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domingo, 15 de febrero de 2026

PRESAGIOS DEL SIGLO XX: EL PRÓLOGO DE ENGELS A LA EDICIÓN ITALIANA DE 1893 DEL MANIFIESTO COMUNISTA

 

DANTE ALIGHIERI


Ariel Mayo (ISP Dr. Joaquín V. González / UNSAM)

La lectura de los prólogos del MC permite seguir el desarrollo del movimiento obrero europeo en la segunda mitad del siglo XIX. Bien pensadas las cosas, no se trata de una casualidad, porque el MC es a la vez una exposición de la teoría marxista de la sociedad y un programa de acción política para la clase trabajadora; por esto en los prólogos queda constancia de los problemas que ponen en cuestión determinados aspectos de dicho programa. Dos ejemplos: la Comuna de París (1871) obligó a reformular la teoría marxista del Estado [1]; el avance del movimiento revolucionario en Rusia llevó a reconsiderar los caminos hacia el socialismo. [2]

A los dos ejemplos mencionados hay que sumarle el texto titulado “Al lector italiano”, que constituye, en rigor, el prólogo a la edición italiana del MC, publicada en 1893. El texto está datado en Londres el 1° de febrero de 1893 y fue firmado por Engels. En este caso, la cuestión central del texto es el nacionalismo y su relación con el movimiento obrero (cabe recordar que este tema ya había aparecido en el prólogo a la edición polaca de 1892).

Abreviaturas:

MC= Manifiesto del partido comunista.

Información para quienes padecen la obsesión de los libros:

Engels, F. (2000). Al lector italiano. [El texto original fue redactado en francés]. En K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista (pp. 123-125). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz.


El texto gira en torno a dos grandes temas: a) el papel de la clase obrera en las Revoluciones de 1848; b) la relación entre la conformación de Estados nacionales y el movimiento obrero (que es otra forma de nombrar al problema del nacionalismo).

Como es sabido, la publicación del MC (21 de febrero de 1848) fue inmediatamente anterior al estallido de las Revolución Francesa de 1848 (22 de febrero),  seguida por el estallido de otras revoluciones en buena parte del continente europeo. [3] Engels hace referencia al estallido simultáneo de las revoluciones de Berlín y Milán (ambas el 18 de marzo de 1848). En esa época, Alemania e Italia eran naciones que se hallaban fragmentadas políticamente y sometidas a la dominación extranjera.

Las revoluciones de 1848 eran revoluciones burguesas; por ende, sus frutos fueron cosechados por “la clase de los capitalistas” (p. 124). En 1815, la derrota definitiva de Napoleón Bonaparte (1769-1821) fue seguida por la consolidación de regímenes absolutistas en los países del continente europeo; los ideólogos de la Restauración consideraban que era posible volver al statu quo anterior a 1789 y obraron en consecuencia. Sin embargo, la vuelta al ancien régime [antiguo régimen] estaba condenada al fracaso, pues la expansión de las relaciones sociales capitalistas era implacable. En 1830 se produjo un primer estallido revolucionario, con epicentro en Francia. Ello demostró que la solidez de los regímenes absolutistas se estaba resquebrajando. Las Revoluciones de 1848, por su extensión geográfica e intensidad política, representaron un ataque mucho más contundente a las instituciones del absolutismo. Pero fracasaron en lo inmediato; el absolutismo se impuso en todos los países europeos, con excepción de Francia, donde el sobrino de Napoleón, Luis Bonaparte (1808-1873) ganó las elecciones presidenciales de 1848 y se convirtió en emperador de Francia en 1852.

Volvamos al texto. Engels hace un balance de las Revoluciones de 1848, en el que intenta explicar la causa del fracaso de los movimientos revolucionarios. Señala que esas revoluciones fueron hechas por “la clase obrera”, afirmación altamente discutible por cierto, pues el desarrollo de la industria capitalista era relativamente reducido en la mayoría del continente europeo.

