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domingo, 28 de junio de 2026

FICHA DE LECTURA: BOURDIEU Y SAINT-MARTIN. (1998). LAS CATEGORÍAS DEL JUICIO PROFESORAL



École Normale Supérieure, París (Francia)


Ariel Mayo

(ISP J. V. González / UNSAM)

Pierre Bourdieu (1930-2002) fue uno de los mejores exponentes de la escuela francesa de sociología, en la continuidad de un camino iniciado por Montesquieu (1689-1755), Comte (1798-1857) y Durkheim (1858-1917). Esta continuidad se da también en el terreno particular de la sociología de la educación. Un ejemplo de esto es el artículo comentado aquí, co-escrito entre Bourdieu y Monique de Saint-Martin (n. 1940). Me corrijo, más que comentario se trata de una ficha de lectura.

Los autores procuran mostrar que el debate entre etnólogos y sociólogos en torno a las clasificaciones y los sistemas de clasificación olvida que estos instrumentos de conocimiento cumplen otras funciones. El conocimiento práctico pone en juego, por referencia a funciones prácticas, sistemas de clasificación (taxonomías), cuya función principal es reorganizar la percepción y la apreciación y estructuras de la práctica. (p. 4)

La base empírica del trabajo la constituye el conjunto de 154 fichas individuales de alumnas de un sexto año de bachillerato superior de París, elaboradas durante cuatro años consecutivos por un profesor de filosofía. Fueron confeccionadas durante la década de 1960. Incluyen: a) los datos de nacimiento, profesión y la dirección de los padres, así como el establecimiento donde cursó los estudios secundarios; b) las notas (5 o 6 por alumno) asignadas a los trabajos escritos e intervenciones orales, acompañadas de apreciaciones justificativas. Además, la base empírica del apartado dedicado al juicio de los pares (pp. 11-13) está conformada por las notas necrológicas publicadas en el Anuario de la Sociedad de Ex-Alumnos de la Escuela Normal Superior, años 1962, 1963, 1964 y 1965. Se trabajó con 34 ex-alumnos cuyo origen social estaba consignado en dichas notas.

Referencia bibliográfica:

Bourdieu, P. y Saint-Martin, M. (1998). Las categorías del juicio profesoral. Propuesta educativa, 19, pp.  4-18. Traducción de Emilio Tenti Fanfani.

________________

Vayamos al grano.

El conocimiento práctico produce taxonomías prácticas, “instrumentos de conocimiento y de comunicación, que son la condición del establecimiento del sentido y del consenso sobre el sentido” (p. 4). Estas taxonomías ejercen su eficacia estructurante “en la medida en que ellas mismas están estructuradas” (p. 4). 

Los autores insertan aquí una observación metodológica: es erróneo encarar el estudio de dichas taxonomías por medio de un análisis interno (estructural), que “las aleja artificialmente de su condiciones de producción y utilización” y, por ende, “impide la comprensión de su función social” (p. 4). 

La afirmación precedente se confirma cuando se aborda el estudio de las clasificaciones que los profesores producen cotidianamente, “tanto en sus juicios sobre sus alumnos y sus colegas actuales, como en su producción específica (manuales, tesis y trabajos doctos) y en toda su práctica". (p. 4) Ese estudio muestra las funciones sociales del sistema de clasificación “profundamente oculto” que está en la base de “todas estas clasificaciones escolares y de las clasificaciones sociales que determinan o legitiman” (p. 4)

La jurisprudencia profesoral (pp. 4-6)

El análisis de la base empírica permite mostrar como las taxonomías “revelan las formas rituales de los considerandos del juicio profesoral (≪las apreciaciones≫) y de las que se puede suponer que estructuran el juicio profesoral, a la vez que lo expresan” (p. 4). 

Las operaciones de clasificación constituyen operaciones de cooptación y son 

“el lugar en el que se pueden comprender mejor los principios organizadores del sistema de enseñanza en su conjunto, es decir, no solamente los procedimientos de selección de que son producto, entre otras cosas, las propiedades del cuerpo profesoral, sino también la verdadera jerarquía de las propiedades a reproducir, por ende, las ≪elecciones≫ fundamentales del sistema reproducido.” (p. 5)

Se pueden observar las formas escolares de clasificación en su funcionamiento. Estas formas son transmitidas “en y mediante la práctica fuera de toda intención puramente pedagógica” (p. 5)

“Estas formas de pensamiento, de expresión y de apreciación, deben su lógica específica al hecho de que, al ser producidas y reproducidas por el sistema escolar representan el producto de la transformación que la lógica específica del campo universitario impone a las formas que organizan el pensamiento y la expresión de la clase dominante” (p. 6).

La construcción del diagrama (pp. 6-7)

1° paso. Se clasificó a las alumnas de uno de los años investigados según el capital cultural que heredaron de sus familias (o según su distancia del sistema de enseñanza, tomando como criterios la profesión y su residencia - si viven en París o en las provincias-). La clasificación comienza con las alumnas procedentes de las clases medias y sigue luego con las alumnas que tienen origen en las clases superiores; dentro de estas últimas, se parte de las fracciones más desprovistas de capital cultural (industriales y ejecutivos) a las más ricas (profesores de la universidad), mientras que las profesiones liberales quedan en una posición intermedia.

2° paso. Cada línea del diagrama representa el universo de los juicios que el maestro puede hacer acerca de una alumna.

