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martes, 27 de enero de 2026

RECALCULANDO: EL PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE 1872 DEL MANIFIESTO COMUNISTA

 

Comuneras, París 1871


Ariel Mayo (ISP Dr. J. V. González / UNSAM)

La afirmación de que el Manifiesto del Partido Comunista (1848), constituye una de las obras fundamentales del pensamiento socialista resulta incontestable.  Redactado por dos jóvenes militantes socialistas, Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895), su influencia se extiende más allá del socialismo, a punto tal que también es válido afirmar que pocas obras como el MC han contribuido tanto al desarrollo de la sociología. Como quiera que sea, se trata de una contribución fundamental a la teoría de la sociedad.

El MC constituye una combinación magistral (no queda más remedio que recurrir a la adjetivación) de teoría de la sociedad y de propuesta política, todo ello presentado de manera sucinta y sencilla (una sencillez engañosa, por cierto, pues los autores no renuncian a presentar la complejidad de la sociedad capitalista). Esa combinación proporcionó tanto una explicación del funcionamiento del capitalismo y de las causas del conflicto entre la burguesía y el proletariado, como una vía de solución a dicho conflicto (la organización política de la clase trabajadora y su posterior toma del poder, para comenzar la construcción de otra forma de sociedad, el socialismo). Esto representó un desafío para la sociología, que en ese momento se encontraba emergiendo del campo de la filosofía política, y que trataba, precisamente, de explicar la transición desde el feudalismo al capitalismo y las características de la nueva sociedad. Por ello el estudio del MC constituye una parada obligada para toda persona interesada en conocer el período fundacional de las modernas ciencias sociales.

Pero dejemos por ahora al MC propiamente dicho. El presente texto (una ficha de lectura con algunos comentarios) tiene un alcance mucho menor, pues se limita al análisis de uno de los prólogos del MC, concretamente el prólogo a la edición alemana de 1872, fechado en Londres el 24 de junio de ese año y firmado por Marx y Engels. En él se abordan tres cuestiones: a) la historia del MC; b) la historia de las ediciones del MC; c) la puntualización de los puntos anticuados del MC.

El prólogo de 1872 nos permite conocer de primera mano la opinión de Marx y Engels sobre las limitaciones del MC luego de sus primeros 25 años de existencia.

Abreviaturas:

LC= Liga de los Comunistas / MC= Manifiesto del partido comunista.

Noticia para bibliófilos y otras personas obsesivas:

Marx, K. y Engels, F. (2000). Prólogo a la edición alemana de 1872 del Manifiesto del Partido Comunista. En Manifiesto del Partido Comunista (pp. 97-99). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz. El prólogo está fechado en Londres, el 24 de junio de 1872.


Vamos al análisis del texto.

El MC fue escrito por encargo de la Liga de los Comunistas, organización conformada por trabajadores alemanes, la mayoría de ellos residentes en diversos países europeos. [1] La LC especificó que quería “un programa detallado teórico y práctico del Partido destinado a la opinión pública” (p. 97). Marx y Engels dieron bastante vueltas al asunto, al punto de que la propia LC amenazó con expulsarlos si no entregaban el programa prometido. Finalmente, el texto vio la luz en Londres el 21 de febrero de 1848, el día anterior al comienzo de la Revolución de Febrero en Francia, que derrocó la monarquía e instauró la república.

Ahora bien, Marx y Engels se preguntan: ¿Cómo sobrevivió el MC a la prueba del tiempo? La pregunta es pertinente porque los autores señalan los grandes cambios ocurridos en el período 1848-1872:  el “inmenso desarrollo de la gran industria”, la organización de la clase obrera en partido, las experiencias prácticas del proletariado (la revolución de febrero de 1848, la Comuna de París, etc.). Durante este período, la clase obrera creció numéricamente al compás del desarrollo de la industria moderna. En paralelo acumuló experiencia, fue desplegando su potencialidad como actor político.

