![]() |
| Bernard Lahire |
Ariel Mayo
(ISP Dr. J. V. González / UNSAM)
El sociólogo francés Bernard Lahire (Lyon, 1963), profesor en la École Normal Supérieure de Lyon y especialista en sociología de la educación, aborda en el capítulo 3 de su obra En defensa de la sociología un tema clásico: la libertad y el determinismo.
El núcleo del argumento de Lahire radica en la afirmación de que el conjunto de las investigaciones de las ciencias del mundo social “muestran que el individuo aislado, encerrado en sí mismo, libre y con plena conciencia de todo, que actúa, piensa, decide o elige conociendo profundamente lo que lo determina a actuar, pensar, decidir o elegir, es una ficción filosófica o jurídica.” (p. 41)
La afirmación precedente cuestiona la noción de libre albedrío, es decir, la existencia de “verdaderas elecciones” por parte de cada individuo; “verdaderas” porque no se encuentran sometidas a ningún condicionamiento o limitación, fuera de la voluntad individual. Para los defensores del libre albedrío, la libertad es una propiedad universal y abstracta propia de las personas; según esta concepción, cada individuo es dueño de sí mismo y puede elegir qué hacer con su vida. De este modo, el destino de cada persona depende únicamente de su capacidad de elegir bien, tomar las decisiones correctas y poner en práctica la voluntad necesaria. Es la versión culta del dicho argentino: “pobre es el que quiere”.
La perspectiva del libre albedrío tropieza con un obstáculo: en el mundo hay muchos, pero muchos más, pobres que ricos. ¿Las personas prefieren ser pobres a ser ricos? Responder de manera afirmativa parece irracional, insensato. Por ello, muchos partidarios de la libertad absoluta de los seres humanos en lo social resultan, a la vez, defensores de un determinismo biológico implacable, que se expresa en afirmaciones tales como “los negros son todos chorros”, “las mujeres son menos inteligentes que los hombres”, etc.
La concepción que defiende la existencia del libre albedrío se apoya en la tesis de la ruptura de los lazos entre los seres humanos. Por esto choca de frente con la sociología, debido a que ella se dedica al estudio de los lazos sociales. Y no es solo cuestión de la sociología: la filosofía política, con Aristóteles (384-322 a. C.), ya había afirmado que los seres humanos eran seres sociales por naturaleza.
Lahire retoma el enunciado aristotélico y sostiene que los humanos “están naturalmente predispuestos a las interacciones sociales” (p. 42). Somos “prematuros sociales”: sin la interacción con los otros (madres, padres, hermanos, otros familiares, etc.) no podemos sobrevivir ni desarrollarnos. El bebé depende absolutamente de quienes lo rodean para mantenerse con vida. Por eso, cabe afirmar que el niño sobrevive y se desarrolla física y mentalmente gracias al “andamiaje” “de los adultos portadores de la cultura de su entorno y época” (p. 42).
No existe la personalidad innata del individuo: “Cada individuo es singular en la medida en que se distingue de los demás por las experiencias que lo constituyeron. Por ello, es indisociable de los grupos e instituciones que frecuentó y los tipos de interacción en los que se vio involucrado” (p. 42).
En otras palabras, cada persona es singular en la medida en que es un producto social: “La singularidad relativa de cada individuo no es más que la síntesis o la sutil combinación del conjunto de experiencias vividas junto con los demás en grados de intensidad variables y en un orden determinado.” (p. 42)
Al revés de lo que piensan los individualistas del libre albedrío (individualistas por la ya mencionada negación de los lazos sociales), los humanos se encuentran determinados socialmente. Tal como lo demostró Èmile Durkheim (1858-1917) respecto al suicidio a finales del siglo XIX, pueden “notarse patrones coherentes en función de categorías o grupos cuando se cuenta con bases de datos cuantitativamente importantes” (p. 43).
Los partidarios de la libertad absoluta (libre de condicionamientos), se enojan cuando se habla de determinismos sociales, pues suponen que éstos niegan la capacidad de elección de los individuos.
Ahora bien:
“La sociología no dice que no se realizan elecciones, que no se toman decisiones o que las intenciones y la voluntad no existen. Sólo dice que las elecciones, decisiones e intenciones son realidades surcadas por múltiples condicionantes. Estos condicionantes son tanto internos -construidos por el conjunto de disposiciones que se han forjado mediante las diversas experiencias sociales pasadas y que se incorporan al creer, ver, sentir, pensar, actuar- como externas, puesto que las elecciones, decisiones intenciones siempre están ancladas en contextos sociales e incluso están formuladas en relación con circunstancias sociales.” (pp. 43-44)
Pero afirmar la existencia de determinismos sociales no implica defender la idea del “carácter previsible de los acontecimientos”. Aunque la sociología puede probar estadísticamente que ciertos grupos experimentan con mayor frecuencia ciertos comportamientos (el mencionado caso del suicidio), es incapaz (y probablemente lo sea durante mucho tiempo) de prever el curso que seguirán los acontecimientos en una sociedad determinada. Lo más que pueden hacer los sociólogos es “calcular las probabilidades de aparición de ciertos comportamientos o acontecimientos” (p. 45).
La incapacidad de la sociología en lo que hace a la predicción obedece a dos factores principales: a) la imposibilidad de reducir un contexto social de acción a una serie finita de parámetros pertinentes; b) la complejidad interna de los individuos, “cuyo patrimonio de disposiciones para ver, sentir, actuar, etc., es más o menos heterogéneo y está compuesto por elementos más o menos contradictorios” (p. 45). Por lo tanto, resulta imposible predecir cuáles de esas disposiciones se activarán en un individuo determinado en un contexto específico.
En definitiva, lo que determina la activación de determinada disposición en un contexto dado es: el “producto de la interacción de las (correlaciones de) fuerzas internas y externas” (p. 46). La correlación de las fuerzas internas se refiere a las disposiciones constituidas con mayor o menor intensidad durante la socialización pasada; la correlación de fuerzas externas remite a la relación entre elementos del contexto que tienen un mayor o menor peso en el individuo, en el sentido de que lo convocan o compelen en mayor o menor medida.
Justamente como cada individuo está multisocializado y multideterminado, no tiene conciencia del “conjunto determinaciones que pesan sobre él” (p. 46). La consecuencia de esto es el sentimiento de libertad de comportamiento que experimentan cada persona cuanto más multisocializada y multideterminada se encuentra. Este sentimiento de libertad también resulta del hecho de que los individuos están completamente inmersos en lo suyo, buscando concretar sus deseos, y ello les impide tener conciencia “de lo que los determina a hacer lo que hacen y a hacerlo como lo hacen” (pp. 46-47)
Lahire concluye que el individuo como “lugar de nuestra irreductible libertad es uno de los grandes mitos contemporáneos (...) Me parece que dejar de lado cualquier ilusión de subjetividad, interioridad o singularidad no determinadas, cualquier ilusión de libre albedrío o personalidad sin influencia del mundo social, para dejar que aparezcan las fuerzas y contrafuerzas - tanto internas (de disposición) como externas (contextuales) - a las que estamos continuamente sometidos desde que nacemos y que nos hacen sentir lo que sentimos, pensar lo que pensamos y hacer lo que hacemos, es un inestimable avance del conocimiento.” (p. 49).
Cabe agregar una afirmación fuerte (que, por supuesto, merece ser debatida para probar precisamente su justeza): la sociología es imposible como ciencia si adopta la senda del individualismo. Ampliaremos si nuestros tiempos lo permiten...
Mataderos, domingo 12 de julio de 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario