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domingo, 2 de julio de 2023

EL REY ESTÁ DESNUDO: TUCÍDIDES, EL DEBATE DE MELOS Y LA FUERZA COMO ARQUITECTA DEL SISTEMA INTERNACIONAL

 

Goya, "Los desastres de la guerra"


Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

“Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras,

sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno.”

Thomas Hobbes, Leviatán

 

El estallido de la guerra entre Rusia y Ucrania-OTAN en 2022 es parte del aumento de las tensiones internacionales iniciado con el deterioro de la hegemonía política y económica de EE. UU, consecuencia, entre otras cosas, del ascenso de China al rango de superpotencia.

¿Cómo abordar la nueva situación internacional, cuya expresión más terrible es la guerra?

En este breve artículo no nos proponemos analizar ni las causas del conflicto ni los rasgos que va asumiendo el cambiante escenario internacional. En cambio, abordaremos otra cuestión, que reaparece una y otra vez cuando se produce una crisis del sistema internacional. Se trata del problema de las justificaciones de las acciones de los Estados o, dicho de otro modo, el tema de los motivos que determinan esas acciones.

Los voceros de varios de los Estados en pugna (me refiero a EE. UU. y varios miembros de la OTAN) ponen el acento en el enfoque ideológico: en Ucrania se enfrentan la libertad y la democracia versus el autoritarismo y la dictadura. Según este enfoque, los que combaten y mueren en las trincheras no son personas de carne y hueso, sino los principios.

¿Qué pueden decir las ciencias sociales al respecto?

El problema de las relaciones entre los Estados es tan antiguo como la existencia misma de los Estados. Por ello no es de extrañar que la filosofía política se ocupara de él. Ya desde muy temprano se enunciaron una serie de principios sólidos que permiten ir más allá de las justificaciones ideológicas o meramente económicas. Lo curioso (no tan curioso) del caso es que esos logros se abandonan una y otra vez cuando la propaganda tiene que convencer a las personas de ir a la guerra. Así, la religión, la libertad, la civilización, la democracia y otras grandes palabras son invocadas para justificar las guerras, sepultando los avances de la ciencia de la sociedad.

La historia se repita una y otra vez. Los argumentos se perfeccionan de una época a otra, así como también los procedimientos técnicos para asesinar cada vez con mayor eficacia. De ahí la importancia de retomar una línea de análisis que pone al desnudo los motivos reales de las guerras. Si no podemos evitar las guerras, al menos estamos en condiciones de develar sus motivos y quitar la máscara del patriotismo (entre otras máscaras) a las clases dominantes que luchan por intereses materiales. Esto parece más productivo que condenar la inmoralidad e inhumanidad de la guerra


Tucídides (c. 460-c. 396 a. C.) fue un historiador griego, que vivió unos dos mil cuatrocientos años antes que Putin, Zelensky, Biden y compañía. Fue partícipe e historiador de la guerra del Peloponeso (431-404 a. C.)[1], un conflicto que enfrentó a las polis de toda Grecia, encolumnadas detrás de Atenas o de Esparta. La guerra fue devastadora y estuvo, como no podía ser de otra manera, plagada de atrocidades. En especial, una de ellas captó la atención de Tucídides: el sitio de la isla de Melos por Atenas en 416 a. C., que terminó con la ejecución de todos los hombres y la esclavización de las mujeres y los niños[2]. La escueta referencia no deja de producir escalofríos, que se intensifican si se tiene en cuenta la disparidad de medios bélicos entre Atenas y Melos. La primera, una de las dos grandes potencias del mundo griego, con la marina más poderosa de la Hélade; la segunda, una pequeña comunidad que podía oponer a los atenienses apenas unos cientos de combatientes. La suerte de Melos estaba echada desde el momento mismo en que fue atacada por una flota ateniense, con el argumento de que los melios se habían aliado a Esparta.

Tucídides dedica poco espacio a los pormenores de la lucha, pues no cabía ninguna duda del resultado. De hecho, resulta asombroso su interés en un episodio relativamente menor, que no ejerció mayor influencia en el desarrollo militar de la contienda. Pero Tucídides se concentra en los argumentos de una y otra parte, y escribe un texto clásico dentro de una obra clásica: el Diálogo de los melios. No cabe duda de que el ateniense Tucídides se sintió conmovido por la suerte de los melios. Y ello le hizo escribir un lúcido análisis de las causas que determinan las acciones de los Estados en el escenario internacional, el que puede ser visto como la primera exposición de la corriente realista en relaciones internacionales.


Masacre de My Lai, Vietnam del Sur (1968)

Tucídides expone un debate (probablemente imaginario) entre atenienses y melios, previo al estallido de las hostilidades, cuando la flota de Atenas ya había desembarcado tropas en la isla. Esto último da cuenta de que no se trataba de una negociación llevada adelante en condiciones de serenidad; todo lo contrario: los melios se hallaban entre la espada y la pared.

Los melios iniciaron el debate procurando situarlo en el ámbito del derecho, algo razonable si se tiene en cuenta la mencionada disparidad de fuerzas militares con los atenienses. Los atenienses, en cambio, pusieron inmediatamente los límites de lo que se iba a debatir:

“si habéis venido a este coloquio para formular suposiciones sobre el futuro o para cualquier otra cosa que no sea deliberar acerca de la salvación de vuestra ciudad, partiendo de la situación presente y de la realidad que está ante vuestros ojos, ya podemos levantar la sesión” (V, 87)

La enseñanza es clara: quien tiene la fuerza, pone las condiciones y los términos de las negociaciones diplomáticas. Sólo en una situación de paridad (relativa) de fuerzas las partes aceptan negociar en condiciones de igualdad (relativa).

En este punto Tucídides revela el secreto de las relaciones internacionales a través de las palabras de los atenienses:

“Vosotros habéis aprendido, igual que lo sabemos nosotros, que en las cuestiones humanas las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan” (V, 89; el resaltado es mío – AM-)

De modo que la fuerza rige las relaciones entre los Estados. Y el objetivo de cada Estado consiste en preservar sus intereses, sin importar ni el derecho ni ética. Nuevamente tienen la palabra los atenienses:

“Lo que queremos demostrar es que estamos aquí para provecho de nuestro imperio y que os haremos unas propuestas con vistas a la salvación de vuestra ciudad, porque queremos dominaros sin problemas y conseguir que vuestra salvación sea de utilidad para ambas partes” (Libro V, 91; el resaltado es mío – AM-)

Como los melios tenían esperanzas de que los espartanos acudieran en su auxilio, los atenienses reafirman que la fuerza es el principio rector de las relaciones internacionales:

“Los lacedemonios, en sus relaciones entre ellos y en lo que concierne a las instituciones de su país, practican la virtud en grado sumo; respecto a su comportamiento con los demás, en cambio, cabría decir muchas cosas, pero, para resumir brevemente, podríamos manifestar que de los pueblos que conocemos son los que, de la forma más clara, consideran honroso lo que les da placer y justo lo que les conviene” (V, 105; el resaltado es mío – AM-)

En pocas palabras, ni los atenienses ni los espartanos se regían por el derecho ni la justicia. Utilizaban la fuerza contra los Estados más débiles para imponer los objetivos de su política.

