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domingo, 15 de febrero de 2026

PRESAGIOS DEL SIGLO XX: EL PRÓLOGO DE ENGELS A LA EDICIÓN ITALIANA DE 1893 DEL MANIFIESTO COMUNISTA

 

DANTE ALIGHIERI


Ariel Mayo (ISP Dr. Joaquín V. González / UNSAM)

La lectura de los prólogos del MC permite seguir el desarrollo del movimiento obrero europeo en la segunda mitad del siglo XIX. Bien pensadas las cosas, no se trata de una casualidad, porque el MC es a la vez una exposición de la teoría marxista de la sociedad y un programa de acción política para la clase trabajadora; por esto en los prólogos queda constancia de los problemas que ponen en cuestión determinados aspectos de dicho programa. Dos ejemplos: la Comuna de París (1871) obligó a reformular la teoría marxista del Estado [1]; el avance del movimiento revolucionario en Rusia llevó a reconsiderar los caminos hacia el socialismo. [2]

A los dos ejemplos mencionados hay que sumarle el texto titulado “Al lector italiano”, que constituye, en rigor, el prólogo a la edición italiana del MC, publicada en 1893. El texto está datado en Londres el 1° de febrero de 1893 y fue firmado por Engels. En este caso, la cuestión central del texto es el nacionalismo y su relación con el movimiento obrero (cabe recordar que este tema ya había aparecido en el prólogo a la edición polaca de 1892).

Abreviaturas:

MC= Manifiesto del partido comunista.

Información para quienes padecen la obsesión de los libros:

Engels, F. (2000). Al lector italiano. [El texto original fue redactado en francés]. En K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista (pp. 123-125). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz.


El texto gira en torno a dos grandes temas: a) el papel de la clase obrera en las Revoluciones de 1848; b) la relación entre la conformación de Estados nacionales y el movimiento obrero (que es otra forma de nombrar al problema del nacionalismo).

Como es sabido, la publicación del MC (21 de febrero de 1848) fue inmediatamente anterior al estallido de las Revolución Francesa de 1848 (22 de febrero),  seguida por el estallido de otras revoluciones en buena parte del continente europeo. [3] Engels hace referencia al estallido simultáneo de las revoluciones de Berlín y Milán (ambas el 18 de marzo de 1848). En esa época, Alemania e Italia eran naciones que se hallaban fragmentadas políticamente y sometidas a la dominación extranjera.

Las revoluciones de 1848 eran revoluciones burguesas; por ende, sus frutos fueron cosechados por “la clase de los capitalistas” (p. 124). En 1815, la derrota definitiva de Napoleón Bonaparte (1769-1821) fue seguida por la consolidación de regímenes absolutistas en los países del continente europeo; los ideólogos de la Restauración consideraban que era posible volver al statu quo anterior a 1789 y obraron en consecuencia. Sin embargo, la vuelta al ancien régime [antiguo régimen] estaba condenada al fracaso, pues la expansión de las relaciones sociales capitalistas era implacable. En 1830 se produjo un primer estallido revolucionario, con epicentro en Francia. Ello demostró que la solidez de los regímenes absolutistas se estaba resquebrajando. Las Revoluciones de 1848, por su extensión geográfica e intensidad política, representaron un ataque mucho más contundente a las instituciones del absolutismo. Pero fracasaron en lo inmediato; el absolutismo se impuso en todos los países europeos, con excepción de Francia, donde el sobrino de Napoleón, Luis Bonaparte (1808-1873) ganó las elecciones presidenciales de 1848 y se convirtió en emperador de Francia en 1852.

Volvamos al texto. Engels hace un balance de las Revoluciones de 1848, en el que intenta explicar la causa del fracaso de los movimientos revolucionarios. Señala que esas revoluciones fueron hechas por “la clase obrera”, afirmación altamente discutible por cierto, pues el desarrollo de la industria capitalista era relativamente reducido en la mayoría del continente europeo.

Además de su escaso desarrollo numérico, la clase trabajadora tenía una debilidad: carecía de un proyecto político propio, pues únicamente los obreros de París “tenían, al derrocar el gobierno, la intención expresa de derrocar el régimen burgués.” (p. 123) [4] Pero aun los obreros más avanzados políticamente, “por conscientes que fueran del inevitable antagonismo existente entre su propia clase y la burguesía, ni el progreso económico del país ni el desarrollo intelectual de las masas obreras francesas habían alcanzado aún el grado que habría sido preciso para hacer posible una transformación de la sociedad.” (pp. 122-123) Por todo esto, Engels afirma que los obreros franceses ayudaron a la burguesía a conquistar el poder (o, mejor dicho, a compartirlo, pues Luis Napoleón logró afirmarse como emperador).