3° paso. Se colocó en el extremo derecho del diagrama el promedio del conjunto de las notas obtenidas durante todo el año por la alumna.

Primera lectura del diagrama (pp. 7-8)

Se observa a primera vista que los calificativos más favorables aparecen con más frecuencia a medida que el origen social de las alumnas es más elevado. Al mismo tiempo, el promedio de las calificaciones asciende a medida que se sube en la jerarquía social (a medida que suben los juicios elogiosos).

Las alumnas procedentes de las clases medias (la mitad del grupo analizado) reciben los juicios más negativos. Esto muestra cómo se compone la imagen burguesa del pequeño burgués: “pobre, estrecha, mediocre, correcta nada más, inhábil, torpe, confusa, etc.” (p. 7)

Las alumnas procedentes de las fracciones menos ricas culturalmente de la clase dominante no reciben los juicios más injuriosos; cuando reciben designaciones peyorativas, éstas se encuentran sujetas a restricciones.

Las alumnas que provienen de las fracciones más ricas de la clase dominante escapan casi totalmente a los juicios más negativos; se les atribuyen, muy frecuentemente, “las cualidades más rebuscadas” (p. 7)

A notas iguales o equivalentes, las apreciaciones son más severas y más brutalmente expresadas cuando más bajo es el origen social de las alumnas. Así, los considerandos del juicio “parecen más fuertemente ligados al origen social que la calificación por medio de la que se expresan” (p. 7)

El juicio profesoral se basa en un conjunto de criterios difusos (nunca explicitados) que le son ofrecidos por los trabajos y ejercicios escolares o por la persona física de su autor. La escritura, la presentación de los trabajos, el estilo y la cultura general, se juzgan por criterios que hacen referencia a posiciones sociales. El conocimiento de la filosofía (las obras y los conceptos de los filósofos) cuenta menos en el juicio profesoral que los criterios externos, tales como el acento, la elocución y la dicción, los modales y el porte, todos ellos marcas más seguras del origen social y geográfico. El cuerpo es tratado socialmente (la ropa, el adorno, el cosmético, los modales y el porte).

“El ≪hexis≫ corporal constituye el soporte principal de un juicio de clase que se ignora como tal: todo sucede como si la intuición concreta de las propiedades del cuerpo, captadas y designadas como propiedades de la persona, estuvieran en el principio de una comprensión y de una apreciación global de las cualidades intelectuales y morales.” (p. 8)

El hexis [concepto fundamental en la filosofía de Aristóteles que se traduce como disposición, estado estable, hábito adquirido o "forma de ser". No es una simple acción pasajera, sino un hábito arraigado que determina el carácter y cómo un individuo reacciona ante situaciones, siendo clave en su ética] corporal “suministra el sistema de indicios a través de los cuales es reconocido-desconocido un origen de clases” (p. 8)

Segunda lectura. La máquina ideológica (pp. 8-10)

El diagrama funciona como una máquina que recibe productos socialmente clasificados y proporciona productos escolarmente clasificados. Pero lo esencial de la operación que realiza esta máquina es asegurar “una correspondencia muy estrecha entre la clasificación de entrada y la clasificación de salida sin nunca conocer ni reconocer (oficialmente) los principios y los criterios de la clasificación social” (p. 8)

El sistema de clasificación oficial se objetiva bajo la forma de un sistema de adjetivos y cumple una función doble y contradictoria: “permite realizar una operación de clasificación social a la vez que la oculta; sirve al mismo de tiempo de relevo y de pantalla entre la clasificación de entrada, que es abiertamente social, y la clasificación de salida, que desea ser exclusivamente escolar. En suma, funciona según la lógica de la denegación: hace lo que hace en las formas tendientes a mostrar que no lo hace” (p. 8).

La taxonomía que expresa y estructura la percepción escolar “es una forma neutralizada e irreconocible” de la taxonomía dominante. La casi totalidad de los adjetivos designan cualidades de la persona. El profesor se comporta como un crítico literario o artístico; utiliza calificativos que juegan el papel de interjecciones, que no comunican casi ninguna información fuera de un estado de ánimo (el del profesor). Sin embargo, estos calificativos son suficientes para quien posee en estado práctico los sistemas de clasificación inscriptos en el lenguaje ordinario. 

La taxonomía escolar es ideología en estado práctico. Produce efectos lógicos que son forzosamente efectos políticos: consagra “como excelentes las cualidades detectadas por aquéllos que son socialmente dominantes” (p. 8).

La homología entre las estructuras del sistema de enseñanza (por ejemplo, la jerarquía del sistema de disciplinas) y las estructuras mentales de los agentes (las taxonomías profesorales) constituye “la base de la función de consagración del orden social que cumple el sistema de enseñanza. En efecto, es por medio de este sistema de clasificación que el sistema escolar establece la correspondencia entre las propiedades sociales de los agentes y de las posiciones escolares, jerarquizadas ellas mismas según el orden de enseñanza (primaria, secundaria, superior), el establecimiento o la sección (grandes escuelas y facultades, secciones ≪nobles≫ y secciones ≪inferiores≫) y, para los profesores, según el grado y la localización del establecimiento (París, provincia). Esta asignación de los agentes en posiciones escolares jerarquizadas constituye, a su vez, otra mediación mas entre las clases sociales y las clases escolares.” (p. 9)

Este mecanismo funciona, precisamente, si la homología mencionada en el párrafo anterior permanece oculta y si la taxonomía utiliza las oposiciones más neutras de la taxonomía dominante.

