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lunes, 28 de septiembre de 2026

LA SOCIOLOGÍA ENTRA EN EL LABORATORIO: APUNTES SOBRE BRUNO LATOUR

 


Bruno Latour



Ariel Mayo (ISP. Dr. J. V. González / UNSAM)


El sociólogo francés Bruno Latour (1947-2022) es especialista en Estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad.

Referencia bibliográfica:

Latour, B. (s. f.). Dadme un laboratorio y moveré el mundo. Traducción de Marta I. González García.


Presentación (pp. 3-8)

El punto de partida del artículo es la constatación de que el auge de los estudios de campo sobre las prácticas de laboratorio reavivó el debate entre los enfoques internalista y externalista de la ciencia y la tecnología.

Los participantes del debate: de un lado, los partidarios de los estudios de campo, enfocados en los microproblemas de la ciencia; del otro, los interesados en los macroproblemas, “como la política científica, la historia de la ciencia o, en general, lo que se conoce como Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS).” (p. 4)

La propuesta de Latour consiste en lo siguiente: “conservar la metodología desarrollada durante los estudios de campo en los laboratorios, pero centrándonos no en el laboratorio mismo, sino en la construcción del laboratorio y su posición en el medio social” (pp. 7-8)


“Dadme un laboratorio y moveré el mundo” (pp. 9-11)

El interés de la gente por las investigaciones en el laboratorio no deriva de sus intereses, sino de que los científicos (algunos) demuestran eficacia en la tarea de enrolar a las personas para que se interesen en el laboratorio. Da el ejemplo de Louis Pasteur (1822-1895), cuyos trabajos eran seguidos por personas que no tenían ninguna relación con la microbiología.

El científico puede “convencer a los demás de cuáles son sus intereses y qué deben querer y ser. Aquél que es capaz de traducir los intereses de los demás a su propio lenguaje lleva las de ganar.” (p. 10) Dicho de otro modo, “las ciencias son uno de los instrumentos más persuasivos que existen para convencer a los demás de qué son y qué deberían querer” (pp. 10-11)

“Por tanto, es inútil intentar averiguar el beneficio que la gente puede obtener de su interés por el laboratorio de Pasteur. Sus intereses son una consecuencia, y no una causa, de los esfuerzos de Pasteur por traducir lo que quieren o lo que él hace que quieran. No tienen ninguna razón a priori para estar interesados en absoluto, pero Pasteur les ha encontrado más de una razón.” (p. 11)

Primer movimiento: captar los intereses de los otros (pp. 11-14)

Pasteur se dedicó a estudiar la enfermedad del ántrax en el ganado. La creencia habitual de la época era que la enfermedad se relacionaba con las idiosincrasias locales, que no obedecía a ninguna causa singular. En pocas palabras, había relación entre el laboratorio de Pasteur y una granja en Beauce.

“Pero los intereses, como cualquier otra cosa, pueden construirse.” (p. 13) Pasteur trasladó su laboratorio a una granja.  El equipo de Pasteur se relaciona con los veterinarios. Aprenden el lenguaje de granjeros y veterinarios y granjeros, y lo traducen al lenguaje de la ciencia. 

Movimiento dos: mover el punto de apoyo a una posición más fuerte (p. 15-24)

A continuación, Pasteur retorna a su laboratorio en la École Normale Supérieure. Lleva el bacilo cultivado y en el laboratorio se dedica a criar microbios. Allí, las prácticas de laboratorio permiten llevar a cabo un cambio de escala: en el campo, el bacilo compite con otros microorganismos; en el laboratorio, no tiene competencia, se multiplica y forma colonias que se hacen visibles: “el científico en su laboratorio, que hasta ahora carecía de interés, puede hablar con más autoridad acerca del bacilo del ántrax de la que nunca tuvieron los veterinarios.” (p. 16)

Pasteur lleva a cabo una traducción del campo al laboratorio. No toma todos los elementos del campo, lleva el bacilo. Pero al hacerlo arrastra tras de sí a los elementos del campo (los granjeros), que pasan a interesarse por su trabajo:

“Si quieren resolver su problema del ántrax, tendrán que pasar antes por mi laboratorio. Como en todas las traducciones, se da un desplazamiento a través de las diversas versiones. Para ir derecho al ántrax, deberían dar un rodeo por el laboratorio de Pasteur. La enfermedad del ántrax está ahora en la École Normale Supérieure.” (p. 17)

La traducción es débil. La infección de ántrax es demasiado desordenada para que tenga una única causa. Los intereses externos tildan de arrogante a Pasteur por su pretensión de atribuir la enfermedad a la acción del bacilo.

Pasteur lleva adelante una mejor traducción. Inocula animales seleccionados con un cultivo de ántrax muy puro: genera una epizootia limitada, dominada por los instrumentos de registro de Pasteur y su equipo. “ Se imitan y reformulan los pocos puntos que se juzgan esenciales hasta colocarlos a escala.” (p. 17). Los animales mueren, las epizootias son activadas a voluntad.

La traducción permite invertir la relación de fuerzas de los actores: “afuera”, el microorganismo es invisible, “adentro” (laboratorio) aparece claramente como la causa de la enfermedad; “afuera”, los granjeros y los veterinarios son débiles, “adentro”, el científico es más fuerte que el bacilo y toma la delantera a granjeros y veterinarios. Ahora la traducción dice: “"Si quieren resolver su problema del ántrax, vengan a mi laboratorio, porque aquí es donde las fuerzas están invertidas. Si no lo hacen (veterinarios o granjeros), serán eliminados".” (p. 19).

Pero Pasteur sigue siendo débil. La enfermedad a veces mata, a veces no. Identificar la causa no significa encontrar un tratamiento eficaz. Se corre el riesgo de que los granjeros pierdan interés, que los microestudios del laboratorio se queden en eso, y que ese interés se desplace hacia otros laboratorios. 

En este punto, el equipo de Pasteur hace algo que rompe definitivamente la relación de fuerzas entre la microbiología y la veterinaria. La disponibilidad de grandes cantidades del bacilo en el laboratorio hace que los científicos desarrollen una nueva habilidad de saber cómo: adquieren la habilidad de saber manipular nuevos materiales. Surge el arte de entrenar y manipular microbios; aparecen, así, nuevas posibilidades.

En los laboratorios se puede controlar la variación de la virulencia del virus, observar y luego crear virus modificados.

“Es importante comprender que ahora, Pasteur hace cada vez más cosas dentro de su laboratorio que cada vez más grupos juzgan relevantes para sus intereses. Cultivar microbios había sido una curiosidad; reproducir epizootias en el laboratorio era interesante; pero variar a voluntad la virulencia de los microbios es algo fascinante. Incluso aunque todo el mundo creyera en el contagio, nadie podía explicar lo azaroso de los efectos. Sin embargo, Pasteur no sólo es el único hombre que ha demostrado la relación un microbio/una enfermedad, también es el que ha demostrado que la capacidad de infección de los microbios puede variar bajo condiciones controlables, una de las cuales es, por ejemplo, el encuentro previo del cuerpo con una forma debilitada de la enfermedad. Esta variación reproducida en el laboratorio es lo que hace difícil que otros discutan la traducción: la variación era el elemento más sorprendente que justificaba el anterior escepticismo hacia la ciencia del laboratorio y hacía necesaria una diferenciación clara entre fuera y dentro, entre el nivel práctico y el teórico. Pero es precisamente esta variación lo que Pasteur puede imitar con más facilidad. Puede atenuar un microbio; puede, por el contrario, aumentar su fuerza pasándolo a través de diferentes especies de animales; puede oponer una forma débil a otra fuerte, o incluso una especie de microbio a otra. Resumiendo, puede hacer dentro de su laboratorio lo que todo el mundo intenta hacer fuera. Pero, donde todo el mundo fracasa porque la escala es demasiado grande, Pasteur tiene éxito porque trabaja a una escala pequeña.” (p. 22-23)

“La traducción es ahora la siguiente: ≪Si quieren entender las epizootias y, poco después, las epidemias, tienen un lugar al que acudir, el laboratorio de Pasteur, y una ciencia que aprender que pronto reemplazará a la suya: la microbiología≫.” (p. 24)

A partir de ese momento todo el mundo pasa a estar interesado en los estudios de laboratorio. El laboratorio modificó las complejas relaciones entre los microbios y el ganado, los granjeros y su ganado, los veterinarios y los granjeros, los veterinarios y las ciencias biológicas. “El laboratorio de Pasteur consiguió atraer y captar su interés mediante un doble movimiento: primero, del laboratorio al campo y, después, del campo al laboratorio, donde se había ganado una nueva fuente de saber-cómo, manipulando un nuevo material: los cultivos puros de microbios.” (p. 24)

Movimiento tres: mover el mundo con la palanca (p. 25 y ss.)

