Ariel Mayo
(ISP. Dr. J. V. González / UNSAM)
Todo el mundo dice que hay que tener “pensamiento crítico”. Ya sea a la derecha como a la izquierda del espectro político, se afirma que no hay que aceptar nada de lo que se nos dice desde los medios de comunicación, los libros, la universidad. El espíritu cartesiano (la duda como método para llegar a la verdad) se ha convertido en un fantasma demente que rechaza la evidencia empírica al grito de: ¡Basta de adoctrinamiento!
Las cosas han llegado a un punto tal que el pensamiento se ha convertido en una caricatura de sí mismo. Es por ello que se vuelve necesario recuperar el sentido de la palabra “crítica”, pues se ha transformado en una mercancía que se puede pedir a domicilio por medio de alguna aplicación. En este sentido es pertinente recuperar las reflexiones del sociólogo francés François Dubet (Périgueux, 1946), quien abordó la cuestión de la crítica en el capítulo 5 de su obra ¿Para qué sirve realmente un sociólogo? (pp. 53-63)
Referencia bibliográfica:
Dubet, F. (2012). ¿Para qué sirve realmente un sociólogo? Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI. 136 p. (Biblioteca Esencial del Pensamiento del Pensamiento Contemporáneo; 44). Traducción de Luciano Padilla López.
Dubet considera que la sociología (o la mayoría de las sociologías) es crítica “por naturaleza propia”. Más claro, piensa que la critica “es consustancial al proceder mismo de la sociología” (p. 55) y se preocupa en señalar que esta concepción de la crítica va en contra de lo que habitualmente se concibe como ser crítico, esto es, afirmar un punto de vista crítico - moral o social - a partir del cual se describe, analiza y condena el mundo.
Ahora bien, ¿por qué es crítica la sociología?
Es crítica cuando realiza la tarea de “desmontar lugares comunes, oleadas de buenos sentimientos y de otros que no lo son tanto, que nos permiten percibir lo social, al revelar que la vida social es relativamente consistente, a pesar de las intenciones esgrimidas y de las interpretaciones que naturalmente hacemos de nuestra vida patria.” (p. 53) En otras palabras: “La sociología es crítica porque nunca complace a todo el mundo; de otra manera, habría de qué preocuparse.” (p. 53)
La concepción de la sociología que reivindica Dubet está ligada directamente al espíritu de la Ilustración, del que se derivan tanto la sociología como su hermano, a veces reconocido, a veces repudiado, el marxismo. Esto se advierte en pasajes como el siguiente: “la sociología derriba las máscaras: ¿cómo salvar la propia cara sin afectar las de los demás, qué maquillaje aplicar al poder para que otros no puedan oponerle resistencia, cómo mostrarse tal cual uno quiere que lo vean?” (p. 54). En definitiva, la sociología “pone énfasis en que los puntos de vista que imperan en las representaciones de la vida social obedecen a las posiciones sociales que ocupan, a los intereses y a las culturas en juego.” (p. 53)
El estilo crítico (pp. 55-57)
En este apartado Dubet define el estilo crítico, que se caracteriza por la afirmación de un punto de vista crítico con el que se describe la realidad (esto ya se escribió más arriba). Su fuerza radica en que obliga al sujeto crítico (que puede ser o no un sociólogo) a hacer explícitos sus postulados iniciales, los enfoques normativos que rigen su mirada, sus cuestionamientos, métodos y conclusiones.
Un ejemplo de lo anterior es la Escuela de Frankfurt, que se construyó en torno a varios postulados críticos: a) la crítica del capitalismo y de la racionalización instrumental del mundo, llevada a cabo por Theodor Adorno (1903-1969); b) la crítica en nombre de un ideal de democracia comunicacional “pura”, efectuada por Jürgen Habermas (n. 1929); c) la crítica en nombre a la necesidad de reconocimiento de los individuos, desarrollada por Axel Honneth (n. 1949).