El profesor puede permitirse los juicios más contundentes (el uso de los adjetivos más duros, el castigo simbólico a los estudiantes) porque está investido de la “neutralidad escolar”, que permite esta “extraordinaria denegación colectiva” (p. 9)

El sistema escolar es un sistema cuya estructura está dividida y organizada según las mismas clasificaciones que tiene como función producir (facultades y grandes escuelas, disciplinas, secciones, etc.) (p. 9). Pero este sistema de clasificación nunca está explícitamente codificado. Es una forma neutralizada del sistema de clasificación dominante.

El sistema de enseñanza es “un sistema de clasificación objetivado en instituciones cuyas divisiones reproducen bajo una forma irreconocible la división social del trabajo” (p. 9) Es “una máquina para transformar clasificaciones sociales en clasificaciones escolares, como clasificaciones sociales reconocidas-ignoradas.” (p. 9)

Los agentes encargados de la clasificación [los docentes] “hacen bien lo que tienen que hacer (objetivamente), porque creen hacer otra cosa de lo que hacen; porque hacen algo distinto de lo que creen hacer; porque creen en lo que creen hacer. Mistificadores mistificados, ellas son las primeras víctimas de las operaciones que efectúan.” (p. 9) El sistema opera así un desvío del sentido de sus prácticas [las de los agentes], obteniendo así lo que por todo el oro del mundo no harían.

La transmutación de la verdad social en verdad escolar es una operación de alquimia social que “confiere a las palabras su eficacia simbólica, su poder de actuar en forma duradera sobre las prácticas.” (p. 10) Así, el juicio escolar obtiene reconocimiento por medio del desconocimiento [de que es un juicio social].

Ahora bien, para comprender los efectos del juicio escolar (y deshacerse de los discursos sobre el poder del discurso) “es necesario (...) llevar el lenguaje a las condiciones de su producción y de su utilización y, so pena de aceptar el equivalente en el orden social de lo que es el poder mágico, buscar fuera de las palabras, en los mecanismos que las producen y producen a las gentes que los emiten y los reciben, el principio de un poder que cierta forma de usar las palabras permite movilizar. El uso conforme del lenguaje conforme no es más que una de las condiciones de eficacia del poder simbólico y una condición que no opera más que bajo ciertas condiciones. Sólo se predica a los conversos.” (p. 10)

La injuria ritual (p. 10)

Los profesores piensan que la “franqueza brutal” es el trato que corresponde entre individuos de la élite. Por eso lo aplican a sus alumnos. Las injurias e invectivas que le lanzan a sus alumnas de élite en nombre de su inadecuación a su idea de la élite, no se dirigen a todo el curso sino a una parte de éste [las alumnas pertenecientes a las clases que se encuentran debajo de la clase dominante], “forman parte de los rituales destinados a inculcar representaciones elitistas.” (p. 10)

Extractos del “disparatorio” (pp. 10-11)

La dialéctica escolar del desconocimiento y del reconocimiento se manifiesta especialmente en las asignaturas dedicadas a la cultura literaria o filosófica en su forma escolar, porque en ellas el sistema de categorías de percepción y de pensamiento que organizan el juicio escolar están de acuerdo con la estructura de contenidos que el sistema escolar está encargado de transmitir. Por ejemplo, las clases de filosofía (bajo el nombre de moral o de psicología) constituyen “una variante universitaria del discurso dominante en el mundo social” (p. 11)

El juicio de los pares y la moral universitaria (pp. 11-13)

Un par de observaciones importantes: “productos clasificados, los profesores no dejan de clasificarse a sí mismos” (p. 13); “toda socialización exitosa tiende a obtener de los agentes que se hagan cómplices de su destino” (p. 13)

El campo de las trayectorias posibles (pp. 13-14)

Las clases que producen las taxonomías escolares están unidas por relaciones que nunca son de pura lógica, debido a que “los sistemas de clasificación de que son producto tienden a reproducir la estructura de las relaciones objetivas del universo social del que ellos mismos son producto” (p. 14)

La jerarquía de las virtudes profesorales, tal como se observa en las notas necrológicas, corresponde estrechamente a la jerarquía de las carreras posibles, a la jerarquía de las instituciones de enseñanza. En otras palabras, “todo sucede como si, en el interior de este universo de cualidades jerarquizadas que el cuerpo profesoral reconoce como suyas al reconocerlas en los mejores de sus miembros, cada agente se encontrara objetivamente situado por la calidad de sus virtudes” (p. 14) [Un universo meritocrático.]

El universo profesoral se cierra sobre sí mismo. Los autores mencionan la encuesta que realizaron en 1964 sobre las estrategias matrimoniales de seis generaciones de normalistas (1918-1953) [que estudiaron en la Escuela Normal Superior, Francia]. El 59% de los normalistas casados lo hicieron con una docente.

Las notas necrológicas utilizan, para efectuar el último juicio del grupo sobre uno de sus miembros, los principios de clasificación que determinaron su inclusión en el mismo.

Extractos de notas necrológicas (pp. 14-15)

Taxonomías y ritos de paso (pp. 15)

Del rito del examen de oposición al juicio último del grupo (pp. 15-16)

El mismo sistema de clasificación sigue funcionando durante toda la carrera escolar, carrera en la que todo el mundo clasifica y todos son clasificados; los mejores clasificados se convierten en los mejores clasificadores de los que entran en la carrera.