Además de su escaso desarrollo numérico, la clase trabajadora tenía una debilidad: carecía de un proyecto político propio, pues únicamente los obreros de París “tenían, al derrocar el gobierno, la intención expresa de derrocar el régimen burgués.” (p. 123) [4] Pero aun los obreros más avanzados políticamente, “por conscientes que fueran del inevitable antagonismo existente entre su propia clase y la burguesía, ni el progreso económico del país ni el desarrollo intelectual de las masas obreras francesas habían alcanzado aún el grado que habría sido preciso para hacer posible una transformación de la sociedad.” (pp. 122-123) Por todo esto, Engels afirma que los obreros franceses ayudaron a la burguesía a conquistar el poder (o, mejor dicho, a compartirlo, pues Luis Napoleón logró afirmarse como emperador).

La burguesía fue derrotada en los otros países europeos, pues no consiguió conquistar el poder; no obstante, se convirtió luego en el albacea de las tareas revolucionarias que no fueron realizadas durante las revoluciones (el desarrollo industrial y  la unificación nacional en los casos de Alemania e Italia ).

En este punto aparece en toda su dimensión la cuestión nacional. Engels llega a afirmar que la dominación de la burguesía es imposible sin la independencia nacional:

“En ningún país es posible la dominación de la burguesía sin la independencia nacional. Por eso, la revolución de 1848 debía conducir a la unidad y a la independencia de las naciones que hasta entonces no las habían conquistado: Italia, Alemania, Hungría; Polonia les seguirá a su debido tiempo.” (p. 124)

¿Por qué la dominación de la burguesía precisa de la independencia nacional?

Engels no da respuesta a esta pregunta, que debe buscarse, en rigor, en el propio MC. Pero podemos esbozar las líneas generales de esa respuesta, por lo menos en los términos engelsianos. La independencia nacional permite a la burguesía controlar el mercado nacional y, por ende, dominar un espacio de acumulación de capital, algo esencial en términos de la reproducción ampliada. Esto hace que la burguesía se fortalezca y, por ende, potencia a la clase trabajadora, que ve crecer el número de sus efectivos como consecuencia del desarrollo capitalista.

Engels plantea otra cuestión, aunque no llega a formularla  explícitamente en el texto: la relación entre la independencia nacional y el socialismo.

“Con el desarrollo de la gran industria en todos los países, el régimen burgués ha creado en el curso de los últimos cuarenta y cinco años un proletariado numeroso, fuerte y unido, y ha producido así, por emplear una expresión del Manifiesto, sus propios sepultureros. Sin la restitución de la independencia y la unidad de cada nación no hubiera sido posible realizar la unificación internacional del proletariado ni la cooperación pacífica e inteligente de esas naciones para el logro de objetivos comunes.” (p. 124)

En otras palabras, la creación de Estados nacionales promovió el desarrollo de la clase trabajadora y su acción internacionalista. Este punto puede verse como un corolario de la tesis desarrollada en el MC:  el crecimiento numérico de la clase obrera y su concentración en las ciudades y en las fábricas hacen que dicha clase pueda dar el salto de la lucha económica a la lucha política y reclamar para sí el control del poder político. Pero esto no es posible si hay fragmentación territorial, pues esas unidades políticas más pequeñas entorpecen el desarrollo capitalista.

En definitiva, Engels extiende la tesis de la centralidad de la concentración del capital para el desarrollo de la conciencia obrera a la creación de vastos Estados nacionales. En estos términos lee tanto la experiencia alemana como la italiana. El siglo XX demostraría que los planteos de Engels resultarían insuficientes, dicho de manera suave, para comprender el fenómeno del nacionalismo.

Balvanera, domingo 15 de febrero de 2026



Notas:

[1] Ver el prólogo de Marx y Engels a la edición alemana de 1872 del MC.

[2] Ver el prólogo de Marx y Engels a la edición rusa de 1882 del MC.

[3] Para un panorama general de las Revoluciones de 1848: Hobsbawm, E. J. (2009). La era de la revolución: 1789-1848. Buenos Aires, Argentina: Crítica. 344 p. (Biblioteca E. J. Hobsbawm de Historia Contemporánea). Traducción de Felipe Ximénez de Sandoval. Para un análisis clásico de la Revolución Francesa de 1848: Marx, K. (1971). El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Barcelona, España: Ariel. 173 p. (Ariel quincenal; 4). Traducción de O. P. Safont. Ver también: Marx, K. (1973). Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. 3° edición. Buenos Aires: Anteo. (Pequeña Biblioteca Marxista Leninista).