A esta altura todavía podía producirse una pérdida de interés si los estudios se mantenían en el laboratorio. Pasteur tuvo que hacer otro movimiento: desde el laboratorio al campo, desde la microescala hacia la macroescala. Era experto en promover grupos de interés y en convencer a sus miembros de que los intereses del equipo de laboratorio coincidían con los suyos. Lo lograba con el uso común de ciertas prácticas de laboratorio. En el caso del ántrax organizó una prueba de campo a gran escala, bajo los auspicios de las sociedades agrícolas.

Se produce un desplazamiento en la traducción, que adquiere la forma de contrato: “"Estamos preparados para desplazar nuestros intereses a través de tus métodos y prácticas, de tal modo que podamos utilizarlos para alcanzar nuestros propios objetivos." (p. 26)

Pasteur seleccionó una granja en el pueblo de Pouilly le Fort y allí realizó el experimento de campo (la más famosa de sus pruebas teatrales), el 5 y el 17 de mayo de 1881. Pasteur y su equipo llevaron a cabo una representación de lo que tantas veces habían ensayado en el laboratorio. 

Antes del experimento, el contrato decía: Si quieren resolver su problema del ántrax, pasen por mi microbiología. Luego del experimento, se modificaron las condiciones del contrato: Si quieren salvar sus animales del ántrax, pidan un frasco de vacuna al laboratorio de Pasteur, École Normale Supérieure, rue d'Ulm, París. (p. 30). En otros términos, si respetan ciertas condiciones (desinfección, limpieza, inoculación, cronometraje y registro), pueden extender a todas las granjas francesas un producto hecho en el laboratorio de Pasteur. 

La estadística fue la herramienta que permitió verificar el éxito de la vacuna. Los estadísticos midieron el descenso de la enfermedad en aquellos departamentos de Francia donde se realizó la inoculación de la vacuna. De este modo, la sociedad francesa se transformó “debido a los desplazamientos de unos pocos laboratorios.” (p. 32)

Topología de la situación de laboratorio (p 33 y ss.)

Latour utilizó hasta aquí un modelo que respeta la distinción entre la microescala y la macroescala, entre dentro y fuera, “la misma frontera que la ciencia está diseñada para violar” (p. 33). Todos vemos los laboratorios, pero ignoramos [fingimos demencia] su proceso de  construcción.

A continuación presenta algunos conceptos.

Disolución de la dicotomía afuera/adentro (pp. 33-34)

El ejemplo muestra la desaparición de la dicotomía afuera/adentro. Todos los actores se desplazaron (el laboratorio de Pasteur se halla en medio de los intereses agrícolas, los veterinarios modificaron su estatus en relación a la microbiología, etc.). La pregunta ¿dónde? pasa a ser irrelevante, dados del desplazamiento del laboratorio de Pasteur desde París hacia las granjas y viceversa, etc. El resultado es que la situación de los granjeros se modificó. La explotación ganadera se desplazó gracias a la vacuna, todo el mundo cambió. 

“Para nuestro propósito aquí, es suficiente decir que los actores captados ven cada paso de una posición a la siguiente como una traducción fiel, y no como una traición, una deformación o un absurdo.” (p. 37)

“La negociación sobre la equivalencia de situaciones no equivalentes es lo que caracteriza siempre la amplitud de una ciencia, y lo que explica, la mayor parte de las ocasiones, por qué hay tantos laboratorios involucrados cada vez que se tiene que resolver una negociación difícil.” (p. 37)

Para que la vacuna sea efectiva tiene que probarse en el afuera. Ello sólo ya muestra la irrelevancia de la distinción afuera/adentro. La mayor parte de las dificultades relacionadas con la ciencia y la tecnología surgen de pensar que, por un lado, las innovaciones están en cierto momento en el laboratorio y, en otro momento, se ponen a prueba en condiciones que invalidan o verifican la eficacia de las innovaciones. 

Pero la realidad es más compleja. La vacuna funcionaba allí donde se mantenían todas las condiciones del laboratorio. Además, la existencia de la enfermedad del ántrax y la eficacia de la vacuna no son hechos internos, sino el resultado “de la existencia previa de instituciones estadísticas que han construido un instrumento (en este caso la estadística), han extendido sus redes a través de toda la administración francesa para recoger datos, y han convencido a todos de que había una ""enfermedad", una "enfermedad terrible", y de que había una "vacuna", una vacuna "eficiente". Normalmente, cuando hablamos del mundo externo, estamos simplemente dando por supuesta la extensión previa de una ciencia anterior construida sobre el mismo principio que vamos a estudiar.” (p. 39)

Destruyendo las diferencias de escala (pp. 39-47)

Entre los sociólogos de la ciencia domina la siguiente imagen: un contexto social, por un lado, un laboratorio o un científico individual por el otro . Más específico: no existe un contexto que esté influyendo o no sobre un laboratorio inmune a las fuerzas sociales. 

Pasteur es un ejemplo paradigmático: “en su trabajo científico, en la profundidad de su laboratorio, Pasteur modifica activamente la sociedad de su tiempo y lo hace directamente (no indirectamente) desplazando algunos de los actores más importantes.” (p. 40)

Para comprender la influencia que Pasteur ejerce sobre la sociedad francesa de su época no hay que recurrir a “fuerzas políticas, beneficios económicos o simbólicos a corto plazo o motivos  chauvinistas a largo plazo. No tiene sentido buscar ideologías inconscientes ni retorcidos impulsos (impulsos que, por algún misterio, sólo están claros a los ojos del analista). No tiene sentido hurgar en su vida. Lo único que hay que hacer es mirar lo que hace en su laboratorio como científico.” (p. 41)

Pasteur añade a todas las fuerzas de la sociedad francesa de su época “una nueva fuerza de la que él es el único portavoz visible: el microbio” (p. 42).

“No hay necesidad de hurgar en las vidas de los científicos ni de buscar ideologías distorsionadas para darse cuenta de que un grupo de gente, armada con un laboratorio (el único lugar donde el agente invisible se hace visible) se situará fácilmente en todas estas relaciones, siempre que se perciba la intervención de un microbio. Si revelamos a los microbios como actores esenciales en todas las relaciones sociales, entonces necesitamos buscar un sitio para ellos y para la gente que los hace visibles y puede eliminarlos. De hecho, cuanto más quieras librarte de los microbios, más sitio deberías buscarles a los pasteurianos. No se trata de falsa conciencia, no se trata de buscar visiones del mundo sesgadas, esto es simplemente lo que los pasteurianos hicieron y cómo los veían los demás actores de su época.” (pp. 42-43)

Más todavía: 

“La debilidad congénita de la sociología de la ciencia es su propensión a buscar motivos políticos e intereses obvios en uno de los únicos lugares, los laboratorios, en los que emergen nuevas fuentes de política todavía no reconocidas como tales. Si por política entendemos elecciones y leyes, entonces Pasteur, como ya dije, no estaba movido por intereses políticos, excepto en unos pocos aspectos marginales de su ciencia. Así, su ciencia queda protegida de la investigación, y se preserva el mito de la autonomía de la ciencia. Si por política se entiende ser portavoz de fuerzas con las que moldear la sociedad, siendo a la vez la única autoridad fiable y legítima para tales fuerzas, entonces Pasteur es un hombre completamente político. De hecho, se inviste a sí mismo con una de las más impresionantes y novedosas fuentes de poder. ¿Quién puede imaginar ser el representante de una multitud de invisibles y peligrosas fuerzas capaces de atacar en cualquier lugar y sembrar la confusión en la sociedad, fuerzas de las cuales él es, por definición, el único intérprete creíble y que sólo él puede controlar?” (p. 43)

La sociología de la ciencia se debilita si plantea que la microbiología está influido por el contexto social del siglo XIX. “Los laboratorios de microbiología son uno de los pocos lugares en los que la composición misma del contexto social se ha metamorfoseado. No es una tarea pequeña transformar la sociedad de tal modo que pase a incluir, en su propio tejido, microbios y vigilantes de microbios.” (p. 44) Un equivalente de esto es la acción de los políticos socialistas de la época, que hablaban en nombre de otras fuerzas peligrosas a las que había que hacer sitio en la sociedad: las masas trabajadoras. “Las dos fuerzas son comparables en su característica esencial: son nuevas fuentes de poder para modificar la sociedad y no pueden ser explicadas por el estado de la sociedad en aquella época.” (p. 44)

“Dadnos laboratorios y haremos posible la Gran Guerra [1914-1918] sin infección, abriremos los países tropicales para que sean colonizados, conseguiremos un ejército francés sano, aumentaremos el número y la fuerza de los habitantes de Francia, crearemos nuevas industrias. Incluso los analistas ciegos y sordos verán estas afirmaciones como una actividad ≪social≫, pero con la condición de que los laboratorios se consideren lugares donde la sociedad y los políticos se renuevan y transforman.” (p. 47)

Como el más débil se convierte en el más fuerte (pág. 47 y ss.)