Esta presentación del argumento ateniense contiene los principios básicos que rigen la política exterior de los países. Tucídides no pudo evitar la tragedia de Melos, pero tuvo la lucidez de poner al desnudo las razones que sustentaban la política exterior de Atenas. Con ello contribuyó de modo inestimable a la construcción de la teoría de la sociedad. Tucídides mostró que, detrás de las grandes palabras (libertad, honor, democracia) el rey estaba desnudo. O, mejor dicho, estaba vestido con las ropas de los intereses materiales.


Invasión estadounidense a Granada (1983)


El 25 de octubre de 1983 los EE. UU. invadieron la isla caribeña de Granada (344 Km² y poco más de 100000 habitantes). La excusa de la invasión era terminar con la amenaza que representaba el régimen granadino para la seguridad de la superpotencia. Lo inverosímil de la justificación corría parejo con la inconmensurable superioridad militar norteamericana.

Entre la ocupación de Melos y la invasión a Granada transcurrieron poco más de 2400 años. Las diferencias entre la organización social ateniense y la estadounidense son notorias. Pero la política internacional continua rigiéndose por principios semejantes.

La semejanza entre Melos y Granada puede llevar a adoptar una visión pesimista de los asuntos humanos. Es comprensible. Pero hay otra actitud posible: investigar las causas que determinan que la fuerza sea un elemento central en el sistema internacional. EE. UU, y Rusia, como Atenas y Esparta en la antigüedad, utilizan la fuerza para conseguir sus intereses. Pero ello no quita que sea necesario indagar qué condiciones son necesarias en cada época para el uso de la fuerza.

La clarificación del papel jugado por la violencia modifica la relación de fuerzas, pues la conciencia de que es la fuerza (y no la ideología) el medio que determina la posición de cada Estado en el escenario internacional se convierte en un factor significativo. En pocas palabras, la ciencia permite conocer las condiciones de posibilidad para el uso de la fuerza. Eso no alcanza para evitar tragedias como la de Melos, pero es un comienzo.

 

Villa del Parque, domingo 2 de julio de 2023

 



NOTAS:

[1] Es autor de Historia de la guerra del Peloponeso. Todas las citas del presente artículo corresponden a la traducción española de Juan José Torres Esbarranch: Madrid, Gredos, 2007 (tomo III, que contiene los Libros V-VI de la obra).

[2] “…llegó de Atenas un nuevo cuerpo expedicionario al mando de Filócrates, hijo de Demeas, los melios ya se vieron asediados con todo rigor; entonces, al aparecer por añadidura la traición entre ellos, se rindieron a los atenienses, entregándose a su discreción. Los atenienses mataron a todos los melios adultos que apresaron y redujeron a la esclavitud a niños y mujeres.” (V, 116, 3-4)


viernes, 23 de junio de 2023

LEYES NATURALES Y PORTADORES DE RELACIONES SOCIALES: MARX, EL PRÓLOGO A LA 1° EDICIÓN DEL LIBRO I (1867)


Rico McPato, tío del Pato Donald

 

Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

Que El capital de Karl Marx (1818-1883) es la obra más influyente de las ciencias sociales no requiere mayor justificación. Pero, a la vez, es tan discutida como poco leída. El debate sobre El capital se basa, las más de las veces, en prejuicios antes que en una lectura crítica. Ahora bien, para salir del terreno de los prejuicios es necesario concentrarse en la letra del texto, ni más ni menos. ¿Qué ello no basta? De acuerdo. Pero es un punto de partida que permite soslayar discusiones inútiles y con ello ya salimos ganando.

Marx no redactó El capital en tono críptico ni escondió sus propósitos. Ello permite avanzar en el conocimiento de los problemas reales que presenta la obra (que no son otros, en rigor, que los derivados del objeto de estudio abordado por Marx: el modo de producción capitalista), dejando de lado las interpretaciones prejuiciosas y/o malintencionadas.

Entonces, para emprender el estudio de El capital no hay nada mejor que el viejo procedimiento de abrir el libro y empezar a leer, siguiendo el orden propuesto por el autor. De esta manera nos topamos con el prólogo a la 1° edición. Allí se encuentran varias claves para la comprensión de la teoría marxista del capitalismo. Pasemos, pues, a la obra.

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Abreviaturas

MP = Modo de producción / MPC = Modo de producción capitalista

Advertencia.

La presente ficha de lectura se refiere al Prólogo a la 1° edición del Libro Primero de El capital (1867)[1]

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Cuestiones (fundamentales) abordadas en el prólogo

La mejor manera de confeccionar una ficha del prólogo (al fin y al cabo el presente escrito no es otra cosa que una ficha de lectura) consiste en enumerar los temas que se encuentran allí, acompañándolos con un breve comentario y alguna que otra referencia a otros autores. Hacer otra cosa sería subestimar al lector, quien puede ir a El capital y sacar sus propias conclusiones sin necesidad de andadores.

En el prólogo se abordan las siguientes cuestiones (la lista no pretende ser exhaustiva):

1] El objeto de estudio: “Lo que he de investigar en esta obra es el modo de producción capitalista y las relaciones de producción e intercambio a él correspondientes.” (p. 6)[2]

Este punto es la piedra basal de todo el edificio de El capital. El punto de partida de Marx es la totalidad. No dice, al estilo de Adam Smith (1723-1790), que el capitalismo se explica a partir del egoísmo y la propensión de los individuos a comerciar. Nada de eso. Marx sostiene que hay que empezar por el conjunto de las relaciones sociales capitalistas y, a partir de ellas, comprender la conducta de los individuos. La diferencia entre el punto de partida de Marx y el de Smith es la existente entre el enfoque de la totalidad y el individualismo metodológico al momento de abordar el estudio de la sociedad.

2] La forma celular económica de la sociedad burguesa [del MPC] es “la forma de mercancía adoptada por el producto del trabajo, o la forma de valor de la mercancía” (p. 6). Es por ello por lo que Marx inicia su estudio del MPC con el análisis de la mercancía[3].

Esta manera de tratar la cuestión deja entender que Marx piensa que cada forma de sociedad tiene su propia forma celular económica. Por ello dice que esta forma celular corresponde a un tipo específico de organización social, la sociedad burguesa, y no a todos los tipos de organización social. Se trata del reconocimiento de la historicidad de las formas económicas, es decir, que éstas no son naturales (la organización económica de la sociedad no adopta naturalmente la forma celular económica propia de la sociedad burguesa).

3] Las formas de organización económica están conformadas por relaciones sociales, las que asumen la forma de leyes naturales de la producción capitalista.

Si se relaciona esta proposición con lo planteado en el punto 2, reaparece la historicidad de las formas económicas. En otras palabras, cada sociedad – mejor dicho, cada MP – posee sus propias leyes naturales.

¿Qué significa para Marx la noción de leyes naturales?