Además, la pregunta es pertinente porque:

“Como el propio Manifiesto declara, la aplicación práctica de estos principios dependerá siempre y por doquier de las circunstancias históricas imperantes, razón por la cual no se pone énfasis especial alguno en las medidas revolucionarias propuestas al final del apartado II.” (p. 98)

En otras palabras, el MC no ofrece una receta válida para todo tiempo y lugar. En consonancia con esta proposición, Marx y Engels hacen el balance de los primeros 24 años del MC. Ante todo, afirman que “los principios generales desarrollados en este Manifiesto aún conservan actualmente (...) toda su corrección” (p. 98). Sin embargo, reconocen que el programa “está anticuado en alguno de sus puntos”. Es muy significativo que el tema considerado explícitamente como anticuado sea la respuesta a la pregunta: ¿qué hacer con el Estado una vez conquistado el poder? La obsolescencia del MC quedó expuesta por la experiencia de la Comuna de París (1871), a punto tal que Marx y Engels citan un pasaje de La guerra civil en Francia: “«la clase obrera no puede tomar simplemente posesión de la máquina estatal funcionante y ponerla en movimiento al servicio de sus fines»” (p. 99). [2]

La cosa no termina allí. Los autores reconocen la existencia de otros puntos anticuados, a saber: a) la crítica de la literatura socialista, que está incompleta pues llega, como no podía ser de otra manera, hasta 1847; b) la posición de los comunistas respecto a los otros partidos de oposición, contenida en el apartado IV, dado que “la situación política se ha transformado totalmente y la evolución histórica ha hecho desaparecer de la faz del mundo la mayor parte de los partidos que ahí se enumeran.” (p. 99)

Dado lo anterior, surge el interrogante: ¿Por qué no se incluyeron modificaciones en  la edición de 1872? Marx y Engels contestan que el MC es un “documento histórico”, “respecto del que no podemos ya arrogarnos el derecho de modificarlo a nuestra voluntad” (p. 99). Cabe formular dos comentario: por un lado, ya en 1872 Marx y Engels tenían noción de la importancia que había adquirido el MC (importancia que seguiría creciendo a medida que se expandía el movimiento socialista); por otro lado, los textos también dicen con sus silencios, con aquello que no es formulado explícitamente. Así, puede afirmarse que Marx y Engels pensaban que no era necesario introducir modificaciones en el apartado I, donde se hallaban esbozadas las líneas generales de su teoría de la sociedad y no se menciona la palabra plusvalía, ausencia que da cuenta de que dicha teoría todavía se encontraba en pleno desarrollo.

En síntesis, el prólogo de 1872 da cuenta de un momento de inflexión en el desarrollo del movimiento socialista, que había enfrentado por primera vez el reto de la conquista del poder. Ello se plasmó en la preocupación de Marx y Engels por actualizar la teoría Estado esbozada en el MC. Lejos de aferrarse al pasado, los autores señalaron la insuficiencia del MC en este punto y se abocaron a elaborar la experiencia de la Comuna. Si esa elaboración llevó a resultados exitosos desde el punto de vista del socialismo es una cuestión que no podemos desarrollar en el presente texto.

Balvanera, martes 27 de enero de 2026


Notas:

[1] Para la historia de la Liga consultar: Engels, F. (1980). Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas. En K. Marx y F. Engels, Obras escogidas (pp. 99-109). Moscú, URSS: Progreso.

[2] Ver: Marx, K. (2003). La guerra civil en Francia. Madrid, España: Fundación Federico Engels. 100 p. En el MC se lee lo siguiente sobre el Estado: “El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios: constitución del proletariado como clase, derrocamiento del dominio de la burguesía, conquista del poder político por parte del proletariado.” (pp. 63-64). Y más adelante: “el primer paso en la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia. El proletariado utilizará su dominio político para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para incrementar con la mayor rapidez posible la masa de las fuerzas productivas.” (Marx y Engels, MC, p. 72).


lunes, 25 de septiembre de 2023

EL LIBERALISMO CONTRA LA AUTORREGULACIÓN DEL MERCADO: COMENTARIOS SOBRE LOCKE

 

Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

Francisco de Goya, El sueño de la razón produce monstruos


 

“Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras,

sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno.”

Thomas Hobbes, Leviatán (1651)

 

John Locke (1632-1704) puso las bases del liberalismo en su obra Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1690)[i]. Dada la importancia que tienen en la actualidad los políticos y los partidos que se reivindican liberales, resulta útil revisitar los planteos lockeanos, para comprender las continuidades y las rupturas entre el liberalismo de nuestros días y el liberalismo clásico.