La burguesía fue derrotada en los otros países europeos, pues no consiguió conquistar el poder; no obstante, se convirtió luego en el albacea de las tareas revolucionarias que no fueron realizadas durante las revoluciones (el desarrollo industrial y  la unificación nacional en los casos de Alemania e Italia ).

En este punto aparece en toda su dimensión la cuestión nacional. Engels llega a afirmar que la dominación de la burguesía es imposible sin la independencia nacional:

“En ningún país es posible la dominación de la burguesía sin la independencia nacional. Por eso, la revolución de 1848 debía conducir a la unidad y a la independencia de las naciones que hasta entonces no las habían conquistado: Italia, Alemania, Hungría; Polonia les seguirá a su debido tiempo.” (p. 124)

¿Por qué la dominación de la burguesía precisa de la independencia nacional?

Engels no da respuesta a esta pregunta, que debe buscarse, en rigor, en el propio MC. Pero podemos esbozar las líneas generales de esa respuesta, por lo menos en los términos engelsianos. La independencia nacional permite a la burguesía controlar el mercado nacional y, por ende, dominar un espacio de acumulación de capital, algo esencial en términos de la reproducción ampliada. Esto hace que la burguesía se fortalezca y, por ende, potencia a la clase trabajadora, que ve crecer el número de sus efectivos como consecuencia del desarrollo capitalista.

Engels plantea otra cuestión, aunque no llega a formularla  explícitamente en el texto: la relación entre la independencia nacional y el socialismo.

“Con el desarrollo de la gran industria en todos los países, el régimen burgués ha creado en el curso de los últimos cuarenta y cinco años un proletariado numeroso, fuerte y unido, y ha producido así, por emplear una expresión del Manifiesto, sus propios sepultureros. Sin la restitución de la independencia y la unidad de cada nación no hubiera sido posible realizar la unificación internacional del proletariado ni la cooperación pacífica e inteligente de esas naciones para el logro de objetivos comunes.” (p. 124)

En otras palabras, la creación de Estados nacionales promovió el desarrollo de la clase trabajadora y su acción internacionalista. Este punto puede verse como un corolario de la tesis desarrollada en el MC:  el crecimiento numérico de la clase obrera y su concentración en las ciudades y en las fábricas hacen que dicha clase pueda dar el salto de la lucha económica a la lucha política y reclamar para sí el control del poder político. Pero esto no es posible si hay fragmentación territorial, pues esas unidades políticas más pequeñas entorpecen el desarrollo capitalista.

En definitiva, Engels extiende la tesis de la centralidad de la concentración del capital para el desarrollo de la conciencia obrera a la creación de vastos Estados nacionales. En estos términos lee tanto la experiencia alemana como la italiana. El siglo XX demostraría que los planteos de Engels resultarían insuficientes, dicho de manera suave, para comprender el fenómeno del nacionalismo.

Balvanera, domingo 15 de febrero de 2026



Notas:

[1] Ver el prólogo de Marx y Engels a la edición alemana de 1872 del MC.

[2] Ver el prólogo de Marx y Engels a la edición rusa de 1882 del MC.

[3] Para un panorama general de las Revoluciones de 1848: Hobsbawm, E. J. (2009). La era de la revolución: 1789-1848. Buenos Aires, Argentina: Crítica. 344 p. (Biblioteca E. J. Hobsbawm de Historia Contemporánea). Traducción de Felipe Ximénez de Sandoval. Para un análisis clásico de la Revolución Francesa de 1848: Marx, K. (1971). El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Barcelona, España: Ariel. 173 p. (Ariel quincenal; 4). Traducción de O. P. Safont. Ver también: Marx, K. (1973). Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. 3° edición. Buenos Aires: Anteo. (Pequeña Biblioteca Marxista Leninista).

[4] Afirmación también muy discutible. El propio Marx, en El 18 brumario y en Las luchas de clases en Francia, señala las limitaciones políticas de la clase trabajadora francesa en 1848.

sábado, 7 de febrero de 2026

ASOMA LA CUESTIÓN NACIONAL: EL PRÓLOGO A LA EDICIÓN POLACA DE 1892 DEL MANIFIESTO COMUNISTA

 

Estación Miguelete


Ariel Mayo (ISP. Dr. Joaquín V. González / UNSAM)

El socialismo surgió en Europa occidental, al calor de la primera Revolución Industrial. Sin embargo, su centro de gravedad se fue desplazando hacia el este, a punto tal que en la década de 1890 la recientemente unificada Alemania poseía el partido socialista más grande del mundo, tanto por número de afiliados como por el peso de sus organizaciones sindicales. Este crecimiento era explicado por la teoría marxista en su versión estándar: el desarrollo del capitalismo generaba el crecimiento numérico de la clase obrera y ello derivaba en la expansión de las organizaciones socialistas. [1] En pocas palabras, los socialistas marxistas, el grupo hegemónico dentro del movimiento socialista de finales del siglo XIX, defendían la tesis de la existencia de una relación lineal entre el desarrollo capitalista y el desarrollo de los partidos socialistas.