Son “tendencias que operan y se imponen con férrea necesidad” (p. 7). El empleo del término “tendencia” para caracterizar a las leyes naturales de la producción capitalista es clave para la comprensión de la diferencia entre esas leyes y las leyes de las ciencias naturales. La palabra tendencia sugiere que estas leyes no operan de manera inexorable, sino que están sujetas a contratendencias que pueden rechazarlas, desviarlas, etc.[4]

4] Las leyes naturales de la economía no son “naturales” (ahistóricas). Están sujetas al cambio, al desarrollo histórico. Esta idea aparece plasmada en el siguiente pasaje: “Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social” (p. 8).

En otros términos, las leyes de cada formación económico-social (para los fines prácticos utilizo esta expresión como sinónimo de modo de producción, aunque en sentido estricto se trata de términos que significan cosas ligeramente diferentes) se desenvuelven como resultado de un proceso de historia natural. Aquí Marx alude, sin nombrarla, a la teoría de Charles Darwin (1809-1882), expuesta en El origen de las especies (1859). La teoría de la evolución no funciona de manera inexorable (determinación absoluta, donde a la causa A le sucede siempre la consecuencia B), sino que incorpora el azar.

Las leyes naturales del MPC (como las de todos los MP) están sujetas al cambio. Marx lo dice expresamente: “la sociedad actual no es un inalterable cristal, sino un organismo sujeto a cambio y constantemente en proceso de transformación” (p. 9).

En síntesis, Marx concibe a las leyes naturales como tendencias que se dan en sociedades en cambio constante.

Ahora bien, el cambio de las leyes naturales, el pasaje de las leyes propias de un MP a otro, implica la existencia de “fases naturales de desarrollo”, que no pueden saltearse ni abolirse por decreto. Pero se “puede abreviar y mitigar los dolores de parto” (p. 8) Esto puede entenderse en el sentido de que Marx adhiera a una concepción etapista de la historia y, en los hechos, existen varios pasajes en la obra marxiana que abonan la justeza de esta conclusión. Sin embargo, se trata de una cuestión que puede (y merece) ser discutida, pues el propio Marx escribió pasajes contrarios a dicha concepción.[5]

5] La existencia de leyes naturales del MPC permite interpretar de otro modo (no a la manera del individualismo metodológico) la relación entre el individuo y la sociedad.

“Dos palabras para evitar posibles equívocos. No pinto de color de rosa, por cierto, las figuras del capitalista y el terrateniente. Pero aquí sólo se trata de personas en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social, menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una creatura por más que subjetivamente pueda elevarse sobre las mismas.” (p. 8)

En este párrafo Marx sintetiza su concepción del papel del individuo. Las personas no hacen la historia, no crean las instituciones económicas y políticas, por pura voluntad. La posición que ocupa cada individuo en la sociedad no es el resultado de las acciones individuales (como sostiene la concepción vulgar expresada en la frase “pobre es el que quiere”), sino que se deriva de las condiciones materiales en que se desenvuelven esas acciones. En este punto es fundamental prestar atención a la noción de ‘portador’. Cada persona personifica las relaciones económicas, independientemente de sus intenciones personales. Cada persona está condicionada por las condiciones materiales en las que desarrolla su acción (el 99,99% de los pobres no llegan a millonarios, por más que se esfuercen), y esas condiciones materiales se explican a partir de las leyes naturales del MPC explicadas en los puntos 2, 3 y 4.

6] El instrumento para estudiar las leyes naturales del MPC es la “facultad de abstraer”, que reemplaza al experimento[6]. Aquí no podemos desarrollar este punto, que tiene especial importancia para comprender la metodología de Marx. Basta, por el momento, con enunciarlo.

 

Villa del Parque, viernes 23 de junio de 2023


NOTAS:

[1] Utilizo la traducción española de Pedro Scaron: Marx, K. (1996). El capital. Crítica de la economía política. Libro Primero: El proceso de producción de capital I. México D. F.: Siglo XXI. (Biblioteca del pensamiento socialista, Serie Los clásicos). Edición a cargo de Pedro Scaron. Traducción, advertencia y notas de Pedro Scaron.

[2] Más adelante insiste en que “el objetivo último de esta obra es, en definitiva, sacar a la luz la ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna” (p. 8).

[3] Ver el capítulo 1 (La mercancía) del Libro Primero de El capital, pp. 43-102.

[4] Resulta fundamental la lectura de la Sección tercera del Libro tercero de El Capital (1894) para comprender el carácter que tienen las leyes del MPC. Allí se aborda la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia y, en la exposición, Marx presenta las causas contrarrestantes de la acción de dicha ley.

[5] El lector puede elegir entre dos maneras diferentes de concebir el desarrollo histórico, con la particularidad de que ambas se encuentran presentes en la obra de Marx. Así, la concepción etapista de la historia (a la etapa 1 le sigue la etapa 2 y luego la etapa 3, siempre en el mismo orden) se encuentra presente en el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859): “Una formación social jamás perece hasta tanto no se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas para las cuales resulta ampliamente suficiente, y jamás ocupan su lugar relaciones de producción nuevas y superiores antes de que las condiciones de existencia de las mismas no hayan sido incubadas en el seno de la propia antigua sociedad. De ahí que la humanidad siempre se plantee sólo tareas que puede resolver, pues considerándolo más profundamente siempre hallaremos que la propia tarea sólo surge cuando las condiciones materiales para su resolución ya existen o, cuando menos, se hallan en proceso de devenir. A grandes rasgos puede calificarse a los modos de producción asiático, antiguo, feudal y burgués moderno de épocas progresistas de la formación económica de la sociedad.” (Marx, K., Contribución a la crítica de la economía política, México, D. F., Siglo XXI, p. 5). Pero, en la correspondencia con la socialista rusa Vera Zasúlich (1849-1919) se encuentra una concepción que reniega del etapismo: “Analizando la génesis de la producción capitalista digo: En el fondo del sistema capitalista está, pues, la separación radical entre el productor y medios de producción…la base de todas esta evolución es la expropiación de los campesinos. Todavía no se ha realizado de una manera radical más que en Inglaterra…Pero todos los demás países de Europa occidental van por el mismo camino. (El capital, edición francesa, p. 316). La «fatalidad histórica» de este movimiento está, pues, expresamente restringida a los países de Europa occidental. El porqué de esta restricción está indicado en este pasaje del capítulo XXXII: La propiedad privada, fundada en el trabajo personal…va a ser suplantada por la propiedad privada capitalista, fundada en la explotación del trabajo de otros, en el sistema asalariado (loc. cit., p. 340). En este movimiento occidental se trata, pues, de la transformación de una forma de propiedad privada en otra forma de propiedad privada. Entre los campesinos rusos, por el contrario, habría que transformar su propiedad común en propiedad privada.” (Marx, K. y Engels, Escritos sobre Rusia: II. El porvenir de la comuna rural rusa, México, D. F., Pasado y Presente, 1980, p. 60) O sea, para el Marx de la década de 1870 el camino histórica esbozado en El capital no era la vía inexorable de desarrollo capitalista para todos los países. El lector puede aducir, por supuesto, que la concepción etapista aparece en una obra publicada por Marx, en tanto que la concepción que rechaza el etapismo se encuentra presente en la correspondencia privada de Marx de la década de 1870, y que por tanto la primera tiene más peso al momento de caracterizar la posición marxiana sobre el problema. Pero las cartas de Zasúlich y otra correspondencia existen, y deben ser examinadas, pues plantean una contradicción fructífera en la obra de Marx.

