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jueves, 5 de abril de 2018

POSITIVISMO Y HERMENÉUTICA EN LAS CIENCIAS SOCIALES: NOTAS SOBRE UN ARTÍCULO DE PINTO




Julio Pinto, actual profesor Consulto y Profesor Asociado regular de la Materia Fundamentos de Ciencia Política en la Carrera de Ciencia Política de la UBA, es autor del artículo “El aporte de la hermenéutica filosófica al debate epistemológico de las ciencias sociales”, publicado en la revista POSTData, núm. 3-4, agosto de 1998, pp. 19-37.

El título es un tanto engañoso, pues alude a las Ciencias Sociales (CS a partir de aquí) pero, en rigor, se concentra en la Ciencia Política (CP a partir de aquí).

El artículo se divide en tres apartados: 1) El nacimiento de las ciencias sociales y su identificación con el positivismo (pp. 19-23); 2) La creciente vigencia del paradigma hermenéutico en las ciencias sociales (pp. 24-33); 3) Conclusiones (pp. 33-37).

El presente texto es una ficha de lectura del artículo de Pinto. Por ello, me ciño al desarrollo realizado por el autor. Sólo por excepción formulo comentarios de mi autoría.


1] Ciencias Sociales y Positivismo:

Las Ciencias Sociales (CS a partir de aquí) surgieron institucionalmente en el siglo XIX. Desde su origen, estuvieron fuertemente influenciadas por la filosofía y el método de las CN (CN a partir de aquí).

Auguste Comte (1798-1857) sacralizó el método científico [el de las CN], afirmando que su utilización permitiría eliminar todos los males sociales. Considera a la sociología como la cumbre de las ciencias, como la legítima reemplazante de la teología. “El carisma de la razón desplaza al carisma de la tradición; el método científico a la creencia religiosa como fuente de legitimidad de la dominación política.” (p. 20). [1]

Pinto ubica la concepción comteana en el marco del proceso de “creciente secularización de las sociedades occidentales” (p. 19). Dicho en otros términos, “la fe en que la ciencia provee los medios necesarios para un progreso ilimitado de la humanidad pasa a ser el más fuerte elemento de legitimación política en las incipientes democracias liberales.” (p. 19). En Gran Bretaña, EE.UU. y Francia, “la filosofía positiva y la praxis política se identifican totalmente. El Estado racional moderno, el mercado y la ciencia, están en ellas fuertemente vinculadas entre sí, siendo esa interacción sistémica la que da su pujante dinámica a esas sociedades nacionales.” (p. 19).

El positivismo de Comte parte del reconocimiento del isomorfismo entre los objetos de estudio de la biología y las CS. Los procesos de evolución y cambio son análogos en el organismo humano y en el organismo social. De este modo, el mecanicismo y el organicismo se constituyen en pilares de las CS.

El sometimiento de la sociología a las CN se hace especialmente patente en la obra de Talcott Parsons (1902-1979), quien desarrolló el estructural-funcionalismo en base a la perspectiva filosófica del positivismo. Parsons ejerció una enorme influencia sobre las CS de mediados del siglo XX.

El organicismo comteano se actualiza en la obra de Parsons por medio del concepto de sistema social, que se regula a sí mismo a través de procesos homeostáticos (equilibrio con el medio ambiente).

La CP se identificó desde sus orígenes con el paradigma positivista. Surgió como disciplina autónoma a través de la revolución conductista y asumiendo como propios los principios metodológicos de la sociología estructural-funcionalista. Es por ello que la CP se caracterizó por su énfasis en el empirismo y por privilegiar los análisis micropolíticos y no los macropolíticos.  

En las últimas décadas, la dependencia de las CS respecto a las CN se trocó en dependencia de la economía, disciplina que gozó de un amplio reconocimiento social. El concepto de homo economicus se volvió fundamental para la sociología y la CP. El concepto de equilibro general de los modelos económicos tuvo sus correlatos en los modelos sociológicos del estructuralismo parsoniano o politológicos del conductismo. El individuo egoísta, que toma decisiones a partir del cálculo racional y que busca satisfacer su propio interés, se convirtió en el elemento central de los procesos sociales. [2]

El paradigma positivista se encuentra en crisis a fines del siglo XX. Sin embargo, sigue vigente en las CS estadounidenses, donde muchos científicos adhieren al neopositivismo lógico, en tanto que otros profesan el racionalismo crítico de Popper (1902-1994) y unos pocos son partidarios del discurso hermenéutico.


2] El paradigma hermenéutico en las ciencias sociales:

La impugnación al paradigma positivista comenzó a finales del siglo XIX en Alemania, en buena medida gracias a la obra del filósofo Wilhelm Dilthey (1833-1911).

Dilthey pensaba que “el sujeto que protagoniza la interacción social está orientado por premisas históricamente sustentadas. Por ese motivo el análisis comprensivo de las mismas resulta indispensable en este tipo de conocimiento.” (p. 24). Por eso los alemanes denominaron ciencias históricas a las CS. [3]

El sociólogo Max Weber (1864-1920) aplicó a la sociología y la CP la postura epistemológica desarrollada por Dilthey. Weber “percibe el hecho de que aún en las sociedades industriales de la Modernidad el individuo es un hombre de cultura. Un sujeto que se interpreta y comprende a sí mismo en el contexto de sus circunstancias históricas. Los juicios de valor, los preconceptos que, transmitidos por el lenguaje, le dan las mismas, constituyen la dimensión histórico-social de su comportamiento social. Comportamiento que se explica sólo parcialmente por la creciente racionalidad científico-tecnológica que distingue a nuestro tiempo, de allí la imposibilidad de unificar los comportamientos sociales en un único patrón racional. Del mismo modo que existe una acción racional orientada a fines, existe una acción racional orientada por valores.” (p. 24-25).

