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lunes, 22 de febrero de 2016

LOS LÍMITES DE LA RESISTENCIA: KICILLOF Y SU DEFENSA DE PAGO DE GANANCIAS POR LOS TRABAJADORES

La política se aferra a las realidades y se burla de los deseos. Esta afirmación es tanto más fuerte cuando se pretende hacer política desde la clase trabajadora. El kirchnerismo perdió el gobierno, pero está lejos de desaparecer como fuerza política y corriente de opinión. Simplificando el argumento, el kirchnerismo expresa hoy, ante todo, a sectores de las clases medias urbanas que se vieron favorecidos por la política económica implementada en el período 2003-2015. Su “resistencia” se basa en condiciones materiales, no solamente en convicciones ideológicas. De ahí el error de muchos análisis formulados desde la izquierda, que sostienen que está liquidado o que es un fenómeno meramente residual. La crítica del kirchnerismo es una tarea fundamental en la construcción del socialismo revolucionario y forma parte de la lucha por ganar a las clases medias. Esa crítica debe ser paciente, teniendo en claro que los mismos planteos erróneos reaparecerán una y otra vez.
Axel Kicillof expresa la ideología de los sectores progresistas que se acercaron al kirchnerismo a partir de la crisis de 2008. Sus ideas expresan con precisión los límites del progresismo kirchnerista. Desde este punto de vista constituyen un material de enorme valor para la discusión de los supuestos de esta corriente político-ideológica.

El artículo de Kicillof “Otro capítulo de la estafa electoral”, publicado en la edición de PÁGINA/12 de domingo 21 de febrero, va dirigido contra las últimas medidas económicas del gobierno de Mauricio Macri. Tal como es habitual, Kicillof reprocha al macrismo no haber cumplido con sus promesas de campaña electoral, en este caso en lo referente al impuesto a las ganancias aplicado a los salarios. El argumento de Kicillof  contra el macrismo se reduce a lo expresado en la oración precedente: Macri no cumplió sus promesas. Pero Kicillof defiende también la posición del kirchnerismo frente a dicho impuesto. Esta es la parte más interesante del artículo:

“Nuestra posición es que el Impuesto a las Ganancias o, mejor dicho, a los altos ingresos, tiene una cualidad: es progresivo, es decir, pagan más los que más ganan. En efecto, de los aproximadamente 11 millones de trabajadores en relación de dependencia, sólo lo paga el 10 por ciento con salarios más altos. Justamente por eso, es otra verdadera estafa sostener que un cambio en Ganancias puede darse “a cambio” de reducir el porcentaje de aumento en las paritarias. Una reducción del Impuesto a las Ganancias mejora los ingresos sólo del 10 por ciento que más gana. Para el 90 por ciento de los trabajadores no cambia absolutamente nada. El porcentaje de las paritarias no tiene nada que ver con el Impuesto a las Ganancias para la gran mayoría de los trabajadores.

La idea de que los salarios son equiparables a las ganancias puede parecer extraña. Sin embargo, forma parte de la concepción económica del progresismo. Si se afirma que la relación entre Capital y Trabajo es natural y que el antagonismo entre ambos es secundario y/o pasajero, las clases sociales se desdibujan y los individuos ocupan el centro de la escena. Dicho de otro modo, si el horizonte intelectual es el capitalismo y no se concibe la posibilidad de otra forma de organización social, es lógico que se piense que lo verdaderamente importante son los individuos. En este marco, cobra una importancia singular la cuestión de los ingresos de éstos, pues va a ser la que determine la posición que ocupan las personas en la sociedad. El salario deja de ser la forma específica de ingreso de los trabajadores (entendidos como clase social desprovista de medios de producción en el capitalismo) y pasa a convertirse en una forma más de remuneración percibida por las personas. Desde este punto de vista, es perfectamente razonable que el salario sea gravado como ganancia, pues no se distingue del ingreso del capitalista. En última instancia, la diferencia entre los ingresos del empresario y del trabajador es meramente cuantitativa.

Ahora bien, ningunear la relación Capital – Trabajo en la teoría no significa que ésta pierda peso concreto. Todo lo contrario. Kicillof demuestra la verdad de esta afirmación en el pasaje citado. Allí dice sin despeinarse que el impuesto a las ganancias sólo es abonado por el 10 % de los trabajadores, quienes son los que poseen los ingresos más altos. O sea, luego de una “década ganada” (la kirchnerista) el 90 % de los trabajadores perciben salarios tan bajos que no alcanzan a ser “beneficiados” con el pago de Ganancias. Despreciar la importancia de la relación Capital – Trabajo se traduce aquí en un desprecio enorme por la miseria padecida por buena parte de la clase trabajadora. Otra vez, nada de que extrañarse. El progresismo a la Kicillof desemboca en un individualismo que nada tiene que envidiarle al liberalismo más crudo.

Pero el ex ministro no se conforma con presentar los fundamentos conceptuales del pago de Ganancias por los trabajadores. Va más allá y nos explica las razones de política económica que motivan dicho pago.

“En los 12 años de kirchnerismo, el Impuesto a las Ganancias formó parte de un esquema de crecimiento económico e inclusión social. Las mineras, las petroleras, los grandes exportadores de grano pagaban impuestos específicos –las retenciones–. En el caso de los alimentos, estas retenciones contribuían además a que los precios internos fueran más baratos. Los subsidios a la luz, el gas y el transporte reducían el costo de vida y constituían una parte importante de los ingresos indirectos. Y la inclusión avanzaba también a través de la AUH, la moratoria jubilatoria, el Ahora 12, el Progresar, el crédito barato para las pymes, y tantas otras medidas. En ese marco se cobraba Impuesto a las Ganancias al 10 por ciento de los trabajadores de mayores salarios.”