Como dispongo de poco espacio, comenzaré haciendo un resumen de los postulados fundamentales del Segundo Tratado. Locke afirma que existe un estado previo a la existencia de la sociedad y el Estado, al que denomina estado de naturaleza, conformado por individuos que viven sin lazos sociales que limiten sus acciones. La sociedad no existe naturalmente; por el contrario, para existir requiere de un acto de voluntad de las personas, quienes deben tomar la decisión de abandonar el estado de naturaleza. Pero esa decisión no es algo obvio para quienes viven en el estado presocial, pues allí gozan de la libertad y la propiedad. En efecto, en el estado de naturaleza, las personas crean su propiedad privada mediante el trabajo, transformando y apropiándose los objetos con su esfuerzo físico y mental; incluso, toman la decisión de conceder al oro y a la plata un valor superior a su utilidad y, así, permitir la compra de bienes en cantidades superiores a las necesidades del comprador, abriendo la puerta para la distribución desigual de la riqueza[ii]. En pocas palabras, en el estado de naturaleza hay propiedad privada, dinero, compra y venta de mercancías, desigualdad de fortuna entre los individuos: es una economía mercantil en estado puro. ¡Y todo ello sin tener que pagar impuestos ni verse sometidos a las regulaciones estatales! Es el Edén de los propietarios.

En este punto cabe preguntarse: si en el estado de naturaleza los individuos gozan de la propiedad que forjan con su trabajo y son libres de hacer lo que les plazca, ¿por qué optan por abandonar ese estado idílico y formar una sociedad? En otros términos, ¿los seres humanos no pueden autorregularse sin necesidad del poder estatal?

Ahora bien, puesto que el estado de naturaleza no es otra cosa que una economía mercantil pura, la pregunta precedente puede reformularse así: ¿el mercado puede autorregularse?

Aquí llegamos al núcleo del problema. El liberalismo clásico (Locke) responde negativamente a la pregunta formulada en el párrafo anterior. Muchos liberales actuales, en cambio, afirman que la respuesta es afirmativa y por eso cargan contra el Estado, al que achacan la responsabilidad de todo los males pasados, presentes y futuros. La cuestión excede el marco de la filosofía política (y también el de la economía), y se convierte en un problema político, cuya importancia salta a la vista.

Este ensayo se divide en dos partes: en la primera se esbozan las razones por las que se pasa del estado de naturaleza a la sociedad política, según lo expuesto por Locke; en la segunda se desarrollan algunas consideraciones acerca de los errores de la tesis de la autorregulación del mercado.


Las razones para salir del estado de naturaleza, o de la inevitabilidad del Estado para la economía de mercado:

Locke discute la posibilidad de que los seres humanos se autorregulen en el capítulo 9 (De los fines de la sociedad política y del gobierno). Su presentación de la cuestión es clara y precisa:

“Si en el estado de naturaleza la libertad de un hombre es tan grande como hemos dicho; si él es el señor absoluto de su propia persona y de sus posesiones en igual medida que puede serlo el más poderoso; y si no es súbdito de nadie, ¿por qué decide mermar su libertad? ¿Por qué renuncia a su imperio y se somete al dominio y control de otro poder?” (p. 134)

La respuesta cae como un mazazo sobre la tesis de la autorregulación: en el estado de naturaleza predomina la incertidumbre; nadie está seguro de que su propiedad no le sea arrebatada por otra persona; la libertad se convierte en miedo.

“Aunque en el estado de naturaleza tiene el hombre todos esos derechos, está, sin embargo, expuesto constantemente a la incertidumbre y a la amenaza de ser invadido por otros. Pues, como en el estado de naturaleza todos son reyes lo mismo que él, cada hombre es igual a los demás; y como la mayor parte de ellos no observa estrictamente la equidad y la justicia, el disfrute de la propiedad que un hombre tiene en un estado así es sumamente inseguro.” (p. 134).

O sea, el estado de máxima libertad se convierte en el estado de máxima incertidumbre. La paradoja se comprende si se tiene en cuenta que los individuos que viven en el estado de naturaleza se comportan como propietarios privados que llevan sus mercancías al mercado y, por ende, compiten entre sí para obtener mayores beneficios. El estado de naturaleza es, repito, una economía de mercado ideal. Por eso Locke concibe la naturaleza humana como la naturaleza del productor de mercancías: es la naturaleza de un individuo egoísta (sólo piensa en sí mismo y ve a las demás personas como medios para alcanzar sus fines mercantiles) y competitivo[iii]. En cada individuo prima la búsqueda del propio beneficio, por ende es imposible que se impongan las leyes de la naturaleza, es decir, aquellas surgidas de la razón y que llaman a respetar la vida, la libertad y la igualdad de todos los seres humanos. Casi nadie (siendo generosos) respeta “la equidad y la justicia”.