En las CS existe una doble mediación simbólica: “la que se evidencia en los valores que orientan la acción social de los sujetos observados y la que existe en la deducción de ciertas hipótesis de investigación – y no de otras – por parte del investigador.” (p. 25).

“Weber no rechaza el conocimiento empírico que reivindica el positivismo, adhiere firmemente al mismo. Y por esta razón entiende que la comprensión teórica del fenómeno social debe estar unida a una explicación que sea constatable empíricamente. Explicación que será siempre unilateral, porque el marco teórico que ha elegido subjetivamente un investigador lo hace orientar su observación en cierta dirección y no en otras.” (p. 25). [4] Para resolver el problema de la constatación empírica, elaboró los tipos ideales (abstracciones conceptuales que sirven para categorizar analíticamente la observación empírica).

Weber rechazó la posibilidad de enunciar leyes generales universalmente válidas (al estilo de las CN); utilizó la expresión alemana chancen (probabilidad) y no causa, “cuando describe la posibilidad de que ciertos factores originan determinados hechos sociales. Estos últimos son (…) el producto de una interacción humana provista de sentido por determinadas circunstancias históricas, no constituyen entonces un mero reflejo de la autorregulación espontánea de la sociedad.” (p. 25).

El politólogo italiano Norberto Bobbio (1909-2004) sostuvo que Weber fue el mayor teórico político del siglo XX. Entre sus contribuciones a la CP, cabe indicar que Weber establece la autonomía de la política, “a la que considera un producto de la decisión humana, orientada históricamente, y no un simple epifenómeno de lo social.” (p. 25-26). El análisis científico de la política exige recurrir al método de la comparación, ante la imposibilidad de universalizar los comportamientos políticos de la humanidad.

La mayor contribución de Weber a la CP es la valorización del concepto de legitimidad “para comprender la vigencia social que puede llegar a alcanzar un orden político.” (p. 26). La teoría clásica de las formas de gobierno fue desplazada por la tipología weberiana de las formas legítimas de dominación: tradicional, legal y carismática. “Aquello que destaca Weber no es cuál es la forma de gobierno que legaliza al poder, sino cuál es el tipo de dominación que legitima al poder. Y lo hace por entender que el poder sólo se transforma en autoridad política cuando la necesidad de su utilización institucional es reconocida consensualmente por la sociedad.” (p. 26-27). Dicho en otros términos, “para Weber no hay dominación política posible si al monopolio de la violencia física que distingue al mismo no lo acompaña la percepción social de que el uso de la mismo por parte del Estado es legítimo. La coacción legal debe estar acompañada por el consenso social.” (p. 27).

Pinto sostiene que Weber postula un individualismo diferente al homo economicus de los economistas, mucho más cercano al aristotélico zoom politikon, “cuya existencia adquiere sentido en el oxígeno cultural de la comunidad en que se forma su personalidad.” (p. 28).

La epistemología hermenéutica fue desarrollada posteriormente por el filósofo Martin Heidegger (1889-1976) y su discípulo Hans-Georg Gadamer (1900-2002).

Gadamer afirma que el individuo se socializa por medio del lenguaje, vehículo privilegiado de transmisión de los valores culturales. A partir de esta socialización se encuentra en condiciones de interpretar el mundo. Esta interpretación no surge de la nada, sino que se da desde el horizonte cultural que distingue a su sociedad. La interpretación consiste en un preenjuiciamiento valorativo que orienta el juicio racional. Es producto intersubjetivo de la cultura en la que estamos insertos. Esto podría implicar caer en el círculo hermenéutico, es decir, no poder salir de esa interpretación orientada por los valores de una cultura determinada. Sin embargo, toda cultura forma a los individuos que la componen como personas, pero también es transformada por ellos. Este proceso ocurre entre distintas generaciones de la misma cultura, pero también entre individuos de diferentes culturas.

“La existencia resulta ser entonces una permanente mediación hermenéutica entre distintas perspectivas de vida. Por eso no tiene sentido hablar de una interpretación definitivamente válida. De esto se deduce que Gadamer coloca en un primer plano la dimensión histórica de la comprensión, el sentido de la acción social surge de una tradición cultural y la comprensión del mismo por sus intérpretes depende de la inserción de éstos en una determinada tradición de investigación.” (p. 30). [5]

Jürgen Habermas (n. 1929) utilizó la hermenéutica filosófica de Gadamer para enfrentar al neopositivismo reinante en las CS. Sostiene que los conceptos centrales de las CS son “conceptos históricamente enraizados” (p. 30). Por ende, los investigadores en CS deben tomar nota (mediante la hermenéutica) de que sus categorizaciones conceptuales están en relación de dependencia con una precomprensión originada en la identificación con una tradición de investigación.

Según Habermas, “los investigadores [los científicos sociales] no pueden (…) plantear una relación objetiva de sujeto a objeto como sucede (…) en las CN. Aquellos hechos que están analizando forman parte de su tradición cultural, o de otra que les es ajena, pero en ambos casos sus criterios valorativos orientan su reflexión crítica. Deben entonces ser conscientes de los prejuicios que han socializado en el transcurso del proceso cultural intersubjetivo en el que tomó forma su subjetividad. Así la comprensión hermenéutica permite a los investigadores alcanzar una autocomprensión de los valores que orientan su análisis, permitiéndoles no una imposible neutralidad axiológica pero sí una objetividad valorativa.” (p. 31).