Kicillof nos pide que aceptemos la afirmación de que las retenciones tenían bajo el kirchnerismo la misma importancia para las empresas mineras, las petroleras o los exportadores de granos, que la que tiene el pago de Ganancias para los trabajadores. Una de dos: o bien el ex ministro ha perdido en su ascenso político todo principio de realidad, o bien se trata sencillamente de una muestra de cinismo. En Argentina, el período 2011-2015 fue de estancamiento económico y alta inflación. Los trabajadores argentinos se caracterizan por la gran heterogeneidad de sus condiciones materiales. Así, mientras que algunos sindicatos pueden presionar eficazmente para obtener mejores salarios y condiciones laborales, constituyendo una especie de “aristocracia obrera”, buena parte de la clase carece de esa capacidad. Un tercio de los trabajadores están “en negro”, es decir, carecen de derechos laborales y sus salarios son sensiblemente inferiores a los de los trabajadores “en blanco”. Sólo alguien que ha perdido toda noción de las condiciones de vida de los trabajadores puede igualar el pago de Ganancias con las retenciones que pagaban, por ejemplo, las empresas que explotan la megaminería.

El secreto del pago de Ganancias por los trabajadores es de índole fiscal. El Estado argentino, incapaz de cobrar, por ejemplo, un impuesto a las transacciones financieras, necesita de los recursos provistos por los trabajadores de mayores ingresos. Las clases sociales, ninguneadas por el ex ministro, vuelven a aparecer en todo su esplendor cuando de política económica se trata. La clase obrera paga así los subsidios con los que las empresas privatizadas por el menemismo nutren sus ganancias. Todo ello sin invertir un solo peso, como puede comprobar cualquier sufrido usuario del servicio eléctrico.

La resistencia al macrismo, tal como la concibe Kicillof, no contiene ningún elemento progresivo. Si se analizan tanto sus premisas teóricas como sus recomendaciones de política económica, salta en todo momento el viejo individualismo, que ha sido adoptado como norma de vida por muchos de los integrantes de las clases medias que nutren al kirchnerismo en estos tiempos. Este individualismo se nutre, a su vez, en las condiciones de vida que se han desarrollado a partir de las derrotas de la clase obrera en 1976 y 1989, las que trajeron como consecuencia una expansión nunca vista de las relaciones mercantiles en la sociedad argentina. Criticar el individualismo de las clases medias significa criticar las bases materiales de esas condiciones de vida. Y esa crítica no puede ser sólo ideológica.



Villa del Parque, lunes 22 de febrero de 2016

lunes, 8 de febrero de 2016

MARX Y EL RECHAZO DE LOS MODELOS: EL CASO DE RUSIA

“Esto es hacerme demasiado honor y, al mismo tiempo, demasiado escarnio.”
Marx, sobre la pretensión de Mijailovki de convertir al marxismo en una filosofía de la historia.




Los partidos de la izquierda revolucionaria suelen adherir a una visión mecánica del proceso histórico. Dicho de otro modo, estas organizaciones consideran que existe un modelo de partido (el bolchevique) y un modelo de acción política (ya sea el etapismo o el Programa de Transición) que deben ser seguidos pase lo que pase, pues sólo ellos garantizan el éxito. En este artículo no discutiré los resultados de esta práctica política, sino que me limitaré a esbozar la concepción de Karl Marx (1818-1883) acerca de los modelos en la historia y, más en general, sobre la validez misma de una teoría suprahistórica. Para ello emplearé el caso de Rusia y su importancia en la reflexión marxista.

En la década de 1870 Marx dedicó una parte importante de su esfuerzo intelectual al estudio de la situación de Rusia. Hubo dos motivos que lo llevaron a emprender dicha tarea: la preocupación por concluir la redacción del Libro Tercero de El Capital y el ascenso del movimiento revolucionario en Rusia. Ambas cuestiones se hallaban enlazadas íntimamente. En 1861 los campesinos fueron liberados de la servidumbre feudal; esta medida puso en marcha un proceso de disgregación de las viejas relaciones sociales en el campo y aceleró el desarrollo del capitalismo en Rusia. La combinación de autocracia zarista, pervivencia de las relaciones feudales e implantación del capitalismo, generó un fuerte descontento social, cuya expresión fue el surgimiento de diversas agrupaciones revolucionarias.

La situación de Rusia representó un desafío para Marx. La disgregación de la comunidad rural (mir) por acción de las relaciones mercantiles derivó en un proceso de desarrollo capitalista diferente al experimentado por Inglaterra, el caso estudiado en El Capital (1867). Esto llevó a Marx a revisar su concepción acerca del surgimiento y expansión del capitalismo, teniendo en vista el análisis de la propiedad agraria realizado en el Libro III de la obra mencionada. Pero Rusia representaba un desafío mayor, pues allí el grueso de la población trabajadora estaba constituido por campesinos, no por obreros en el sentido occidental. Si bien se produjo un despertar del proletariado en los años 70 del siglo XIX, el eje del conflicto social se situaba en el campo. Una parte significativa de la intelectualidad rusa adhería a las ideas populistas y pensaba que el campesinado era la fuerza que llevaría adelante la revolución en Rusia. Otros intelectuales, más afines al socialismo occidental, sostenían que el único camino posible para la revolución rusa era el desarrollo del capitalismo y la expansión del proletariado; descartaban así al campesinado como el motor del movimiento revolucionario.

Marx hizo frente al desafío precisando su concepción del desarrollo histórico. Frente a quienes postulaban una teoría lineal y evolutiva de la historia, calcada de la experiencia inglesa, opuso una teoría más compleja, cuya tesis central es el reconocimiento de la existencia de múltiples vías de desarrollo. Estructura económica y lucha de clases se funden en una totalidad que pulveriza los enfoques mecánicos.

En la “Carta a la Redacción de «Otiéchestviennie Zapiski»” (1877) (1) (2) expone con claridad sus conclusiones sobre el caso ruso. Marx responde en ella al artículo del sociólogo populista N. K. Mijailovski (1842-1904), “Karl Marx juzgado por Y. Zhuboski” (OZ, núm. 10, 1877).

