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martes, 3 de febrero de 2026

UN MOMENTO DE JÚBILO: EL PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE 1890 DEL MANIFIESTO COMUNISTA

 

Movilización por el 1° de Mayo


Ariel Mayo (ISP Dr. Joaquín V. González / UNSAM)

En 1889 se constituyó la Segunda Internacional, organización que agrupaba a partidos socialistas y organizaciones obreras de Europa y América. A diferencia de su antecesora, la Primera Internacional (1864-1876), la Segunda Internacional tenía mayoría de organizaciones partidarias. En el  período posterior a la disolución de la Primera Internacional, la expansión de las relaciones capitalistas fue acompañada por un incremento sustancial del número de trabajadores asalariados. A pesar de la represión y de las persecuciones estatales, muchos militantes socialistas compartían la certeza de que el futuro era socialista y no capitalista. La principal razón que apoyaba esa certeza era, precisamente, el incremento de las organizaciones obreras y socialistas. Los partidos y los sindicatos crecían y los gobiernos se veían obligados, más tarde o más temprano, a reconocerlos, a aceptar su participación en las contiendas electorales, a extender el derecho del sufragio y aprobar leyes a favor de los trabajadores. El espíritu del optimismo, tantas veces engañoso, flotaba en el ambiente. En ese marco se fundó la Segunda Internacional y en la ciudad de Londres, un militante de casi 70 años de edad, Friedrich Engels, redactaba el prólogo a una nueva edición alemana del MC.

En sí, el prólogo a la edición alemana de 1890, fechado en Londres el 1° de mayo de 1890, sigue casi al pie de la letra el prólogo anterior, redactado por Engels para la edición inglesa de 1888. No contiene, por tanto, nada novedoso (por lo menos para los lectores del prólogo de 1888). Lo más significativo del texto es el entusiasmo de Engels, ese viejo (según los parámetros de la época) casi septuagenario, ante el crecimiento notable del socialismo marxista, que se había vuelto hegemónico en las filas del movimiento socialista (por cierto, no es este el lugar para analizar cuán profundo era el arraigo de la teoría marxista de la sociedad en los partidos socialistas). Ese entusiasmo se advierte en dos cuestiones: su descripción de la multiplicación de las ediciones del MC; su frase final, en tono casi de tango, dedicada a su amigo muerto: “¡Ojalá estuviera Marx todavía a mi lado para ver esto con sus propios ojos!” (p. 118).

La estructura del prólogo es sencilla y puede dividirse en tres partes: a) la historia de las ediciones del  MC desde la edición alemana de 1883 (pp. 114-115); b) la explicación del uso del término comunista en vez de socialista (pp. 110-111); c) la explicitación del núcleo teórico del MC.

Abreviaturas:

MC= Manifiesto del partido comunista

Noticia para bibliófilos desesperados:

Engels, F. (2000). Prólogo a la edición alemana de 1890 del Manifiesto del Partido Comunista. En K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista (pp. 114-118). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz.


Engels escribe: “El Manifiesto ha tenido una vida propia.” (p. 115) Aquí no hay nada nuevo bajo el Sol, pues es lo que suele suceder con los libros, que se independizan de sus autores. Sin embargo, la frase de Engels sugiere la mezcla de asombro y entusiasmo ante la difusión de una obra que comenzó siendo casi ignorada en sus orígenes: “En el momento de su aparición fue saludado con entusiasmo por la vanguardia, poco numerosa aún por entonces, del socialismo científico (como lo prueban las traducciones citadas en el primer prólogo), pero pronto quedó relegado a un plano secundario en virtud de la reacción que se inició con la derrota de los obreros de París en junio de 1848, para ser finalmente proscrito «de derecho» a consecuencia de la condena de los comunistas de Colonia, en noviembre de 1852.” (p. 115)

En el período de las revoluciones de 1848, el MC ocupó un lugar muy marginal en las elaboraciones teóricas de los revolucionarios. En cambio, hacia 1887 “el socialismo continental no era ya prácticamente otra cosa que la teoría que se proclama en el Manifiesto.” (p. 117).

Engels sigue aquí los lineamientos del ya mencionado prólogo de 1888 en lo que hace a la historia del MC. Hay dos aspectos relevantes: en primer término, la afirmación de que la versión marxista del socialismo se había vuelto dominante a mediados de la década de 1880 y que esa hegemonía fue el producto del carácter científico de la teoría de Marx. En segundo lugar, el deleite casi infantil con el que Engels enumera las ediciones del MC.