Aquí trata el problema más general de la práctica de laboratorio y de la relevancia de los microestudios para comprender los problemas de la gran escala, suscitados por el campo CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad).

La sociología de la ciencia se paraliza a sí misma si misma si 1) da por supuesta la existencia de una diferencia de niveles entre a) el contexto social y b) el laboratorio (contexto científico); si 2) no estudia el contenido mismo de lo que se hace dentro de los laboratorios.

Latour afirma que:

“que los laboratorios son uno de los pocos lugares en los que las diferencias de escala son irrelevantes, y donde el contenido mismo de las pruebas hechas dentro de sus muros puede alterar la composición de la sociedad. La consecuencia metodológica de este argumento es, por supuesto, que estábamos en lo cierto al comenzar con los estudios de laboratorio y buscar una sociología del contenido de la ciencia” (p. 48)

Párrafo clave: 

“En los estudios de laboratorio, no sólo se encontrará la clave para una comprensión sociológica de la ciencia; sino también, creo, la clave para una comprensión sociológica de la sociedad misma, porque es en los laboratorios donde se genera la mayor parte de las nuevas fuentes de poder. La sociología de la ciencia no puede tomar siempre prestadas de la sociología o de la historia social las categorías y conceptos precisos para reconstruir el "contexto social" dentro del cual debería entenderse la ciencia. Por el contrario, ya es hora de que la sociología de la ciencia muestre a los sociólogos y a los historiadores sociales cómo se desplazan y reforman las sociedades con y por medio de los contenidos de la ciencia. Pero, para hacer eso, los sociólogos de la práctica científica no deberían ser tímidos y restringirse sólo al nivel del laboratorio (porque este nivel no existe), sino más bien estar orgullosos de bucear dentro de las paredes del laboratorio, porque los laboratorios son los lugares en los que las relaciones dentro/fuera están invertidas. En otras palabras, dado que las prácticas de laboratorio nos conducen constantemente dentro/fuera y arriba/abajo, deberíamos ser fieles a nuestro campo y perseguir nuestros objetos a través de todas sus transformaciones. Esto no es más que buena metodología.” (pp. 48-49)

Ahora bien, el problema radica en explicar por qué únicamente en el laboratorio se generan nuevas fuentes de fuerza. Esto conduce a la pregunta por los resultados de los  microestudios de la ciencia. La epistemología y la sociología mertoniana de la ciencia postularon la existencia de cualidades especiales en los científicos, pero estas teorías demostraron ser erróneas ni bien los sociólogos penetraron en el laboratorio. Se fueron al basurero las normas, la falsación, el colegio invisible, etc. 

Los estudios de laboratorio tuvieron un éxito negativo al disipar las creencias previas que rodeaban a la ciencia: “Nada especial está sucediendo en el aspecto cognitivo y social de la práctica de laboratorio” (p. 51). “Ahora tenemos que explicar qué es lo que ocurre en los laboratorios que los convierte en una fuente tan irremplazable de fuerza política, una fuerza que no se puede explicar por ninguna peculiaridad cognitiva o social.” (p. 51)

La investigación debe centrarse en los artefactos de inscripción, los que producen “un trazo escrito que hace más simple el juicio de los demás” (p. 52). Se produce una carrera para producir instrumentos de inscripción más simplificados.

“El resultado de este interés exclusivo en las inscripciones es un texto que limita el número de contra argumentos desarrollando, para cada desplazamiento difícil, una de estas inscripciones simplificadas (diagramas, tablas, dibujos). El propósito de la construcción de este doble texto que incluye argumentos e inscripciones es alterar las modalidades que un lector puede añadir a las afirmaciones. Transformar una modalidad de ≪es probable que A sea B≫ a ≪X ha demostrado que A es B≫, es suficiente para obtener un ≪hecho≫ científico” (p. 52). 

La investigación de laboratorio revela las características especiales del laboratorio (la obsesión por los instrumentos de inscripción y la producción de tipos especiales de textos), que convierten en “completamente vulgar el resto del escenario” (p. 52).

El hecho científico “es un producto de gente y escenarios normales, ordinarios, no ligados por ninguna norma ni forma de comunicación especial, pero que trabajan con instrumentos de inscripción.” (p. 53)

El error previo de la sociología de la ciencia fue ocuparse: o bien de la materia dura (las infraestructuras a gran escala), o bien de los procesos espirituales, cognitivos o de pensamiento, en lugar de centrarse en el más ubicuo de los materiales: la escritura.

Tres temas (la disolución de la frontera entre el afuera y el adentro, la inversión de escalas y niveles, el proceso de inscripción) apuntan al mismo problema: “cómo unas cuantas personas se hacen fuertes y entran en algunos lugares para modificar otros lugares y la vida de las multitudes.” (p. 55). 

En el caso de Pasteur y su equipo: eran peores que los granjeros en lo que se refiere a las granjas, peores que los veterinarios en veterinaria; pero son mejores en el laboratorio transformando a los actores invisibles en visibles: “Lo invisible se hace visible y la ≪cosa≫ se convierte en un trazo escrito que pueden leer a voluntad como si fuera un texto.” (p. 55)

La fuerza obtenida en el laboratorio se explica porque unas pocas personas mucho más débiles que la epidemia se hacen fuertes si cambian la escala de los dos actores (haciendo grandes a los microbios y pequeñas a las epizootias); otras, por su parte, pueden dominar los eventos mediante mecanismos de inscripción que hacen leíble cada uno de los pasos. El cambio de escala implica una aceleración del número de inscripciones que se pueden conseguir.

Los laboratorios son “instrumentos tecnológicos adecuados para invertir la jerarquía de fuerzas” (p. 58). En ellos, la escala de aquello de lo que la gente quiere hablar cambia a la mejor escala posible: la inscripción de letras y figuras simples en una superficie plana. Así, todo se hace legible: “unas cuantas personas entonces pueden señalarlo fácilmente y, al hacerlo, conseguir dominio. Esto es tan simple y suficiente como el argumento de Arquímedes acerca de mover la tierra y transformar al más débil en el más fuerte. Es, en efecto, simple, porque este mecanismo consiste en hacer movimientos simples.” (p. 58)

Los laboratorios son instrumentos tecnológicos para ganar fuerza multiplicando los errores. 

“La especificidad de la ciencia no se encontrará en cualidades cognitivas, sociales o psicológicas, sino en la especial construcción de los laboratorios, donde se invierte la escala de los fenómenos para que las cosas puedan leerse, y después acelerar la frecuencia de las pruebas, permitiendo que se cometan y registren muchos errores.” (pp. 60-61)

Como en rigor no existe un “fuera” del laboratorio, los científicos se ven obligados a extender a otros lugares la “jerarquía de fuerzas” que existe en el laboratorio. Así, su capacidad de hacer predicciones no es otra cosa que la extensión de las condiciones de verificación que existen en sus laboratorios. “Nadie ha visto nunca un hecho saliendo del laboratorio, a no ser que se lleve primero el laboratorio a una situación ≪externa≫ y que la situación se transforme de tal manera que encaje con las prescripciones del laboratorio.” (p. 62) Las predicciones o previsiones de los científicos son siempre a posteriori, repeticiones. 

“Una creencia no es una prueba” (p. 62).

El poder de los científicos radica en el laboratorio. Salir de él implica perder ese poder. Por eso, los científicos procuran extender las condiciones existentes en sus laboratorios, construyendo “costosas redes dentro de las cuales pueden mantener su frágil eficacia” (p. 63) Por ejemplo, las estadísticas sanitarias permitieron conocer la existencia del ántrax y la eficacia de la vacuna.

Los sistemas de Pesos y Medidas Estandarizados permiten extender las constantes de los laboratorios a toda la sociedad.