[6] “Cuando analizamos las formas económicas, por otra parte, no podemos servirnos del microscopio ni de reactivos químicos. La facultad de abstraer debe hacer las veces del uno y los otros.” (p. 6)

jueves, 18 de mayo de 2023

DURKHEIM Y LA CRÍTICA DEL INDIVIDUALISMO




Ariel Mayo (UNSAM / ISP Dr. Joaquín V. González)


“El ser humano es por naturaleza un animal social.”

Aristóteles (384-322 a. C.)


“El ser humano es (...) un animal que sólo

puede individualizarse en sociedad.”

Karl Marx (1818-1883)

 

A modo de prefacio: las ciencias sociales contra la concepción individualista de la sociedad

En la actualidad las ciencias sociales (o la teoría de la sociedad, si se prefiere) están obligadas a enfrentar el ascenso de las corrientes individualistas, según las cuales la sociedad no es otra cosa que la suma agregada de individuos. Que estas corrientes ocupan un lugar cada vez más significativo en la actualidad es una afirmación que no merece mayor discusión. El individualismo y la glorificación del egoísmo están a la orden del día. El individualismo se encuentra en el centro de numerosos movimientos políticos que combaten a los restos del Estado de bienestar (sea lo que fuere que esa expresión signifique hoy en día), al socialismo (al que se identifica, en parte capciosamente, en parte con mucho de razón, como estatista) y a cualquier vestigio de derechos de los trabajadores. El individualismo, en suma, es una de las piezas fundamentales en torno a los que se estructuran los movimientos y partidos que se conocen como liberales (o “libertarios”, como es el caso de Javier Miley en Argentina).

¿Por qué las ciencias sociales están obligadas a combatir el ascenso del individualismo?

La razón es sencilla: el individualismo, al escindir al individuo de la sociedad y al enfrentarlo a ella, no hace otra cosa que demoler los fundamentos sobre los que se construyó, trabajosamente, la ciencia de la sociedad. Esa ciencia (no importa aquí si se trata de la sociología o del marxismo) vio la luz planteando que la sociedad es una entidad diferente a los individuos que la componían, que la sociedad produce ideas y representaciones que no existen naturalmente en los individuos, y que la vida en sociedad moldea a las personas y permite el desarrollo de la individualidad. Por ende, postular que los individuos son previos a la sociedad y que crean a ésta a su imagen y semejanza, implica echar por tierra los fundamentos mencionados. En criollo, significa mandar al carajo todo lo hecho en el terreno de las ciencias sociales en los últimos 250 años.

Para las ciencias sociales, luchar contra el individualismo es luchar por su supervivencia como ciencias.

En este texto no podemos desarrollar en toda su extensión la crítica del individualismo, entendido como concepción filosófico y sociológica. Al fin y al cabo, este texto no es nada más ni nada menos que una ficha de trabajo; no obstante ello, la relectura de los clásicos resulta un punto de partida necesario para emprender la tarea de discutir las bases filosóficas que nutren al liberalismo conservador de la actualidad.

En sociología, al mencionar a los clásicos es imposible no tener en cuenta a Émile Durkheim (1858-1917). El sociólogo francés sentó las de una sociología científica; al hacerlo, confrontó inevitablemente con el individualismo. Para muestra de ello basta con ir a su obra La educación moral.  Pero antes de hacerlo corresponde decir algo sobre dicha obra en sí.

En el año lectivo 1902-1903, Durkheim dictó en la Sorbona (la Universidad de París) el primer curso sobre Ciencia de la Educación (hoy diríamos Sociología de la Educación). El sociólogo francés redactaba in extenso las lecciones de sus clases; gracias a ello poseemos el manuscrito de este curso, cuyo título es L’Éducation morale [La educación moral]. [1] Las lecciones cuarta, quinta y sexta están dedicadas al tratamiento de los grupos sociales. [2] Se trata de un material ineludible al momento de conocer las opiniones durkheimianas sobre el individualismo.

Información para bibliófilos:

Para la redacción del presente texto se utilizó: Durkheim, E. (1997). La educación moral. Buenos Aires, Argentina: Losada. 318 p. (Biblioteca Pedagógica). Todas las citas corresponden a esta edición, salvo indicación en contrario.


El todo es superior a las partes, o hablemos de los fundamentos de la crítica de la concepción individualista de la sociedad

Para poner en contexto el argumento desarrollado en La educación moral, hay que comenzar diciendo que la sociología construyó su espacio propio en el terreno de la teoría social por medio de la crítica del individualismo. Esto es particularmente notorio en Las reglas del método sociológico (1895). Allí Durkheim se esforzó por mostrar que la sociedad constituía un sustrato diferente a los individuos y que ella producía normas y representaciones que se imponían a las personas. [3]

En La educación moral, Durkheim vuelve a insistir en esta cuestión:

“porque los hombres viven juntos en vez de vivir separados, las conciencias individuales actúan unas sobre las otras y, a consecuencia de las relaciones que se establecen de este modo, aparecen ideas y sentimientos que jamás se hubieran producido en las conciencias aisladas.” (p. 76)

El comportamiento de las multitudes sirve de prueba positiva para la afirmación anterior:

“Los grupos humanos tienen una manera de pensar, sentir y vivir diferente de la que es propia de sus mismos miembros, cuando éstos piensan, sienten y viven aisladamente. Ahora bien, todo lo que decimos de las multitudes, se aplica, a posteriori, a las sociedades que no son otra cosa que multitudes permanentes y organizadas.” (p. 77)

Durkheim sostiene que lo anterior se deriva del hecho de que el todo es más que las partes que lo componen. O, dicho de otro modo, el todo posee propiedades diferentes a cada una de las partes que lo integran.

“Es pues un hecho constante que un todo puede ser diferente a la suma de sus partes. Nada hay en ello de sorprendente por esta razón, a saber: que los elementos, en vez de permanecer aislados, se asocian y se relacionan, actúan y reaccionan los unos sobre los otros, por lo cual, es natural que de estas acciones y de estas reacciones, que son producto directo de la asociación, que no habían tenido lugar antes de que ésta se hubiera realizado, surjan fenómenos enteramente nuevos, que no existían antes de verificarse aquélla.” (p. 76).

La tesis de que el todo es diferente a las partes que lo integran es la base de la crítica al individualismo y, a la vez, la justificación de la sociología como ciencia. De esa tesis se deriva que el objeto de estudio de la sociología son los hechos sociales [4] y no las conductas individuales. Más aun, las conductas individuales no son (salvo que se trate de una actitud patológica) otra cosa que los hechos sociales pasados por el tamiz de la experiencia individual.