Pero (siempre hay un pero en la vida): estaba el caso de Rusia. Ya en la década de 1870, Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) tomaron nota del vigor del desarrollo del socialismo en Rusia; un indicador de ese interés radicaba en las traducciones al ruso del MC y del Libro Primero de El capital. Los intelectuales rusos devoraban la literatura marxista. Se trataba de un suceso inesperado e inexplicable para los marxistas: el imperio zarista había actuado a lo largo del siglo XIX como el baluarte de la reacción europea, aplastando con sus fuerzas militares a diversos movimientos revolucionarios. Y ahora ese Imperio absolutista, atrasado, con millones de campesinos analfabetos, se convertía en uno de los centros del movimiento revolucionario europeo (claro que esto solo se volvió perfectamente claro en 1905, con el estallido de la primera Revolución Rusa).

Rusia fue la puerta de entrada a un territorio social desconocido. Marx aceptó el desafío y se dedicó a estudiar ruso, a leer las estadísticas y la bibliografía económica rusa. Entabló relación epistolar con intelectuales y revolucionarios rusos. Ello lo llevó a modificar su concepción del progreso histórico como proceso lineal y a postular la posibilidad de desarrollos alternativos al de la Europa occidental (cuyo ejemplo paradigmático era Gran Bretaña).

El crecimiento del movimiento socialista en Europa central y oriental tenía otro aspecto importante: ponía en el centro la cuestión nacional, esto es, la independencia de los pueblos incluidos en los grandes imperios de la región (el Imperio Austrohúngaro, el Imperio Turco y el Imperio Ruso). En otras palabras, a medida que el centro de gravedad del socialismo se desplazaba hacia el este europeo, surgían (o reaparecían) problemas políticos tales como la cuestión de la eliminación de las monarquías absolutistas, la independencia de los pueblos subyugados por los imperios, etc. Estas cuestiones se sumaban a la ya mencionada de la construcción del socialismo en sociedades con mayoría campesina y un desarrollo relativamente bajo de las relaciones sociales capitalistas.

Polonia era uno de los lugares en los que se cruzaban la cuestión nacional y la cuestión del socialismo. Hay que recordar que desde 1795 la mayor parte del territorio polaco formaba parte del Imperio Ruso. Desde esa fecha los polacos protagonizaron varias insurrecciones para lograr su independencia. Por lo tanto, la cuestión polaca era un tema candente para el socialismo.

Los problemas mencionados son abordados en el prólogo a la edición polaca de 1892 del MC, fechado en Londres el 10 de febrero de 1892 y firmado por Engels.

Abreviaturas:

MC= Manifiesto del partido comunista.

Noticias para obsesivos de la bibliografía:

Engels, F. (2000). Prólogo a la edición polaca de 1892 del Manifiesto del Partido Comunista. En K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista (pp. 105-113). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz.


Engels abre el prólogo con la explicación estándar de la expansión del MC:

“Es digno, ante todo, de ser subrayado el que el Manifiesto se haya convertido últimamente, en cierto modo, en un patrón de medida para el desarrollo de la gran industria en el continente europeo. En la misma medida en que en un país se expande la gran industria, crece entre los obreros de dicho país el afán de clarificarse sobre su propia posición como clase obrera frente a las clases poseedoras, se difunde entre ellos el movimiento socialista y aumenta la demanda del Manifiesto. Así pues, no sólo el estado del movimiento obrero, sino también el grado de desarrollo de la gran industria en cada país puede ser determinado con bastante exactitud a la luz del número de ejemplares del Manifiesto difundidos en la lengua del país.” (p. 119)

La explicación precedente sirve para justificar una nueva edición polaca del MC. La industria polaca se había convertido en la más importante del Imperio Ruso. Esto era consecuencia de la dispersión de la industria rusa en varias regiones, en tanto que “la gran industria polaca se halla comprimida en un espacio relativamente pequeño y goza de las ventajas y desventajas nacidas de esta concentración” (p. 120).