“No hay una parte externa de la ciencia, pero hay largas y estrechas redes que hacen posible la circulación de los hechos científicos.” (p. 64)

Los laboratorios se construyen para borrar la distinción entre el nivel macrosocial y el nivel de la ciencia del laboratorio. Una vez disuelta dicha distinción, algunos científicos pueden trabajar aislados en el laboratorio y cambiar la vida de multitudes. Ellos convierten los objetos a tal escala (mapas, modelos económicos, tablas, figuras, diagramas) que pueden ganar fuerza y llegar a conclusiones incontrovertibles. Luego extienden a una escala mayor las conclusiones que les parezcan favorables. “Es un proceso político. No es un proceso político. Lo es porque ganan una fuente de poder; no lo es porque es una fuente de poder nuevo que escapa a la rutina y la fácil definición de un poder político establecido.” (p. 65)

“La ciencia es poder ejercido con otros medios.” (p. 65) Lo que cuenta en la ciencia de laboratorio son los otros medios, “las fuentes nuevas de desplazamientos, que son las más poderosas porque son ambiguas e imprevisibles.” (p. 66)

Los microestudios de laboratorio son importantes porque “en nuestras sociedades modernas, la mayor parte del poder realmente nuevo viene de las ciencias (de cualquiera) y no del proceso político clásico. Al limitar todas las explicaciones sociales de la ciencia y la tecnología a la visión clásica de la política y la economía (beneficio, poder establecido, males o bienes predecibles), los analistas de la ciencia que afirman estudiar los macro-niveles fracasan precisamente en la comprensión de lo que es fuerte en ciencia y tecnología.” (p. 66)

Quienes se dedican a los macroestudios de la ciencia no pueden responder a la pregunta de por qué son diferentes los medios, pues para hacerlo se requiere examinar los contenidos de las ciencias y dentro de los laboratorios, “donde las futuras reservas de poder político están en elaboración” (p. 66)

Los macroanalistas y los microanalistas de la ciencia comparten el mismo prejuicio (que debe ser desarmado): la ciencia empieza o termina en los muros de los laboratorios.

Por último, el estudio de las prácticas de laboratorio aporta al estudio de la sociedad, pues es fuente de las innovaciones que desplazan las relaciones de fuerza. Así, la sociología de la ciencia puede enseñar a la sociología, en vez de tomar prestadas de ella categorías y estructuras sociales.


Mataderos, lunes 28 de septiembre de 2025

viernes, 25 de septiembre de 2026

MAX WEBER Y EL CAMINO HACIA LA JAULA DE HIERRO: LA DOMINACIÓN LEGAL. APUNTES SOBRE BENDIX



Max Weber, 1878

Ariel Mayo

(ISP. Dr. J. V. González / UNSAM)


Antes de presentar esta ficha corresponde hacer una aclaración. Si bien el tema de la misma es la dominación legal, tal como se la concibe en la sociología política de Max Weber (1864-1920), el material trabajado es obra de Reinhard Bendix (Berlín, 1916-Berkeley (California), 1991), sociólogo estadounidense de origen alemán, quien emigró a EE. UU. en 1938, huyendo del nazismo. [1] Bendix fue Profesor en la Universidad de Chicago (1943-1946) y en la Universidad de California en Berkeley (desde 1947). Hasta aquí los datos más elementales de su biografía. Es más importante señalar que Bendix contribuyó a la comunicación entre la sociología empírica estadounidense y la sociología teórica europea. En este sentido, su trabajo sobre Max Weber constituye un hito en su esfuerzo por conectar ambas sociologías.

La tercera parte del libro de Bendix se titula Dominación, organización y legitimidad: sociología política de Max Weber (pp. 272-459)

Referencia bibliográfica:

Bendix, R. (2000). Max Weber. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu. 462 p. Traducción de María Antonia Oyuela de Grant.


Capítulo 12. La dominación legal: El surgimiento de la racionalidad jurídica (pp. 363-390)

El objetivo central de la sociología weberiana consiste en explicar la superioridad de Occidente sobre el resto del mundo. Para el sociólogo alemán, el judaísmo antiguo y la dominación legal eran las piezas centrales de esa explicación.

A. Consideraciones preliminares (pp. 363-367)

Ante todo, hay que señalar que el análisis weberiano de la dominación legal está inconcluso, pues se hallaba trabajando en él cuando lo sorprendió la muerte. Dicho esto, la dominación legal, a diferencia de la tradicional o la carismática, es considerada como el resultado de un desenvolvimiento progresivo: es el producto del “designio humano” (p. 364). En este punto se observa la influencia de Hegel (1770-1831) y su filosofía de la historia: el desarrollo occidental aparece como el resultado de “actos irrepetibles”.[2] 

Los tres conceptos de dominación (tradicional, carismática, legal) se refieren a tres arquetipos de experiencia humana.

La dominación legal es un desarrollo de usos y convenciones que se encuentran en todas las sociedades. El uso es una forma de comportamiento colectivo que el individuo realiza sin que nadie se lo requiera (ejemplo: comer tres veces al día). La convención es una forma de comportamiento colectivo realizada por el individuo para evitar la desaprobación que conlleva no practicarla. La práctica de las convenciones puede llevar a un punto en el que se crea un sentido del deber o de la obligación. La continuidad ininterrumpida de la convención y de la ley se ejemplifica en las normas jurídicas que sancionan el cumplimiento de las obligaciones convencionales.[3]

La estructura sociológica de la coacción difiere en el orden jurídico y en el orden convencional: en el primero existe un aparato especializado encargado de aplicar las sanciones; en el segundo, no existe dicho aparato.

“Un orden jurídico así entendido no se identifica con la dominación legal, y ha existido bajo numerosos sistemas de autoridad. Mientras varios individuos o grupos organizados se apropien de las funciones básicas del gobierno, no existe un estado moderno auténtico. En tales condiciones cada grupo o cada localidad constituye una comunidad independiente cuyos intereses se concilian con los de las otras ya mediante acuerdos explícitos, ya por imposición superior, según la supremacía corresponda eventualmente a las autoridades seculares o a las eclesiásticas.” (p. 367)

En términos de Weber, cabe hablar de un sistema de dominación legal “cuando las disposiciones de un orden legal se instrumentan y acatan en la creencia de que son legítimas, esto es, conforme a los estatutos de un gobierno que ejerce el monopolio de su sanción y del uso legítimo de la fuerza física” (p. 367)

B. El surgimiento de la racionalidad jurídica (pp. 368-390)

Weber estudió en su sociología del derecho la racionalidad creciente de los conceptos y las prácticas legales en la civilización occidental. También examinó los grupos y las instituciones sociales que entorpecieron ese desarrollo.

Weber considera el desarrollo de la racionalidad jurídica como un proceso que abarca cuatro instancias fundamentales: a) revelación legal carismática (“los profetas de la ley”); b) creación y descubrimiento empírico de la ley (juristas); c) imposición de la ley por poderes seculares o teocráticos; d) elaboración sistemática del derecho y administración profesionalizada de la justicia por personas que recibieron una preparación técnica.[4]

Bendix argumenta que las cuatro categorías de Weber (revelación legal, creación empírica, imposición y sistematización del derecho), pueden reducirse a tres: profetas de la ley, imposición de la ley por la autoridad, legislación a cargo de notables jurídicos.

Revelación carismática de la ley (pp. 369-372)

La ley se revela mediante los profetas. Se acepta que la ley solo puede originarse en la revelación. Esto presenta la máxima distancia con la creación moderna del derecho y su apego a los preceptos estatuidos.

En este punto vuelve a destacarse la importancia de los grupos estamentales (ejemplo: los sacerdotes) como portadores de ideas en el cambio histórico.

Aparecen los dos principios que se impondrían más adelante: el carácter público de la justicia y su sometimiento a reglas. (p. 371) Pero, “mientras el derecho se fundó en la revelación o en la costumbre y en el consenso de la comunidad fue típicamente irracional, en el sentido de que no estuvo orientado hacia las normas ni atado a ellas” (p. 371). Sin embargo, existían rudimentos de racionalidad jurídica: cuando la tradición es sagrada y los peligros mágicos abundan, “los procedimientos jurídicos son rigurosamente formales” (p. 371).

Imposición de la ley (pp. 372-382)

En este caso la ley es impuesta por poderes seculares y teocráticos. Se trata de un segundo procedimiento de innovación jurídica.

Weber sostiene que “las leyes impuestas a raíz de las guerras y de sus efectos devastadores promovieron muy a menudo la secularización y sistematización del pensamiento jurídico” (p. 372) Los caudillos que mandaban en las guerras se encontraban en mejor posición para innovar en la tradición jurídica, pues “la guerra, al romper el orden social existente, demostraba que la tradición no es, en realidad, inviolable.” (p. 372)

El poder secular y la Iglesia procuraron recortar el espacio de la revelación de la ley, dados los peligros que esta engendraba para su poder.

“Por cierto que quienes ostentan el poder, en todos los tipos de dominación, tenderán a oponerse contra la existencia de reglas inviolables en la administración de justicia y en todos los otros negocios públicos, en cuanto esas reglas restrinjan su poder y estorben su deseo de alcanzar fines concretos. Auspiciarán en cambio una racionalización del derecho, en cuanto pueda servir a sus intereses políticos” (p. 374)

En otras palabras, quienes ostentan el poder buscan un tipo de derecho y administración “que les asegure la máxima libertad de acción posible para adoptar decisiones, en todos los problemas jurídicos y políticos de fondo” (p. 374).

La antigua práctica del derecho era irracional, porque implicaba la realización de oráculos y ordalías, que están fuera del control del intelecto.