La moral es lo que es y no lo que debe ser, o de cómo la sociedad produce sus propias normas

Enunciar las bases filosóficas de la crítica del individualismo y de la necesidad de la sociología es apenas el comienzo del trabajo. La tarea queda trunca si no se pasa a analizar las normas, costumbres y representaciones de una sociedad dada en un momento histórico determinado. Pero La Educación moral no emprende esa labor, sino que se concentra en el examen de un tipo específico de normas: la moral.

Durkheim deja de lado las concepciones que ponen el acento en la moral tal como debe ser; por el contrario, se dedica a examinar la moral tal cual es. [5] Esto supone concebir a ésta como “una infinidad de reglas especiales, precisas y definidas, que fijan la conducta de los hombres para las diferentes situaciones que se presentan con más frecuencia” (p. 35). En este sentido, el análisis de la moral se enlaza con la crítica del individualismo.

Repasemos lo visto hasta ahora. El núcleo de la crítica consiste en la afirmación de que la sociedad es una entidad diferente de los individuos que la componen. Esta tesis supone el rechazo de su contraria: la sociedad es una creación de los individuos. Si los individualistas tienen razón, la fuente de origen de la moral es cada uno de los individuos que viven en una sociedad dada. Ellos crean la moral. Pero en este punto Durkheim afila el cuchillo y pasa a demostrar que una moral nacida de los individuos sería amoral, es decir, una contradicción en sí misma. Su argumento es el siguiente.

La moral no consiste en la búsqueda de los fines personales de cada individuo. Durkheim rechaza esta concepción afirmando que ningún pueblo entiende a la moral de este modo, y que “lo que queremos conocer es esa moral tal como la entienden y aplican todos los pueblos civilizados” (p. 72). O sea, en base al principio metodológico que indica que tenemos que estudiar lo que existe antes de plantear lo que debe ser, el sociólogo está obligado a indagar cuál es la concepción de la moral que es aceptada por los distintos pueblos civilizados (nótese al pasar el tufillo a colonialismo que se desprende de algunos adjetivos empleados por Durkheim). Y esta concepción puede sintetizarse en la frase: “los actos prescritos por las leyes morales presentan todos el carácter común de perseguir fines impersonales” (p. 72)

Prosigamos. Si los actos del individuo guiados por sus fines personales no son morales, podemos calificarlos de amorales (en el sentido de que no pertenecen a las reglas incluidas en la moral de una sociedad determinada). La moral persigue fines impersonales. Pero fuera de los individuos no hay más que los grupos formados por la reunión de los individuos. El más extenso de esos grupos es precisamente la sociedad. [6] En otras palabras, la moral consiste en los actos impersonales dirigidos hacia la sociedad. Mejor dicho, “los fines morales son aquellos que tienen por objeto una sociedad. Obras moralmente es obrar en vista de un interés colectivo.” (p. 74)

La noción misma de interés colectivo resulta imposible de concebir si no se contempla la existencia de una entidad superior a los individuos (la sociedad). [7] La sociedad, esa totalidad de relaciones, acciones y representaciones, desarrolla intereses que no surgen naturalmente en las personas que la integran. Y esos intereses se expresan, entre otras cosas, en las normas morales.


¡Yo soy Espartaco!, o el individuo como ser social:

La crítica del individualismo va más allá del debate respecto a qué es la sociedad. La crítica apunta a la noción misma de individuo. El punto de partida de Durkheim es que el ser humano es un ser social:

“El ser humano se atiene tanto menos a sí mismo cuanto no se atiene más que a sí. ¿De dónde le viene esto? Es porque el ser humano constituye, en su mayor parte, un producto social. De la sociedad nos viene todo lo mejor de nosotros mismos, todas las formas superiores de nuestra actividad. El lenguaje es cosa social, y ocupa el primer lugar; la sociedad es la que lo ha elaborado y por la sociedad se transmite de generación en generación.” (p. 84)

Si esto es así, el ser humano sólo puede individualizarse en el marco de la sociedad. Los individuos aislados, si fuera posible que vivieran fuera de la sociedad, quedarían reducidos a las funciones orgánicas, encadenados a la satisfacción incesante de las necesidades más elementales. [8] En una sociedad moderna, donde la división del trabajo se ha extendido a niveles inimaginables en siglos anteriores, cada persona depende de las demás para satisfacer sus necesidades. Es precisamente esa extensión de la división del trabajo, de la interdependencia entre los individuos, la que genera la realidad y la ilusión de la autonomía del individuo. Realidad porque una división del trabajo extendida libera a las personas de pasar todo el tiempo trabajando para proveerse lo necesario para subsistir y abre un mundo de posibilidades para su desarrollo material y espiritual. Ilusión porque la economía mercantil hace que las personas se relacionen por medio del dinero y, por tanto, oscurece la percepción de la interdependencia entre los individuos. Quien posee dinero piensa que no necesita de los demás. La consecuencia de esta ilusión es el individualismo exacerbado.

Si se acepta que los seres humanos somos seres sociales, pierde consistencia el planteo que postula la existencia del antagonismo individuo-sociedad. Este planteo “está reforzado por viejos hábitos del espíritu que oponen la sociedad al individuo como dos términos contrarios y antagónicos, que no pueden desarrollarse el uno más que en detrimento del otro.” (p. 82). La antinomia individuo-sociedad se apoya, pues, en una concepción distorsionada de la relación social, que pone el acento en los extremos (el individuo por un lado, la sociedad por el otro), a punto tal que sostiene que son los extremos los que dan vida a la relación. Si se concibe de este modo a la relación, tiene sentido plantear la existencia de antagonismos irreductibles entre los extremos, sean cuales fueren estos (individuo-sociedad, individuo-Estado, patriotismo-cosmopolitismo, etc., etc.). Sin embargo, los antagonismos derivados de esa forma de pensar la relación no son otra cosa que abstracciones que oscurecen la comprensión de la relación real.

Durkheim propone un camino diferente. Individuo y sociedad constituyen una totalidad orgánica, en la que lo importante es la relación (en rigor, el conjunto de relaciones). El siguiente pasaje muestra con claridad la posición durkheimiana:

“Sin duda, lejos de existir entre ellos un antagonismo, lejos de que el individuo pueda adherirse a la sociedad sin abdicar total o parcialmente de su propia naturaleza, sólo a condición de adherir a ella es como el individuo realiza plenamente su naturaleza, es como llega a ser realmente él mismo.” (pp. 82-83).

La disolución del antagonismo individuo-sociedad disuelve las bases filosóficas del individualismo, pues el individuo no puede ser pensado por fuera de la sociedad o desarrollándose a espaldas de ésta. Para bien o para mal, el individuo está unido indisolublemente a la sociedad.