Ahora bien, la concentración fabril en Polonia tenía una consecuencia no deseada: “la rápida difusión de las ideas socialistas entre los obreros polacos y en la demanda en aumento del Manifiesto.” (p. 120)

En este punto, la cuestión socialista se entrelaza con la cuestión nacional en el pensamiento engelsiano. El desarrollo industrial de Polonia era para él un indicador de la vitalidad nacional de la nación polaca, que buscaba liberarse de la opresión zarista. Esto lo lleva a reflexionar sobre la suerte del movimiento obrero en las revoluciones de 1848; ellas fueron derrotadas, en la medida en que no lograron concretar ni la unificación alemana, ni la unificación italiana, ni tampoco, por supuesto, algún atisbo de socialismo. Engels desliza la opinión de que el fracaso de las revoluciones se debió a que la clase obrera, en vez de luchar por su causa, “hizo el trabajo de la burguesía” (p. 120). A partir de ello, señala que la burguesía no tiene interés en la independencia de Polonia (en su opinión es algo que quedó confirmado en la falta de apoyo internacional al levantamiento polaco de 1863) y, por lo tanto, solo el proletariado polaco puede emprender con éxito la lucha la tarea de independizar a Polonia del Imperio Ruso.

Por último, Engels sostiene que una Polonia independiente es necesaria para el resto de los obreros europeos. No lo dice expresamente, pero dicha necesidad se deriva de que la independencia polaca debilitaría al zarismo quien, a lo largo del siglo XIX, operó como reserva de la reacción europea contra los movimientos revolucionarios.


Balvanera, sábado 7 de febrero de 2026


Notas:

[1] La versión estándar se encuentra expuesta en el propio MC: “Pero con el desarrollo de la industria no sólo se acrecienta el proletariado, sino que se va concentrando en masas cada vez mayores, su fuerza aumenta y la percibe más. Los intereses, las condiciones de vida en el seno del proletariado se igualan cada vez más a medida que la maquinaria borra crecientemente las diferencias en el trabajo y reduce el salario por doquier a un nivel igualmente bajo. La creciente competencia de los burgueses entre sí y las crisis comerciales de ello resultantes llevan a que los salarios sean cada vez más fluctuantes; el constante y acelerado perfeccionamiento de la maquinaria coloca al obrero en una situación vital cada vez más precaria; las colisiones entre el obrero individual y el burgués individual asumen cada vez más el carácter de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a formar coaliciones contra los burgueses y actúan en común para defender su salario. Llegan hasta formar asociaciones permanentes para asegurarse los medios necesarios en previsión de estas sublevaciones circunstanciales. (...) De tanto en tanto triunfan los obreros, pero sólo pasajeramente. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unificación, cada vez más amplia, de los obreros. Esta unificación se ve favorecida por los crecientes medios de comunicación puestos en pie por la gran industria y que permiten entrar en contacto a los obreros de las diferentes localidades. Y basta ese contacto para que las numerosas luchas locales, que en todas partes tienen el mismo carácter, se centralicen en una lucha nacional, en una lucha de clases. Toda lucha de clases es, sin embargo, una lucha política. (...) Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político, es destruida una y otra vez por la competencia entre los propios obreros. Pero renace siempre de nuevo, más fuerte, más firme, más poderosa. Aprovechando las divisiones internas de la burguesía, arranca el reconocimiento legal de algunos intereses de la clase obrera. (...) En general, las colisiones de la vieja sociedad favorecen de diversas maneras el proceso de desarrollo del proletariado. La burguesía vive en lucha permanente: al principio, contra la aristocracia; después, contra aquellas fracciones de la misma burguesía cuyos intereses entran en contradicción con los progresos de la industria; siempre contra la burguesía en todos los demás países. En todas estas luchas se ve forzada a apelar al proletariado, a reclamar su ayuda y a arrastrarle así al movimiento político. De este modo proporciona al proletariado los elementos de su propia formación, es decir, armas contra ella misma.” (pp. 58-59)

martes, 3 de febrero de 2026

UN MOMENTO DE JÚBILO: EL PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE 1890 DEL MANIFIESTO COMUNISTA

 

Movilización por el 1° de Mayo


Ariel Mayo (ISP Dr. Joaquín V. González / UNSAM)