Bendix presenta la siguiente distinción: Los poderes seculares y teocráticos se interesan en la racionalidad material, esto es, “abordan todas las cuestiones jurídicas desde el punto de vista de la eficiencia política o de la justicia sustancial, y por lo tanto desatienden cualquier requisito de procedimiento formal o de congruencia lógica que puede limitar sus actos” (p. 374) Otra cosa es la racionalidad formal, es decir, la racionalidad procesal y lógica del derecho.

En la civilización occidental cobró importancia la racionalidad formal del procedimiento jurídico, debido a las leyes impuestas por los poderes seculares y teocráticos.

Creación de la ley como función de notables jurídicos (pp. 383-390)

Weber afirmaba que “tanto las tradiciones aceptadas en una sociedad como las prácticas nuevas solo pueden constituirse en leyes por interacción de las partes interesadas y mediante la obra de los notables jurídicos” (p. 383)

Cuando se produce la decadencia de la influencia de la magia y la práctica de la revelación carismática de la ley, las decisiones judiciales pasan a ser incumbencia de jueces laicos. Se produce una interacción entre las partes interesadas en cada juicio y los notables jurídicos, que redunda en el establecimiento de reglas para el proceso.

Los juristas profesionales reemplazaron a los notables laicos de la antigua justicia popular como consecuencia de la necesidad creciente de conocimientos especializados para la administración de justicia. (p. 389)

El derecho romano fue revivido por un cuerpo de juristas especializados. Sirvió de base para la racionalización del derecho occidental. El producto acabado del proceso de racionalidad jurídica fue el sistema de dominación legal.


Mataderos, viernes 25 de septiembre de 2026



NOTAS: 

[1] Max Weber: An Intellectual Portrait. New York, USA: Doubleday, 1960.  

[2] “Hegel había concebido la historia de la civilización occidental como una manifestación acumulativa de la idea de libertad, concepción que parece reflejarse en los análisis que hizo Weber de la racionalidad religiosa, jurídica y organizacional de Occidente.” (p. 365)

[3] “Tanto el orden convencional como el orden jurídico comportan una posibilidad de coacción psicológica o física, aunque ambos se apoyen principalmente en el hábito, el interés personal y las sanciones previstas para los casos en que no fueren acatados.” (p. 367).

[4] Se trata de una construcción teórica. Weber admite que la racionalidad jurídica se desplegó en otras secuencias diferentes. “Su resumen se refiere a los grandes tipos de creación de derecho, y por ende a las grandes fuerzas que actuaron, ya para dar efectiva realidad a la incrementada racionalidad jurídica y al desarrollo de la dominación legal, ya para resistirlas.” (p. 368)

domingo, 6 de septiembre de 2026

EL DEBATE SOBRE LAS REVOLUCIONES LATINOAMERICANAS: APUNTES SOBRE UN ARTÍCULO DE ANNINO

 


El Grito de Asencio, 28 de febrero de 1811


Ariel Mayo (ISP. Dr. J. V. González / UNSAM)


Las revoluciones latinoamericanas de las dos primeras décadas del siglo XIX forman parte del ciclo de revoluciones burguesas, que marcó la transición entre las sociedades precapitalistas y el modo de producción capitalista. [1] Como quiera que sea, la ciencia histórica dedicó especial atención al estudio de los procesos revolucionarios latinoamericanos. Así, por ejemplo, el historiador italiano Antonio Annino von Dusek (n. 1946), se planteó la siguiente pregunta de investigación: ¿por qué el concepto de “revoluciones hispánicas” [2] resulta problemático y, por tanto, precisa de definiciones adicionales? Annino esboza una respuesta en el artículo abordado en esta ficha de lectura.

Referencia bibliográfica:

Annino, A. (2015). Revoluciones hispanoamericanas. Definiciones y problemas. En P. González Bernaldo de Quirós. Independencias iberoamericanas: Nuevos problemas y aproximaciones (pp. 81-122). Buenos Aires, Argentina: Fondo de Cultura Económica.


En los últimos veinte años [esto es, desde mediados de la década de 1990] se produjo un profundo cambio en la historiografía de las revoluciones hispanoamericanas. Así, la historiografía “clásica” las caracterizaba como revoluciones nacionales en contra de la tiranía española y consideraba que  estos movimientos revolucionarios constituyeron la causa de la ruptura del imperio español. En cambio, hoy en día se defiende la tesis inversa: las revoluciones fueron una consecuencia de la crisis de la monarquía.

Sin embargo, el viraje historiográfico no fue completo. En rigor, todavía hoy no se ha puesto en tela de juicio el concepto de “revoluciones hispánicas”. Es por esto que Annino señala que “sabemos mucho sobre cómo se lograron las emancipaciones, pero no sabemos en qué consistieron” (p. 86).

Annino formula dos razones favorables al uso del concepto de “revoluciones hispánicas”:

A] Las “revoluciones hispánicas” se caracterizaron por su naturaleza policéntrica y global, pues se dieron a ambos lados del Atlántico. Esto las diferencia, por ejemplo, de la Revolución Estadounidense, que no puso en crisis a la monarquía inglesa sino que quebró una relación bilateral. La nación española nació junto a las americanas. No sólo eso: su historia en el siglo XIX presenta analogías con la historia americana: los caudillismos, la cuestión católica, los autonomismos, etc. 

B] Los ciclos revolucionarios tuvieron una naturaleza “vertical”. En la monarquía española coexistían varias sociedades durante el Antiguo Régimen. Cada división territorial de los reinos constituía una división social. La monarquía católica era heterogénea en dos sentidos: horizontal en las relaciones entre los reinos y vertical al interior de cada reino. Los ciclos revolucionarios fueron transversales, pues involucraron ambas dimensiones: horizontal y vertical. 

Annino pasa a examinar la cuestión de la soberanía revolucionaria. En el caso del orbe hispánico “el tema se presenta con formas totalmente inéditas, porque la relación con la representación política moderna ha sido larga, conflictiva y nunca consolidada de forma definitiva” (p. 90)

¿En qué consistió la diversidad hispánica? Para responder a este interrogante hay que tener en cuenta dos cuestiones previas: ¿Qué significó reivindicar la “retroversión de la soberanía" a partir de la acefalía ilegítima de 1808? ¿En qué consistía la soberanía de la monarquía católica?

Las monarquías del Antiguo Régimen fueron gobernadas por cuerpos de jueces y no de funcionarios (menos aún de burócratas). Es decir, 

“las coronas no ejercían el poder de forma directa por medio de funcionarios, sino que coordinaban los poderes inferiores con los superiores precisamente gracias a los jueces, que interpretaban, suspendían o producían nuevas normas.” (pp. 91-92)

En 1808, luego de la abdicación conjunta de Carlos IV (1748-1819; rey de España en 1788-1808) y Fernando VII (1784-1833; rey de España en 1808  y en 1813-1833), las revoluciones juntistas retrovertieron la soberanía a la esfera de la justicia. Un gobierno jurisdiccional fue sustituido por un nuevo tipo de gobierno, jurisdiccionalista, pero en un marco republicano de hecho. Las Juntas de Gobierno monopolizaron la “potencia” y la justicia. Varias de esas Juntas se propusieron redefinir un nuevo pacto con la Corona. En síntesis, se trató de una revolución autonomista, que buscaba reformar la monarquía. Entonces, cabe decir que la “cuestión americana” surgió, pues, en 1808.

En el primer ciclo revolucionario juntista el concepto de nación se articuló con el de justicia-representación: 

“No rompe con la legalidad porque las revoluciones urbanas reclaman una reforma institucional de la monarquía. Tras el ciclo borbónico de reformas, se dio, por tanto, un intento reformista en sentido contrario, sobre la base de la redistribución legítima de la potencia entre los cuerpos territoriales.” (p. 95)

Annino señala que las revoluciones americanas tienen puntos de contacto con la Revolución Holandesa contra Felipe II (1527-1598; rey de España en 1556-1598): a) las lógicas territoriales; b) la retórica contra el “despotismo” que no reconocía los derechos americanos; c) la representación jurisdiccional concentrada en los centros urbanos; d) la apelación al derecho natural que justificó las reivindicaciones legalistas de las juntas y de los cabildos americanos; e) la situación republicana que se instaló.

El republicanismo hispano y americano se distingue por el hecho de que la tradición católica lo articula con el derecho natural: a) la república no es sólo un orden político, sino un ordo naturae [orden natural] creado por Dios, que el rey tiene la obligación de respetar y preservar, y que no puede ser modificado sin su consentimiento; b) la república se funda sobre el concepto de justicia.

En las “revoluciones hispánicas” jugaron un papel central los principios de consentimiento y reconocimiento. 