Un corolario de la argumentación anterior es la manera de concebir el conflicto. Para Durkheim se trata de conflicto social, no del choque entre el individuo y la sociedad. Un ejemplo de ello es el siguiente pasaje, que no tiene desperdicio:

“El individuo en sí mismo reducido a sus solas fuerzas es incapaz de modificar el estado social. No se puede actuar eficazmente sobre la sociedad más que agrupando las fuerzas individuales de manera que se opongan fuerzas colectivas contra fuerzas colectivas. Pero los males que procura curar o atenuar la caridad privada provienen generalmente de causas sociales. Abstracción hecha de casos particulares excepcionales, la naturaleza de la miseria, dentro de una sociedad determinada, proviene del estado de la vida económica y de las condiciones dentro de las cuales funciona, es decir, de su organización misma. Si existen hoy muchos vagabundos sociales, gentes fuera de toda vida social regular, es que hay dentro de nuestras sociedades europeas alguna cosa que impele a la vagancia. (...) Males tan manifiestamente sociales exigen que se les trate socialmente. Contra ellos nada puede el individuo aislado.” (pp. 98-99)

La argumentación de Durkheim refuta la idea, tan de moda en nuestros días, de que la posición de cada persona en la sociedad es el resultado de sus esfuerzos y sus méritos. Para que esos esfuerzos y esos méritos den resultados es necesario que existan determinadas condiciones materiales, sin las cuales el esfuerzo y el mérito giran en el vacío. Más todavía, cada sociedad forma en los individuos cierta idea del mérito y del esfuerzo. En definitiva, Durkheim aporta una visión realista, no utópica, de la relación individuo-sociedad.

El individualismo actual es cosa vieja. Sus fundamentos y su concepción de la sociedad fueron discutidos y refutados por las ciencias sociales hace ya mucho tiempo. Las razones de su elevación a verdadera moda también fueron analizadas hace más de un siglo. Nada hay de novedoso en él. Sin embargo, refutar teóricamente un argumento no implica refutarlo en la práctica. Con toda la importancia que tiene la discusión científica de los argumentos (viejos) del individualismo, no avanzamos un paso en su erradicación si la concepción correcta de la relación individuo-sociedad no se plasma en el sentido común de la sociedad. Parafraseando al viejo Marx, no alcanzan las armas de la crítica: hace falta la crítica de las armas. Pues en la medida en que la refutación del individualismo no se haga carne en lo cotidiano, se dará la paradoja de que lo viejo (el individualismo) se presente como lo nuevo.

 

Villa del Parque, jueves 18 de mayo de 2023


NOTAS:

[1] La obra fue publicada por primera vez en 1925. La edición estuvo a cargo del sociólogo francés Paul Fauconnet (1874-1938).

[2] Estas lecciones abarcan las pp. 61-110 de La educación moral.

[3] En el prólogo a la 2° edición de la obra se encuentra este pasaje: “Sí (...) esta síntesis sui generis que constituye toda sociedad da lugar a fenómenos nuevos, diferentes de aquellos que tienen lugar en las conciencias aisladas, no se puede por menos de reconocer que esos hechos específicos residen en la propia sociedad que los produce y no en sus partes, es decir, en sus miembros. Así pues, en ese sentido son exteriores a las conciencias individuales” (Durkheim, É., Las reglas del método sociológico, Barcelona, Altaya, 1998, p. 42).

[4] La noción de hecho social fue desarrollada por Durkheim en el capítulo 1 de Las reglas del método sociológico: “un orden de hechos que presentan caracteres muy particulares: consiste en modos de actuar, de pensar y de sentir, exteriores al individuo, y que están dotados de un poder de coerción en virtud del cual se imponen a él. Por consiguiente, no podrían confundirse con los fenómenos orgánicos, que consisten en representaciones y en acciones, ni tampoco con los fenómenos psíquicos, que no tienen existencia más que en la conciencia individual y por ella. Por consiguiente, constituyen una nueva clase y es a ellos, y sólo a ellos, a los que se debe dar el calificativo de sociales; éste es el calificativo adecuado, pues resulta claro que al no tener por substrato al individuo, no pueden tener otro que la sociedad, sea la sociedad política en su totalidad, sea alguno de los grupos parciales que encierra: confesiones religiosas, escuelas políticas y literarias, corporaciones profesionales, etc.” (Durkheim, É., Las reglas del método sociológico, Barcelona, Altaya, 1998, pp. 58-59)

[5] Durkheim sigue aquí la indicación metodológica propuesta por Maquiavelo en El Príncipe. Los fenómenos sociales, cualesquiera que sean, no pueden ser abordados desde el deber ser (nuestros deseos, nuestros ideales), sino que debemos estudiarlos tal como se presentan en la realidad. Maquiavelo lo expresa así: “mi intento es escribir cosas útiles a quienes las lean, y juzgo más conveniente irme derecho a la verdad efectiva de las cosas, que a cómo se las imagina; porque muchos han visto en su imaginación repúblicas y principados que jamás existieron en la realidad. Tanta es la distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que quien prefiere a lo que se hace lo que debería hacerse, más camina a su ruina que a su preservación” (Maquiavelo, El príncipe, Madrid, Universidad de Puerto Rico y Revista de Occidente, 1955, p. 342).

[6] “Las relaciones morales son relaciones entre conciencias. Pero por fuera y por encima del ser consciente que soy y por fuera y por encima de los seres conscientes que son los otros individuos humanos, no hay otra cosa que el ser consciente que es la sociedad. Y yo entiendo por esto todo lo que es el grupo humano, tanto la familia como la patria o como la humanidad en la medida, al menos, como se realiza. (...) me limito a plantear este principio, a saber, que el dominio de la moral comienza allí donde comienza el dominio social.” (p. 74)

[7] Adam Smith (1723-1790) era consciente de esta dificultad y desarrolló la idea de “la mano invisible” del mercado para solucionarla. Pero la solución smithiana consiste en un reconocimiento tácito de la existencia de fuerzas sociales que se encuentran por encima del individuo y que se realizan a través de las acciones individuales, independientemente de los fines perseguidos por los individuos al realizarlas.

[8] Thomas Hobbes (1588-1679), el primero de los autores contractualistas (quienes pensaban que existía un estado de naturaleza, previo a la vida en sociedad), describió en estos términos como sería la situación de las personas fuera de la sociedad: “todo aquello que es consustancial a un tiempo de guerra, durante el cual el hombre es enemigo de los demás, es natural también en el tiempo en que los hombres viven sin otra seguridad que la que la propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles. En una situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letra, ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta, y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve.” (Hobbes, Thomas, Leviatán, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1998, p. 103).


sábado, 29 de abril de 2023

DURKHEIM Y LA CRÍTICA DEL ECONOMICISMO

 


George Grosz, Escena callejera

Ariel Mayo (UNSAM / ISP Dr. Joaquín V. González)


“Cuando pienso en la vida que he llevado, en la desolación

de la soledad en que me he movido, en esa ciudad amurallada

que es el aislamiento de un capitán inasequible al encanto

de las verdes campiñas que contempla a su alrededor.”