El ascetismo aristócrata (pp. 16-17)

Todo normalista participa de este universo de virtudes intelectuales y morales en la que se reconoce la élite del cuerpo docente. Esto sirve de fundamento a su pretensión de constituir una élite a la vez intelectual y moral. Así, “se expresa toda la posición de este cuerpo en la estructura de las relaciones de clase. Ocupando una posición temporalmente dominante (...) en una fracción dominada de la clase dominante, los profesores constituyen una clase de alta pequeña burguesía dedicada al aristocratismo de la moral y de la inteligencia.” (p. 16)

Los profesores se encuentran a media altura en las dos jerarquías en que se divide la clase dominante: a) la jerarquía del poder económico; b) la jerarquía de la autoridad y del prestigio intelectual. Frente a ello se encuentran los burgueses (fracción dominante) y los “artistas” (fracción temporalmente dominada de la clase dominante). Son demasiado “burgueses” a los ojos de los escritores y artistas; son demasiado “intelectuales” a los ojos de los burgueses. Encuentran la compensación de su “doble semi-fracaso” (no son ni burgueses ni artistas) en una resignación aristocrática y en las satisfacciones de la vida doméstica. 

El principio de su estilo de vida es el ascetismo aristocrático, que ofrece un último recurso para la estima de sí mismo cuando desaparecen todos los demás principios de legitimación” (p. 16). Los profesores se encuentran más cerca de la alta función pública que los intelectuales y los artistas. 

Los esquemas profesores de percepción y apreciación funcionan como esquemas generadores que estructuran toda la práctica, sobre todo la producción de los productos culturales propiamente universitarios (cursos, manuales, tesis de doctorado, etc.). Se trata de una empresa de producción cultural para “las necesidades de la reproducción” (p. 17)

Mataderos, domingo 28 de junio de 2026


domingo, 15 de febrero de 2026

PRESAGIOS DEL SIGLO XX: EL PRÓLOGO DE ENGELS A LA EDICIÓN ITALIANA DE 1893 DEL MANIFIESTO COMUNISTA

 

DANTE ALIGHIERI


Ariel Mayo (ISP Dr. Joaquín V. González / UNSAM)

La lectura de los prólogos del MC permite seguir el desarrollo del movimiento obrero europeo en la segunda mitad del siglo XIX. Bien pensadas las cosas, no se trata de una casualidad, porque el MC es a la vez una exposición de la teoría marxista de la sociedad y un programa de acción política para la clase trabajadora; por esto en los prólogos queda constancia de los problemas que ponen en cuestión determinados aspectos de dicho programa. Dos ejemplos: la Comuna de París (1871) obligó a reformular la teoría marxista del Estado [1]; el avance del movimiento revolucionario en Rusia llevó a reconsiderar los caminos hacia el socialismo. [2]

A los dos ejemplos mencionados hay que sumarle el texto titulado “Al lector italiano”, que constituye, en rigor, el prólogo a la edición italiana del MC, publicada en 1893. El texto está datado en Londres el 1° de febrero de 1893 y fue firmado por Engels. En este caso, la cuestión central del texto es el nacionalismo y su relación con el movimiento obrero (cabe recordar que este tema ya había aparecido en el prólogo a la edición polaca de 1892).

Abreviaturas:

MC= Manifiesto del partido comunista.

Información para quienes padecen la obsesión de los libros:

Engels, F. (2000). Al lector italiano. [El texto original fue redactado en francés]. En K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista (pp. 123-125). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz.


El texto gira en torno a dos grandes temas: a) el papel de la clase obrera en las Revoluciones de 1848; b) la relación entre la conformación de Estados nacionales y el movimiento obrero (que es otra forma de nombrar al problema del nacionalismo).

Como es sabido, la publicación del MC (21 de febrero de 1848) fue inmediatamente anterior al estallido de las Revolución Francesa de 1848 (22 de febrero),  seguida por el estallido de otras revoluciones en buena parte del continente europeo. [3] Engels hace referencia al estallido simultáneo de las revoluciones de Berlín y Milán (ambas el 18 de marzo de 1848). En esa época, Alemania e Italia eran naciones que se hallaban fragmentadas políticamente y sometidas a la dominación extranjera.

Las revoluciones de 1848 eran revoluciones burguesas; por ende, sus frutos fueron cosechados por “la clase de los capitalistas” (p. 124). En 1815, la derrota definitiva de Napoleón Bonaparte (1769-1821) fue seguida por la consolidación de regímenes absolutistas en los países del continente europeo; los ideólogos de la Restauración consideraban que era posible volver al statu quo anterior a 1789 y obraron en consecuencia. Sin embargo, la vuelta al ancien régime [antiguo régimen] estaba condenada al fracaso, pues la expansión de las relaciones sociales capitalistas era implacable. En 1830 se produjo un primer estallido revolucionario, con epicentro en Francia. Ello demostró que la solidez de los regímenes absolutistas se estaba resquebrajando. Las Revoluciones de 1848, por su extensión geográfica e intensidad política, representaron un ataque mucho más contundente a las instituciones del absolutismo. Pero fracasaron en lo inmediato; el absolutismo se impuso en todos los países europeos, con excepción de Francia, donde el sobrino de Napoleón, Luis Bonaparte (1808-1873) ganó las elecciones presidenciales de 1848 y se convirtió en emperador de Francia en 1852.