“La justicia-soberanía del rey se fundaba sobre el consentimiento moral de los súbditos y de los reinos, un ritual que justificaba la facultad absoluta del rey de redistribuir privilegios y reconocer el fuero. Con la retroversión de la soberanía en los reinos y en los cuerpos territoriales se produjo una mutación crucial: el principio del reconocimiento se retrovierte a los pueblos, y adquiere por primera vez una naturaleza voluntaria: ya no es un deber moral. Antes de 1808, el reconocimiento se movía de arriba hacia abajo; ahora su dinámica es revertida, y con efectos dramáticos para la gobernabilidad de la crisis. Todos y cada uno de los nuevos centros de poder tuvieron que ser reconocidos por los territorios y sus comunidades. La legitimidad de las juntas en la Península y la América insurgente se fundó sobre el reconocimiento de los pueblos.” (pp. 98-99)

En consecuencia, la legitimidad de la representación juntista dependía del reconocimiento de los demás cuerpos territoriales. Si se trata de otras juntas, se apelaba al derecho de gentes.

A partir de 1808 tanto el principio de reconocimiento como el de consentimiento se ubican en las comunidades territoriales. Antes de 1808, el primero residía en la Corona y el segundo en los pueblos.

¿Cómo gobernar las crisis y las revoluciones introduciendo formas de representación más cercanas a las modernas?

La retroversión de la soberanía a los territorios no se basó en la tradición de la Universidad de Salamanca (neoescolasticismo), sino en el iusnaturalismo del siglo XVII (después de la Revolución Holandesa). Pero mientras que los idiomas atlánticos (el mencionado iusnaturalismo) implicaban una sola ubicación de la soberanía, la situación americana se caracterizaba por una pluralidad de lugares soberanos [3].

La retroversión de la soberanía fue: a) un camino para enfrentarse a la acefalía de la Corona; b) un proceso político que redistribuyó importantes recursos de la constitución histórica de la monarquía.

Los nuevos centros de poder enfrentaron dos tipos de desafíos: a) gobernar en un contexto de reconocimientos siempre precarios; b) gobernar los autonomismos internos de cada territorio.

A lo largo de la crisis de la monarquía el autonomismo tuvo un papel decisivo. Hubo dos tipos de autonomismos: el externo y el interno. El primero fue un proyecto imposible, que dio lugar a las emancipaciones; el segundo fue desencadenado por la crisis constitucional de la monarquía.

“Las diversas repúblicas que constituían la república antes de 1808 sí se fragmentaron, pero siguieron ciertas líneas verticales que, de la Corona acéfala, pasaron a los viejos centros americanos (los cabildos con sus juntas) hasta llegar a las repúblicas locales de los pueblos. Sólo el autonomismo hacia España fue horizontal, y me pregunto si esta lógica vertical no será el corazón de los ciclos revolucionarios. Si queremos definir estos ciclos, me parece que hay que mirar, en primer lugar, las relaciones conflictivas con el gobierno de los jueces en estas emancipaciones, y luego sus relaciones igualmente tensas con los nuevos y precarios centros de poder.” (p. 104)

En América insurgente la revolución juntista redistribuyó “elementos fundamentales de la monarquía, la soberanía, el consentimiento y el reconocimiento” (p. 105). Sobre estas bases se asentaron los primeros intentos de redactar Constituciones.

Para comprender el contexto de la Constitución de Cádiz y de las primeras Constituciones Americanas, hay que tener presente que “con sus excesos, la Gran Revolución y Napoleón habían quebrado el gran optimismo del siglo XVIII” (p. 109) A nivel internacional había un clima de incertidumbre. “Todos los protagonistas tenían un problema básico: de qué manera moderar las revoluciones modernas y futuras” (p. 109)[4]

La Constitución de Cádiz (1812) y las primeras Constituciones americanas fueron revolucionarios y a la vez moderadas. Se fundaron sobre un compromiso con el Antiguo Régimen. Compromiso con la justicia, que representaba desde hacía un siglo un espacio abierto a todos los sujetos sociales, y ahora a los nuevos ciudadanos. La justicia nunca estuvo separada de las identidades colectivas, en particular en el mundo indígena [5]. También, tanto en la experiencia de Cádiz como en la América insurgente, se consolidó la relación orgánica entre pueblos y justicia. Esto último se dio por medio de las elecciones locales para los nuevos ayuntamientos. Se multiplicó el número de ayuntamientos y, por tanto, el de jurisdicciones territoriales. Ello derivó en que se modificó la correlación de fuerzas con los antiguos centros de poder urbano.

Se dieron revoluciones locales en toda la América hispana, insurgente y gaditana. Estas revoluciones cambiaron radicalmente los espacios políticos americanos ya antes de la emancipación definitiva. Las repúblicas surgidas de las revoluciones de independencia heredaron la tensión entre la soberanía-justicia de los pueblos y la soberanía representación de la nación de las elites políticas [6].

El republicanismo hispanoamericano se caracterizó por ser contractualista y por su naturaleza católica.

La tradición republicana en la América hispánica fue redefinida como forma de gobierno. Conservó dos principios fundamentales del pasado: a) la república es un conjunto de repúblicas naturales, independientes de los gobiernos centrales; b) esta república está dotada de una soberanía originaria nunca delegable ya que no está disponible. En este marco, el papel de la justicia era “mantener este orden natural de las cosas territoriales” (p. 118).

“En pocas palabras, el tránsito americano fue de un republicanismo monárquico-católico a un constitucionalismo republicano-católico. Las revoluciones edificaron así dos repúblicas: superpusieron la república constitucional a la república natural, cada una con su soberanía. (...) [se dio] una asimilación de las dos gracias a la naturaleza jurisdiccional del régimen constitucional.” (p. 118)

La característica de “nuestras” revoluciones fue que conservaron el orden jurídico: 

“División de poderes y pluralismo de poderes convivieron en formas por cierto difíciles, pero lo que cuenta es que formaron siempre parte de un solo orden legal y constitucional” (p. 121)

Luego de toda esta argumentación, Annino se siente en condiciones de responder la pregunta:

¿Qué fueron estas revoluciones?

“Un constitucionalismo legalmente pluralista y asimilador, que redefinió la tradición republicana católica en términos sin duda más modernos, es decir, más compatibles con los nuevos desafíos de la gobernabilidad.” (p. 122)

 

Mataderos, domingo 6 de septiembre de 2026


NOTAS:

[1] Esta afirmación es meramente esquemática y no pretende formular una caracterización mas o menos precisa de las sociedades latinoamericanas del período colonial. Se trata de un rótulo que debe ser llenado de contenido.

[2] Definición acuñada por el historiador hispano-francés François-Xavier Guerra (n. 1942).

[3] El autor hace referencia a la “extrema originalidad de las experiencias hispanoamericanas” (p. 102).

[4] Annino aclara que “moderar una revolución no significa no hacerla” (p. 121).

[5] “La justicia fue siempre un recurso para reproducir las identidades colectivas locales” (p. 112).

[6] Esta tensión se replicó a lo largo del siglo XIX en la tensión entre soberanía del pueblo y soberanía de los pueblos (p. 116)

domingo, 30 de agosto de 2026

FICHA DE LECTURA: ANTES DE LA REVOLUCIÓN. EL MÉXICO DEL PORFIRIATO

 

Porfirio Díaz


Ariel Mayo (ISP Dr. J. V. González / UNSAM)


En Miseria de la Sociología ya hemos dedicado atención a la historia de la Revolución Mexicana. En esta oportunidad, publicamos una ficha sobre el Porfiriato, el período previo al estallido del movimiento revolucionario. 

El historiador y antropólogo austríaco Friedrich Katz (1927-2010), fue profesor en la Universidad de Texas en Austin, en la Universidad de Chicago y en la Universidad Autónoma de México. Se especializó en el estudio de la historia de México.

Abreviaturas:

PL= Partido Liberal / PLM= Partido Liberal Mexicano.

Referencia bibliográfica:

Katz, F. (1992). México: La Restauración de la República y el Porfiriato, 1867-1910. En L. Bethell. (ed.). Historia de la América Latina: 9. México, América Central y el Caribe, c. 1870-1930 (pp. 13-77). Barcelona, España: Crítica.


El final de la presidencia de Benito Juárez (1867-1872): 

Esta historia comienza en julio de 1867, cuando el presidente Benito Juárez (1806-1872) volvió a la ciudad de México, luego de la victoria de los liberales en la guerra contra los franceses y los conservadores. La victoria juarista determinó la desaparición del peligro de la intervención europea y aseguró la supervivencia de México como nación independiente. Como efectos colaterales cabe apuntar que la Iglesia perdió gran parte de su influencia económica y social y que se produjo una reducción importante del número de propiedades comunales de la tierra. Sin embargo, la victoria encontró un país agotado, en el que se amontonaban viejos y nuevos conflictos: 1) las tierras comunales vendidas fueron acaparadas por los hacendados ricos, con el consiguiente fortalecimiento de los terrateniente; 2) el Ejército liberal no aportó garantía de estabilidad; 3) el país se hallaba poco integrad y los años de guerra habían agotado las finanzas públicas; 4) se habían perdido los mercados europeos y las inversiones de capital. 