Herman Melville, Moby Dick (1851)

 

Émile Durkheim (1858-1917) acostumbraba redactar sus clases. Gracias a ese hábito de perfeccionista, disponemos de un vasto material, compuesto por los borradores de los diferentes cursos dictados por el sociólogo francés a lo largo de su carrera académica. Entre esos materiales se encuentran las tres lecciones sobre moral profesional, publicadas por primera vez en la Revue de Métaphysique et de Morale, julio y octubre de 1937, pp. 527-544 y 714-738, con una presentación de Marcel Mauss (1872-1950).

Dichas lecciones forman parte del curso dictado por Durkheim en tres oportunidades durante la década de 1890 en la Universidad de Burdeos. El curso recibió sucesivamente los nombres de: 1) Física del Derecho y de las Costumbres; 2) Fisiología del Derecho y de las Costumbres; 3) Moral y Organización. La última redacción del curso fue efectuada de noviembre de 1898 a junio de 1900 y el texto resultante es que se publicó sin alteraciones en 1937.

Durkheim desarrolla en las lecciones una de las preocupaciones constantes de su pensamiento: la búsqueda de las causas del conflicto social en la sociedad capitalista de fines del siglo XIX.  Su análisis merece ser revisitado, en buena medida porque apunta a una cuestión central: la tendencia del capitalismo al individualismo y la fragmentación de la vida social (que va de la mano con el proceso de centralización del capital), y sus consecuencias políticas y sociales. Esta tendencia no es coyuntural sino estructural, algo que demuestra Durkheim en buena parte de su obra (por ejemplo, en La división del trabajo social), y no ha perdido vigencia en 2023. Durkheim, lejos de ser un fantasma del pasado, sigue caminando junto a nosotros.

Noticia para bibliófilos:

Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Federico Lorenc Valcarce: Durkheim, É. (2003). Lecciones de Sociología. Física de las costumbres y del derecho y otros escritos sobre el individualismo, los intelectuales y la democracia. Buenos Aires, Argentina: Miño y Dávila. Las tres lecciones se encuentran en pp. 65-103.


Como es habitual en él, Durkheim no pierde el tiempo y entra rápidamente en tema. La primera lección (pp. 65-76) es un verdadero cross a la mandíbula. Luego de definir el objeto de la física de las costumbres y el derecho [1], y de plantear cuáles son los dos problemas fundamentales de esta ciencia [2], se preocupa por establecer la existencia de diversas morales en la misma sociedad. [3] Todas estas cuestiones son, por decirlo así, una entrada en calor antes de pasar al tema principal.

El núcleo del texto es la crítica del economicismo o, dicho de otro modo, de las soluciones liberal y socialista a los problemas del capitalismo moderno. Estos problemas tienen origen en la tendencia del capital a fragmentar los grupos y producir individualismo. [4] Ahora bien, dicha fragmentación tiene sus costos. Desde la perspectiva durkheimiana, el más alto de esos costos consiste en la ausencia de una moral profesional, que regule las actividades de los grupos económicos (por ejemplo, de los empresarios y de los trabajadores). Esto es especialmente peligroso para la estabilidad del sistema social, puesto que la economía es la actividad principal en la sociedad moderna y, si es correcta la tesis durkheimiana, el desarrollo capitalista lleva a debilitar la regulación de esa actividad.

Durkheim desarrolla metódicamente su argumento. Para empezar:

“Una moral es siempre la obra de un grupo y no puede funcionar más que si este grupo la protege con su autoridad. Está compuesta por reglas que dirigen a los individuos, que los obligan a actuar de cierta manera, que imponen límites a sus inclinaciones y les impiden ir más allá. Ahora bien, sólo hay un poder moral - y, por consiguiente, superior al individuo- que puede imponerle legítimamente una ley: el poder colectivo. En la medida en que el individuo es abandonado a sí mismo, en la medida en que es eximido de toda obligación social, es liberado también de toda obligación moral. La moral profesional no podría sustraerse a esta condición de toda moral.” (p. 70)

Todo grupo necesita de una moral para funcionar adecuadamente, es decir, de un conjunto de normas que rigen los derechos y deberes de sus miembros (y que sirve, también, para justificar la jerarquía existente al interior del grupo). Pero la moral emana del grupo y no del individuo, pues este último, en el marco de una economía de mercado, pone su interés particular por sobre el interés colectivo. De modo que, si el grupo se debilita (por acción de esa misma economía de mercado), la moral pierde consistencia o, en el peor de los casos, desaparece. Sin moral, el grupo queda sumido en la lucha de todos contra todos [5]: “Es imposible que una función social exista sin disciplina moral. Porque, de otro modo, no hay más que apetitos individuales - que son naturalmente infinitos, insaciables - y, si nada los regula, no podrían regularse a sí mismos.” (p. 74; el resaltado es mío - AM -)

En este punto aparece una paradoja: el capitalismo, que produce la disolución del grupo, no puede permitir, sin embargo, que el grupo profesional se disgregue y que el conflicto escale, pues el capital demanda estabilidad. Sin moral profesional, la sociedad se tambalea, pues el individualismo da paso a la competencia y ésta se convierte en la lucha de todos contra todos. 

La inexistencia de moral profesional en los grupos económicos se encuentra en la base de la crisis del capitalismo. Durkheim lo expone así:

“De allí [de la ausencia de disciplina moral en los grupos profesionales] proviene, precisamente, la crisis que sufren las sociedades europeas. La vida económica ha adquirido, desde hace dos siglos, un desarrollo que no había tenido jamás; de función secundaria que era, despreciada, abandonada a las clases inferiores, ha pasado al primer lugar. Las funciones militares, administrativas y religiosas pierden terreno frente a ella. Sólo las funciones científicas están en condiciones de disputarle esta primacía, y aun la ciencia tiene prestigio frente a la sociedad en la medida en que puede servir a la práctica, es decir, en gran parte a las profesiones económicas. (...) Una forma de actividad que tiende a ocupar tal lugar en el conjunto de la sociedad no puede estar desprovista de toda reglamentación moral especial, sin que de ello resulte una verdadera anarquía. Las fuerzas que han sido desatadas ya no saben cuál es su desarrollo normal, dado que nada les indica donde deben detenerse. Se tropiezan unas a otras en movimientos discordantes, reduciéndose, rechazándose mutuamente. Sin dudas, los más fuertes logran destruir a los más débiles, o al menos, colocarlos en un estado de subordinación. Pero, como esta subordinación no es más que un estado de hecho que no está consagrado por ninguna moral, no es aceptada más que por obligación y hasta el día en que llegue una revancha siempre esperada. (...) De allí provienen los conflictos siempre renacientes entre los diferentes factores de la organización económica.” (pp. 74-75)

De modo que la principal actividad de las sociedades capitalistas, la vida económica, adquiere el carácter de “competencia anárquica”, con la consiguiente pulverización de los lazos sociales. Es cierto que Durkheim no ve la otra cara del desarrollo capitalista, la centralización del capital; sin embargo, percibe con agudeza las consecuencias disolventes de ese desarrollo para los grupos sociales.