[4] Afirmación también muy discutible. El propio Marx, en El 18 brumario y en Las luchas de clases en Francia, señala las limitaciones políticas de la clase trabajadora francesa en 1848.

lunes, 29 de julio de 2019

LAS LEYES FUNDAMENTALES DE LA DIALÉCTICA SEGÚN ENGELS




La Dialéctica de la naturaleza, escrita por Friedrich Engels (1820-1895), permaneció en estado de manuscrito hasta 1925, año en que se publicó por primera vez en la URSS. Esa edición incluyó una serie de manuscritos adicionales; entre ellos, el artículo titulado “Dialéctica”, redactado probablemente en 1879. [1] A este último texto está dedicada la presente ficha, que no tiene otro objetivo que hacer una  presentación preliminar de la manera en que Engels concibe la dialéctica. En este sentido, “Dialéctica”, a pesar de su brevedad y su carácter inconcluso, resulta útil por  el esquematismo del argumento.

Información para los amantes de las referencias bibliográficas. Trabajé con la traducción española de Wenceslao Roces: Engels, F. (1961). Dialéctica de la naturaleza. México: Grijalbo. Se trata de la 1° edición española de la obra.


La dialéctica posee tres leyes, que se abstraen de la historia de la naturaleza y de la sociedad humana:

A – Ley de trueque de la cantidad en calidad, y viceversa.
B – Ley de la penetración de los contrarios.
C – Ley de negación de la negación.

El filósofo Hegel (1770-1831) desarrolló las tres leyes, pero de un modo idealista, como “simples leyes del pensamiento”. Así, A se encuentra en la Lógica [3], 1° parte, teoría del Ser; B en la Lógica, 2° parte, teoría de la Esencia; C, por su parte, es la “ley fundamental que preside la estructura de todo el sistema” (p. 41).

Luego de reconocer el aporte hegeliano, Engels critica el tratamiento de la misma por el filósofo alemán: “el error [de Hegel] reside en que estas leyes son impuestas, como leyes del pensamiento, a la materia y a la historia, en vez de derivarlas de ellas.” (p. 41).

Ahora bien, ¿cómo debe efectuarse esa derivación?

“Pero, si invertimos los términos [2], todo resulta sencillo y las leyes dialécticas, que en la filosofía idealista parecían algo extraordinariamente misterioso, resultan inmediatamente sencillas y claras como la luz del sol.” (p. 41).

La sencillez de la inversión engelsiana de la dialéctica debe ser considerada con escepticismo. Como es sabido, lo sencillo siempre es complejo, y sólo después de analizar esa complejidad es posible comprender qué significa la sencillez. En el caso que nos ocupa quiero señalar una cuestión que puede servir para entender los puntos débiles del argumento de Engels. Me refiero al tema de la forma y el contenido.

En la concepción hegeliana, forma y contenido son inseparables; en este sentido, cabe afirmar que constituyen dos momentos de la misma totalidad.

Por tanto, la forma en que Hegel concibe la relación entre las leyes de la dialéctica y lo empírico no es externa al contenido de la dialéctica y de lo empírico. Engels, al proponer una solución al problema del idealismo consistente en poner como elemento activo a la naturaleza (lo empírico) y no a los conceptos (la dialéctica), adopta la posición que sostiene que la relación entre lo empírico y los conceptos es externa. Deja así de lado la cuestión de la conexión interna entre ambos momentos de la relación.

La simpleza de la inversión propuesta por Engels deja de lado lo fundamental: la conexión interna entre naturaleza /sociedad y las leyes dialécticas. Dicho de manera sencilla: Hegel concibió dichas leyes en el marco de una determinada concepción de la naturaleza / sociedad. Por tanto, no se puede simplemente invertir la relación entre leyes y realidad; hay que poner en cuestión esa concepción de la realidad y reformular, rehacer, dichas leyes.

Una vez realizada dicha inversión, Engels propone como objetivo,

“demostrar que las leyes dialécticas son otras tantas leyes reales que rigen el desarrollo de la naturaleza y cuya vigencia es también aplicable, por tanto, a la investigación teórica natural.” (p. 41).