También retoma el argumento al prólogo a la edición inglesa de 1888 en lo que hace a la cuestión de la adopción del término comunista en vez de socialista: “cuando fue escrito no hubiéramos podido llamarlo un manifiesto socialista. En 1847 se entendía como socialistas, por una parte, a los partidarios de los diversos sistemas utópicos: los owenistas en Inglaterra y los fourieristas en Francia, que se han visto reducidos ya unos y otros a meras sectas en paulatina extinción; por otra, a los más variados charlatanes sociales que prometían eliminar las lacras sociales con toda suerte de panaceas que no ofrecían el menor peligro para el capital ni para las ganancias. En ambos casos se trataba de gentes situadas fuera del movimiento obrero y que buscaban más bien apoyo entre las clases «ilustradas». La parte de la clase obrera que había llegado al convencimiento de la insuficiencia de transformaciones meramente políticas y postulaba la necesidad de una transformación total de la sociedad, se llamaba entonces comunista. Se trataba aún de una forma rudimentaria, tosca, puramente instintiva de comunismo; pero acertó en el punto cardinal y fue lo suficientemente fuerte dentro de la clase obrera como para engendrar el comunismo utópico” (p. 110)

Engels cierra el prólogo con la alusión a la celebración del 1° de mayo:

“Actualmente, mientras escribo estas líneas, el proletariado europeo y americano pasa revista a sus fuerzas movilizadas por vez primera, movilizadas como un ejército, bajo una bandera y por un objetivo inmediato: la jornada laboral normal de ocho horas, proclamada ya por el Congreso de la Internacional de Ginebra de 1866 y, nuevamente, por el Congreso de Trabajadores de París de 1889, y que debe ser legalmente determinada. Y el espectáculo del día de hoy abrirá a los capitalistas y terratenientes de todos los países los ojos sobre el hecho de que actualmente los proletarios de todos los países están efectivamente unidos.” (p. 118)

“Actualmente, mientras escribo estas líneas, el proletariado europeo y americano pasa revista a sus fuerzas movilizadas por vez primera, movilizadas como un ejército, bajo una bandera y por un objetivo inmediato: la jornada laboral normal de ocho horas, proclamada ya por el Congreso de la Internacional de Ginebra de 1866 y, nuevamente, por el Congreso de Trabajadores de París de 1889, y que debe ser legalmente determinada. Y el espectáculo del día de hoy abrirá a los capitalistas y terratenientes de todos los países los ojos sobre el hecho de que actualmente los proletarios de todos los países están efectivamente unidos.” (p. 118)

En 1848 la primera edición del MC fue testigo de la “primavera de los pueblos”. En 1890 el MC contempló la primera celebración internacional del 1° de Mayo. Más allá del devenir posterior del movimiento socialista y de las ilusiones perdidas, no cabe duda de que Engels pudo vivir, al final del camino, un momento que daba sentido a su vida. No es poca cosa, por cierto.

Balvanera, martes 3 de febrero de 2026

domingo, 1 de febrero de 2026

ESCRIBIENDO LA HISTORIA DEL SOCIALISMO: EL PRÓLOGO DE 1888 DEL MANIFIESTO COMUNISTA



 

Ariel Mayo (ISP Dr. Joaquín V. González / UNSAM)

Friedrich Engels (1820-1895) fue, desde la muerte de Marx en 1883, la figura más importante de la corriente marxista del movimiento socialista. Esa posición conllevaba grandes responsabilidades: por un lado, debía encargarse de la publicación de las obras de Marx, tanto de las publicadas en vida de éste como del océano de manuscritos y obras inconclusas dejadas por el fundador del materialismo histórico; por otra parte, era consultado como voz autorizada y como mediador en los conflictos en el seno de los partidos socialistas (que habían comenzado a crecer en varios países europeos, en especial en Alemania). Como si esto fuera poco, tenía que conseguir tiempo para su propia tarea intelectual pues, a pesar de que la magnitud de la obra de Marx dejaba en un segundo plano a todos los demás, Engels era un teórico notable y un observador fino de los cambios sociales, cualidades que destacan en obras como La situación de la clase obrera en Inglaterra.

Entre las tareas mencionadas se encontraba la publicación de nuevas ediciones del MC. Engels redactó el prólogo a la edición inglesa de 1888 del MC, fechado en Londres el 30 de enero de 1888. [1] Inglaterra era un lugar esquivo para el socialismo marxista; mientras que en Alemania, en Francia y aun en Rusia, las obras de Marx se difundían ampliamente a la par que crecían los partidos socialistas, en suelo inglés el marxismo tenía grandes dificultades para hacer pie. La publicación de una edición inglesa del MC constituía, pues, un acontecimiento en sí mismo.

La estructura del prólogo es bien sencilla. Se distinguen tres grandes temas: a) la historia del MC (pp. 105-109); b) la explicación del uso del término comunista en vez de socialista (pp. 110-111); c) la explicitación del núcleo teórico del MC.

Abreviaturas:

AIT= Asociación Internacional de Trabajadores / LC= Liga de los Comunistas / MC= Manifiesto del partido comunista / MO= Movimiento obrero

Información para amantes de los datos bibliográficos:

Engels, F. (2000). Prólogo a la edición inglesa de 1888 del Manifiesto del Partido Comunista. En K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista (pp. 105-113). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz.