El liberalismo económico (en el texto recibe la denominación de “economicismo”) propone una solución a la paradoja. Durkheim la sintetiza de la siguiente manera: “El economicismo sostiene que el juego de las fuerzas económicas se regularía a sí mismo y tendería automáticamente al equilibrio sin que fuera necesario ni posible someterlo a un poder moderador.” (pp. 73-74) Pero es precisamente el juego de las fuerzas económicas el que pone al grupo en respiración artificial; en otras palabras, el economicismo recomienda apagar el incendio arrojando al fuego más y más bidones de nafta.

Pero la crítica durkheimiana va más allá del liberalismo económico y alcanza también a los socialistas:

“El socialismo admite, al igual que el economicismo, que la vida económica está en condiciones de organizarse a sí misma, de funcionar regular y armónicamente sin que ninguna actividad moral se ocupe de ella, a condición de que el derecho de propiedad sea transformado, que las cosas dejen de estar monopolizadas por los individuos y las familias para ser puestas en manos de la sociedad. Hecho esto, el Estado sólo tendría que llevar una estadística exacta de las riquezas periódicamente producidas y distribuirlas entre los asociados según una fórmula preestablecida. “ (p. 74).

Liberales y socialistas tienen en común el economicismo, la concepción que sostiene que la economía se regula automáticamente, sin necesidad de una intervención externa. Pero, tal como se explicó más arriba, esto es imposible.

La teoría del automatismo de las leyes económicas parte del error de suponer que los fenómenos económicos existen y pueden analizarse por separado del resto de la organización social. Esta teoría se enlaza con el individualismo, pues ambas concepciones postulan la inexistencia de los condicionamientos sociales sobre los individuos y los fenómenos económicos.

La causa principal de la crisis consiste, según Durkheim, en la incapacidad de la economía de proveerse de un conjunto de reglas que la regulen: “El orden, la paz entre los hombres, no puede resultar automáticamente de causas completamente materiales, de un mecanismo ciego, por más sabio que sea. Es una obra moral.” (p. 75; el resaltado es mío - AM-).

Durkheim no se queda en la constatación de la impotencia de liberales y socialistas para resolver la crisis del capitalismo; viene a proponer un sueño: las corporaciones como remedio a la inexistencia de reglas morales en la vida económica. Este propuesta se desarrolla en las Lecciones 2° y 3° (pp. 77-103)

Aquí no tenemos espacio para desarrollar la solución durkheimiana, que será tratada en un texto futuro. Pero hay que enfatizar que el aporte más sustancial de las lecciones se encuentra en la crítica del economicismo, cuyo postulado fundamental (el de la crítica) es la afirmación de la incapacidad de la economía para regularse a sí misma. Si se acepta esta incapacidad, el homo oeconomicus no puede ser el fundamento de toda la vida social, pues el individuo carece de la facultad de autogenerar las normas que regulan las relaciones entre las personas.

En nuestra época, las invocaciones a la autorregulación del mercado y sus poderes mágicos para resolver los problemas económicos se hallan en boca de muchos políticos, periodistas y opinólogos. En medio de tanto ruido economicista es bueno tener presente otra perspectiva sobre la crisis, así más no sea para preservar la salud mental (la propia y la del prójimo). La soledad que menta el capitán Ahab no suele ser buena consejera.

 

Villa del Parque, sábado 29 de abril de 2023

 


Notas:

[1] “La física de las costumbres tiene por objeto el estudio de los hechos morales y jurídicos.” (p. 65)

[2] Los dos problemas fundamentales que debe resolver la física de la costumbre son: “1°) Cómo se han constituido históricamente estas reglas, es decir, cuáles son las causas que las han suscitado y los fines útiles que cumplen; 2°) La manera en que funcionan en la sociedad, es decir, el modo en que son aplicadas por los individuos.” (p. 65)

[3] Existen las reglas de moral universal, que “se aplican a todos los hombres indistintamente. Son las relativas al hombre en general, considerado en cada uno de nosotros” (p. 67). Estas reglas se dividen en dos grupos: a) la moral individual, que involucra las relaciones de cada uno consigo mismo; b) “las relaciones que conciernen con los otros hombres, haciendo abstracción de todo grupo particular” (p. 67). Pero entre ambos extremos existen deberes propios de grupos particulares (no abarcan a todas las personas). Entre ellos se encuentra la moral profesional, que abarca las reglas que rigen cada una de las actividades que realizan las personas en tanto productores, empleados, profesionales, funcionarios públicos, etc. Presenta una gran diversidad, pues abarca profesores, comerciantes, sacerdotes, soldados, etc. Ahora bien, “el rasgo distintivo de esta moral , el que la diferencia de las otras partes de la ética, es el desinterés con el que la considera la conciencia pública. No hay reglas morales cuya violación, al menos en general, sea vista con más indulgencia por la opinión. Las faltas que sólo conciernen a la profesión son objeto de una reprobación que pierde intensidad fuera del medio propiamente profesional. Son consideradas veniales. (...) Este carácter de la moral profesional se explica fácilmente. Esta moral no puede interesar vivamente a la conciencia común, precisamente porque está fuera de esta conciencia común. Precisamente porque impera sobre funciones que no todo el mundo cumple (...) He aquí por qué el sentimiento público es ofendido débilmente por este tipo de faltas. Sólo le atañen aquellas que por su gravedad son susceptibles de tener repercusiones generales.” (pp. 69-70)

[4] La relación entre capitalismo e individualismo fue descripta por Karl Marx (1818-1883) en un pasaje de la Introducción a los Grundrisse: “Solamente al llegar al siglo XVIII, con la ≪sociedad civil≫, las diferentes formas de conexión social aparecen ante el individuo como un simple medio para lograr sus fines privados, como una necesidad exterior. Pero la época que genera este punto de vista, esta idea del individuo aislado, es precisamente aquella en la cual las relaciones sociales (universales según este punto de vista) han llegado al más alto grado de desarrollo alcanzado hasta el presente. El hombre es, en el sentido más literal, no solamente un animal social, sino un animal que sólo puede individualizarse en la sociedad.” (Marx, K., Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, Buenos Aires, Siglo XXI, 1997, vol. 1, p. 4).

[5] Es casi inevitable recordar aquí la formulación del estado de naturaleza efectuada por Thomas Hobbes (1588-1679): “En esta guerra de todos contra todos, se da una consecuencia: que nada puede ser injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de lugar. Donde no hay un poder común, la ley no existe: donde no hay ley, no hay justicia. En la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales.  Justicia e injusticia no son facultades ni del cuerpo ni del espíritu. Si lo fueran, podrían darse en un hombre que estuviera solo en el mundo, lo mismo que se dan sus sensaciones y pasiones. Son, aquéllas, cualidades que se refieren al hombre en sociedad, no es estado solitario. Es natural también que en dicha condición no existan propiedad ni dominio, ni distinción entre tuyo y mío; sólo pertenece a cada uno lo que puede tomar, y sólo en tanto que puede conservarlo.” (Hobbes, Th., Leviatán, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1998, p. 104).