Mijailovki da por supuesto que Marx rechaza la tesis de que Rusia puede seguir una vía de desarrollo diferente a la de Europa occidental. Marx rechaza de manera tajante la pretensión del sociólogo ruso:

“Pero como a mí no me gusta dejar que nadie «adivine» lo que pienso, voy a expresarme sin rodeos. Para poder enjuiciar con conocimiento propio las bases del desarrollo de Rusia, he aprendido el ruso y estudiado durante muchos años memorias oficiales y otras publicaciones referentes a esta materia. Y he llegado al resultado siguiente: si Rusia sigue marchando por el camino que viene recorriendo desde 1861, desperdiciará la más hermosa ocasión que la historia ha ofrecido jamás a un pueblo para esquivar todas las fatales vicisitudes del régimen capitalista.” (p. 63).

Queda claro que no existe una única vía de desarrollo histórico, pues en el texto se explicita que Rusia podía seguir un camino no capitlaista. Dicho en otros términos, Marx rechaza la existencia de una única línea de desarrollo, idéntica para todos los casos. Para evitar malentendidos, precisa los alcances del famoso capítulo 24 del Libro Primero de El Capital:

“El capítulo de mi libro que versa sobre la acumulación originaria se propone señalar simplemente el camino por el que en la Europa occidental nació el régimen económico capitalista del seno del régimen económico feudal.” (p. 63).

El alcance del capítulo 24, más allá de la concepción general de que el capitalismo requiere la expropiación de los campesinos y la concentración de la propiedad de los medios de producción en manos privadas, se encuentra circunscripto a Europa occidental (sería más preciso hablar exclusivamente de Inglaterra). No puede aplicarse mecánicamente a otros países.

“Ahora bien, ¿cuál es la aplicación que mi crítico puede hacer a Rusia de este bosquejo histórico? Solamente ésta: si Rusia aspira a convertirse en un país capitalista calcado sobre el patrón de los países de la Europa occidental – y durante los últimos años, hay que reconocer que se han infligido no pocos daños en este sentido -, no lo logrará sin antes convertir en proletarios a una gran parte de sus campesinos; y una vez que entre en el seno del régimen capitalista, tendrá que someterse a las leyes inexorables, como otro pueblo cualquiera. Esto es todo.” (p. 64).

Mijailovski interpreta de modo diferente el argumento del capítulo 24, convirtiéndolo en
“una teoría filosófico-histórica sobre la trayectoria general a que se hallan sometidos fatalmente todos los pueblos, cualesquiera que sean las circunstancias históricas que en ellos concurran”. (p. 64).

Ahora bien, esta forma de pensar la cuestión es radicalmente diferente a la desarrollada por Marx. En la Carta que estamos comentando, Marx se limita a mostrar, a través de una breve exposición de la suerte de los plebeyos en Roma, cómo dos situaciones semejantes pueden dar origen a desarrollos completamente diferentes.

“Los proletarios romanos no se convirtieron en obreros asalariados, sino en una plebe ociosa cuyo nivel de vida era más bajo aún que el de los «blancos pobres» de los Estados Unidos (…) He aquí, pues, dos clases de acontecimientos que, aun presentando palmaria analogía, se desarrollan en diferentes medios históricos y conducen, por tanto, a resultados completamente distintos.” (p. 65).

Aquí lo central es la referencia a los “diferentes medios históricos”. Con esa expresión se refiere a una combinación de factores, siendo uno de los más importantes la lucha de clases. Las clases en conflicto poseen distinto nivel de organización, una experiencia diferente, dirigentes y cuadros con niveles disímiles de conciencia y de habilidad política, etc. Más allá de que los límites de la lucha se hallan condicionados por factores objetivos (el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas), el margen de variación es sumamente amplio. De ahí que sea imposible fijar un esquema lineal de desarrollo histórico. Por ende, Marx rechaza caracterizar a su concepción de la sociedad como una “filosofía de la historia” y elige el camino del estudio de cada caso concreto:

“Estudiando cada uno de estos procesos históricos por separado y comparándolos luego entre sí, encontraremos fácilmente la clave para explicar estos fenómenos, resultado que jamás lograríamos, en cambio, con la clave universal de una teoría general de la filosofía de la historia, cuya mayor ventaja reside precisamente en el hecho de ser una teoría suprahistórica.” (p. 65).

El rechazo hacia la filosofía de la historia no es simplemente una cuestión teórica. Es también una opción política. Defender una concepción lineal y mecánica del desarrollo histórico equivale a postular modelos universales de acción política. Hacer esto limita a la clase trabajadora en su tarea de construir hegemonía para enfrentar a la burguesía. No estamos haciendo una inferencia arbitraria. En el caso que nos ocupa, aceptar la tesis de un modelo único de desarrollo histórico suponía dejar de lado la cuestión del campesinado, limitándose a la organización de la clase obrera moderna, única clase capaz, según ese modelo, de enfrentar con éxito al capitalismo.

El marxismo entendido como teoría revolucionaria obliga a dejar de lado los esquemas y los lugares comunes, para dedicarse en cambio al análisis de las realidades concretas, que siempre están constituidas por “múltiples determinaciones”.


Villa del Parque, lunes 8 de febrero de 2016

NOTAS:

Para la redacción de este artículo utilicé la traducción española de Félix Blanco, incluida en: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1980). Escritos sobre Rusia: II. El porvenir de la comuna rural rusa. México D. F.: Ediciones Pasado y Presente. (pp. 62-65).

(1)  Esta carta circuló durante mucho tiempo en copias manuscritas del original francés, siendo publicada luego en ruso, en 1886, en VÉSTNIK NARODNOI VOLI (El mensajero de la Voluntad del Pueblo) en Ginebra, y después en Rusia misma por la revista YURIDÍCHESKI VÉSTNIK (El mensajero jurídico). La reprodujo la revista francesa LE MOUVEMENT SOCIALISTE, en mayo de 1902 y fue incorporada como apéndice a la traducción al francés del libro de Danielson. (1902). Histoire du dévelopement économique de la Rusia. Paris: Giard et Brière. (pp. 507-509).


