístas por naturaleza y que actúan con el objetivo de satisfacer sus propias necesidades, sin importarles un comino los padecimientos y necesidades de sus congéneres).

Ahora estamos en condiciones de examinar la explicación "metodológica" que esboza Marx para el problema del conocimiento tardío de la forma mercancía. La forma mercancía es la forma más simple del valor, y en teoría social todo lo simple viene oscurecido por el sello de la naturalización de los procesos sociales (es decir, atribuir a las relaciones sociales el carácter de relaciones naturales, eternas en tanto dimanan de una naturaleza humana inmutable y ahistórica). Aunque resulte una afirmación paradójica, lo complejo es sencillo a causa de su misma complejidad, pues permite recurrir al expediente de remitir a algo más simple para explicarlo.

¿En qué consiste, en el campo de la teoría social, la complejidad de lo más simple?

En primer lugar, en el hecho de que el objeto de estudio sean las relaciones sociales y no las cosas. En el pasaje citado Marx expresa esto de manera indirecta al decir que "no podemos servirnos del microscopio ni de reactivos químicos". Esto significa que no tratamos con cosas materiales, que pueden ser abordadas por procedimientos mecánicos. Todo aquél que se interesa por la teoría social tiene que vérselas con relaciones sociales, y ello hace que ni los procedimientos metodológicos privilegiados por las ciencias naturales ni las herramientas conceptuales forjadas por éstas puedan ser empleados sin tener en cuenta toda una serie de mediaciones, so pena de caer en la cosificación de las relaciones sociales. En pocas palabras, en la teoría social el concepto fundamental es del de relación, y la incomprensión de este punto es la que acarrea los problemas metodológicos más graves (entre ellos, queda abierta la puerta para la ideología de las clases interesadas en mantener el estado de cosas existente).

En segundo lugar, las "formas económicas" (que son, a pesar del "olvido" de muchos economistas, un tipo específico de relaciones sociales) tienden a ser naturalizadas, es decir, concebidas como formas sociales que son naturales y eternas. Lo social pierde, por tanto, su carácter histórico, lo que equivale a decir que se desvanece todo elemento dinámico, y se cristaliza en torno a esencias naturales e inmutables. Ahora bien, si se ignora la historia y se considera que lo existente es lo natural, no sólo se legitima el statu quo sino que se pierde la noción misma de relación en detrimento de la noción bien distinta de estructura. La relación implica concebir una totalidad dinámica, en la que el cambio y la transformación son la regla; en otros términos, la relación supone interacción, la cual deriva en el reconocimiento de la imposibilidad de que las cosas permanezcan iguales a sí mismas (por supuesto, subyace el postulado de que toda interacción conlleva necesariamente la transformación de las "partes" o "polos" que se relacionan). Por el contrario, la noción de estructura pone en el centro de la escena a la cuestión de la permanencia, de la estabilidad. No se trata, por cierto, de que la estructura suponga necesariamente una forma de pensamiento estática, pero si cabe reconocer que lleva implícita una fuerte tendencia a percibir lo social en función de lo estático, de lo que no se modifica.

Establecido lo anterior, podemos pasar a examinar la cuestión propuesta por Marx en el pasaje citado. Las herramientas metodológicas creadas para captar "cosas" (representadas aquí por el microscopio y por los reactivos químicos) no sirven para estudiar las relaciones sociales. Su empleo conduce inevitablemente a cosificar las relaciones sociales, reforzando el carácter aparencial ostentado por la realidad social y opacando la comprensión de todo lo que es fundamental para explicar lo que está sucediendo en la sociedad.

Todo lo dicho hasta aquí forma parte de un debate más amplio, a saber, el que gira en torno a la naturaleza del método dialéctico y a sus diferencias con otras herramientas teóricas para abordar el problema más general de la teoría social: el carácter que asumen la sociedad y las relaciones sociales. Un camino útil para continuar la discusión consiste en estudiar las diferencias que encuentra Marx entre el método de la abstracción dialéctica y el método analítico. Para ello es preciso remontarse a un texto anterior al del prólogo citado aquí; hay que retroceder hasta 1857 y revisar las formulaciones contenidas en la Einleitung (Introducción) a los Grundrisse (obra publicada mucho después de la muerte de Marx y que puede considerarse como el primer intento de redacción de El Capital). A esta cuestión estará dedicado el próximo artículo.

Buenos Aires, domingo 21 de marzo de 2010

NOTAS:

(1) En todas las notas dedicadas a El Capital utilizo, salvo indicación en contrario, la edición preparada por Pedro Scaron para Siglo XXI Editores (1º edición, 1975). En mi caso dispongo de un ejemplar de la 21º edición, publicada en México D. F. por la citada editorial. La traducción, advertencia y notas corresponden al citado Scaron.
(2) Para indicar la página correspondiente de la edición Siglo XXI procedo de la siguiente manera: I corresponde al número de Libro de la obra (recordar que El Capital está constituido por cuatro libros); 1 al número de volumen de la edición Siglo XXI (esta edición publicó los tres primeros libros en 8 volúmenes); 6 hace referencia al número de página de la edición Siglo XXI. Así, la referencia que figura entre paréntesis debe leerse del siguiente modo: Libro Primero, volumen 1, página 6 de la edición Siglo XXI de El Capital.



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