A pesar de la adhesión de Habermas a muchas de las tesis de Gadamer, también tiene algunas diferencias significativas. Considera que Gadamer, con su reconocimiento a la historia y a la tradición, está bajo la influencia de reminiscencias conservadoras y románticas. Habermas propone una interpretación hermenéutica que no sea una simple continuación de la tradición; “exige entonces la necesidad de un distanciamiento crítico del intérprete, que le permita de este modo tanto incorporar, como dejar de lado, las pretensiones de validez de su tradición cultural.” (p. 31). La interpretación hermenéutica debe ir acompañada de la crítica ideológica, responsabilidad de una sociología crítica. [6]

Gadamer responde a Habermas afirmando que no existe una situación de confrontación entre tradición cultural y reflexión crítica. Acepta la premisa del distanciamiento crítico. Pero rechaza el planteo de Habermas respecto a que el lenguaje es sólo una de las dimensiones de la vida social. No corresponde oponer la política o la economía al lenguaje, pues las dos primeras actividades se encuentran mediadas por el tercero. Es debido a esta mediación que el posible la comprensión hermenéutica de la política y la economía. [7]

Pinto afirma que Gadamer y Habermas permitieron que las CS tomen “distancia de la filosofía y métodos del neopositivismo que tanto las limitaba epistemológicamente, impidiéndoles concretar un desarrollo teórico que fuera congruente con su elefantiásico desarrollo cuantitativo.” (p. 32).

El filósofo francés Paul Ricoeur (1913-2005) integró las tesis de Gadamer y Habermas. Sostiene que “la acción social se basa en una dialéctica de acontecimiento y significado. Una acción social es significativa cuando aporta pautas valorativas, que por serlo se convierten a su vez en los documentos que orientan la acción humana. La acción humana se transforma en acción social sólo cuando se asienta en la historia, cuando a causa de su sedimentación en el tiempo se transforma en institución, depsicologizando su significado. Una acción social resulta ser significativa cuando su importancia supera su inserción espacio – temporal.” (p. 32). [8]

Ricoeur desarrolla el paradigma de lector, como solución a las contradicciones metodológicas de las CS: “No existe una dicotomía sino una dialéctica permanente entre comprender y explicar.” (p. 33). La interpretación hermenéutica escapa del círculo hermenéutico, es decir, de la supeditación al pensamiento original del autor al fusionar los horizontes culturales de éste con los del exégeta. [9]

Pinto termina el apartado afirmando que Ricoeur logra conciliar la hermenéutica filosófica con la ciencia, “al sostener exitosamente que la comprensión asociada a la explicación permiten llegar a una interpretación válida científicamente en las ciencias sociales.” (p. 33).


3] Conclusiones:

El debate epistemológico iniciado en las CS a finales del siglo XIX persiste en la actualidad, pero ya es posible formular algunos de sus resultados:

a)    Reconocimiento por los científicos sociales de la distorsión en la observación de los hechos sociales generada por la doble mediación simbólica. Los prejuicios valorativos del investigador “gravitan fuertemente sobre su juicio crítico en el momento de la elección sobre qué problemas investigar – postergando otros igualmente importantes – y sobre su deducción de cierto tipo de hipótesis, al dejar de lado el análisis de otras que pueden ser igual o mayormente fecundas para la investigación.” Es imposible neutralizar totalmente los prejuicios antropológicos, semánticos y sociológicos. (p. 34).

b)    Si bien la neutralidad axiológica es imposible de alcanzar, el distanciamiento crítico que permite la objetividad científica constituye una responsabilidad ética y metodológica.

c)    El investigador debe ser consciente de que la indagación científica es una búsqueda interminable. No existe una solución definitiva, una teoría que resuelva todos los problemas. Existen respuestas aproximativas, originadas en distintos horizontes culturales.

d)    La acumulación de conocimientos en las CS se da a través del conocimiento de los clásicos. Existen diferentes tradiciones, pero los cultores de una de ellas están obligados a conocer la argumentación de sus adversarios. “Es entonces ese dominio de los conceptos teóricos expuestos por los clásicos, propios y ajenos, el que da inteligibilidad teórica a las ciencias sociales, pese a estar las mismas caracterizadas hoy en día por la vigencia de paradigmas diferentes y controversiales. Un permanente diálogo entre distintas perspectivas conceptuales hace cada vez más fecunda la investigación y más amplia la acumulación del conocimiento. Las ciencias sociales son percibidas actualmente por gran parte de sus cultores como una comunidad de dialogo, la que desde las diferentes tradiciones de investigación que dan lugar a distintos paradigmas, logra empero – eclécticamente – avanzar en el conocimiento a través de argumentaciones contrapuestas avaladas empíricamente.” (p. 37). [10]