(2)  Otiéchestviennie Zapiski [Anales de la Patria]: Revista político-literaria, se publicó inicialmente en San Petersburgo, desde 1820; a partir de 1839 era una de las mejores publicaciones progresistas de la época. Sometida a continuas persecuciones por parte de la censura, la revista fue clausurada en 1884 por el gobierno zarista. [Información tomada de la edición mencionada, pág. 62].

martes, 2 de febrero de 2016

CAPITALISMO Y POPULISMO SEGÚN EL MACRISMO

El ascenso de Mauricio Macri a la presidencia de la República Argentina constituye un fenómeno significativo en la historia política de nuestro país. Dejando de lado otras consideraciones, hay que insistir en un hecho fundamental: es la primera vez que un partido político abiertamente burgués llega al poder por vía de elecciones, sin recurrir a golpes de Estado y sin las mediaciones del radicalismo y del peronismo. El macrismo es consciente de ello y sabe que se encuentra frente a una oportunidad histórica, la de consolidar una hegemonía burguesa que no dependa del peronismo para su estabilidad. El tiempo dirá si el PRO se encuentra a la altura de las circunstancias. En este artículo nos interesa revisar algunos de los supuestos ideológicos en los que se basa el macrismo. Para ello recurrimos a la discusión del editorial “Capitalismo en serio”, publicado en LA NACIÓN del 31 de enero pasado. La elección de la fuente no es casual. Desde su fundación, LA NACIÓN ha sido el vocero de los intelectuales orgánicos de la burguesía argentina.

El núcleo del editorial es la crítica del “populismo”, término elegido para no tener que mencionar explícitamente al peronismo. La elección no es caprichosa. La palabra “populismo” ha sido utilizada de tantos modos diferentes que ha terminado por no significar nada preciso. De ese modo, permite denigrar una posición política-ideológica (en este caso el peronismo) sin tomarse el trabajo de examinarla a fondo.

El argumento desplegado en el editorial es sencillo. El “populismo” gobernó Argentina desde 1943. El autor pasa por alto que durante ese período hubo un golpe militar (1955) que inauguró una proscripción de 18 años para el peronismo, que durante ese período tan dilatado la burguesía gobernó muchas veces por medio de dictaduras militares, etc., etc. Cuando se trata de construir la mitología de una nueva fuerza política se dejan de lado las “minucias” de la historia. El “populismo” gobernó dejando de lado la iniciativa privada y concentrándose en la acción estatal. De este modo, la inversión languideció y la Argentina se encontró una y otra vez al borde del precipicio. El macrismo viene a rescatar al país de su crisis secular, restableciendo la normalidad burguesa mediante el sencillo acto de poner al “capital” en el centro de la economía.

En este punto llegamos a la parte más interesante del editorial, pues da cuenta de uno de los caballitos de batalla de la ideología macrista: la concepción del capital. La forma de abordar la cuestión es característica por su desparpajo y da cuenta de una burguesía que se siente libre de amenazas. Así, el autor del editorial recurre a una cita de Marx y Engels para justificar la concepción macrista del capital: “Dice el Manifiesto Comunista (1848): «En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas». Y se pregunta: « ¿Quién en los pasados siglos pudo sospechar siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?».

Así como el autor tergiversa descaradamente la historia argentina, también hace un descalabro con la teoría marxista. Marx y Engels conciben al capital como una relación social que se establece entre la burguesía y la clase trabajadora. En dicha relación, la burguesía utiliza su propiedad privada de los medios de producción para apropiarse del producto del trabajo de la clase obrera. En términos marxistas, esto se llama explotación y permite comprender cómo todo desarrollo bajo el capitalismo tiene un carácter contradictorio. En otras palabras, cuánto más riqueza genera el trabajador, más se enriquece la burguesía y más se empobrece en términos relativos la clase obrera. Son claras las razones por las que el autor del editorial tiene que ignorar prolijamente esta cuestión.

El “populismo” dejó de lado la formación de capital interno en pos de fortalecer el rol del Estado: “Pero sin capital, el trabajo humano se malversa y la dignidad humana se degrada. En los países donde no hay inversiones, los trabajadores son explotados con salarios de subsistencia. A la inversa, cuando hay inversiones, la mano de obra se encarece y el trabajo se dignifica. Hay explotación cuando se combate el capital y no a la inversa.” No hay que escandalizarse por la manera descarada en que el autor deforma la teoría marxista. Son las reglas de una clase que detenta el poder, está interesada en conservarlo y sabe que el marxismo siempre constituye una amenaza, así sea a nivel teórico.

De lo expuesto en el párrafo anterior se desprende que los problemas de la Argentina se resuelven fomentando la inversión de capital. El procedimiento ideológico es sencillo y merece ser explicado dada su importancia política: la burguesía argentina viene de cuatro años de estancamiento económico, que reduce sus ganancias. De ahí que requiera un aumento de la inversión para poner en marcha nuevamente el crecimiento económico. Para incentivar la inversión es preciso generar condiciones favorables (por ejemplo, reducir los salarios y de ese modo aumentar las perspectivas de ganancia para los inversores). Ahora bien, todo esto es el interés particular de la clase capitalista. Construir hegemonía implica, entre otras cosas, presentar ese interés particular como el interés general de toda la sociedad. Al intentar mostrar que el capital no implica la explotación de los trabajadores, el autor del editorial está construyendo la hegemonía burguesa.

La refutación del argumento del editorial no basta para echar por tierra la construcción ideológica del macrismo. Es propio del idealismo pensar que las ideas (y sus refutaciones) hacen la historia. Pero las concepciones ideológicas corren detrás de la historia concreta (no teórica). El macrismo sólo podrá ser refutado en el terreno práctico. Y allí está todo por hacer.