Volvamos al texto. Engels hace un balance de las Revoluciones de 1848, en el que intenta explicar la causa del fracaso de los movimientos revolucionarios. Señala que esas revoluciones fueron hechas por “la clase obrera”, afirmación altamente discutible por cierto, pues el desarrollo de la industria capitalista era relativamente reducido en la mayoría del continente europeo.

Además de su escaso desarrollo numérico, la clase trabajadora tenía una debilidad: carecía de un proyecto político propio, pues únicamente los obreros de París “tenían, al derrocar el gobierno, la intención expresa de derrocar el régimen burgués.” (p. 123) [4] Pero aun los obreros más avanzados políticamente, “por conscientes que fueran del inevitable antagonismo existente entre su propia clase y la burguesía, ni el progreso económico del país ni el desarrollo intelectual de las masas obreras francesas habían alcanzado aún el grado que habría sido preciso para hacer posible una transformación de la sociedad.” (pp. 122-123) Por todo esto, Engels afirma que los obreros franceses ayudaron a la burguesía a conquistar el poder (o, mejor dicho, a compartirlo, pues Luis Napoleón logró afirmarse como emperador).

La burguesía fue derrotada en los otros países europeos, pues no consiguió conquistar el poder; no obstante, se convirtió luego en el albacea de las tareas revolucionarias que no fueron realizadas durante las revoluciones (el desarrollo industrial y  la unificación nacional en los casos de Alemania e Italia ).

En este punto aparece en toda su dimensión la cuestión nacional. Engels llega a afirmar que la dominación de la burguesía es imposible sin la independencia nacional:

“En ningún país es posible la dominación de la burguesía sin la independencia nacional. Por eso, la revolución de 1848 debía conducir a la unidad y a la independencia de las naciones que hasta entonces no las habían conquistado: Italia, Alemania, Hungría; Polonia les seguirá a su debido tiempo.” (p. 124)

¿Por qué la dominación de la burguesía precisa de la independencia nacional?

Engels no da respuesta a esta pregunta, que debe buscarse, en rigor, en el propio MC. Pero podemos esbozar las líneas generales de esa respuesta, por lo menos en los términos engelsianos. La independencia nacional permite a la burguesía controlar el mercado nacional y, por ende, dominar un espacio de acumulación de capital, algo esencial en términos de la reproducción ampliada. Esto hace que la burguesía se fortalezca y, por ende, potencia a la clase trabajadora, que ve crecer el número de sus efectivos como consecuencia del desarrollo capitalista.

Engels plantea otra cuestión, aunque no llega a formularla  explícitamente en el texto: la relación entre la independencia nacional y el socialismo.

“Con el desarrollo de la gran industria en todos los países, el régimen burgués ha creado en el curso de los últimos cuarenta y cinco años un proletariado numeroso, fuerte y unido, y ha producido así, por emplear una expresión del Manifiesto, sus propios sepultureros. Sin la restitución de la independencia y la unidad de cada nación no hubiera sido posible realizar la unificación internacional del proletariado ni la cooperación pacífica e inteligente de esas naciones para el logro de objetivos comunes.” (p. 124)

En otras palabras, la creación de Estados nacionales promovió el desarrollo de la clase trabajadora y su acción internacionalista. Este punto puede verse como un corolario de la tesis desarrollada en el MC:  el crecimiento numérico de la clase obrera y su concentración en las ciudades y en las fábricas hacen que dicha clase pueda dar el salto de la lucha económica a la lucha política y reclamar para sí el control del poder político. Pero esto no es posible si hay fragmentación territorial, pues esas unidades políticas más pequeñas entorpecen el desarrollo capitalista.

En definitiva, Engels extiende la tesis de la centralidad de la concentración del capital para el desarrollo de la conciencia obrera a la creación de vastos Estados nacionales. En estos términos lee tanto la experiencia alemana como la italiana. El siglo XX demostraría que los planteos de Engels resultarían insuficientes, dicho de manera suave, para comprender el fenómeno del nacionalismo.

Balvanera, domingo 15 de febrero de 2026



Notas:

[1] Ver el prólogo de Marx y Engels a la edición alemana de 1872 del MC.

[2] Ver el prólogo de Marx y Engels a la edición rusa de 1882 del MC.

[3] Para un panorama general de las Revoluciones de 1848: Hobsbawm, E. J. (2009). La era de la revolución: 1789-1848. Buenos Aires, Argentina: Crítica. 344 p. (Biblioteca E. J. Hobsbawm de Historia Contemporánea). Traducción de Felipe Ximénez de Sandoval. Para un análisis clásico de la Revolución Francesa de 1848: Marx, K. (1971). El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Barcelona, España: Ariel. 173 p. (Ariel quincenal; 4). Traducción de O. P. Safont. Ver también: Marx, K. (1973). Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. 3° edición. Buenos Aires: Anteo. (Pequeña Biblioteca Marxista Leninista).