Villa del Parque, jueves 5 de abril de 2018


NOTAS:
[1] Pinto engloba a los primeros sociólogos bajo el paraguas del positivismo. Así, Comte, Marx, Spencer y Pareto, “tienen en común el estar convencidos de haber encontrado la ley general que explica el sentido de la historia. Su mecanicismo los lleva a pretender a ocupar en las ciencias sociales un lugar similar al alcanzado por Newton en la física.” (p. 20). En el caso de Marx, esto implica desconocer su rechazo del mecanicismo en los procesos sociales. Véase, por ejemplo, su correspondencia con Vera Zasulich sobre los posibles caminos de la revolución en Rusia.
[2] Pinto rechaza la concepción del individuo desarrollada en el seno de la economía: “El sujeto, que es el protagonista de la interacción humana que distingue una estructura social, no puede ser definido social y políticamente sólo como el individuo racional y calculador que persigue egoístamente la maximización de su interés. Debe ser también considerado como el individuo subjetivo que, al haber interiorizado determinadas reglas de conducta, orienta su acción social y política por una escala de valores. Valores que le transmite una historia social, aquella en la que ha desarrollado su personalidad, en su condición de zoom politikon.” (p. 22). Pinto reconoce [esto es característico de los años ‘90] que la democracia [burguesa] y la economía de mercado [capitalismo] se impusieron mundialmente, pero argumenta que existen diferencias sustanciales entre capitalismos, como las que se dan entre la economía neoliberal de EE.UU. y la economía “socialmente responsable” de Alemania. Dichas diferencias se explican a partir de las diferencias en la intersubjetividad y no por el carácter egoísta y calculador de los individuos. Pinto prepara el terreno para su presentación de la hermenéutica, a la que considera como el mejor instrumento para comprender la sociedad.
[3] En el transcurso del debate epistemológico con el positivismo, el concepto de ciencias morales, acuñado por John Stuart Mill (1806-1873), fue traducido como ciencias del espíritu, término que fue adoptado por los científicos alemanes.
[4] Pinto señala que Weber rechazó las concepciones organicistas y mecanicistas del positivismo, y que eso explica sus fuertes ataques al socialismo de la II Internacional. En la nota 1 planteé mis diferencias con el enfoque de Pinto respecto al marxismo, al que atribuye las mismas características del positivismo. El socialismo de la II Internacional es equiparado al marxismo. Pinto imita el procedimiento weberiano de construir un rival endeble para luego demolerlo con facilidad (Weber hace esto con el marxismo).
[5] Pinto recomienda la obra de Gadamer, Verdad y método, Salamanca, Sígueme, 1991.
[6] Pinto sugiere la lectura de Habermas, La lógica de las ciencias sociales, Madrid, Tecnos, 1990; Habermas, Conocimiento e Interés, Madrid, Taurus, 1982.
[7] La respuesta a Habermas se encuentra en: Gadamer, “Réplica a Hermenéutica y Crítica de las Ideologías”, en Verdad y Método II, Salamanca, Sígueme, 1992.
[8] Ver Ricoeur, Hermenéutica y Acción, Buenos Aires, Docencia, 1985.
[9] Ricoeur afirma que la interpretación debe seguir criterios de validación semejantes a los de la falsación popperiana. Por eso, “una interpretación no sólo debe ser probable, sino que debe ser más probable que otras.” (p. 33). La comprensión equivale al concepto de conjetura, la explicación al concepto de validación. (p.33).
[10] Más allá de otras cuestiones, éste es el punto más discutible del artículo de Pinto, pues deja de lado el carácter antagónico de las teorías que pretende conciliar. Por ejemplo, el marxismo y la sociología comprensiva de Weber son dos visiones irreconciliables de la sociedad y no hay conciliación posible, sin que ello signifique negar el valor de ciertos aspectos de la teoría weberiana. Aclaro que digo esto desde el punto de vista del marxismo. Un weberiano consecuente diría algo semejante respecto a la teoría de Marx. 

viernes, 30 de marzo de 2018

MARX SOBRE LA ACCIÓN POLÍTICA DE LOS TRABAJADORES: LA CARTA A LAFARGUE, 19/04/1870


Mijaíl Bakunin



1] Introducción:

En otra ocasión tuve la oportunidad de referirme a la compilación de textos de Marx, Engels y Lenin, Acerca del anarquismo y el anarcosindicalismo (Moscú, Editorial Progreso, 1976). Se trata, por cierto, de un trabajo sesgado, para nada favorable a los anarquistas. En el epílogo de la obra (pp. 332-351), redactado por un tal Kolpinski, pueden leerse “perlas” como estas: “el anarquismo corriente socio-político de naturaleza clasista pequeñoburguesa” (p. 332); “el individualismo y el subjetivismo extremos de los anarquistas” (p. 332); “manifestación del revolucionarismo pequeñoburgués” (p. 333); “esta doctrina, ajena al proletariado por su contenido de clase, sustituye el pensamiento revolucionario con la fraseología dogmática” (p. 333). La selección de trabajos reunidos en la obra refleja ese sesgo: no se encuentra en ella ninguno de los pasajes en los que Marx, por ejemplo, reconoce que los trabajadores no pueden recurrir a una herramienta de opresión (el Estado) para lograr su emancipación. Por ello es conveniente acompañar su lectura con la de obras que tienen una actitud mucho más “amable” hacia el anarquismo, como es el caso del libro clásico de Maximilien Rubel y Louis Janover, Marx anarquista (Buenos Aires, Madreselva, 2010).

La lucha entre socialistas marxistas y socialistas anarquistas es innegable. Así, por ejemplo, una de las primeras exposiciones de la concepción marxista de la sociedad se encuentra en Miseria de la Filosofía (1847), cuyo objetivo primordial es la crítica de Proudhon. Los ejemplos pueden multiplicarse, y la compilación que tengo a mi vista recoge prolijamente todo tipo de chicanas de Marx y Engels contra los anarquistas. Del lado opuesto, la cosa no va mejor: podríamos recopilar un libro completo con los adjetivos calificativos que Bakunin dedica a Marx.

Sin embargo, casi siglo y medio después de esas discusiones es posible y conveniente adoptar un punto de vista menos centrado en las diferencias y más enfocado en los aportes de ambos socialismos a la causa común de la liberación de la clase trabajadora. El carácter estatista de los socialismos del siglo XX requiere retomar todas las contribuciones a la crítica del Estado formuladas en el seno del vasto movimiento socialista (vasto en el sentido de que de ninguna manera puede resumirse a su visión marxista). Si se acepta esta afirmación, es claro que resulta imprescindible examinar de un modo crítico las obras de los anarquistas de los siglos XIX y XX.

El presente trabajo es la ficha de lectura de la carta de Marx a Paul Lafargue, fechada en Londres el 19 de abril de 1870, casi un año antes de la Comuna de París. Marx examina críticamente el “programa” de Bakunin en la 1° Internacional. La carta es reproducida de modo incompleto en la compilación mencionada (pp. 25-26).

Para comenzar, cabe decir que Marx distingue tres puntos en el “programa” de Bakunin:

1] la abolición del derecho de herencia;

2] la igualdad de las diferentes clases sociales;

3] la renuncia de la clase obrera a la acción política.

A continuación, paso a exponer el desarrollo de cada punto, no sin antes aclarar que, por razones de espacio, no expondré aquí cuál era la posición de Bakunin a partir de las palabras de éste; me limitaré a comentar las afirmaciones de Marx. Tal como indiqué más arriba, me interesa más destacar el contenido positivo de la crítica de Marx y no la vieja polémica entre marxistas y bakuninistas.