Villa del Parque, martes 2 de febrero de 2016

viernes, 29 de enero de 2016

“RESISTIENDO CON AGUANTE”...Y PEGÁNDOLE A LA IZQUIERDA: LOS LÍMITES DEL PROGRESISMO LATINOAMERICANO

Emir Sader, influyente intelectual brasileño, publica un artículo en la edición del 29 de enero del matutino porteño PÁGINA/12 en el que proclama el fracaso de la “ultraizquierda” en América Latina. La pretensión del autor es desmesurada, habida cuenta la vaguedad de su texto y su escasa extensión. Sin embargo, es preciso someterlo a discusión debido a que Sader presenta algunas de las tesis centrales del “progresismo” latinoamericano.

El “progresista”, más allá de diferencias menores derivadas de la situación política concreta de cada país, parte del supuesto de que el límite de toda acción política es el capitalismo. Nadie puede “sacar los pies del plato” de esta forma de organización social. En esto se diferencia del “reformista” en sentido clásico, quien pensaba que era posible reformar al capitalismo (ya sea a través de elecciones o por medio de la acción sindical) para llegar al socialismo. El progresista no toma en serio la posibilidad de otra forma de sociedad. Considera que es factible modificar tal o cual cuestión (por ejemplo, ampliar los derechos de las minorías sexuales, poner coto a la acción de los monopolios en los medios de comunicación, etc.), pero jamás se le pasa por la cabeza cuestionar al sistema capitalista.

No se trata de una mera opción ideológica. Es imposible comprender el auge del progresismo latinoamericano en la primera década del siglo XXI si no se tiene en cuenta el desarrollo de las clases medias. En este sentido, las raíces materiales del progresismo se encuentran en el “neoliberalismo” de los ´90, que permitió la expansión de dichas clases medias y las acostumbró a un modo de vida centrado en el individualismo. Es por esto que el progresista promedio manifiesta una profunda aversión hacia el movimiento obrero y tiende a buscar el enriquecimiento personal sin demasiados escrúpulos.

Como indicamos, Sader presenta en su artículo varios de los temas centrales del progresismo.

En primer lugar, el progresismo se atribuye a sí mismo el lugar de la izquierda en las sociedades latinoamericanas. El uso del término “izquierda” es significativo en sí mismo, pues no implica ninguna definición sustantiva, más allá de su carácter relacional (se está a la izquierda de la derecha). Hablar de izquierda y no de socialismo, por ejemplo, resulta útil pues permite dejar de lado cuestiones espinosas como la propiedad privada de los medios de producción, la lucha de clases, el carácter de clase del Estado, etc. De este modo, Sader borra del mapa el antagonismo entre capital y trabajo, central en el pensamiento socialista, y lo reemplaza por la confrontación entre “neoliberalismo” y la “izquierda realmente existente” (Evo, Lula, Correa, Cristina Kirchner).

En segundo lugar, y puesto que la disputa política en América Latina se da entre dicha “izquierda” y la “restauración conservadora”, todo cuestionamiento al capitalismo queda confinado al rubro de “ultraizquierda”. Como en el caso de la palabra “izquierda”, el uso del término “ultraizquierda” constituye en sí mismo una operación política-ideológica. La “ultra” es definida por su posición respecto a la “izquierda realmente existente” y es caracterizada como un pensamiento dogmático, alejado de la realidad, incapaz de influir sobre ésta y reducido al lugar de la crítica constante e ineficaz. Esta operación (por cierto, casi tan vieja como el mundo) le permite a Sader evitar cualquier referencia a temas espinosos, tales como la propiedad privada de los medios de producción, la lucha de clases, el carácter clasista del Estado, etc. Como no puede modificar la realidad, el “progresista” hace del lenguaje su campo de batalla.

En tercer lugar, luego de haber sacado del escenario a la “ultraizquierda”, Sader puede cantar los logros de los gobiernos de “izquierda”. Así, habla vagamente de “extraordinarias transformaciones sociales”. Sin embargo, y a la hora de los bifes, sólo atina a mencionar “el fortalecimiento y expansión de los procesos de integración regional, del Mercosur a la Celac, pasando por Unasur, de forma independiente respecto a Estados Unidos.” No es necesario decir que ninguno de dichos logros modificó la relación entre capital y trabajo, base del orden social en América Latina. Pero al progresista esto no le importa, porque su condición social lo ubica lejos de los problemas cotidianos de los trabajadores. Por el contrario, las transformaciones emprendidas por la burguesía latinoamericana luego de la crisis del neoliberalismo permitieron adaptar la acumulación de capital a condiciones internacionales de alza de los precios de las materias primas y de los commodities.

Por último, Sader plantea la relación entre “neoliberalismo”, “izquierda” y “ultraizquierda” en términos exclusivamente ideológicos. En este sentido, el artículo resulta más interesante por lo que omite que por lo que dice. Su lectura muestra una vez más el progresismo latinoamericano acepta sin chistar las reglas de juego del capitalismo y que ha renunciado a todo intento de explicar las contradicciones sociales a partir del examen del proceso de producción y de las relaciones entre las clases.



Villa del Parque, viernes 29 de enero de 2016

martes, 8 de diciembre de 2015

TRIACA: AJUSTE Y SINDICALISMO

El sainete sobre el traspaso del mando entre Cristina Fernández y Mauricio Macri ocupó la atención de los medios de comunicación en los últimos días. La desmesurada banalidad de la cuestión da cuenta tanto de la función social de dichos medios y como de la clase social a la que sirven. Sin embargo, si se pone atención en medio del océano de tonterías, es posible encontrar declaraciones significativas acerca del contenido del ajuste económico impulsado por el macrismo.