En otras palabras: “La nación mexicana estaba compuesta [en 1867], por una parte, por un ejército enorme controlado sólo vagamente por la administración central y, por otra parte, por los aparatos del gobierno, que estaban tremendamente debilitados.” (p. 16)

El partido liberal no poseía una base social sólida. Es cierto que contaba con el apoyo de una parte de la burguesía (fabricantes textiles; agiotistas – comerciantes que especulaban con préstamos al gobierno), pero la mayoría de la burguesía estaba compuesta por extranjeros. En realidad, la base de sustentación del PL eran los grandes terratenientes, quienes se apropiaron de las tierras de la Iglesia. También contaba con el apoyo de la clase media (comerciantes locales, pequeños empresarios, rancheros, pequeños funcionarios del gobierno, algunos intelectuales radicales). Esta clase media consideraba que los terratenientes eran un obstáculo para su propio avance y exigía al gobierno central que controlara más firmemente a los caciques locales.

En 1867 recrudecieron las disputas entre las dos alas del PL (grandes propietarios vs. clases medias); sin embargo, ambas se unieron contra el sector popular (grupo heterogéneo compuesto por campesinos, proletariado textil, herreros, dependientes, etc.), cuyos objetivos eran: redistribución de la tierra a gran escala y sin restricciones [1]. 

Juárez se vio obligado a enfrentar los conflictos en el seno del PL; ninguno de los tres sectores en pugna se atrevió a derrocarlo. En 1870 dictó una amnistía para los conservadores (muchos de ellos recobraron sus cargos). El Ejército, considerado por Juárez como uno de los principales problemas de México, recuperó fuerza.

En 1872 falleció Juárez, sin haber conseguido la pacificación de su país. Todo lo contrario: “para complacer a la élite del país había sacrificado los intereses del campesinado” (p. 20). Ello derivó en un aumento del descontento de los campesinos por la frustración de sus expectativas y el deterioro real de sus condiciones de vida.

Ascenso de Porfirio Díaz:

Muerto Juárez, la presidencia quedó a cargo de Sebastián Lerdo de Tejada (1823-1889), presidente del Tribunal Supremo. Lerdo convocó a elecciones y resultó vencedor (1872). El nuevo presidente, conservador en materia social, provenía de la clase alta criolla. Recibió el apoyo de los intelectuales liberales (que promovían el liberalismo económico), los propietarios liberales y el Ejército. Fortaleció el poder estatal; sus fuerzas lograron derrotar la rebelión del general Porfirio Díaz (1830-1915), quien luego fue amnistiado. Pero Lerdo no logró estabilizar la situación y en 1876 se produjo una nueva sublevación de Díaz. Se llegó así a la realización de nuevas elecciones en 1877, que dieron por resultado la llegada de Díaz a la presidencia del país.

El nuevo régimen dedicó un mayor presupuesto a los gastos militares. Pero Díaz comprendió que el Ejército era demasiado débil para ser el único sostén del gobierno. Por ello construyó una coalición entre las clases media y alta; destituyó a caciques locales y los reemplazó por sus partidarios. Adoptó la estrategia de vender tierras públicas, que pasaron a manos de los hacendados. La clase media se vio beneficiada por el cese de la represión a los opositores y el rechazo a la reelección del presidente y de los gobernadores. Ese mismo año escaló el conflicto con EE. UU. Díaz lo desactivó realizando concesiones a los capitalistas norteamericanos; en 1878 el gobierno norteamericano reconoció al presidente Díaz.

La resolución del conflicto con los EE. UU. permitió a Días reconfigurar su  estrategia política, que giró en torno a tres medidas: a) otorgamiento de concesiones muy ventajosas a los inversores extranjeros (sobre todo a los yanquis); b) fortalecimiento de los lazos con Europa (para contrarrestar la influencia de EE. UU.); c) preservar la estabilidad política a cualquier precio. Además, Díaz mantuvo su palabra y no se presentó a la reelección en 1880.

En 1880-1884= se hizo cargo de la presidencia del país el general Manuel González (1832-1893) [2], protegido de Díaz. Se trató de un gobierno corrupto, pero que siguió el camino del desarrollo económico (inauguración de la primera línea ferroviaria entre México y EE. UU. en 1884; crecimiento de las inversiones estadounidenses). Además, México restableció relaciones diplomáticos con todos los países europeos; se logró la victoria definitiva sobre los apaches (1880-1884) y se llevó adelante la apertura de caminos en la frontera norte de México.

El Porfiriato (1884-1910):

En 1884 Porfirio Díaz fue elegido presidente por segunda vez. Con ello comenzó la primera dictadura real y duradera de la historia de México. Díaz impidió que ninguno de sus opositores fuera elegido al Congreso (éste se transformó en una institución inútil en 1888, pues cada candidato debía recibir la aprobación previa del presidente para ser elegido o reelegido) [3]. En 1892 se modificó la Constitución: se extendió el mandato presidencial a 6 años. De este modo, se generó la combinación que recibió la denominación de Pax Porfiriana (estabilidad política + Estado mexicano fuerte y eficaz).

Se produjo una disminución de los niveles de violencia: formación del Estado Mexicano. La condición para ello fue el incremento constante de la renta pública: impuestos pagados por empresas extranjeros + impuesto aduanero + impuesto sobre los metales preciosos. Se verificó una dependencia del crecimiento de las inversiones extranjeras.

Díaz se opuso a la creación de un partido político gubernamental e impidió también la creación de verdaderos políticos de oposición. Los partidos políticos se dieron en el ámbito regional (no nacional): eran grupos formados por relaciones de parentesco y/o clientelismo. El dictador prefirió la táctica (que inauguró en 1876) de enfrentar entre sí a las camarillas existentes dentro de la élite mexicana.

“En general, el fortalecimiento del Estado porfirista costó a amplios sectores de la clase alta y media tradicional la pérdida de gran parte del poder político que antes poseían, pero, en compensación,  participaron de los frutos del rápido desarrollo económico de México. No se puede decir lo mismo del campesinado, que durante el porfiriato perdió sus derechos políticos tradicionales, al tiempo que sufrió agudas pérdidas económicas.” (p. 46)

El crecimiento económico se verificó de manera constante en el período 1884-1900. La población pasó de 10 millones de habitantes (1877) a más de 15 millones (1900). El crecimiento poblacional fue mayor en los estados fronterizos de Sonora, Chihuahua, Nueva León y Tamaulipas. La inmigración extranjera fue escasa; el crecimiento poblacional se debió a la población nativa. Crecieron la inversión del capital extranjero y el PNB (producto nacional bruto), a una tasa anual promedio de 8%. La contracara del crecimiento fue la acumulación de desigualdades sin precedentes: sistema agrícola equipado con la más moderna tecnología vs. explotaciones que trabajaban con las técnicas más primitivas; industria ligera vs. industria pesada; control de la economía extranjera vs. economía nacional. 

El desarrollo económico se orientó a los sectores orientados hacia la exportación: minería (sector de crecimiento más rápido); cultivos comerciales (henequén, sisal, caucho, café, cochinilla). Apareció una industria de exportación, debido a que las mayores empresas de EE. UU. establecieron fundiciones en México para beneficiarse de exacciones impositivas. También se desarrolló una industria ligera orientada al consumo interno (prosperaron las industrias textiles). 

El desarrollo industrial decayó después de 1900, debido a la falta de medidas activas de parte del gobierno de Díaz, la caída del nivel de vida de la mayoría de la población y la poca atención dedicada a la educación pública (en 1895, el 14.39% de la población sabía leer y escribir; en 1910, era apenas el 19,79%).

Pero la crisis iba más allá del sector agrícola: se dieron serios conflictos, concentrados en el problema de la modernización tecnológica. Los hacendados productores de trigo y maíz utilizaban técnicas anticuadas y tradicionales. La causa de esto era la abundancia de mano de obra barata. Además, “con excepción de la agricultura, los sectores más importantes de la economía estaban en manos extranjeras.” (p. 37) Se agudizó la desigualdad regional entre el centro, el sur y el norte mexicanos. El auge económico se dio en el norte y en el SE, absorbidos por el mercado mundial; había escasa diversificación agrícola (aun menos industrial), centrada en uno o dos productos (ejemplo: Yucatán y el cultivo del henequén). En cambio, la economía del centro del país (haciendas de trigo y maíz) experimentó los menores cambios: “Se modeló (…) un país que dependía, en un grado sin precedentes, de las inversiones extranjeras.” (p. 40) El Dominio (o propiedad) extranjera de bancos, minería, industria y transportes era abrumador.