Unas palabras más. La posición de Marx y Bakunin sobre el Estado tiene una importancia que excede largamente lo expresado aquí, pues arroja un punto de vista fructífero para la ciencia política y las ciencias sociales en general, dado que se centra en el carácter de clase del Estado, algo lamentablemente olvidado en estos días. Ahora bien, nadie se atrevería a negar la importancia que tienen las instituciones estatales en las sociedades capitalistas modernas. De ahí que la lectura de los “viejos” Marx y Bakunin puede resultar sugerente aún para quienes no estén interesados en los problemas del movimiento obrero y del socialismo.



2] La abolición del derecho de herencia:

Marx rastrea los orígenes de la consigna. El derecho de herencia era una vieja preocupación del saint-simonismo; estos socialistas pensaban que la abolición de la herencia era una pieza fundamental en la constitución de un nuevo orden social.

Marx adopta una perspectiva diferente a la de los sansimonianos: si hubiera revolución socialista, esta aboliría por decreto la propiedad agraria y el capital [la propiedad privada de los medios de producción]. En este contexto, abolir el derecho de herencia sería innecesario. Sin revolución, en una situación de vigencia “pacífica” de las relaciones sociales capitalistas, la abolición de la herencia es una consigna que equivale a pegarse un tiro en los pies: “una amenaza estúpida que agruparía a todo el campesinado y a toda la pequeña burguesía alrededor de la reacción.” (p. 25).

Desde junio de 1848 (y mucho más desde la derrota de la Comuna de París), Marx tenía una gran preocupación por evitar “el solo trágico del proletariado”, esa situación en la que la clase quedaba aislada de los otros sectores populares (campesinos, pequeña burguesía) y era aplastada fácilmente por la burguesía. Dicho de otro modo, la revolución socialista exige que la clase trabajadora pueda comandar a las otras clases de la sociedad (exceptuando, por supuesto, a la burguesía). Ello implica construir hegemonía en la práctica cotidiana.

La abolición de la propiedad agraria y el capital, corresponden al programa mínimo. La abolición del derecho de herencia, en cambio, no puede formar parte del programa mínimo, pues éste incluye las medidas que tienen por objetivo mejorar la posición económica de la clase obrera y construir la dirección política de la clase obrera sobre las otras clases de la sociedad.

La base teórica de la crítica marxiana a la abolición del derecho de herencia es explicitada en el siguiente párrafo:

“¡Toda esta teoría se basa en el anticuado idealismo, que considera la jurisprudencia actual como la base de nuestro sistema económico, en lugar de ver en nuestro sistema económico la base y la fuente de nuestra jurisprudencia!” (p. 25).

La cuestión del derecho de herencia forma parte de la crítica marxiana del Derecho, parte integrante, a su vez, de la crítica a la concepción idealista de la sociedad. En el terreno político, sirve para comprender los límites del electoralismo y del parlamentarismo. Los problemas sociales (y, por supuesto, el capitalismo en general) no se resuelven en el Parlamento.



3] La igualdad de las clases sociales:

El problema se refiere a la situación de una revolución socialista, que ha derrocado a la burguesía. Marx indica el carácter absurdo de la afirmación: si las clases continúan existiendo, no pueden ser iguales entre sí. Las clases sociales presuponen la desigualdad entre ellas.

Hay que agregar que si hay Estado, hay clases y, por lo tanto, desigualdad social y opresión de una clase por otra.



4] La acción política de la clase obrera:

Marx discute la idea de Bakunin de que la clase obrera tiene que dedicarse a organizar sindicatos, y dejar de lado la política. Es cierto que el objetivo final [programa máximo] del movimiento socialista “es transformar en asociaciones los Estados existentes” (p. 26).

El problema concreto es otro, pues no estamos en una sociedad socialista. Se trata de qué hacer en el marco del capitalismo. ¿Corresponde abandonar la actividad política? ¿Vamos a dejar “a los gobiernos, a estas gigantescas tradeuniones [sindicatos] de las clases gobernantes, que hagan lo que les venga en gana, ya que si tratamos con ellos eso significará que los reconocemos”? Si el movimiento obrero procede así, queda el camino abierto para el monopolio de la política por la burguesía.

Negarse a realizar acción política es proceder como los “viejos socialistas”, quienes pensaban que no había que luchar por mejoras salariales, por cuanto el objetivo del socialismo era luchar por la abolición del trabajo asalariado. Desde la perspectiva de estos socialistas, luchar por los salarios equivalía a aceptar el sistema del trabajo asalariado.

Marx propone una posición diferente: “todo movimiento de clase como tal es y ha sido siempre necesariamente un movimiento político” (p. 26). ¿Qué significa esta afirmación?

Tomemos el caso de una huelga en protesta contra el cierre de una fábrica por la patronal. De un lado, están los trabajadores; del otro, la empresa, la policía y demás fuerzas represivas reprimiendo a los trabajadores. ¿Cómo pueden equilibrar la balanza los trabajadores? Apelando a la solidaridad de otros trabajadores, buscando aliarse con otros sindicatos y otros sectores de la población, etc., etc.

La patronal dispone de la legislación, que es una legislación de clase; del Estado, que es instrumento de represión; de la hegemonía de la burguesía sobre la clase trabajadora. Frente a este poder abrumador (y el poder de la burguesía es siempre abrumador, salvo en períodos revolucionarios) la lucha “exclusivamente” sindical terminaría por aislar al movimiento, aunque éste tenga objetivos “estrictamente” económicos. Por todo esto la lucha de clases es necesariamente un movimiento político.