Jorge Triaca es el ministro de Trabajo del gabinete que acompañará a Mauricio Macri a partir del 10 de diciembre. No es preciso hacer mención a su “prontuario”, pues éste ha sido difundido en varias oportunidades por los medios alternativos. Triaca ocupará un lugar importante en el esquema de gobierno del macrismo, pues tendrá a su cargo la negociación con los sindicatos, vital para evitar que el conflicto social se desborde y complique la marcha del ajuste. Triaca es consciente de su tarea, tal como aparece expuesto en una entrevista brindada al canal de noticias TN y reproducida por el diario LA NACIÓN (Viernes 4/12/2015). El reportaje fue realizado luego de la reunión entre el presidente electo (Macri), y el titular de la CGT Azopardo (Hugo Moyano).

Triaca expresa con claridad cuál es el núcleo del diagnóstico del macrismo acerca de las causas del estancamiento de la economía argentina: “Vemos una economía a la que le falta un flujo de inversiones y creemos que hace falta credibilidad y confianza para conseguirlo.” En otros términos, el ajuste no es otra cosa que la puesta en marcha de un nuevo ciclo de acumulación de capital a partir de un incremento de la inversión de los empresarios. ¿A qué se refiere con “credibilidad y confianza”? A que los capitalistas tengan “confianza” en que el gobierno será implacable en la ofensiva contra los trabajadores, dirigida a reducir los salarios y a generar condiciones (sobre todo la expectativa de mayores ganancias) que hagan atractivo invertir en nuevos negocios.

En este marco, el macrismo precisa de sindicatos plenamente integrados al proyecto del capital. De ahí el énfasis de Triaca en la unidad del sindicalismo: "Nosotros necesitamos acordar para que todos los elementos donde haya conflicto se canalicen a través de las instituciones, por eso necesitamos que esas instituciones [en referencia a una CGT unificada] tengan fortaleza.” No es casual que el pasaje que acabamos de indicar esté inmediatamente antes de la referencia a las inversiones mencionada en el párrafo anterior. La “confianza” requiere como condición necesaria que el ataque a los ingresos de los trabajadores no se vea perturbado por la resistencia de éstos. La existencia de un movimiento obrero fragmentado crea un caldo de cultivo para la acción de la militancia de base, sobre todo la vinculada a los partidos de izquierda, pues debilita la capacidad de control de la burocracia sindical. El macrismo apuesta a la unidad de la CGT porque sabe que nada malo puede esperar de los jerarcas sindicales, pues tradicionalmente han operado como un aparato de dominación estatal. ¿Qué el pago de sus servicios suele ser muchas veces desproporcionadamente elevado? Por supuesto que sí, y Triaca sabe esto por experiencia familiar (Triaca padre amasó una fortuna como dirigente del sindicato de los trabajadores de la industria del plástico). Pero esto se compensa con los servicios que prestan al capital.

La burocracia sindical, de la que Hugo Moyano es el exponente más importante en esta época, tiene dos objetivos que orientan su acción: conservar el control de los sindicatos (fuente de su poder político) y asegurar el funcionamiento normal de la economía capitalista. Por eso Triaca puede decir: “Hay un proceso de unidad en el sindicalismo de Moyano y nuestra visión. Coincidimos con Moyano en que hace falta previsibilidad en la economía". Si se tiene en cuenta que más de un tercio de los trabajadores en actividad son “no registrados”, es decir, sus empleadores no pagan por ellos contribuciones a la seguridad social y al sistema previsional, y que el 50 % de los trabajadores ocupados gana menos de 6000 pesos mensuales, es posible entender a qué se refiere en qué consiste la mentada “previsibilidad de la economía”: la aceptación por parte del movimiento obrero del deterioro en sus condiciones de vida. Esa es la función primordial que el macrismo asigna al sindicalismo en la etapa que se inicia.

El instrumento político para concretar la alianza entre el nuevo gobierno y los sindicatos es el “pacto social”: “Vamos a convocar a un acuerdo social en el cual creemos que todos los sectores deben estar representados. Es una condición necesaria el pacto social para salir adelante, es parte del proceso de reconstrucción.” Por supuesto, la militancia clasista quedará excluida de dicho pacto.

Triaca culmina la entrevista volviendo otra vez sobre el tema principal, la búsqueda de nuevas inversiones. Sostiene que por medio de ella podrá combatirse al trabajo en negro, cuya extensión es mayor de lo que indican las estadísticas oficiales. Traducido a un lenguaje más llano: el macrismo procurará pagar con un aumento del empleo (generado por las nuevas inversiones) el apoyo de los sindicatos a la tarea de contención de las posibles resistencias obreras al ajuste.

Por último, la claridad con que Triaca expone su política es signo de la confianza que tiene la burguesía argentina en poder llevar adelante el ajuste. En este sentido, el PRO expresa la conciencia de que el período iniciado en 2001 se encuentra terminado y que es posible avanzar a fondo en la ofensiva contra los trabajadores.


Villa del Parque, martes 8 de diciembre de 2015

miércoles, 2 de diciembre de 2015

LA POLÍTICA DETRÁS DE LA TÉCNICA: EL GABINETE DE MAURICIO MACRI

El anuncio de la composición del gabinete ministerial del presidente electo Mauricio Macri desató una ola de entusiasmo entre los intelectuales orgánicos de la burguesía argentina. Periodistas, profesores y presentadores de televisión elogiaron la “capacidad técnica” de los futuros funcionarios. Por supuesto que estos elogios tienen mucho de interesados y poco de interesantes, pero así son las reglas de juego en una sociedad mercantil. Todo se compra y se vende; por ende, las opiniones de nuestros intelectuales se rigen por las leyes de la oferta y le a demanda, tal como sucede con cualquier hijo de vecino. Sin embargo, y a pesar de la tosquedad y el mal gusto en la confección, los productos vendidos en el mercado presentan algún interés. No se trata de los productos mismos, sino de su objetivo.
El gobierno de Mauricio Macri gira en torno a la concreción de una tarea primordial: lanzar un nuevo ciclo de acumulación de capital, superando el estancamiento de los últimos cuatro años mediante una recuperación de la inversión y de la tasa de ganancia. Este, y no otro, es el contenido del “ajuste”. Para llevar a su propósito, el macrismo está obligado a lanzar una ofensiva sobre el movimiento obrero, para lograr que éste acepte una reducción de salarios y el empeoramiento de las condiciones laborales. El núcleo del Plan Macri es una ofensiva directa contra los ingresos de los asalariados (la terapia de “shock”), para de ese modo generar “confianza” entre los inversores (los capitalistas) y así lograr que inviertan, dadas las perspectivas de mayores ganancias.