Pero no hay una única crítica. Todo lo contrario. Cabe hablar de una crítica de izquierda, una crítica reaccionaria (desarrollada luego de la Revolución Francesa), una crítica liberal, una crítica “leninista” en Francia [2], una crítica nietzscheana (que termina por identificar lo social con la dominación). El peso de estos estilos críticos en la sociología es cambiante. En la actualidad predomina la tradición crítica nietzscheana y la crítica es concebida como “un constante trabajo de deconstrucción de lo social” (p. 55).
El siguiente pasaje no tiene desperdicio, pues describe los efectos del predominio de la critica nietzscheana.
“Se deconstruye la sociología, la historia o la crítica literaria a partir de un punto de vista ya afirmado: el de la dominación sufrida por las mujeres, el de la dominación sufrida por los ex colonizados, la sufrida por las minorías sexuales, el de la hegemonía de las culturas ≪cultivadas≫ legítimas, o el de las hegemonías de las industrias culturales… (...) Todo consiste en demostrar que la dominación social se despliega en primer lugar entre las categorías sociales mismas, en el lenguaje, del cual se postula que posee un carácter performativo tan potente que construye lo que se percibe como realidad y como evidencia de un mundo social que es sólo un efecto de la dominación. Así, la crítica se despliega ad infinitum, ya que puede deconstruirse cualquier construcción, lo que engendra una nueva deconstrucción, que a su vez es pasible de deconstrucción. (...) Cuando no hay ≪hechos≫, el movimiento de la crítica no puede interrumpirse.” (pp. 55-56; la cursiva es mía - AM-)
La crítica se caracteriza por explicitar sus premisas, y eso la distingue de la ciencia normal, en la que dichas premisas permanecen explícitas. Existe un circuito crítico, “la doble apropiación de la ≪ciencia normal≫ por parte de la crítica y de la crítica por parte de la ≪ciencia normal≫” (p. 56). Pero esto no debe hacer olvidar que la producción de conocimiento depende de lo que sucede en la “ciencia normal”, es decir, del valor científico de los trabajos realizados.
La pose crítica (pp. 57-58)
En este apartado se aborda la cuestión que, a mi juicio, constituye el núcleo de la problemática actual de la crítica. Dubet declara su irritación por lo que denomina la pose crítica. Los críticos suelen reducir la crítica (y esto lo hacen también sus adversarios) a la “sola fuerza de la convicción de los postulados” que los inspiran. En otras palabras, según la pose adoptada hay que aceptar las producciones de la crítica por los valores que defienden y no por las pruebas que aporta. Se busca impresionar con la superioridad de un punto de vista normativo y, de ese modo, sustraerse a la crítica. Además, la pose crítica aporta beneficios institucionales, editoriales, etc. En términos más directos, es bueno estar de moda y para ello nada mejor que seguir las modas.]
“La crítica está integrada por completo a la cultura moderna y a constantes movimientos de reflexividad; estos movimientos se desarrollan mediante un juego de oposiciones y subversiones críticas que hoy se han vuelto banales, hoy que las vanguardias ya no se enfrentan a esa cultura hegemónica que, se suponía antes, era la garantía del orden social. ¿Quién ignora en nuestros días que la crítica del consumo de masas, de la explotación económica, del embrutecimiento mediático y de todas las formas de alienación irriga los medios a los que, sin embargo, se toma por vectores de esa dominación multiforme y sin rostro?” (p. 57)
Dubet señala algo más: el punto de vista crítico postula una alienación universal de los seres humanos, “sociedades percibidas como puros mecanismos de dominación, como máquinas de desarrollar ilusiones y falsas ideas”, en las que los individuos son peones, clones, “imbéciles a menudo felices de serlo”. Pero si esto es así, ¿cómo puede haber crítica?, ¿cómo hace el crítico para desprenderse de la alienación y mirar la sociedad desde arriba o a distancia?
En fin, a despecho de sus seguidores, “la pose crítica no siempre protege del deseo de esclavitud y de un desmesurado gusto por la devoción” (p. 58).