[4] Afirmación también muy discutible. El propio Marx, en El 18 brumario y en Las luchas de clases en Francia, señala las limitaciones políticas de la clase trabajadora francesa en 1848.

sábado, 7 de febrero de 2026

ASOMA LA CUESTIÓN NACIONAL: EL PRÓLOGO A LA EDICIÓN POLACA DE 1892 DEL MANIFIESTO COMUNISTA

 

Estación Miguelete


Ariel Mayo (ISP. Dr. Joaquín V. González / UNSAM)

El socialismo surgió en Europa occidental, al calor de la primera Revolución Industrial. Sin embargo, su centro de gravedad se fue desplazando hacia el este, a punto tal que en la década de 1890 la recientemente unificada Alemania poseía el partido socialista más grande del mundo, tanto por número de afiliados como por el peso de sus organizaciones sindicales. Este crecimiento era explicado por la teoría marxista en su versión estándar: el desarrollo del capitalismo generaba el crecimiento numérico de la clase obrera y ello derivaba en la expansión de las organizaciones socialistas. [1] En pocas palabras, los socialistas marxistas, el grupo hegemónico dentro del movimiento socialista de finales del siglo XIX, defendían la tesis de la existencia de una relación lineal entre el desarrollo capitalista y el desarrollo de los partidos socialistas.

Pero (siempre hay un pero en la vida): estaba el caso de Rusia. Ya en la década de 1870, Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) tomaron nota del vigor del desarrollo del socialismo en Rusia; un indicador de ese interés radicaba en las traducciones al ruso del MC y del Libro Primero de El capital. Los intelectuales rusos devoraban la literatura marxista. Se trataba de un suceso inesperado e inexplicable para los marxistas: el imperio zarista había actuado a lo largo del siglo XIX como el baluarte de la reacción europea, aplastando con sus fuerzas militares a diversos movimientos revolucionarios. Y ahora ese Imperio absolutista, atrasado, con millones de campesinos analfabetos, se convertía en uno de los centros del movimiento revolucionario europeo (claro que esto solo se volvió perfectamente claro en 1905, con el estallido de la primera Revolución Rusa).

Rusia fue la puerta de entrada a un territorio social desconocido. Marx aceptó el desafío y se dedicó a estudiar ruso, a leer las estadísticas y la bibliografía económica rusa. Entabló relación epistolar con intelectuales y revolucionarios rusos. Ello lo llevó a modificar su concepción del progreso histórico como proceso lineal y a postular la posibilidad de desarrollos alternativos al de la Europa occidental (cuyo ejemplo paradigmático era Gran Bretaña).

El crecimiento del movimiento socialista en Europa central y oriental tenía otro aspecto importante: ponía en el centro la cuestión nacional, esto es, la independencia de los pueblos incluidos en los grandes imperios de la región (el Imperio Austrohúngaro, el Imperio Turco y el Imperio Ruso). En otras palabras, a medida que el centro de gravedad del socialismo se desplazaba hacia el este europeo, surgían (o reaparecían) problemas políticos tales como la cuestión de la eliminación de las monarquías absolutistas, la independencia de los pueblos subyugados por los imperios, etc. Estas cuestiones se sumaban a la ya mencionada de la construcción del socialismo en sociedades con mayoría campesina y un desarrollo relativamente bajo de las relaciones sociales capitalistas.

Polonia era uno de los lugares en los que se cruzaban la cuestión nacional y la cuestión del socialismo. Hay que recordar que desde 1795 la mayor parte del territorio polaco formaba parte del Imperio Ruso. Desde esa fecha los polacos protagonizaron varias insurrecciones para lograr su independencia. Por lo tanto, la cuestión polaca era un tema candente para el socialismo.

Los problemas mencionados son abordados en el prólogo a la edición polaca de 1892 del MC, fechado en Londres el 10 de febrero de 1892 y firmado por Engels.

Abreviaturas:

MC= Manifiesto del partido comunista.

Noticias para obsesivos de la bibliografía:

Engels, F. (2000). Prólogo a la edición polaca de 1892 del Manifiesto del Partido Comunista. En K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista (pp. 105-113). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz.


Engels abre el prólogo con la explicación estándar de la expansión del MC:

“Es digno, ante todo, de ser subrayado el que el Manifiesto se haya convertido últimamente, en cierto modo, en un patrón de medida para el desarrollo de la gran industria en el continente europeo. En la misma medida en que en un país se expande la gran industria, crece entre los obreros de dicho país el afán de clarificarse sobre su propia posición como clase obrera frente a las clases poseedoras, se difunde entre ellos el movimiento socialista y aumenta la demanda del Manifiesto. Así pues, no sólo el estado del movimiento obrero, sino también el grado de desarrollo de la gran industria en cada país puede ser determinado con bastante exactitud a la luz del número de ejemplares del Manifiesto difundidos en la lengua del país.” (p. 119)

La explicación precedente sirve para justificar una nueva edición polaca del MC. La industria polaca se había convertido en la más importante del Imperio Ruso. Esto era consecuencia de la dispersión de la industria rusa en varias regiones, en tanto que “la gran industria polaca se halla comprimida en un espacio relativamente pequeño y goza de las ventajas y desventajas nacidas de esta concentración” (p. 120).