Es evidente que el macrismo no puede decir la verdad respecto al ajuste. La burguesía suele tener claro que en materia de negocios cuentan los resultados y no la pureza de los principios. El macrismo, primera fuerza política declaradamente de derecha en acceder al poder en Argentina por la vía electoral, se encuentra obligado a combinar la defensa de la valorización del capital con la construcción de una hegemonía que haga su proyecto político tenga continuidad en el tiempo. Es muy pronto para examinar cuáles son los medios que utilizará para dicha construcción, pero estamos en condiciones de analizar los primeros pasos de la misma a través de la línea política esbozada por los intelectuales orgánicos más lúcidos de la burguesía argentina, entre los que se destaca Carlos Pagni, editorialista político del diario LA NACIÓN.

Pagni dedicó un par de artículos al tema de la composición del gabinete ministerial del macrismo (“Un perfil gerencial y un plan político”, 26/11/2015; “Seis cambios que auguran un nuevo orden político”, 30/11/2015). En ellos desarrolla dos ideas principales. En primer lugar, sostiene que la irrupción del macrismo marca el cierre definitivo de la etapa iniciada con la caída del gobierno de De La Rúa en 2001. En segundo lugar y acorde con el inicio de esta nueva etapa histórica, Macri viene a inaugurar una nueva forma de gestión de los asuntos públicos, basada en el saber gerencial. Para Pagni, la gran cantidad de funcionarios provenientes del ámbito empresarial imprimirá la impronta de la “cultura gerencial” al funcionamiento del aparato estatal, volviéndolo más eficiente. Subyace la idea de que Macri elaboró su gabinete con el criterio de que estén los “mejores”, es decir, los “técnicos”.

“En la selección de los ministros y funcionarios sobresale un rasgo: el profesionalismo, entendido como capacidad gerencial. Ese criterio no debe sorprender en alguien que, como Macri, se formó en una empresa.” (LN, 26/11/2015).

Al seleccionar a estos gerentes generales Macri se propone infundir en su gobierno los criterios de eficiencia, innovación y marketing que dominan la racionalidad empresarial. Para comprender sus movimientos será más útil consultar en las escuelas de negocios que en las de ciencias políticas.” (LN, 30/11/2015).

Pagni, habitualmente lúcido en sus análisis, se ve obligado aquí a forzar las cosas.  Hace falta mucha ingenuidad para pensar que Sergio Bergman es especialista en temas de Medio Ambiente;  mucho candor para imaginar que Patricia Bullrich conoce los temas de Seguridad como la palma de su mano; o un optimismo incurable para pensar que Juan Cruz Ávila, el productor de “Animales Sueltos”, tiene la formación necesaria para conducir la Secretaría de Políticas Universitarias. Seguir con esta enumeración sería fastidioso. Los funcionarios del futuro gobierno de Macri combinan aptitud en algunos casos con la más crasa ignorancia en otros, más o menos en la misma proporción en que se ambos factores se han combinado en otros gobiernos. Este no es el problema de fondo. Al plantear el tema de la capacidad técnica de los ministros, se pretende desviar la atención de la cuestión principal, que es el contenido de las tareas que debe emprender el inminente gobierno macrista.

El kirchnerismo se mostró ineficaz para relanzar la acumulación de capital. No es necesario profundizar aquí esta afirmación, basta con señalar los últimos cuatro años de estancamiento económico. El kirchnerismo cumplió la función de recomponer (en colaboración con el duhaldismo) la mencionada acumulación luego de la crisis de 2001. Pero el contexto de movilización popular de esa etapa y el debilitamiento del sistema de partidos políticos, obligaron a Néstor Kirchner a armar una construcción política que incluyera algunas concesiones a los sectores populares y las capas medias. Ahora bien, esa construcción mostró ser altamente ineficaz para resolver la nueva crisis, aún cuando sus dirigentes estaban (están) de acuerdo en la necesidad del ajuste en los mismos términos propuestos por Macri.

El macrismo llega al gobierno con plena consciencia de su tarea y con un diagnóstico de cuáles han sido los errores económicos del kirchnerismo. La preeminencia de “técnicos” en el gabinete está en relación directa con su decisión de emprender el ajuste cueste lo que cueste y con la confianza de la clase dominante en que será posible doblegar cualquier resistencia popular. Doce años de kirchnerismo generaron la domesticación de la inmensa mayoría de las organizaciones sociales que participaron en las grandes movilizaciones de 2001 y 2002. El movimiento obrero se encuentra controlado por la burocracia sindical. El macrismo confía en que estas condiciones le permitirán pasar la prueba sin demasiados sobresaltos.

Los “técnicos” del gabinete de Macri expresan la decisión del nuevo gobierno de lanzar el ataque sobre la clase obrera y relanzar un ciclo de acumulación de capital. La burguesía siente que ha llegado la hora de avanzar. Como siempre, la velocidad  y los alcances de ese avance dependerán de la resistencia ofrecida por los trabajadores. En definitiva, se trata de la política y no de la “técnica”.