En 1889 se constituyó la Segunda Internacional, organización que agrupaba a partidos socialistas y organizaciones obreras de Europa y América. A diferencia de su antecesora, la Primera Internacional (1864-1876), la Segunda Internacional tenía mayoría de organizaciones partidarias. En el  período posterior a la disolución de la Primera Internacional, la expansión de las relaciones capitalistas fue acompañada por un incremento sustancial del número de trabajadores asalariados. A pesar de la represión y de las persecuciones estatales, muchos militantes socialistas compartían la certeza de que el futuro era socialista y no capitalista. La principal razón que apoyaba esa certeza era, precisamente, el incremento de las organizaciones obreras y socialistas. Los partidos y los sindicatos crecían y los gobiernos se veían obligados, más tarde o más temprano, a reconocerlos, a aceptar su participación en las contiendas electorales, a extender el derecho del sufragio y aprobar leyes a favor de los trabajadores. El espíritu del optimismo, tantas veces engañoso, flotaba en el ambiente. En ese marco se fundó la Segunda Internacional y en la ciudad de Londres, un militante de casi 70 años de edad, Friedrich Engels, redactaba el prólogo a una nueva edición alemana del MC.

En sí, el prólogo a la edición alemana de 1890, fechado en Londres el 1° de mayo de 1890, sigue casi al pie de la letra el prólogo anterior, redactado por Engels para la edición inglesa de 1888. No contiene, por tanto, nada novedoso (por lo menos para los lectores del prólogo de 1888). Lo más significativo del texto es el entusiasmo de Engels, ese viejo (según los parámetros de la época) casi septuagenario, ante el crecimiento notable del socialismo marxista, que se había vuelto hegemónico en las filas del movimiento socialista (por cierto, no es este el lugar para analizar cuán profundo era el arraigo de la teoría marxista de la sociedad en los partidos socialistas). Ese entusiasmo se advierte en dos cuestiones: su descripción de la multiplicación de las ediciones del MC; su frase final, en tono casi de tango, dedicada a su amigo muerto: “¡Ojalá estuviera Marx todavía a mi lado para ver esto con sus propios ojos!” (p. 118).

La estructura del prólogo es sencilla y puede dividirse en tres partes: a) la historia de las ediciones del  MC desde la edición alemana de 1883 (pp. 114-115); b) la explicación del uso del término comunista en vez de socialista (pp. 110-111); c) la explicitación del núcleo teórico del MC.

Abreviaturas:

MC= Manifiesto del partido comunista

Noticia para bibliófilos desesperados:

Engels, F. (2000). Prólogo a la edición alemana de 1890 del Manifiesto del Partido Comunista. En K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista (pp. 114-118). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz.


Engels escribe: “El Manifiesto ha tenido una vida propia.” (p. 115) Aquí no hay nada nuevo bajo el Sol, pues es lo que suele suceder con los libros, que se independizan de sus autores. Sin embargo, la frase de Engels sugiere la mezcla de asombro y entusiasmo ante la difusión de una obra que comenzó siendo casi ignorada en sus orígenes: “En el momento de su aparición fue saludado con entusiasmo por la vanguardia, poco numerosa aún por entonces, del socialismo científico (como lo prueban las traducciones citadas en el primer prólogo), pero pronto quedó relegado a un plano secundario en virtud de la reacción que se inició con la derrota de los obreros de París en junio de 1848, para ser finalmente proscrito «de derecho» a consecuencia de la condena de los comunistas de Colonia, en noviembre de 1852.” (p. 115)

En el período de las revoluciones de 1848, el MC ocupó un lugar muy marginal en las elaboraciones teóricas de los revolucionarios. En cambio, hacia 1887 “el socialismo continental no era ya prácticamente otra cosa que la teoría que se proclama en el Manifiesto.” (p. 117).

Engels sigue aquí los lineamientos del ya mencionado prólogo de 1888 en lo que hace a la historia del MC. Hay dos aspectos relevantes: en primer término, la afirmación de que la versión marxista del socialismo se había vuelto dominante a mediados de la década de 1880 y que esa hegemonía fue el producto del carácter científico de la teoría de Marx. En segundo lugar, el deleite casi infantil con el que Engels enumera las ediciones del MC.

También retoma el argumento al prólogo a la edición inglesa de 1888 en lo que hace a la cuestión de la adopción del término comunista en vez de socialista: “cuando fue escrito no hubiéramos podido llamarlo un manifiesto socialista. En 1847 se entendía como socialistas, por una parte, a los partidarios de los diversos sistemas utópicos: los owenistas en Inglaterra y los fourieristas en Francia, que se han visto reducidos ya unos y otros a meras sectas en paulatina extinción; por otra, a los más variados charlatanes sociales que prometían eliminar las lacras sociales con toda suerte de panaceas que no ofrecían el menor peligro para el capital ni para las ganancias. En ambos casos se trataba de gentes situadas fuera del movimiento obrero y que buscaban más bien apoyo entre las clases «ilustradas». La parte de la clase obrera que había llegado al convencimiento de la insuficiencia de transformaciones meramente políticas y postulaba la necesidad de una transformación total de la sociedad, se llamaba entonces comunista. Se trataba aún de una forma rudimentaria, tosca, puramente instintiva de comunismo; pero acertó en el punto cardinal y fue lo suficientemente fuerte dentro de la clase obrera como para engendrar el comunismo utópico” (p. 110)