La traducción inglesa del MC fue obra de Samuel Moore (1838-1911) y lleva por título Manifest of the Communist Party, by Karl Marx and Frederick Engels, Authorized English Translation, edited and annotated by Frederick Engels, 1888, Londres, Wüliam Reeves, 185 Fleet St, E. C.


Para 1888 no cabían dudas de que la corriente marxista se había vuelto hegemónica dentro del movimiento socialista. El principal partido socialista de la época, el alemán, se reconocía marxista y el marxismo continuaba su expansión en los países de Europa occidental, en Rusia e incluso en los Estados Unidos. Esto era bastante sorprendente, dado que cuarenta años atrás, fecha en que se publicó la primera edición del MC, los marxistas eran apenas unas decenas de militantes. Era preciso contar la historia de ese extraordinario crecimiento y Engels se abocó a esa tarea en el prefacio de 1888. No era un impulso casual. Tanto en el Anti-Dühring (1877) como en Del socialismo utópico al socialismo científico (1880), Engels desarrolló las líneas principales de lo que era su versión de la historia del socialismo marxista. El interés engelsiano por la historia del movimiento socialista tenía, como no podía ser de otra manera, intenciones políticas. En un momento en que los partidos socialistas se encontraban en plena expansión, las disputas ideológicas al interior de los mismos estaban en auge. Muchos militantes buscaban en la historia la respuesta a la pregunta ¿qué hacer? y Engels intentó ofrecer esa respuesta.

Veamos a continuación los grandes rasgos de la historia del socialismo marxista tal como los presenta Engels en el prólogo de 1888.

Como es sabido, el MC era “la plataforma” de la LC, organización que es caracterizada como “una asociación obrera en un principio exclusivamente alemana, más tarde internacional, que, en las condiciones políticas del continente europeo en 1848, era inevitablemente una organización secreta.” (p. 105) En su segundo congreso, celebrado en Londres en 1847, la LC encomendó a Marx y Engels la redacción de un “programa teórico y práctico completo del partido” (p. 105). Tras dar muchas vueltas, Marx y Engels concluyeron la redacción del MC, que se publicó a fines de febrero de 1848.

La derrota de las revoluciones de 1848 limitó la acción del MO, que se vio obligado a ocupar la posición de ala de extrema izquierda de la burguesía radical y a luchar por la libertad de los movimientos políticos. La LC dejó de funcionar a finales de 1852.

La fundación de la AIT (la 1° Internacional, 1864) marcó el resurgir del MO europeo. La AIT no podía proclamar los principios del MC, pues su objetivo era agrupar al conjunto de la clase trabajadora europea y americana. “La Internacional tenía que tener un programa lo suficientemente amplio como para resultar aceptable para las trade unions inglesas, para los partidarios franceses, belgas, italianos y españoles de Proudhon y para los lassalleanos en Alemania” (p. 107) Esta afirmación da cuenta tanto de la debilidad de los marxistas como de la existencia de diversas corrientes dentro del movimiento socialista.

Dado lo anterior, Marx elaboró el programa de la AIT, “para satisfacer a todos los partidos” (p. 107). Se apostaba al “desarrollo intelectual de la clase obrera, un desarrollo que debía surgir necesariamente de la acción unificada y de la discusión en común. Los acontecimientos y vicisitudes en la lucha contra el capital, las derrotas aún más que las victorias, no podían menos de llevar a los hombres a tomar consciencia de la insuficiencias de sus diversas panaceas predilectas y de allanarles el camino para una plena comprensión de las premisas efectivas de la emancipación de la clase obrera ” (p. 107) Así, pues, en su versión de la historia Engels sostiene que la superioridad del marxismo sobre las otras corrientes socialistas se sustentó en su teoría del capitalismo (cuya expresión más acabada era el Libro Primero de El capital). En la concepción engelsiana subyace la idea de que la Verdad contenida en la teoría marxista supera el Error de las demás corrientes socialistas.

Sin embargo, la historia de la Primera Internacional revela un panorama diferente al presentado por Engels. En 1874 se produjo la desintegración de la AIT, producto tanto de las persecuciones llevadas a cabo por los gobiernos europeos luego de la Comuna de París (1871) como, y esto es lo más significativo, de las luchas internas en la Internacional. En este sentido, la mentada superioridad teórica del marxismo no alcanzó para terminar con la oposición de las otras corrientes socialistas. Engels, tozudo, hace de la derrota victoria. En su opinión, la  desintegración de la Primera Internacional está marcada por la agonía del proudhonismo y del lassalleanismo; a la vez, las trade unions [los sindicatos ingleses] se acercan al socialismo marxista.