Para que la propiedad privada, la libertad y el mercado puedan subsistir se vuelve imprescindible la creación de una institución capaz de regular a los individuos y poner un límite a la lucha entre ellos. Ese límite es el Estado (la sociedad política):

“El grandes y principal fin que lleva a los hombres a unirse en Estados y ponerse bajo un gobierno es la preservación de la propiedad, cosa que no podían hacer en el estado de naturaleza, por faltar en él muchas cosas” (p. 135; el resaltado es mío – AM-).

Locke es taxativo: en el estado de naturaleza no se preserva la propiedad privada, que es el núcleo de la sociedad burguesa. Los seres humanos no pueden autorregular sus relaciones sociales, ni de proporcionar, por ende, las seguridades necesarias para el funcionamiento normal de la economía de mercado.

Tres carencias del estado de naturaleza impiden que pueda garantizar la preservación de la propiedad privada: a) la ausencia de una ley establecida, fija y conocida por todas las personas; 2) la falta de “un juez público e imparcial, con autoridad para resolver los pleitos que surjan entre los hombres, según una ley establecida” (p. 135); 3) la falta de un poder que respalde y empodere a las sentencias de ese juez.

El Edén de los propietarios se convierte en la pesadilla de los propietarios y éstos se pechan por salir de ese estado y constituir la sociedad política:

“Así, la humanidad, a pesar de todos los privilegios que conlleva el estado de naturaleza, padece una condición de enfermedad mientras se encuentra en tal estado; y por eso se inclina a entrar en sociedad cuanto antes (…) Pues los inconvenientes a los que están allí expuestos (inconvenientes que provienen del poder que tiene cada hombre para castigar las transgresiones de los otros) los llevan a buscar protección bajo las leyes establecidas del gobierno, a fin de procurar la conservación de su propiedad.” (p. 136).

La propiedad privada necesita del Estado para subsistir. Para Locke no hay nada más que decir sobre esta cuestión.


La utopía de la autorregulación del mercado:

Si bien Locke no tiene nada más para decirnos acerca de las razones del pasaje del estado de naturaleza a la sociedad política, nosotros estamos obligados a seguir adelante para desarrollar el argumento contra la tesis de la autorregulación de la economía de mercado. Dicha tesis aparece, aunque matizada (al fin y al cabo se reconoce la existencia y la necesidad del Estado, pues de lo contrario se caería en el disparate), en los manuales de economía que se leen en las universidades

Tal como se indicó, el estado de naturaleza es el Edén de los propietarios, una economía mercantil pura. Allí los propietarios individuales utilizan dinero y acumulan riquezas mediante el trabajo y el uso del oro y la plata. No pagan impuestos, pues no hay Estado. En esa economía idealizada sólo hay individuos, pues precisamente la economía mercantil disuelve los grupos sociales. En el imperio de la mercancía no hay espacio para la solidaridad entre los seres humanos.

Pero ese Edén se desvanece rápidamente dado que los seres humanos son incapaces de autorregularse debido a las peculiaridades de su naturaleza, pues son seres egoístas que siguen su propio interés y que no pueden regularse sin intervención externa. En otras palabras, economía mercantil y Estado constituyen un par inseparable. Las tres carencias mencionadas por Locke son otros tantos indicadores de la incapacidad de la economía mercantil para regularse a sí misma y, en definitiva, para preservar lo más sagrado del capitalismo: la propiedad privada.

Del análisis de Locke se concluye que la utopía liberal de la autorregulación de la economía de mercado es inviable, pues esta no puede constituir ninguna comunidad estable ni garantizar la seguridad de la institución esencial del capitalismo: la propiedad privada. De ahí que el Estado venga a establecer la unidad necesaria para que los individuos propietarios no caigan a la guerra de todos contra todos. La exposición lockeana de los motivos por los que los individuos deciden abandonar el estado de naturaleza muestra con claridad la mencionada inviabilidad.