El compromiso (pp. 59-63)
En este último apartado, Dubet defiende su preferencia por la noción de compromiso en detrimento de la de crítica. La fuente de dicha noción es el escrito del filósofo francés Jean-Paul Sartre (1905-1980), Qué es la literatura (1951). Sartre sostiene que la literatura está comprometida, lo quiera o no, “en la medida en que da una imagen del mundo y actúa sobre él. Aunque se niegue a ser reclutada explícitamente en una causa, la literatura está en la sociedad de igual modo que el votante abstencionista hace política al no votar.” (p. 59)
La sociología se encuentra en la misma posición que la literatura, puesto que postula que todo es social. El compromiso del sociólogo exige dos operaciones intelectuales.
La primera de esas operaciones consiste “en un ejercicio de esclarecimiento de los valores, creencias, ideas, convicciones que residen en el origen de un proceder sociológico” (p. 59). [3]
La segunda de las operaciones intelectuales radica en que el compromiso no se da únicamente al comienzo de la investigación, “también se extiende luego, cuando se anticipan sus efectos. O bien la sociología se presenta como un grito de ira e indignación crítica que condena al mundo en nombre de un ideal supremo, o bien toma como punto de partida el postulado de que incide, siquiera de un modo minúsculo, sobre las capacidades y orientaciones de la acción.” (p. 60). Esta operación se relaciona con la ética de la responsabilidad, analizada por Max Weber. [4]
En opinión de Dubet la investigación compromete casi de inmediato, “ya que casi siempre es una relación entre el investigador y sus objetos, que son a la vez actores sociales e individuos” (p. 60). El compromiso implica un lazo de reciprocidad, que implica que el investigador no aplicará a sus objetos modelos que no se aplicaría a sí mismo. Por eso no debe caerse en el lugar (casi) común de suponer que los actores sociales son utilitaristas extremos, mientras que el sociólogo cree dedicarse de lleno a la ciencia y a la búsqueda de la verdad. El sociólogo forma parte también de la “especie” a la que estudia.
En otras palabras, “ante la postura crítica que a menudo puede volverse aristocrática e imponente, el compromiso contrapone la creencia en una humanidad común entre el investigador y sus objetos, que no son ni más estúpidos, ni más alienados, ni más ciegos que él.” (p. 61).
Pero ojo, el compromiso no significa negar la existencia de una distancia entre el investigador y sus objetos de estudio. Si esa distancia no existiese, los sociólogos únicamente serían cámaras de eco de los actores sociales que investigan.
Dubet sintetiza su posición:
“En definitiva, lo que define al sociólogo es un doble compromiso. Por un lado está comprometido, involucrado en la sociedad, y más específicamente por obra de las causas y de un fuerte vínculo con lo que él estudia. Esto supone que sólo aplica modelos que se aplicaría a sí mismo. Por otro lado, el sociólogo está comprometido en una actividad de conocimientos cuyas reglas y constricciones lo alejan de los universos de significados que los actores sociales se dan a sí mismos. El compromiso es la capacidad de soportar este desfasaje y dominarlo, mientras que la pose crítica es una manera de abolirlo, ya que los actores sociales son ciegos y sordos.” (pp. 62-63)
A seguir, pues, criticando las poses críticas, tan de moda en nuestro campo de trabajo y estudio.
Mataderos, martes 7 de julio de 2026
NOTAS:
[1] Dubet fue profesor en la Universidad de Burdeos y director de estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Trabajó junto al también sociólogo Alain Touraine (1925-2023) en la temática de los movimientos sociales.
[2] Su máximo exponente fue Louis Althusser (1918-1990).
[3] La cuestión, que remite al sociólogo alemán Max Weber (1864-1920), es más complicada de lo que parece. No se trata de formular declaraciones generales (“estoy a favor de la libertad, de la democracia”), que no expresan compromiso alguno. El compromiso es, por el contrario, un “asunto de arbitraje entre principios contradictorios unos con los otros” (p. 59).
[4] “Quien actúa conforme a una ética de la responsabilidad, por el contrario, toma en cuenta todos los defectos del hombre medio. Como dice Fichte, no tiene ningún derecho a suponer que el hombre es bueno y perfecto y no se siente en situación de poder descargar sobre otros aquellas consecuencias de su acción que él pudo prever.” (Weber, M., El político y el científico, Madrid, Alianza, 2007, p. 165)
No hay comentarios:
Publicar un comentario