Villa del Parque, viernes 30 de marzo de 2018

miércoles, 31 de enero de 2018

MARX SOBRE HOBBES: LOS EXTRACTOS DEL LIBRO IV




Lic. Ariel Mayo (ISP Dr. J. V. González / UNSAM)


Karl Marx (1818-1883) dedicó el Libro IV de El Capital a estudiar el desarrollo histórico de la teoría de la plusvalía. Esta tarea implicó, entre otras cosas, establecer una distinción clara entre la plusvalía en general y sus formas particulares (por ejemplo, la ganancia del empresario). Marx abre su investigación con una indicación para comprender el contenido de la obra: “Todos los economistas incurren en la misma falta: en vez de considerar la plusvalía en cuanto tal, la consideran a través de las formas específicas de la ganancia y la renta de la tierra.” (p. 33). (1)



Marx dedicó poco espacio a Thomas Hobbes (1588-1679) en los manuscritos que dieron origen al Libro IV; apenas el comentario a algunos extractos del Leviatán (p. 327). (2)

Marx comienza analizando el siguiente pasaje de Hobbes:

“Las artes de utilidad social como la construcción de fortificaciones, la fabricación de máquinas de guerra y de otros artilugios bélicos representan un poder, puesto que contribuyen a la defensa y a la victoria; pero, aunque su verdadera madre sea la ciencia, es decir, las matemáticas, como han sido alumbradas por la mano del artífice, se considera a éste como su autor, lo mismo que el vulgo ve en la partera a la madre.” (Hobbes citado por Marx, p. 327). (3)

Hobbes, teórico del Estado “moderno”, única barrera capaz de evitar el regreso de la “guerra de todos contra todos”, propia del “estado de naturaleza”, pone como ejemplos de las “artes de utilidad social” a la construcción de fortalezas, de máquinas de guerra y de otros artilugios bélicos. Estos ejemplos son característicos de su reconocimiento de que el monopolio de la violencia es el rasgo central del Estado, quien mediante el “terror” impone la “paz” (un determinado orden social, es decir, una forma determinada de propiedad). Es una tautología afirmar que el desarrollo del aparato represivo es inseparable del desarrollo del Estado en general.

Hobbes señala que se suele considerar que las “artes de utilidad social” son creaciones del trabajo del artífice (el trabajador), pero en verdad su “madre” es la ciencia. Aquí pueden hacerse dos observaciones: 1) el filósofo inglés escribe en 1650, en pleno auge de la Revolución Científica, lo que lo lleva a poner a la ciencia en el centro, cosa impensable en la época feudal; 2) el desarrollo de la economía mercantil tiende a subsumir a la ciencia en el capital. Ésta adquiere carácter instrumental, no un fin en sí mismo, sino un medio para. En el pasaje citado, la ciencia es un medio para el desarrollo del aparato estatal.

Marx irrumpe aquí con la siguiente observación:

“El producto del trabajo intelectual - la ciencia - es siempre muy inferior a su valor, porque el tiempo de trabajo necesario para reproducirlo no guarda relación alguna con el que se ha necesitado para su creación originaria. Por ejemplo, cualquier muchacho de la escuela puede aprender en una hora la teoría del binomio.” (p. 327).

Es claro que Marx concibe a la ciencia como mercancía, subsumida ya a las necesidades del capital. Pero lo más significativo es que su afirmación sirve para comprender la cuantía del salario docente respecto a otras actividades. Enseñar lo descubierto por otros cuesta menos que el descubrimiento en sí.

A continuación, Marx copia dos pasajes de Hobbes referidos al valor del trabajo. En ellos (y dejando de lado la confusión entre valor y precio), el filósofo inglés se acerca a la noción de fuerza de trabajo. Así:

“El valor de un hombre es, como el de las demás cosas, su precio, lo que vale tanto como decir lo que se paga por el empleo de su fuerza.” (Hobbes citado por Marx, p. 327). (4)

Estamos en el terreno de la economía mercantil: todo tiene su precio, incluidos los seres humanos. El honor y demás zonceras también son mercancías. Pero Hobbes destaca que, al comprar a una persona, en realidad se está comprando el derecho a usar su fuerza. En términos marxistas, su habilidad y capacidad para trabajar. No se compra el trabajo, se compra la fuerza de trabajo.

El otro pasaje de Hobbes copiado por Marx dice:

El trabajo de un hombre (...) es, al igual que cualquier otra cosa, una mercancía que es posible cambiar con ganancia.” (Hobbes citado por Marx, p. 327). (5)

A los comentarios formulados al transcribir la cita inmediatamente anterior a la que estamos comentando, corresponde agregar lo siguiente: postular que el ser humano es mercancía implica un salto fenomenal respecto a la mentalidad feudal. Si en el terreno de la filosofía política, Hobbes es el anti-Aristóteles, en el plano del pensamiento económico se opone decididamente a la estructura mental feudal. Todo esto es comprensible en el marco del desarrollo de la economía mercantil en Gran Bretaña.

Por último, Marx copia este pasaje de Hobbes:

“No basta con que el hombre trabaje para sustentarse; tiene, además, que luchar cuando hace falta para proteger su trabajo. Una de dos: o hay que trabajar con una mano y con la otra empuñar la espada, como lo hicieron los judíos, o hay que alquilar a otros que luchen por uno.” (Hobbes citado por Marx, p. 327). (6)

Hobbes se refiere, ni más ni menos, a la división del trabajo, sólo que entendida en un sentido político antes que técnico. Esta protección del trabajo no es otra cosa que la protección de la sociedad. Hay que recordar que Hobbes considera que el Estado da origen a la propiedad privada. Dicho de otro modo, el terror (la espada) convierte a la posesión precaria en propiedad.

Ahora bien, ¿por qué está en peligro el producto del trabajo? Si se deja de lado la creencia hobbesiana en una naturaleza humana mala y egoísta, cabe pensar que la propiedad corre peligro porque hay otras personas desprovistas de ella. En otras palabras, surge la necesidad de una división del trabajo que es también política: para que los propietarios puedan apropiarse (y conservar) el producto del trabajo (ajeno), es preciso que un grupo de individuos sean separados de la producción, se los provea de armas y se dediquen a preservar la propiedad. Estos individuos armados no producen, pero sin ellos sería imposible la producción basada en la propiedad privada. Por lo tanto, la división del trabajo es tanto política como “técnica”. De este modo, Hobbes pone en el tapete la cuestión de la distinción entre trabajo productivo e improductivo.