“Pero aunque los hombres, al entrar en sociedad, renuncian a la igualdad, a la libertad y al poder ejecutivo que tenían en el estado de naturaleza (…), esa renuncia es hecha por cada uno con la exclusiva intención de preservarse a sí mismo y a preservar su libertad y su propiedad de una manera mejor (…) Y por eso, el poder de la sociedad o legislativo constituido por ellos, no puede suponerse que vaya más allá de lo que pide el poder común, sino que ha de obligarse a asegurar la propiedad de cada uno, protegiéndolos a todos contra aquellas tres deficiencias (…) que hacían del estado de naturaleza una situación insegura y difícil.” (pp. 137-138)

Locke elabora, desde el liberalismo, una refutación radical del argumento que afirma que el mercado puede autorregularse. La economía de mercado llevada a su estado puro se desintegra a sí misma. Asoma, pues, el Leviatán…

 

 

Balvanera, lunes 25 de septiembre de 2023


NOTAS:

[i] Para la redacción de este ensayó utilicé la traducción española de Carlos Mellizo: Locke, J. (2000). Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil: Un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin del Gobierno Civil. Madrid: Alianza. 238 p. (El libro de bolsillo, Área de conocimiento: Humanidades; 4415). La primera edición de la obra se publicó con autor anónimo en 1689, si bien en la portada figura la fecha 1690: Two Treatises of Government In the Former, The False Principles, and Foundation of Sir Robert Filmer, and His Followers, Are Detected and Overthrown. The Latter Is an Essay Concerning The True Original, Extent, and End of Civil Government. Londres: Awnsham Churchill.

[ii] Ver el desarrollo de este argumento en el cap. 5 del Segundo Tratado.

[iii] El contexto social e histórica modela la conciencia, pone los moldes – los límites – de lo que puede llegar a pensar el individuo. Una vez más (tal como pensaba Marx) el ser social determina la conciencia. Por eso, dos filósofos tan distintos como Hobbes y Locke, imaginan una naturaleza humana semejante, cuyo rasgo central es el egoísmo y que se plasma en individuos egoístas que ven a los otras personas como competidores). Esa naturaleza no es otra cosa que la idealización de las relaciones sociales propias de una economía mercantil.

jueves, 26 de mayo de 2022

EL TERROR PARA LA PAZ: HOBBES Y EL ESTADO MODERNO

Bombardeo del barrio El Chorrillo, Panamá, 1989. 


 “Por el terror que inspira es capaz de conformar 

las voluntades de todos ellos para la paz.”

Thomas Hobbes


Nicolás Maquiavelo (1469-1527) y Thomas Hobbes (1588-1679) son los dos grandes teóricos del Estado moderno. Ambos ponen el acento en el papel de la violencia y en la importancia de contar con el apoyo del pueblo. Estas cuestiones dos, monopolio de la violencia y el pueblo como fuente de legitimidad, son temas centrales de la teoría del Estado.

Hobbes aborda el surgimiento del Estado en el capítulo XVII del Leviatán (1651). En rigor, este capítulo es la continuidad del capítulo XIII, donde analiza las características del estado de naturaleza. Por eso es recomendable leerlos juntos, pues de lo contrario se escapa una parte importante de la argumentación.

El filósofo inglés afirma que existe un estadio pre-social en la evolución de la humanidad, el ya mencionado estado de naturaleza. Éste se caracteriza por la guerra de todos contra todos, ocasionada por las tendencias egoístas de la naturaleza humana, que hacen que las personas luchen por poseer las mismas cosas. En esa guerra nadie saca ventaja y no existen ni propiedad, ni justicia, ni moral.

La condición de los seres humanos en el estado de naturaleza le sirve a Hobbes para plantear la necesidad de un poder que ponga fin a la guerra de todos contra todos. Si se deja a las personas libradas a su arbitrio, “sin un poder visible que los tenga a raya y los sujete, por temor al castigo” (p. 137), el resultado es la guerra. 

La naturaleza humana es tal que precisamos de un poder que ponga freno a nuestras “pasiones naturales, las cuales nos inducen a la parcialidad, el orgullo, a la venganza y a cosas semejantes” (p. 137). Hobbes concluye que “los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras, sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno” (p. 137).