En este punto, Katz afirma que México fue un ejemplo clásico de “país subdesarrollado productor de materias primas que depende de los mercados del norte industrializado” (p. 40)

La crisis y la transformación del campesinado: 

Díaz desarticuló la autonomía local del campesinado. Por tradición, la mayoría de los pueblos elegía a sus consejos y alcaldes. Ellos eran el poder político y económico: distribuían el acceso a las tierras comunitarias, el agua y los pastos; resolvían conflictos dentro del pueblo; a veces, decidían quién debía alistarse en el ejército y quién podía quedar exento del servicio militar. Esta estructura fue desarmada por la política de expropiaciones de tierras de los campesinos. A principios del siglo XX, el 40% de toda la tierra dedicada a la agricultura en las regiones del centro y del S. del país pertenecía a comunidades locales; en 1911, como resultado de las expropiaciones, sólo el 5% de esas tierras permanecía en manos de las comunidades y más del 90% de los campesinos no poseían tierras. La expropiación se realizó para formar nuevos mercados y por especulación. 

¿Quién se benefició con las expropiaciones?

“[Había] una clase media agraria en proceso de desarrollo (…) que parece que desempeñó un papel de progresiva relevancia en la evolución social que se estaba produciendo en el campo. En muchos pueblos, los campesinos ricos, los usureros y los hombres fuertes locales que no eran hacendados se beneficiaron tanto o más que éstos de la expropiación de los campesinos” (p. 53)

A su vez, el crecimiento demográfico provocó profundas transformaciones en el seno de las comunidades campesinas: los habitantes más ricos fueron aliados de los grandes propietarios y de las autoridades porfiristas a la hora de expropiar terrenos. Algunos adquirieron propiedades de mediana extensión, los llamados ranchos; mantuvieron relaciones muy diversas con los habitantes del pueblo: algunos fueron usureros, agentes del Estado o hacendados; otros, por su parte, se convirtieron en líderes populares.

Las expropiaciones enfrentaron poca resistencia campesina. Ello se debió, entre otras causas: a) el creciente poder estatal (reforzamiento del ejército, potenciado por la mayor movilidad que le proveía el ferrocarril; creación de nuevas unidades policiales – rurales, federales o estatales -); b) la represión; c) el desmantelamiento de los órganos de resistencia de los campesinos capaces de oponerse a los terratenientes y al Estado; d) la transformación de la relación patrón-cliente que había regido la vida en el campo mexicano. Los patrones, que tradicionalmente habían preservado ciertos derechos campesinos, fueron absorbidos por el Estado porfirista: los campesinos se encontraron sin guía y abandonados.

Díaz rehusó proteger a los campesinos porque ello hubiera contrariado dos dogmas profundos de su administración: la voluntad de atraer capital extranjero y el deseo de mantener buenas relaciones con los hacendados.

Todas estas transformaciones modificaron el estatus de los trabajadores (los peones) en el campo mexicano. La producción de cosechas de gran demanda se volvió más rentable: ello hizo que los hacendados redujeran los arrendamientos, pues preferían utilizar trabajadores para que cultivaran las tierras de sus fincas; los arrendatarios, por su parte, quedaron arruinados y confinados a tierras marginales.

En las zonas de población dispersa (escasez de mano de obra), fue desapareciendo el peonaje (el caso del N. del país). En otras zonas (el S, las plantaciones de henequén), los trabajadores quedaron ligados a los hacendados en condiciones de peonaje parecidas a la esclavitud.

El camino a la crisis del Porfiriato:

Durante el Porfiriato se dio la creación de una clase gobernante nacional. El sector más poderoso y articulado de esta nueva clase en el poder fue el grupo de los científicos, compuesto por financistas, tecnócratas e intelectuales, coordinado por Manuel Romero Rubio (1828-1895), ministro de Gobernación y suegro de Díaz.

El régimen controló las tensiones en el interior de la elite ofreciendo oportunidades para la acumulación de riquezas. Respecto a la clase media, buena parte de ella aceptó el Porfiriato por las oportunidades económicas. 

En el período 1900-1910, en el marco de la desaceleración del crecimiento económico, se fue conformando un movimiento de oposición a nivel regional; a la vez, se produjeron huelgas que afectaron a miles de trabajadores. Hay que recordar que la Pax Porfiriana fue el producto de la neutralización de los grupos y clases sociales que habían liderado los movimientos revolucionarios en México: ejército, clase alta y clase media. Pero se fue verificando una “progresiva incapacidad del régimen de Díaz para mantener el consenso entre las clases alta y media.” (p. 64)

La inversión extranjera alcanzó su pico en la década de 1900-1910. Se produjo una brusca subida de los precios, acentuada por la decisión del gobierno de abandonar el patrón plata y adoptar el patrón oro; ello provocó la caída en picada de los salarios reales. Hubo una crisis económica, iniciada en EE. UU. que luego se extendió a México, con despidos y reducción de salarios. Esto coincidió con la crisis agrícola por malas cosechas, con sus resultados: escasez de alimentos y reducción del salario real en la industria.

Díaz respondió permitiendo que la oligarquía (sobre todo los científicos) descargara el peso de la crisis sobre los sectores sociales más pobres, la clase media y los miembros de la clase alta no ligados a los científicos. Se concedieron exenciones fiscales a las empresas extranjeras y a la nueva clase gobernante nacional. No se hizo nada para mitigar los efectos de la crisis sobre la población.

En este período se dio el surgimiento de una fuerte oposición por parte de la clase obrera, plasmado en huelgas y la creación de un partido de oposición de ámbito nacional e inclinación hacia el anarcosindicalismo (el PLM). El nacionalismo jugó un papel importante entre los trabajadores. Díaz respondió con una represión despiadada: matanzas de Río Blanco, Veracruz (junio de 1906) y de la huelga minera en Cananea, Sonora (enero 1907). 

El PLM, fundado por intelectuales de provincia a principios del siglo XX, se propuso recuperar los principios sostenidos por facciones radicales del movimiento liberal en la época de Juárez. La represión generó un giro a la izquierda: adoptó una ideología anarcosindicalista; sus líderes fueron los hermanos Enrique y Ricardo Flores Magón (1877-1954 y 1873-1922, respectivamente). El PLM ejerció influencia entre los obreros industriales y ciertos sectores de clase media.

Díaz había logrado consolidar a finales del siglo XIX “un complejo sistema de equilibrios que evitaba que ningún grupo o camarilla consiguiera acaparar el poder” (p. 69). En este sentido, Díaz era el gran árbitro que mantenía el equilibrio entre los grupos de la oligarquía. Pero los científicos presionaban para que el presidente eligiera el nombre de su sucesor. En 1909 Díaz eligió como vicepresidente a Ramón Corral (1854-1912), del grupo de los científicos. A su vez, avanzó contra sectores de la elite del NE. Rompió así el equilibrio entre camarillas de la oligarquía.

La conjunción de la ofensiva de los científicos sobre parte de las elites, las clases medias y el campesinado + la crisis económica de 1907, generó una situación sin precedentes. En el triángulo del N (Sonora, Chihuahua y Coahuila), importantes sectores de todas las clases sociales (hacendados, clase media, obreros industriales y colonos desposeídos) se unieron en oposición a Díaz. A la vez, en el Estado de Morelos la ofensiva de los científicos afectó a los campesinos.

Inicio de la Revolución Mexicana:

En 1910 estalló la lucha por la sucesión de Díaz. El presidente desactivó la oposición encabezada por el general Bernardo Reyes (1849-1913). En el N se formó el Partido Antirreeleccionista, encabezado por Francisco Madero. Díaz no lo tomó en serio, pero Madero logró movilizar a importantes sectores del campesinado mexicano (aunque no llegó a proponer la reforma agraria). El partido se convirtió en el único grupo político que reunía a miembros de todas las clases sociales. A esto se sumaron las malas relaciones entre México y EE. UU., pues el gobierno de Díaz trató de contrarrestar la influencia yanqui estimulando las inversiones europeas. 

Los acontecimientos se aceleraron: Díaz mandó encarcelar a Madero y ganó las elecciones presidenciales de junio de 1910. Madero, liberado, anunció el Plan de San Luis Potosí (6/10/1910); asumió el cargo de presidente provisional y convocó al pueblo a la revuelta el 20/11/1910. A pesar de las derrotas iniciales, el movimiento maderista ganó fuerza. El 21/05/1911 se acordó la renuncia de Díaz y el vicepresidente Corral. El 15/10/1911, Madero fue elegido presidente por abrumadora mayoría en elecciones limpias. 

El Porfiriato había finalizado.


Mataderos, domingo 30 de agosto de 2026


Notas: 

[1] Los sectores populares fueron movilizados por Juárez durante la guerra contra los franceses.

[2] Era considerado como el más corrupto e incapaz de los protegidos de Díaz.

[3] Lo mismo sucedió en 1892, 1898, 1904 y 1910.