Villa del Parque, miércoles 31 de enero de 2018




NOTAS:

(1) El Capital dista mucho de ser una obra cerrada por su autor, y esto en múltiples sentidos, que no podemos desarrollar aquí. Por el momento, basta con señalar un hecho bien conocido: Marx alcanzó a publicar en vida sólo el Libro I (1867), dedicado al proceso de producción del capital. Friedrich Engels (1820-1895) se encargó de la publicación del Libro II (1885), cuyo tema es el proceso de circulación del capital, y del Libro Tercero (1894), donde se examina el proceso global de la producción capitalista. Marx proyectó un Libro IV, dedicado a la historia de la teoría de la plusvalía y redactó un extenso manuscrito. Karl Kautsky (1854-1938) editó el Libro IV en 1905-1910, pero ordenó los materiales originales en un orden que difería del indicado por Marx en su manuscrito. El Instituto de Marxismo Leninismo de la Unión Soviética preparó una nueva edición, que reproduce el manuscrito en su orden original: el primer volumen apareció en 1956, el segundo en 1959 y el tercero y último en 1962. La edición estuvo a cargo de la editorial Dietz, de Berlín Oriental. Todas las citas del Libro IV de El Capital corresponden a la siguiente edición: Marx, Karl. (1987). Teorías sobre la plusvalía I: Tomo IV de El Capital. México D. F.: Fondo de Cultura Económica.  La traducción estuvo a cargo de Wenceslao Roces.

(2) Marx cita a Hobbes a partir de la edición preparada por William Molesworth (1810-1855): Hobbes, Thomas. (1839-1844). English Works. Londres. El Leviatán se encuentra en el tomo 3 de dicha edición.

(3) Edición Molesworth, tomo 3, p. 75.

(4) Edición Molesworth, tomo 3, p. 76.

(5) Edición Molesworth, tomo 3, p. 233.

(6) Edición Molesworth, tomo 3, p. 333.

lunes, 29 de enero de 2018

LA CRÍTICA DE MARX AL MERCANTILISMO: LAS NOTAS SOBRE STEUART

Sir James Steuart



Karl Marx (1818-1883) dedicó el Libro IV de El Capital a estudiar el desarrollo histórico de la teoría de la plusvalía. Esta tarea implicó, entre otras cosas, establecer una distinción clara entre la plusvalía en general y sus formas particulares (por ejemplo, la ganancia del empresario). Marx abre su investigación con una indicación para comprender el contenido de la obra: “Todos los economistas incurren en la misma falta: en vez de considerar la plusvalía en cuanto tal, la consideran a través de las formas específicas de la ganancia y la renta de la tierra.” (p. 33). (1)

Marx comienza la obra con una exposición de la teoría de James Steuart (1712-1780), un destacada exponente de la escuela mercantilista en la economía política. (2)

Los mercantilistas constituyen la primera gran escuela económica moderna. Se ubicaban en el nivel de la circulación, y no en el de la producción (como sí ocurrió en el caso de los fisiócratas). Marx sintetiza así la concepción mercantilista: “Antes de los fisiócratas, la plusvalía - es decir, la ganancia, bajo la forma de tal ganancia - se explicaba pura y simplemente a base del cambio, por la venta de la mercancía en más de su valor.” (p. 34). La idea central del “sistema monetario y mercantil” [el mercantilismo], consistía en la afirmación de que la plusvalía [el incremento positivo de la riqueza] era producto de “la venta de mercancías en más de lo que valen.” (p. 36).

Steuart publicó su obra principal, Principles of Political Economy, en 1767, cuando la teoría mercantilista contaba con dos siglos de historia, y en el momento en que se desencadenaba la Revolución Industrial en Gran Bretaña. Además, la escuela fisiocrática se hallaba en plena vigencia (en 1766, Turgot había publicado su obra Réflexions sur la formation et la distribution des richesses). La mirada de Steuart está alejada de las versiones más primitivas del mercantilismo, por lo menos en lo que hace al problema de la ganancia. En las notas que le dedica Marx, el énfasis está puesto en la teoría económica antes que en la política económica (cabe recordar que los mercantilistas de las distintas escuelas se concentraron en esta última, antes que en la teoría).

Steuart es caracterizado como “el exponente científico de esta estrecha concepción [el mercantilismo]” (p. 34).  O, dicho de otro modo, “la expresión racional del sistema monetario y mercantil” (p. 36).

¿Cuáles son las razones que Marx expone para avalar tal caracterización?

En primer lugar, como exponente “científico” del mercantilismo, “no comparte (...) la ilusión de que la plusvalía nacida por el capitalista individual por el hecho de vender la mercancía en más de lo que vale sea una creación de nueva riqueza”. (p. 34).
Steuart encara el problema de la plusvalía distinguiendo entre ganancia positiva y ganancia relativa. La primera es producto del “incremento del trabajo, la industria o la pericia” (Steuart citado por Marx, p. 34) (3). No aclara cómo surge este incremento, más allá de que Marx apunta que Steuart “se refiere solamente a la suma de valores de uso que se crean al desarrollarse la fuerza productiva del trabajo” (p. 34). En cambio, la ganancia relativa indica una alteración de la relación de la riqueza entre las partes interesadas: uno/s ganan, otro/s pierden. Pero la suma total de riqueza permanece inalterada; no hay creación de nueva riqueza.