Engels se permite sacar un corolario a partir de la experiencia de la Primera Internacional: “los principios del Manifiesto habían realizado considerables progresos entre los obreros de todos los países.” (p. 108) Mide la extensión de esos progresos por la cantidad de ediciones del MC. Así, considera que en la nueva situación el MC volvió al primer plano. Se produjo una multiplicación de ediciones en diversos idiomas: “hoy es, sin lugar a dudas, la obra más ampliamente difundida y más internacional de toda la literatura socialista, un programa conjunto que es reconocido por millones de obreros, de Siberia a California.” (p. 109) No cabe duda de que el discurso de Engels es triunfalista; sin embargo, hay que reconocer que el crecimiento del socialismo marxista era evidente y, a todas luces, extraordinario, habida cuenta de sus comienzos tan humildes. Además, y esto es fundamental, es cierto que lo que distinguía al marxismo de las otras corrientes era la preocupación por elaborar una teoría del funcionamiento del capitalismo.

En el prólogo, Engels también se ocupa de la cuestión de por qué el MC se tituló “comunista” y no “Manifiesto socialista”. La razón de ello es que en 1847, “se entendía como socialistas, por una parte, a los partidarios de los diversos sistemas utópicos: los owenistas en Inglaterra y los fourieristas en Francia, que se han visto reducidos ya unos y otros a meras sectas en paulatina extinción; por otra, a los más variados charlatanes sociales que prometían eliminar las lacras sociales con toda suerte de panaceas que no ofrecían el menor peligro para el capital ni para las ganancias. En ambos casos se trataba de gentes situadas fuera del movimiento obrero y que buscaban más bien apoyo entre las clases «ilustradas».” (p. 110) En cambio, en 1847 el término comunista era adoptado por la “parte de la clase obrera que había llegado al convencimiento de la insuficiencia de transformaciones meramente políticas y postulaba la necesidad de una transformación total de la sociedad” (p. 110). El comunismo en 1847 no poseía gran elaboración teórica, era una “forma rudimentaria, tosca, puramente instintiva de comunismo” (p. 110) Engendró el comunismo utópico: Étienne Cabet (1788-1856)  en Francia, Wilhelm Weitling (1808-1871) en Alemania.

En síntesis, “en 1847 el socialismo era un movimiento de la clase media, mientras que el comunismo era un movimiento de la clase obrera. El socialismo era, cuanto menos en el continente, «respetable»; en tanto que el comunismo era exactamente lo contrario” (p. 111). La elección de Marx y Engels por el comunismo respondió a la convicción de que la emancipación de la clase obrera “debía ser obra de la propia clase obrera” (p. 111). Aquí, como en el caso de la Primera Internacional, Engels presenta la superioridad del marxismo como una consecuencia de su desarrollo de la comprensión científica del capitalismo. Frente a los comunistas “utópicos”, los comunistas “científicos” poseían la ciencia como herramienta distintiva.

Por último, Engels dedica la parte final del prólogo a afirmar que “la idea fundamental” que constituye el núcleo del MC pertenece a Marx y es la siguiente:

“En toda época histórica el modo económico predominante de producción e intercambio, y la estructura social que se deriva necesariamente de él, constituyen el fundamento sobre el cual se basa la historia política e intelectual de esa época, que sólo a partir de él puede ser explicada; que, en consecuencia, toda la historia de la humanidad (desde la abolición del orden gentilicio, con su propiedad común de la tierra) ha sido una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas; que la historia de estas luchas de clases constituye una serie evolutiva que ha alcanzado en la actualidad una etapa en la cual la clase explotada y oprimida —el proletariado— ya no puede lograr su liberación del yugo de la clase explotadora y dominante —la burguesía— sin liberar al mismo tiempo a toda la sociedad, de una vez por todas, de toda explotación y opresión, de todas las diferencias y luchas de clases.” (pp. 111-112)

Estas tres ideas: centralidad de la producción, lucha de clases, el proletariado como sujeto revolucionario, constituyen, a su juicio, las bases de la concepción marxista del socialismo y de su teoría de la sociedad. En este punto, Engels traza una comparación significativa, pues sostiene que la concepción marxista de la sociedad cumplirá para las ciencias históricas el mismo papel que la teoría de Charles Darwin (1809-1882) para las ciencias naturales. Aunque la afirmación de Engels pueda parecer exagerada (y probablemente lo sea), es innegable la tremenda influencia ejercida por la teoría de Marx sobre las ciencias sociales.

Balvanera, domingo 1 de febrero de 2026

miércoles, 12 de enero de 2011

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (4): LOS ORÍGENES DEL SOCIALISMO INGLÉS

Thomas Spence



Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo aclaración en contrario, de Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista: I. Los precursores, 1789-1850. México D. F: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.

5. Los precursores del socialismo inglés.

En la época anterior a la Revolución Francesa de 1789, en Gran Bretaña hubo un pensamiento liberal radical o avanzado (cuyos exponentes fueron John Wilkes, Majoz Cartwright, Richard Price, Joseph Priestley, Thomas Paine), pero no podemos calificar a esta corriente de socialista, pues "la cuestión planteada en la Gran Bretaña hasta 1789 se refería exclusivamente a derechos políticos, incluso a impuestos, y no a un cambio de sistema social." (I: 30). Aún las expresiones más avanzadas del pensamiento radical inglés, como la Corresponding Society (Sociedad de Correspondencia, una organización que actuaba en Londres y otras ciudades) (1), carecía de una concepción clara de un nuevo sistema social que pudiera reemplazar al existente: "Sus esfuerzos principales estaban concentrados en las reformas políticas" (I: 30).