Ahora bien, la concentración fabril en Polonia tenía una consecuencia no deseada: “la rápida difusión de las ideas socialistas entre los obreros polacos y en la demanda en aumento del Manifiesto.” (p. 120)

En este punto, la cuestión socialista se entrelaza con la cuestión nacional en el pensamiento engelsiano. El desarrollo industrial de Polonia era para él un indicador de la vitalidad nacional de la nación polaca, que buscaba liberarse de la opresión zarista. Esto lo lleva a reflexionar sobre la suerte del movimiento obrero en las revoluciones de 1848; ellas fueron derrotadas, en la medida en que no lograron concretar ni la unificación alemana, ni la unificación italiana, ni tampoco, por supuesto, algún atisbo de socialismo. Engels desliza la opinión de que el fracaso de las revoluciones se debió a que la clase obrera, en vez de luchar por su causa, “hizo el trabajo de la burguesía” (p. 120). A partir de ello, señala que la burguesía no tiene interés en la independencia de Polonia (en su opinión es algo que quedó confirmado en la falta de apoyo internacional al levantamiento polaco de 1863) y, por lo tanto, solo el proletariado polaco puede emprender con éxito la lucha la tarea de independizar a Polonia del Imperio Ruso.

Por último, Engels sostiene que una Polonia independiente es necesaria para el resto de los obreros europeos. No lo dice expresamente, pero dicha necesidad se deriva de que la independencia polaca debilitaría al zarismo quien, a lo largo del siglo XIX, operó como reserva de la reacción europea contra los movimientos revolucionarios.


Balvanera, sábado 7 de febrero de 2026


Notas:

[1] La versión estándar se encuentra expuesta en el propio MC: “Pero con el desarrollo de la industria no sólo se acrecienta el proletariado, sino que se va concentrando en masas cada vez mayores, su fuerza aumenta y la percibe más. Los intereses, las condiciones de vida en el seno del proletariado se igualan cada vez más a medida que la maquinaria borra crecientemente las diferencias en el trabajo y reduce el salario por doquier a un nivel igualmente bajo. La creciente competencia de los burgueses entre sí y las crisis comerciales de ello resultantes llevan a que los salarios sean cada vez más fluctuantes; el constante y acelerado perfeccionamiento de la maquinaria coloca al obrero en una situación vital cada vez más precaria; las colisiones entre el obrero individual y el burgués individual asumen cada vez más el carácter de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a formar coaliciones contra los burgueses y actúan en común para defender su salario. Llegan hasta formar asociaciones permanentes para asegurarse los medios necesarios en previsión de estas sublevaciones circunstanciales. (...) De tanto en tanto triunfan los obreros, pero sólo pasajeramente. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unificación, cada vez más amplia, de los obreros. Esta unificación se ve favorecida por los crecientes medios de comunicación puestos en pie por la gran industria y que permiten entrar en contacto a los obreros de las diferentes localidades. Y basta ese contacto para que las numerosas luchas locales, que en todas partes tienen el mismo carácter, se centralicen en una lucha nacional, en una lucha de clases. Toda lucha de clases es, sin embargo, una lucha política. (...) Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político, es destruida una y otra vez por la competencia entre los propios obreros. Pero renace siempre de nuevo, más fuerte, más firme, más poderosa. Aprovechando las divisiones internas de la burguesía, arranca el reconocimiento legal de algunos intereses de la clase obrera. (...) En general, las colisiones de la vieja sociedad favorecen de diversas maneras el proceso de desarrollo del proletariado. La burguesía vive en lucha permanente: al principio, contra la aristocracia; después, contra aquellas fracciones de la misma burguesía cuyos intereses entran en contradicción con los progresos de la industria; siempre contra la burguesía en todos los demás países. En todas estas luchas se ve forzada a apelar al proletariado, a reclamar su ayuda y a arrastrarle así al movimiento político. De este modo proporciona al proletariado los elementos de su propia formación, es decir, armas contra ella misma.” (pp. 58-59)

martes, 3 de febrero de 2026

UN MOMENTO DE JÚBILO: EL PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE 1890 DEL MANIFIESTO COMUNISTA

 

Movilización por el 1° de Mayo


Ariel Mayo (ISP Dr. Joaquín V. González / UNSAM)

En 1889 se constituyó la Segunda Internacional, organización que agrupaba a partidos socialistas y organizaciones obreras de Europa y América. A diferencia de su antecesora, la Primera Internacional (1864-1876), la Segunda Internacional tenía mayoría de organizaciones partidarias. En el  período posterior a la disolución de la Primera Internacional, la expansión de las relaciones capitalistas fue acompañada por un incremento sustancial del número de trabajadores asalariados. A pesar de la represión y de las persecuciones estatales, muchos militantes socialistas compartían la certeza de que el futuro era socialista y no capitalista. La principal razón que apoyaba esa certeza era, precisamente, el incremento de las organizaciones obreras y socialistas. Los partidos y los sindicatos crecían y los gobiernos se veían obligados, más tarde o más temprano, a reconocerlos, a aceptar su participación en las contiendas electorales, a extender el derecho del sufragio y aprobar leyes a favor de los trabajadores. El espíritu del optimismo, tantas veces engañoso, flotaba en el ambiente. En ese marco se fundó la Segunda Internacional y en la ciudad de Londres, un militante de casi 70 años de edad, Friedrich Engels, redactaba el prólogo a una nueva edición alemana del MC.

En sí, el prólogo a la edición alemana de 1890, fechado en Londres el 1° de mayo de 1890, sigue casi al pie de la letra el prólogo anterior, redactado por Engels para la edición inglesa de 1888. No contiene, por tanto, nada novedoso (por lo menos para los lectores del prólogo de 1888). Lo más significativo del texto es el entusiasmo de Engels, ese viejo (según los parámetros de la época) casi septuagenario, ante el crecimiento notable del socialismo marxista, que se había vuelto hegemónico en las filas del movimiento socialista (por cierto, no es este el lugar para analizar cuán profundo era el arraigo de la teoría marxista de la sociedad en los partidos socialistas). Ese entusiasmo se advierte en dos cuestiones: su descripción de la multiplicación de las ediciones del MC; su frase final, en tono casi de tango, dedicada a su amigo muerto: “¡Ojalá estuviera Marx todavía a mi lado para ver esto con sus propios ojos!” (p. 118).