La vida humana es inconcebible sin un poder común que utilice la fuerza para asegurar la paz. En este punto Hobbes comparte el pesimismo de Maquiavelo, quien pensaba que “de los hombres puede decirse generalmente que son ingratos, volubles, dados al fingimiento, aficionados a esquivar los peligros y codiciosos de ganancias” (Príncipe, p. 359).


Paréntesis. Tanto Maquiavelo como Hobbes conciben a la naturaleza humana como inmutable. Pero si se adopta otra concepción de la naturaleza humana, cambia la perspectiva sobre el estado de naturaleza. Así, si se define a la naturaleza humana como el conjunto de las relaciones sociales, y que éstas varían en la historia, puede inferirse que el estado de naturaleza no describe a la naturaleza humana, sino que se trata de un tipo específico de relaciones sociales, propios de una economía mercantil. De este modo, la guerra de todos contra todos es una representación filosófica de la competencia en una economía mercantil. En la misma línea de pensamiento, el Estado es la barrera frente a la tendencia a la atomización y disgregación propia de ese tipo de economía. Fin del paréntesis.


En algún momento, las personas deciden poner fin a la guerra de todos contra todos. No se trata de una decisión altruista, sino que los mueve el egoísmo. Cada uno quiere asegurar lo obtenido en la lucha (o implementar medios de adquisición que impliquen la conservación en el tiempo de lo adquirido). La razón aparece como auxiliar del egoísmo. Por este camino llegamos al pacto. 

Recapitulemos lo anterior. Los seres humanos viven naturalmente luchando entre sí; el motor de su existencia es el egoísmo. Pero ese mismo egoísmo, combinado con la razón, encuentra una salida a la guerra interminable: las personas renuncian conjuntamente a su derecho a gobernarse a sí mismas y lo ceden a un tercero, el Estado. 

Arribamos al centro de la historia. Una sociedad de individuos que luchan (compiten) entre sí sólo puede ser gobernada por medio del uso y/o la amenaza de una violencia desmesurada. En su origen y en su desnudez el Estado es eso: violencia concentrada. Hobbes utiliza una expresión que merece ser reproducida, dada su claridad y concisión:

“En virtud de esta autoridad que se le confiere por cada hombre particular en el Estado, posee y utiliza tanto poder y fortaleza, que por el terror que inspira es capaz de conformar las voluntades de todos ellos para la paz, en su propio país, y por la mutua ayuda contra sus enemigos, en el extranjero.” (p. 141)

El secreto del Leviatán sale a la luz: la Paz es fruto del Terror. El Leviatán posee muchas capas, pero su núcleo es la violencia, la acumulación y el monopolio de la violencia.

El otro tema central del capítulo XVII es la cuestión de la fuente del poder. En el capítulo IX del Príncipe, Maquiavelo escribió que existían dos grandes grupos en la sociedad, los nobles y el pueblo, y que el príncipe tenía que apoyarse en el pueblo para consolidar su gobierno. Más todavía, Maquiavelo enfatiza la importancia para el príncipe de obtener el “amor del pueblo”. Estas reflexiones inauguraron una nueva era en la ciencia de la política: el pueblo va copando el centro del escenario.

En el capítulo XVII el poder del Leviatán emana del acuerdo de sus súbditos, expresado en el pacto. Los individuos son la fuente del poder; dios y la sangre (la familia) quedan afuera de la cancha. El pueblo (el conjunto de los individuos) es la fuente de la soberanía.

Las consecuencias del paso dado por Hobbes son inmensas. Basta decir que, de acuerdo con la perspectiva hobbesiana, las instituciones políticas dejan de ser naturales; por el contrario, son creaciones de los seres humanos y, por tanto, pueden ser modificadas por la voluntad de las personas. El espíritu de la revolución está presente en Hobbes, el enemigo de la Revolución. Paradojas propias de un genio del pensamiento político.


Villa del Parque, jueves 26 de mayo de 2022


Noticia bibliográfica

Todas las citas del Leviatán corresponden a la traducción española de Manuel Sánchez Sarto: Leviatán o la materia, forma y poder de una república, eclesiástica y civil. Buenos Aires, Argentina: Fondo de Cultura Económica de Argentina, 1998. Por otra parte, las citas de Maquiavelo fueron tomadas de la traducción española de Luis Arocena: El príncipe. Madrid, España: Universidad de Puerto Rico y Revista de Occidente. 621 p. (Biblioteca de Cultura Básica).