Sin embargo, la afirmación realizada en el párrafo anterior admite algunas excepciones importantes. En la 2° parte de Rights of Man (1791), la gran obra de Thomas Paine (1737-1809), se expone un programa social en favor del pueblo (2). Más adelante dedicaremos atención a este trabajo.

6. Thomas Spence (1750-1814)

Fue un reformador social que puede aproximarse a Babeuf (1760-1797) (3) por la amplitud de sus objetivos sociales. Integró la Corresponding Society (primero en Newcastle-upon-Tyne y luego en Londres). En 1812 surgió la sociedad de Spencean Philantropists, que adquirió cierta importancia después de la muerte de Spence.

En 1775 publicó en Newcastle la 1° versión de su plan de reforma social, que fue reformulado a través de sucesivas versiones. La más completa, The Restorer of Society to its Natural State, data de 1801.

Su programa era el siguiente. Las comunidades locales se apoderarían de las propiedades e instaurarían la propiedad colectiva de la tierra. Estas comunidades arrendarían las tierras a los labradores, y con las rentas pagarían los gastos del gobierno. Spence planteaba reducir los gastos de la función pública, para obtener un gobierno sencillo de comunidades locales, agrupadas en una federación muy libre que atendería a las necesidades poco complicadas de una administración central. Para entender este planteo y no agregarle enseguida el mote de "utópico", es importante tener presente que Spence escribía en el marco de una situación social anterior a la Revolución Industrial. Su idea del gobierno no tiene en cuenta las dificultades que surgirían a partir de la extensión de la división del trabajo. En definifiva, es un proyecto de reforma de una sociedad precapitalista, todavía predominantemente agraria.

Spence tuvo muy poca influencia en el desarrollo contemporáneo del pensamiento radical inglés. A pesar de que Spence se ocupó sobre todo de cuestiones teóricas, entre los spencianos hubo un pequeño grupo de partidarios de la insurrección. En 1816 un grupo de ellos organizó en Londres una manifestación semitumultuosa, aprovechada por el gobierno para "descubrir" una supuesta conspiración. En 1820, un grupo dirigido por Arthur Thistlewood (1774-1820) proyectó asesinar a todo el Gabinete y luego apoderarse del poder mediante un golpe de mano. Este episodio fue conocido como la "Conspiración de la Cato Street", y fue descubierto con mucha anticipación por el gobierno. En él sólo tomó parte un puñado de conspiradores. Thistlewood fue apresado, condenado por traición y ahorcado el 1° de mayo de 1820.

Mataderos, miércoles 12 de enero de 2011

NOTAS:

(1) Para la Corresponding Society puede consultarse La formación de la clase obrera en Inglaterra, de E. P. Thompson.

(2) La versión completa de la edición de 1795 de la obra de Paine se encuentra disponible online en: http://books.google.com/books?id=kkYUAAAAYAAJ&printsec=frontcover&dq=thomas+paine+rights+of+man&hl=es&ei=sTkuTY31KcH-8AafqZWVCQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resn

(3) Para Babeuf, consultar la nota anterior de este blog, publicada el 2 de enero de 2011: http://miseriadelasociologia.blogspot.com/2011/01/cole-3-babeauf-y-la-conspiracion-de-los.html

domingo, 2 de enero de 2011

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (3): BABEUF Y LA CONSPIRACIÓN DE LOS IGUALES (1796)



4. Babeuf y la Conspiración de los Iguales (1796)[1]

¿Por qué tomar 1789 como punto de partida para una historia del socialismo? Cole da esta respuesta: “Este es el momento desde el cual es posible seguir, no sólo un desarrollo continuo en la esfera del pensamiento, sino también una conexión creciente entre el pensamiento y los movimientos que tratan de darle expresión práctica.” (I: 19).

La Revolución Francesa tuvo como una de sus consecuencias que la cuestión social se ubicara “por primera vez en el primer plano, no sólo como problema moral para un grupo de intelectuales y reformadores, sino como tema práctico reincidente que implicaba un conflicto real y amenazador entre los ricos y los pobres, entre los propietarios y los no propietarios, entre las clases privilegiadas de la antigua sociedad y los no privilegiados del «tercer estado».” (I: 20). Cole menciona a Chappuis, quien presentó proyectos ante la Asamblea Constituyente, en los que proponía la creación de comunidades colectivas (anticipando en esto a los falansterios de Fourier).

En la Revolución Francesa los campesinos consiguieron la tierra y la liberación de las exacciones feudales. Los artesanos y los obreros de las ciudades no obtuvieron ventajas económicas. En 1793 la Constitución les aseguró los derechos políticos, pero ésta nunca llegó a aplicarse[2]. Los pobres de las ciudades pasaron a engrosar las filas de los grupos más radicales, combinando el reclamo de los derechos del ciudadano con las exigencias de trabajo y pan (I: 20-21).