Engels cierra el prólogo con la alusión a la celebración del 1° de mayo:

“Actualmente, mientras escribo estas líneas, el proletariado europeo y americano pasa revista a sus fuerzas movilizadas por vez primera, movilizadas como un ejército, bajo una bandera y por un objetivo inmediato: la jornada laboral normal de ocho horas, proclamada ya por el Congreso de la Internacional de Ginebra de 1866 y, nuevamente, por el Congreso de Trabajadores de París de 1889, y que debe ser legalmente determinada. Y el espectáculo del día de hoy abrirá a los capitalistas y terratenientes de todos los países los ojos sobre el hecho de que actualmente los proletarios de todos los países están efectivamente unidos.” (p. 118)

“Actualmente, mientras escribo estas líneas, el proletariado europeo y americano pasa revista a sus fuerzas movilizadas por vez primera, movilizadas como un ejército, bajo una bandera y por un objetivo inmediato: la jornada laboral normal de ocho horas, proclamada ya por el Congreso de la Internacional de Ginebra de 1866 y, nuevamente, por el Congreso de Trabajadores de París de 1889, y que debe ser legalmente determinada. Y el espectáculo del día de hoy abrirá a los capitalistas y terratenientes de todos los países los ojos sobre el hecho de que actualmente los proletarios de todos los países están efectivamente unidos.” (p. 118)

En 1848 la primera edición del MC fue testigo de la “primavera de los pueblos”. En 1890 el MC contempló la primera celebración internacional del 1° de Mayo. Más allá del devenir posterior del movimiento socialista y de las ilusiones perdidas, no cabe duda de que Engels pudo vivir, al final del camino, un momento que daba sentido a su vida. No es poca cosa, por cierto.

Balvanera, martes 3 de febrero de 2026

domingo, 1 de febrero de 2026

ESCRIBIENDO LA HISTORIA DEL SOCIALISMO: EL PRÓLOGO DE 1888 DEL MANIFIESTO COMUNISTA



 

Ariel Mayo (ISP Dr. Joaquín V. González / UNSAM)

Friedrich Engels (1820-1895) fue, desde la muerte de Marx en 1883, la figura más importante de la corriente marxista del movimiento socialista. Esa posición conllevaba grandes responsabilidades: por un lado, debía encargarse de la publicación de las obras de Marx, tanto de las publicadas en vida de éste como del océano de manuscritos y obras inconclusas dejadas por el fundador del materialismo histórico; por otra parte, era consultado como voz autorizada y como mediador en los conflictos en el seno de los partidos socialistas (que habían comenzado a crecer en varios países europeos, en especial en Alemania). Como si esto fuera poco, tenía que conseguir tiempo para su propia tarea intelectual pues, a pesar de que la magnitud de la obra de Marx dejaba en un segundo plano a todos los demás, Engels era un teórico notable y un observador fino de los cambios sociales, cualidades que destacan en obras como La situación de la clase obrera en Inglaterra.

Entre las tareas mencionadas se encontraba la publicación de nuevas ediciones del MC. Engels redactó el prólogo a la edición inglesa de 1888 del MC, fechado en Londres el 30 de enero de 1888. [1] Inglaterra era un lugar esquivo para el socialismo marxista; mientras que en Alemania, en Francia y aun en Rusia, las obras de Marx se difundían ampliamente a la par que crecían los partidos socialistas, en suelo inglés el marxismo tenía grandes dificultades para hacer pie. La publicación de una edición inglesa del MC constituía, pues, un acontecimiento en sí mismo.

La estructura del prólogo es bien sencilla. Se distinguen tres grandes temas: a) la historia del MC (pp. 105-109); b) la explicación del uso del término comunista en vez de socialista (pp. 110-111); c) la explicitación del núcleo teórico del MC.

Abreviaturas:

AIT= Asociación Internacional de Trabajadores / LC= Liga de los Comunistas / MC= Manifiesto del partido comunista / MO= Movimiento obrero

Información para amantes de los datos bibliográficos:

Engels, F. (2000). Prólogo a la edición inglesa de 1888 del Manifiesto del Partido Comunista. En K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista (pp. 105-113). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz.