Engels pone un límite expreso a su investigación, afirmando que no va a estudiar “la conexión interna de estas leyes [las tres leyes fundamentales enumeradas arriba] entre sí.” (p. 41).

En el resto del manuscrito se dedica a analizar la primera de las tres leyes de la dialéctica. [El manuscrito se interrumpe antes de comenzar el examen de la segunda.]

En la Naturaleza, “los cambios cualitativos sólo pueden producirse mediante la adición o sustracción cuantitativas de materia o de movimiento (de lo que se llama energía).” (p. 42). Sostiene que esta es “la ley natural descubierta por Hegel” (p. 44). Se trata de “una ley universal que rige el desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento.” (p. 46).

Ahora bien, una ley de alcance tan universal termina siendo inoperante para analizar lo empírico. Entre otras cosas porque se concreta en una formulación tan abstracta (la transformación de la cantidad en calidad) que debe ser determinada en cada caso particular. Además, pasa por alto las distinciones entre la naturaleza, la sociedad y el pensamiento. En otros términos, promueve una visión simplista de los problemas científicos.

El manuscrito contiene varios ejemplos de cómo la ley mencionada se manifiesta en la física y en la química. Engels es más cauteloso en el terreno de la biología:

“[Respecto a] los cuerpos vivos rige la misma ley, pero ésta actúa bajo condiciones muy complejas y, hasta hoy, resulta todavía imposible, con frecuencia, establecer la medida cuantitativa.” (p. 42). [4]

Es interesante indicar cómo concibe Engels a la física. Escribe que “ésta considera los cuerpos como químicamente inmutables e indiferentes, estudia solamente los cambios de sus estados moleculares y las alteraciones de formas de movimiento, que la molécula pone en acción en todos los casos, por lo menos en uno de los dos lados.” (p. 43).

La química, por su parte, “es la ciencia de los cambios cualitativos de los cuerpos como consecuencia de los cambios operados en su composición cuantitativa” (p. 44).

El manuscrito no avanza más de este punto. Para profundizar en la concepción engelsiana de la dialéctica es preciso consultar el Anti-Dühring y la Dialéctica de la naturaleza. Tarea para el hogar.

Villa del Parque, lunes 29 de julio de 2019


NOTAS:
[1] El traductor Roces informa que el artículo fue tomado por los editores soviéticos del Legajo 4, que reunía materiales afines a la Dialéctica de la naturaleza. En ediciones anteriores llevaba el epígrafe de “Naturaleza general de la dialéctica, como ciencia”. Por eso a veces es mencionado con ese título.
[2] En el Epílogo a la 2° edición de El capital (1873), Karl Marx (1818-1883)  expuso la tesis de la “inversión” de Hegel. “Mi método dialéctico no sólo difiere del de Hegel, en cuanto a sus fundamentos, sino que es su antítesis directa. Para Hegel el proceso del pensar, al que convierte incluso, bajo el nombre de idea, en n sujeto autónomo, es el demiurgo de lo real; lo real no es más que su manifestación externa. Para mí, a la inversa, lo ideal no es sino lo material traspuesto y traducido en la mente humana. (…) La mistificación que sufre la dialéctica en manos de Hegel, en modo alguno obsta para que haya sido él quien, por vez primera, expuso de manera amplia y consciente las formas generales del movimiento de aquélla. En él la dialéctica está puesta al revés. Es necesario darla vuelta, para descubrir así el núcleo racional que se oculta bajo la envoltura mística.” (Marx, K., El capital: Libro Primero, México, Siglo XXI, 1996, tomo I, Vol. 1, pp. 19-30; el resaltado es mío – AM-).
[3] Se refiere a la Ciencia de la Lógica, obra de Hegel publicada en 1812-1816.
[4] En honor a la verdad, Engels manifiesta expresamente sus dudas en lo que hace a la aplicación de la ley en el campo biológico: “aquí [en el manuscrito] no queremos apartarnos de los ejemplos tomados de las ciencias exactas, donde las cantidades son exactamente mensurables e investigables.” (p. 46).