Cole sintetiza así la importancia de la Revolución Francesa para el desarrollo del movimiento socialista: “…los acontecimientos del período comprendido ente 1789 y la derrota de la «Conspiración de los Iguales» [marcaron] por primera vez, [hicieron] de la lucha de clases, aunque en pequeña escala y momentáneamente, una realidad manifiesta en la sociedad moderna, y en el curso de la batalla entre ricos y pobres condujo a que fuesen formuladas las doctrinas socialistas que, no siendo seguidas nunca más que por un pequeño número de partidarios, representaba, sin embargo, un nuevo elemento en el desarrollo histórico de la sociedad occidental.” (I: 21). “Lo que hizo la Revolución Francesa no fue crear el socialismo como un movimiento social, sino, más bien, convertir por primera vez en una lucha política el antagonismo entre ricos y pobres, y sustituir con este antagonismo los anteriores entre las clases privilegiadas y las no privilegiadas, preparando el terreno para las prolongadas luchas sociales de la Europa del siglo XIX, de las cuales nació el movimiento socialista moderno.” (I: 26-27).

Hay que situar la emergencia de François-Noël Babeuf (1760-1797)[3] y su grupo en un contexto de tensión de guerra y de derrota y decapitación del jacobinismo (y de la consiguiente ola de Terror Blanco que siguió a la ejecución de Robespierre). Corresponde a Babeuf la elaboración de “un plan casi completo de comunismo proletario, el cual puede considerarse como el precursor no sólo de las doctrinas socialistas posteriores de propiedad y explotación colectiva de los medios de producción, sino también de la idea de la dictadura del proletariado como manera de someter a las demás clases y de derrotar los intentos de contrarrevolución.” (I: 25).

La Conspiración de los Iguales fue “el primer movimiento socialista del pueblo” (I: 25). Sus ideas de comunismo y de igualdad social habían sido tomadas de Mably (1709-1785) y de otros filósofos utopistas del siglo XVIII. “Lo nuevo era la transformación de estas ideas utópicas en una forma de movimiento social que aspiraba al cambio inmediato de la sociedad existente y de sus instituciones, tanto económicas como políticas.” (I: 25). Fue un movimiento minoritario, que alcanzó a dirigir a sólo una parte del “proletariado”[4] urbano. Fue una conspiración de pocos y no un movimiento de masas; trató de ganarse a los descontentos generados por el hambre y la carestía que signaron el período posterior a la caída de los jacobinos.

“En realidad, el babouvismo fue esencialmente producto de la decepción revolucionaria. Se había esperado demasiado de la revolución [Este “demasiado” es, por lo menos, un anacronismo. En una revolución las masas liberan toda su energía, todas sus esperanzas (como decía Amado, “la revolución es la fiesta de los pobres”). Sería absurdo políticamente pedir que autolimitaran sus expectativas y sus acciones a las “posibilidades” de la clase que dirige políticamente la revolución – tengo en mente al escribir esto a la burguesía en las revoluciones burguesas -. Cole desconoce con esta frase la naturaleza de la ruptura representada por las revoluciones, que hace imposible mensurarlas según las normas políticas ordinarias.]; y lo que parecía haberse logrado para la parte más pobre de la población urbana, fue mayor miseria y sufrimiento. Los campesinos habían obtenido tierra, los obreros sólo hambre y falta de trabajo. Alguien sería culpable de esto, la revolución tenía que haber sido traicionada por alguno. ¿Por quién? Seguramente por los ricos, que habían seguido viviendo con lujo mientras que la inmensa mayoría sufría, y por quienes en nombre de la propiedad habían permitido que sucedieran estas cosas. Pero las protestas no fueron muy eficaces, a pesar de las calamidades; porque dividían a los revolucionarios, incluso en las ciudades, y no hallaban ningún eco en las aldeas.” (I: 26). Esta impotencia política de las masas trabajadoras urbanas era el resultado tanto del carácter burgués de la revolución como de la carencia de un proyecto político autónomo, sustentado en un diagnóstico certero de la transición del feudalismo al capitalismo. Las herramientas teóricas eran insuficientes. Pero, aún disponiendo de ellas, subsistía el problema (terriblemente complejo) de cómo lograr la unificación de obreros, artesanos y campesinos detrás de un proyecto político común. Si esto último no podía concretarse, el resultado inevitable era “el solo fúnebre del proletariado”, al que aludía Karl Marx (1818-1883).

¿Cómo se desarrolló la Conspiración de los Iguales?