La traducción inglesa del MC fue obra de Samuel Moore (1838-1911) y lleva por título Manifest of the Communist Party, by Karl Marx and Frederick Engels, Authorized English Translation, edited and annotated by Frederick Engels, 1888, Londres, Wüliam Reeves, 185 Fleet St, E. C.


Para 1888 no cabían dudas de que la corriente marxista se había vuelto hegemónica dentro del movimiento socialista. El principal partido socialista de la época, el alemán, se reconocía marxista y el marxismo continuaba su expansión en los países de Europa occidental, en Rusia e incluso en los Estados Unidos. Esto era bastante sorprendente, dado que cuarenta años atrás, fecha en que se publicó la primera edición del MC, los marxistas eran apenas unas decenas de militantes. Era preciso contar la historia de ese extraordinario crecimiento y Engels se abocó a esa tarea en el prefacio de 1888. No era un impulso casual. Tanto en el Anti-Dühring (1877) como en Del socialismo utópico al socialismo científico (1880), Engels desarrolló las líneas principales de lo que era su versión de la historia del socialismo marxista. El interés engelsiano por la historia del movimiento socialista tenía, como no podía ser de otra manera, intenciones políticas. En un momento en que los partidos socialistas se encontraban en plena expansión, las disputas ideológicas al interior de los mismos estaban en auge. Muchos militantes buscaban en la historia la respuesta a la pregunta ¿qué hacer? y Engels intentó ofrecer esa respuesta.

Veamos a continuación los grandes rasgos de la historia del socialismo marxista tal como los presenta Engels en el prólogo de 1888.

Como es sabido, el MC era “la plataforma” de la LC, organización que es caracterizada como “una asociación obrera en un principio exclusivamente alemana, más tarde internacional, que, en las condiciones políticas del continente europeo en 1848, era inevitablemente una organización secreta.” (p. 105) En su segundo congreso, celebrado en Londres en 1847, la LC encomendó a Marx y Engels la redacción de un “programa teórico y práctico completo del partido” (p. 105). Tras dar muchas vueltas, Marx y Engels concluyeron la redacción del MC, que se publicó a fines de febrero de 1848.

La derrota de las revoluciones de 1848 limitó la acción del MO, que se vio obligado a ocupar la posición de ala de extrema izquierda de la burguesía radical y a luchar por la libertad de los movimientos políticos. La LC dejó de funcionar a finales de 1852.

La fundación de la AIT (la 1° Internacional, 1864) marcó el resurgir del MO europeo. La AIT no podía proclamar los principios del MC, pues su objetivo era agrupar al conjunto de la clase trabajadora europea y americana. “La Internacional tenía que tener un programa lo suficientemente amplio como para resultar aceptable para las trade unions inglesas, para los partidarios franceses, belgas, italianos y españoles de Proudhon y para los lassalleanos en Alemania” (p. 107) Esta afirmación da cuenta tanto de la debilidad de los marxistas como de la existencia de diversas corrientes dentro del movimiento socialista.

Dado lo anterior, Marx elaboró el programa de la AIT, “para satisfacer a todos los partidos” (p. 107). Se apostaba al “desarrollo intelectual de la clase obrera, un desarrollo que debía surgir necesariamente de la acción unificada y de la discusión en común. Los acontecimientos y vicisitudes en la lucha contra el capital, las derrotas aún más que las victorias, no podían menos de llevar a los hombres a tomar consciencia de la insuficiencias de sus diversas panaceas predilectas y de allanarles el camino para una plena comprensión de las premisas efectivas de la emancipación de la clase obrera ” (p. 107) Así, pues, en su versión de la historia Engels sostiene que la superioridad del marxismo sobre las otras corrientes socialistas se sustentó en su teoría del capitalismo (cuya expresión más acabada era el Libro Primero de El capital). En la concepción engelsiana subyace la idea de que la Verdad contenida en la teoría marxista supera el Error de las demás corrientes socialistas.

Sin embargo, la historia de la Primera Internacional revela un panorama diferente al presentado por Engels. En 1874 se produjo la desintegración de la AIT, producto tanto de las persecuciones llevadas a cabo por los gobiernos europeos luego de la Comuna de París (1871) como, y esto es lo más significativo, de las luchas internas en la Internacional. En este sentido, la mentada superioridad teórica del marxismo no alcanzó para terminar con la oposición de las otras corrientes socialistas. Engels, tozudo, hace de la derrota victoria. En su opinión, la  desintegración de la Primera Internacional está marcada por la agonía del proudhonismo y del lassalleanismo; a la vez, las trade unions [los sindicatos ingleses] se acercan al socialismo marxista.