La estructura del prólogo es sencilla y puede dividirse en tres partes: a) la historia de las ediciones del  MC desde la edición alemana de 1883 (pp. 114-115); b) la explicación del uso del término comunista en vez de socialista (pp. 110-111); c) la explicitación del núcleo teórico del MC.

Abreviaturas:

MC= Manifiesto del partido comunista

Noticia para bibliófilos desesperados:

Engels, F. (2000). Prólogo a la edición alemana de 1890 del Manifiesto del Partido Comunista. En K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista (pp. 114-118). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz.


Engels escribe: “El Manifiesto ha tenido una vida propia.” (p. 115) Aquí no hay nada nuevo bajo el Sol, pues es lo que suele suceder con los libros, que se independizan de sus autores. Sin embargo, la frase de Engels sugiere la mezcla de asombro y entusiasmo ante la difusión de una obra que comenzó siendo casi ignorada en sus orígenes: “En el momento de su aparición fue saludado con entusiasmo por la vanguardia, poco numerosa aún por entonces, del socialismo científico (como lo prueban las traducciones citadas en el primer prólogo), pero pronto quedó relegado a un plano secundario en virtud de la reacción que se inició con la derrota de los obreros de París en junio de 1848, para ser finalmente proscrito «de derecho» a consecuencia de la condena de los comunistas de Colonia, en noviembre de 1852.” (p. 115)

En el período de las revoluciones de 1848, el MC ocupó un lugar muy marginal en las elaboraciones teóricas de los revolucionarios. En cambio, hacia 1887 “el socialismo continental no era ya prácticamente otra cosa que la teoría que se proclama en el Manifiesto.” (p. 117).

Engels sigue aquí los lineamientos del ya mencionado prólogo de 1888 en lo que hace a la historia del MC. Hay dos aspectos relevantes: en primer término, la afirmación de que la versión marxista del socialismo se había vuelto dominante a mediados de la década de 1880 y que esa hegemonía fue el producto del carácter científico de la teoría de Marx. En segundo lugar, el deleite casi infantil con el que Engels enumera las ediciones del MC.

También retoma el argumento al prólogo a la edición inglesa de 1888 en lo que hace a la cuestión de la adopción del término comunista en vez de socialista: “cuando fue escrito no hubiéramos podido llamarlo un manifiesto socialista. En 1847 se entendía como socialistas, por una parte, a los partidarios de los diversos sistemas utópicos: los owenistas en Inglaterra y los fourieristas en Francia, que se han visto reducidos ya unos y otros a meras sectas en paulatina extinción; por otra, a los más variados charlatanes sociales que prometían eliminar las lacras sociales con toda suerte de panaceas que no ofrecían el menor peligro para el capital ni para las ganancias. En ambos casos se trataba de gentes situadas fuera del movimiento obrero y que buscaban más bien apoyo entre las clases «ilustradas». La parte de la clase obrera que había llegado al convencimiento de la insuficiencia de transformaciones meramente políticas y postulaba la necesidad de una transformación total de la sociedad, se llamaba entonces comunista. Se trataba aún de una forma rudimentaria, tosca, puramente instintiva de comunismo; pero acertó en el punto cardinal y fue lo suficientemente fuerte dentro de la clase obrera como para engendrar el comunismo utópico” (p. 110)

Engels cierra el prólogo con la alusión a la celebración del 1° de mayo:

“Actualmente, mientras escribo estas líneas, el proletariado europeo y americano pasa revista a sus fuerzas movilizadas por vez primera, movilizadas como un ejército, bajo una bandera y por un objetivo inmediato: la jornada laboral normal de ocho horas, proclamada ya por el Congreso de la Internacional de Ginebra de 1866 y, nuevamente, por el Congreso de Trabajadores de París de 1889, y que debe ser legalmente determinada. Y el espectáculo del día de hoy abrirá a los capitalistas y terratenientes de todos los países los ojos sobre el hecho de que actualmente los proletarios de todos los países están efectivamente unidos.” (p. 118)

“Actualmente, mientras escribo estas líneas, el proletariado europeo y americano pasa revista a sus fuerzas movilizadas por vez primera, movilizadas como un ejército, bajo una bandera y por un objetivo inmediato: la jornada laboral normal de ocho horas, proclamada ya por el Congreso de la Internacional de Ginebra de 1866 y, nuevamente, por el Congreso de Trabajadores de París de 1889, y que debe ser legalmente determinada. Y el espectáculo del día de hoy abrirá a los capitalistas y terratenientes de todos los países los ojos sobre el hecho de que actualmente los proletarios de todos los países están efectivamente unidos.” (p. 118)

En 1848 la primera edición del MC fue testigo de la “primavera de los pueblos”. En 1890 el MC contempló la primera celebración internacional del 1° de Mayo. Más allá del devenir posterior del movimiento socialista y de las ilusiones perdidas, no cabe duda de que Engels pudo vivir, al final del camino, un momento que daba sentido a su vida. No es poca cosa, por cierto.

Balvanera, martes 3 de febrero de 2026