Babeuf dirigía la Union du Pantheón, una sociedad secreta en la que confluían elementos políticos y sociales heterogéneos. Babeuf y un pequeño grupo se retiraron de ella cuando el Directorio suprimió la Union. Formaron una conspiración secreta, que trató de ganarse el apoyo de los dirigentes clandestinos de los jacobinos. Los conspiradores planeaban apoderarse del poder y formar un gobierno revolucionario, apoyado en las sociedades locales de Paris, que debía convocar a una asamblea nacional, elegida en base a los derechos concedidos por la Constitución de 1793 (que, como dijimos, nunca había sido implementada en la práctica). Mientras era convocada esta asamblea nacional, Babeuf se proponía implantar una dictadura temporal, apoyada en los “obreros”[5] de Paris. En el Manifiesto de los iguales, redactado por Sylvain Maréchal (1750-1803)[6], se encuentra el programa de esta dictadura revolucionaria. Cole califica a este documento como “la primera declaración política socialista” (I: 29).

El programa de Babeuf y su grupo incluía:

a) Expropiación inmediata de toda propiedad que perteneciese a las corporaciones y a los enemigos del pueblo. Hay que enfatizar que no proponían sólo la expropiación de la tierra, sino también de las grandes compañías industriales (más bien, de las grandes manufacturas). Esta acción encontraba su justificación en el principio consignado en la 1º sección del mencionado Manifiesto: “La naturaleza ha dado a todos los hombres el mismo derecho a gozar de todos los bienes.” (I: 28).

b) Abolición de todos los derechos de herencia (así, aplicando esta norma, en una generación toda la propiedad de Francia sería colectiva).

c) La propiedad comunal sería administrada por funcionarios de elección popular que cobrarían igual salario que los trabajadores. Para ello Francia sería dividida en nuevos distritos administrativos.

d) El trabajo sería obligatorio para todos; sólo las personas que realizaran un trabajo útil podrían votar. Cabe aclarar que, en cuanto al voto, se ceñían a lo establecido por la Constitución de 1793, que concedía este derecho a todos los varones (las mujeres quedaban excluidas, a pesar de su importante participación en la Revolución Francesa).

e) La educación sería universal, y estaría dirigida a inculcar en el pueblo los principios de la nueva sociedad.

La Conspiración fue desbaratada fácilmente por el Directorio. Uno de los militares involucrados en ella era un infiltrado, que denunció a los jefes en vísperas de la insurrección. Fueron detenidos y sometidos a juicio. Babeuf y Darthé (1769-1797) fueron guillotinados. Otros dirigentes, como el ya citado Maréchal y Philippe-Michel Buonarotti (1761-1837), fueron deportados.

Buonarotti, descendiente de Miguel Ángel, publicó La Conspiration pour l’egalité (Bruselas, 1828)[7], en la que dió a conocer por primera vez de manera completa los sucesos. Este texto se convirtió en un verdadero manual de revolucionarios durante la década de 1830 y hasta la Revolución de 1848. Fue traducida al inglés y comentada por Bronterre O’Brien, Buonarroti’s History of Babeuf’s Conspiracy (1836)[8], ejerciendo influencia sobre la izquierda cartista.

La derrota de Babeuf significó un duro revés para el socialismo igualitario en Francia, a punto tal que sólo logró reaparecer como movimiento político revolucionario luego de la Revolución de 1830. Cole afirma que, luego de desbaratada la Conspiración de los Iguales, “durante algún tiempo no fue posible ningún movimiento político basado sobre todo en un llamamiento a las clases obreras.” (I: 44).

Buenos Aires, domingo 2 de enero de 2011


NOTAS:

[1] Los temas abordados en esta nota son tratado por Cole en el capítulo II de su obra, titulado “La Gran Revolución Francesa y la conspiración de Gracchus Babeuf “ (I: 19-29). Nuestro autor sugiere que la mejor obra sobre la Conspiración es: Advielle, Victoire (1884). Histoire de Gracchus Babeuf et du babouvisme. Para los “joaquineros”,en la biblioteca del ISP Dr. J. V. González hay un ejemplar (donado por mi padre) de la traducción española de varios escritos de Babeuf (su producción periodística en LE TRIBUN DU PEUPLE).

[2] Esta Constitución, sancionada por los jacobinos, fue calificada por Marx como “la más radical de las Constituciones” en su célebre artículo “Sobre la cuestión judía” (1844), en el que hace varias menciones críticas a dicha Constitución de 1793.

[3] Más conocido como Gracchus Babeauf. Había tomado este seudónimo del tribuno del pueblo romano, que había intentado resolver la cuestión agraria a favor de los plebeyos. Se destacó como editor y principal redactor del periódico LE TRIBUN DU PEUPLE (1794-1796).

[4] Las comillas obedecen a que no se trataba de un proletariado moderno ni mucho menos. Era una mezcla abigarrada de artesanos, jornaleros y operarios de algunas (pocas) grandes manufacturas.

[5] Como se dijo en otra nota, el término “obreros” no debe ser entendido en un sentido moderno.

[6] Maréchal fue el principal teórico de los conspiradores. Se había destacado como periodista revolucionario por sus ataques contra la religión. Era autor de un Diccionario de los ateos. (I: 29).