Engels se permite sacar un corolario a partir de la experiencia de la Primera Internacional: “los principios del Manifiesto habían realizado considerables progresos entre los obreros de todos los países.” (p. 108) Mide la extensión de esos progresos por la cantidad de ediciones del MC. Así, considera que en la nueva situación el MC volvió al primer plano. Se produjo una multiplicación de ediciones en diversos idiomas: “hoy es, sin lugar a dudas, la obra más ampliamente difundida y más internacional de toda la literatura socialista, un programa conjunto que es reconocido por millones de obreros, de Siberia a California.” (p. 109) No cabe duda de que el discurso de Engels es triunfalista; sin embargo, hay que reconocer que el crecimiento del socialismo marxista era evidente y, a todas luces, extraordinario, habida cuenta de sus comienzos tan humildes. Además, y esto es fundamental, es cierto que lo que distinguía al marxismo de las otras corrientes era la preocupación por elaborar una teoría del funcionamiento del capitalismo.

En el prólogo, Engels también se ocupa de la cuestión de por qué el MC se tituló “comunista” y no “Manifiesto socialista”. La razón de ello es que en 1847, “se entendía como socialistas, por una parte, a los partidarios de los diversos sistemas utópicos: los owenistas en Inglaterra y los fourieristas en Francia, que se han visto reducidos ya unos y otros a meras sectas en paulatina extinción; por otra, a los más variados charlatanes sociales que prometían eliminar las lacras sociales con toda suerte de panaceas que no ofrecían el menor peligro para el capital ni para las ganancias. En ambos casos se trataba de gentes situadas fuera del movimiento obrero y que buscaban más bien apoyo entre las clases «ilustradas».” (p. 110) En cambio, en 1847 el término comunista era adoptado por la “parte de la clase obrera que había llegado al convencimiento de la insuficiencia de transformaciones meramente políticas y postulaba la necesidad de una transformación total de la sociedad” (p. 110). El comunismo en 1847 no poseía gran elaboración teórica, era una “forma rudimentaria, tosca, puramente instintiva de comunismo” (p. 110) Engendró el comunismo utópico: Étienne Cabet (1788-1856)  en Francia, Wilhelm Weitling (1808-1871) en Alemania.

En síntesis, “en 1847 el socialismo era un movimiento de la clase media, mientras que el comunismo era un movimiento de la clase obrera. El socialismo era, cuanto menos en el continente, «respetable»; en tanto que el comunismo era exactamente lo contrario” (p. 111). La elección de Marx y Engels por el comunismo respondió a la convicción de que la emancipación de la clase obrera “debía ser obra de la propia clase obrera” (p. 111). Aquí, como en el caso de la Primera Internacional, Engels presenta la superioridad del marxismo como una consecuencia de su desarrollo de la comprensión científica del capitalismo. Frente a los comunistas “utópicos”, los comunistas “científicos” poseían la ciencia como herramienta distintiva.

Por último, Engels dedica la parte final del prólogo a afirmar que “la idea fundamental” que constituye el núcleo del MC pertenece a Marx y es la siguiente:

“En toda época histórica el modo económico predominante de producción e intercambio, y la estructura social que se deriva necesariamente de él, constituyen el fundamento sobre el cual se basa la historia política e intelectual de esa época, que sólo a partir de él puede ser explicada; que, en consecuencia, toda la historia de la humanidad (desde la abolición del orden gentilicio, con su propiedad común de la tierra) ha sido una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas; que la historia de estas luchas de clases constituye una serie evolutiva que ha alcanzado en la actualidad una etapa en la cual la clase explotada y oprimida —el proletariado— ya no puede lograr su liberación del yugo de la clase explotadora y dominante —la burguesía— sin liberar al mismo tiempo a toda la sociedad, de una vez por todas, de toda explotación y opresión, de todas las diferencias y luchas de clases.” (pp. 111-112)

Estas tres ideas: centralidad de la producción, lucha de clases, el proletariado como sujeto revolucionario, constituyen, a su juicio, las bases de la concepción marxista del socialismo y de su teoría de la sociedad. En este punto, Engels traza una comparación significativa, pues sostiene que la concepción marxista de la sociedad cumplirá para las ciencias históricas el mismo papel que la teoría de Charles Darwin (1809-1882) para las ciencias naturales. Aunque la afirmación de Engels pueda parecer exagerada (y probablemente lo sea), es innegable la tremenda influencia ejercida por la teoría de Marx sobre las ciencias sociales.

Balvanera, domingo 1 de febrero de 2026