Marx considera que la ganancia positiva se refiere únicamente al valor de uso, y que está completamente separada del valor de cambio. Es por esto que puede ubicarse cómodamente a nuestro autor entre los mercantilistas. La adhesión de Steuart al mercantilismo se ve claramente en su concepción del precio: distingue entre el valor real de la mercancía (lo que vale) (4) y la ganancia obtenida en su venta (el famoso profit upon alienation - ganancia en la venta -). Esta ganancia lo es para uno, en tanto constituye pérdida para otro. No aumenta de ninguna manera la riqueza general; en el caso de Steuart, en la medida en que ésta crece, estamos hablando de valor de uso, no de valor de cambio.

La ganancia del capitalista es, pues, ganancia relativa, profit upon alienation. Nada más. En consecuencia, “si todas las mercancías se vendieran por su valor [real], no existiría la ganancia.” (p. 35).

En definitiva, Steuart circunscribe el surgimiento de la plusvalía al nivel de la circulación. ¿Cómo se genera nuevo valor? Misterio.

Sin embargo y con ser errónea, no hay que subestimar la concepción de los mercantilistas acerca del origen de la plusvalía. Ésta tiene sentido si nos situamos en el punto de vista del capitalista individual - mejor sería decir, del comerciante -. Para el empresario (y el comerciante), su ganancia surge del recargo que agrega al precio de fábrica. Y no se pregunta mucho más. Pero la concepción mercantilista resulta inadecuada cuando se asume el punto de vista de la sociedad (la reproducción social en su conjunto), pues allí lo que ganan unos empresarios es la pérdida de sus colegas (y de otros grupos de la sociedad). Los mercantilistas no pueden demostrar (explicar) la creación de nuevo valor y, por ello, se ven obligados a recurrir a factores exógenos (por ejemplo, el comercio internacional).

Sin embargo, el argumento clásico de los mercantilistas es más complejo que el planteado aquí. Para ellos, la ganancia no se da dentro de un país, “sino solamente en el cambio con otros países [de este modo] este valor se expresaba en dinero (oro y plata) y, por lo tanto, [...] la plusvalía se manifestaba en la balanza comercial, saldada en dinero.” (p. 36).

Dicho argumento clásico resulta importante para la comprensión de los problemas de la acumulación capitalista. La refutación de la idea de que la ganancia de los empresarios resulta de la explotación de otros países, permite una mejor comprensión (y refutación) de la teoría de la crisis por subconsumo.

En segundo lugar, Steuart es la “expresión racional”, “científica”, del mercantilismo, porque “pone de manifiesto cómo procede el proceso de disociación entre las condiciones de producción, consideradas como propiedad de [una] determinada clase, y la fuerza de trabajo.” (p. 36). Steuart analizó dicha disociación en la agricultura, y consideró que era condición para la gran industria.

Para cerrar estas notas, conviene recordar que Marx se preocupa por poner a las distintas corrientes económicas en su contexto histórico. Su tratamiento del mercantilismo no es la excepción a esta regla. Así, al estudiar las contradicciones de los fisiócratas, se preocupa por señalar el marco histórico-social en que se daban dichas contradicciones: Francia, país predominantemente agrario, sede de la escuela fisiocrática; Gran Bretaña, país donde predominaban la industria, el comercio y la navegación. En el caso inglés, “como es natural, aquí se mira, sobre todo, a la circulación, en que el producto sólo adquiere valor, sólo se convierte en mercancía en cuanto expresión del trabajo general de la sociedad, [en cuanto] dinero. Por eso, cuando no se trata de la forma del valor, sino de su magnitud y de la valorización, lo que aquí salta a la vista es el profit upon expropiation - ganancias sobre la venta -, es decir, la ganancia relativa que Steuart describe.” (p. 42).

Villa del Parque, domingo 28 de enero de 2018

NOTAS:
(1) El Capital dista mucho de ser una obra cerrada por su autor, y esto en múltiples sentidos, que no podemos desarrollar aquí. Por el momento, basta con señalar un hecho bien conocido: Marx alcanzó a publicar en vida sólo el Libro I (1867), dedicado al proceso de producción del capital. Friedrich Engels (1820-1895) se encargó de la publicación del Libro II (1885), cuyo tema es el proceso de circulación del capital, y del Libro Tercero (1894), donde se examina el proceso global de la producción capitalista. Marx proyectó un Libro IV, dedicado a la historia de la teoría de la plusvalía y redactó un extenso manuscrito. Karl Kautsky (1854-1938) editó el Libro IV en 1905-1910, pero ordenó los materiales originales en un orden que difería del indicado por Marx en su manuscrito. El Instituto de Marxismo Leninismo de la Unión Soviética preparó una nueva edición, que reproduce el manuscrito en su orden original: el primer volumen apareció en 1956, el segundo en 1959 y el tercero y último en 1962. La edición estuvo a cargo de la editorial Dietz, de Berlín Oriental. Todas las citas del Libro IV de El Capital corresponden a la siguiente edición: Marx, Karl. (1987). Teorías sobre la plusvalía I: Tomo IV de El Capital. México D. F.: Fondo de Cultura Económica.  La traducción estuvo a cargo de Wenceslao Roces.  
(2) Para un panorama somero del mercantilismo, consultar Fernández López, Manuel. (1998). Historia del pensamiento económico. Buenos Aires: A-Z editora. (pp. 75-82).
(3) Marx cita a Steuart a partir de la edición preparada por el general James Steuart, su hijo: The Works of Sir James Steuart, Londres, 1805. Los Principles se encuentran en el primero de los seis volúmenes de esa edición.
(4) El valor real de una mercancía se compone de tres partes: 1) la cantidad de trabajo que por término medio puede ejecutar el obrero de un país, en un día, una semana o un mes; 2) el valor de los medios de sustento y los demás medios para satisfacer las otras necesidades del obrero, así como las requeridas para procurarse las herramientas que su oficio requiere; 3) el valor de los materiales. Lo que excede de estos tres ítems, es la ganancia del manufacturero. (p. 35).