[7] El volumen 1 de la edición 1828 (no encontré el volumen 2 en formato digital) está disponible en ese verdadero tesoro para bibliófilos que es el sitio Google books: http://books.google.com/books?id=w1oPAAAAQAAJ&printsec=frontcover&dq=philippe+buonarotti+la+conspiration&hl=es&ei=cgMgTb-uGI-u8Aau Consultado: 1/01/2011.

[8] La traducción de O’Brien se encuentra completa (en su edición de 1836) en el link: http://books.google.com/books?id=05HRAAAAMAAJ&printsec=frontcover&dq=philippe+buonarotti&hl=es&ei=rAIgTe_8N8Kt8AasmrWGDg&sa=X&oi= Consultado: 1/01/2011.

martes, 28 de diciembre de 2010

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (2)

Babeauf (1760-1797)


2. El origen de la teoría de la lucha de clases[1].

La teoría de la lucha de clases existió con anterioridad al socialismo. Sus defensores se apoyaban en la actuación del revolucionario francés Gracchus Babeuf (1760-1797), principal dirigente de la llamada Conspiración de los iguales. Las palabras “babouvisme” y “babouviste” se utilizaron frecuentemente en Francia, sobre todo después de 1830, siendo empleadas para designar a la extrema izquierda del movimiento democrático (esto es, de quienes apoyaban el derrocamiento de la monarquía orleanista, surgida de la Revolución de 1830, y su reemplazo por la república democrática). Es significativo que la palabra “prolétarien” se encontrase asociada en esta época con la tradición babouvista.

Los partidarios de Babeauf eran confundidos, a veces, con los socialistas (como se indicó en la nota anterior, recibían esta denominación tanto los partidarios de las ideas de Saint-Simon como los adherentes a las concepciones de Fourier). Sin embargo, hasta mucho después de 1830, se mantuvo una distinción. Mientras que sansimonianos, fourieristas y owenianos constituían grupos organizados, “el babouvisme era una tendencia más bien que una secta, y sus exponentes se hallaban entre los miembros de sociedades y grupos democráticos y revolucionarios que públicamente no hacían profesión pública de él, como una doctrina, sino que lo consideraban más bien como una expresión importante de la izquierda jacobina, como un primer intento de llevar la revolución de 1789 hasta sus última conclusión lógica.” (I: 14).

3. El origen del término Comunismo (I: 15).

Comenzó a usarse en Francia con posterioridad a la Revolución de 1830, en relación con las sociedades revolucionarias de carácter clandestino que actuaban en Paris. Se hizo de uso corriente en los comienzos de la década de 1840 para designar a las teorías de Etienne Cabet (1788-1856). En Gran Bretaña empezó a usarse en 1840, importada de Francia por el oweniano John Goodwyn Barmby (1820-1881)[2], en sus Cartas de Paris (serie de artículos publicados en THE NEW MORAL WORLD).

En Francia, su uso temprano tuvo dos acepciones: a) la idea de commune (= unidad básica de la vecindad y el gobierno autónomo), que apuntaba a una forma de organización social constituida por una federación de comunas libres[3]; b) la idea de communauté (= tener cosas en común o de propiedad común), siendo este el sentido aceptado por Cabet y sus partidarios[4].

A diferencia de la palabra socialismo, el término comunismo tenía un sentido más militante. Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) prefirieron hablar de comunismo, porque estaba más ligado a la idea de lucha revolucionaria y porque se relacionaba con la noción de propiedad y goce comunes. Según Engels, el término estaba asociado con la lucha de clases y con la concepción materialista de la historia.

Buenos Aires, martes 28 de diciembre de 2010


NOTAS:

[1]Una aclaración necesaria. El traductor de la obra (digo esto porque no tengo en mis manos la edición inglesa y no puedo establecer si el término ya es utilizado por Cole) emplea constantemente el término doctrina para referirse a las concepciones de un autor o corriente. Prefiero, en cambio, el uso de la palabra teoría, pues doctrina alude a un cuerpo cerrado de ideas (remitiendo en esto al pensamiento religioso), en tanto que teoría enfatiza el carácter abierto (y/o contradictorio) de un pensamiento. Es verdad que con esto estoy haciendo una interpretación particular de los términos mencionados, pero dicha interpretación es más cercana a las formulaciones de la moderna filosofía de la ciencia.

[2] Barmby, quien en 1840 realizó un viaje a Paris, hizo que Engels entrara en contacto con los “comunistas” franceses.

[3] En esta acepción fue adoptada por los clubes clandestinos de extrema izquierda. Por intermedio de ellos pasó a los revolucionarios exiliados en Francia, y luego fue empleada por la Liga Comunista en 1847. De allí pasó al Manifiesto Comunista (1848).

[4] Es interesante hacer notar que ya en sus orígenes el comunismo denotaba una concepción de la organización social que combinaba el autogobierno (o, si se quiere, formas de gobierno en las que los gobernados tuvieran una participación activa en la toma de decisiones y en el gobierno mismo) con la reestructuración radical de la propiedad.