Villa del Parque, miércoles 2 de diciembre de 2015

sábado, 28 de noviembre de 2015

LA ESTRATEGIA DE MARX EN LA PRIMERA INTERNACIONAL: EL PASAJE DE LA LUCHA ECONÓMICA A LA LUCHA POLÍTICA







“La emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos.”
Karl Marx


Existe la tendencia a separar al Marx “científico” del Marx “político”, privilegiando al primero y dejando en la oscuridad al segundo. Según esta tendencia, Marx fue ante todo un teórico que llevó adelante una formidable descripción del capitalismo de su época, plasmada en El Capital; su militancia política, en cambio, es puesta en un segundo plano, como si fuera una actividad secundaria y limitada a lo coyuntural. Esta caracterización de la obra de Marx es desarrollada sobre todo por el mundo académico. Se pierde así la conexión indisoluble entre la crítica del capitalismo y la acción dirigida a conseguir la independencia política de la clase obrera.

Este artículo [*] tiene por objeto esbozar la estrategia de Marx para el movimiento obrero desarrollada durante los primeros años de su participación en la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT a partir de aquí). El objetivo es presentar la mencionada estrategia en su conexión con la concepción marxista del capitalismo y del Estado.


La crisis económica de 1857 reabrió para Marx las perspectivas del estallido de una nueva revolución europea. De ahí que tomara la decisión de preparar para la publicación los resultados de sus estudios sobre el capitalismo. En su opinión, se trataba de una cuestión de vida o muerte[1]. Una de las condiciones necesarias para la intervención autónoma de la clase obrera en la crisis era, precisamente, la comprensión del funcionamiento de la economía capitalista. Si se carecía de dicha comprensión, se corría el riesgo de adoptar el diagnóstico de la burguesía, manteniendo así el papel de furgón de cola del proletariado respecto a los emprendimientos políticos burgueses. Tal fue el origen de los Grundrisse, que pueden ser considerados la primera versión de El Capital.

El esperado ascenso revolucionario no se produjo. Pero el episodio es significativo para ilustrar el papel asignado por Marx a la teoría. En la década de 1860, y en el marco del crecimiento del movimiento obrero, Marx redobló su apuesta por la unión indisoluble entre teoría y prácticas revolucionarias. El Capital (1867) y la participación en el CG de la AIT son hitos de esta forma de concebir la política.

Es difícil exagerar la importancia que tuvo la AIT en la actuación política de Marx. En primer lugar, porque significó la reincorporación de Marx a la política activa, luego de los largos años que sucedieron a las derrotas de las revoluciones de 1848-1849. En segundo lugar, y esto es fundamental, porque Marx tuvo un contacto permanente con las principales organizaciones del proletariado europeo de la época. Debió afrontar de manera práctica las dificultades de la acción política de la clase obrera, y ello lo llevó a desarrollar su teoría de la política y del Estado. Es habitual destacar a este respecto la centralidad de la Comuna de París en la reformulación de la teoría marxista del Estado. Sin discutir la importancia de La guerra civil en Francia  y los demás escritos sobre la Comuna, corresponde decir que los textos e intervenciones desarrolladas en el seno de la AIT ocupan un lugar semejante en la evolución del pensamiento político de Marx.

La AIT surgió como resultado del resurgimiento de las luchas obreras en Europa a partir de la década de 1860. La derrota de las revoluciones de 1848 en el continente europeo, y la declinación del cartismo hacia la misma fecha, marcaron el comienzo de una parálisis relativa de la clase obrera, que duró hasta comienzos de los años ’60. No obstante, las filas de los trabajadores siguieron engrosando con el desarrollo industrial, que ya no se encontraba limitado a Inglaterra, sino que también se extendía a varios países de la Europa continental (sobre todo, Alemania, Francia y Bélgica) y a los EE.UU.

El ascenso de la conflictividad obrera en un marco caracterizado por la difusión de la industrialización a escala europea, implicó nuevos desafíos para los dirigentes obreros. En particular, la práctica empresaria de “importar” trabajadores de otro país para romper las huelgas representó un problema para el éxito del movimiento huelguístico. Los militantes obreros experimentaron en carne propia los efectos de la expansión internacional del capital; muchos de ellos comenzaron a vislumbrar la necesidad de la unidad de los trabajadores más allá de las fronteras nacionales. Esto implicó un salto en la conciencia del movimiento obrero y se tradujo en la constitución de la AIT. De hecho, el origen de la misma fue una reunión de obreros ingleses y franceses, celebrada en Londres en 1864, en la que se discutió, entre otros temas, el problema de los rompehuelgas.[2]

La AIT se caracterizó por la diversidad de tendencias y formas organizativas que convivían en su interior. Al momento de su fundación, la AIT estaba integrada por los sindicatos ingleses y franceses. Los primeros, mucho más fuertes, habían sacado al movimiento obrero inglés del marasmo que sucedió a la derrota definitiva del cartismo luego de 1848. Estaban concentrados en la lucha económica y, al momento de crearse la AIT, se encontraban bregando por constituir una central sindical nacional[3]. Los sindicatos franceses, por su parte, empezaban a levantar cabeza luego de la feroz represión de la insurrección parisina de junio de 1848, y gozaban de una precaria tolerancia de parte del régimen de Napoleón III; entre ellos predominaban las ideas de Proudhon[4]. Los “marxistas” (si cabe aplicar la denominación en este período) se encontraban en franca minoría. La participación de Marx en el CG dependía de la buena voluntad de los poderosos sindicatos ingleses[5]; tuvo que maniobrar con habilidad para no perder ese apoyo y, a la vez, desplegar su estrategia para el movimiento obrero. Arru describe así la política marxista en este período:

“La praxis política de Marx se desarrollaba (…) en dos planos: de un lado colaboraba en la coordinación internacional de las fuerzas reales del proletariado organizado, y de otro con un análisis atento de los desarrollos de las luchas particulares, y de la madurez política que de ellos se derivaba, actuaba para que el movimiento obrero superase las viejas tácticas, abandonase las posiciones teóricas y prácticas atrasadas y se hiciese consciente de las posibilidades de una perspectiva revolucionaria.” (Arru, 1974: 30).

Cole, por su parte, sintetiza de la siguiente manera la acción de Marx en la AIT:

“Marx, en 1864, no había dejado de ser un socialista revolucionario, ni había abandonado las opiniones expresadas en el Manifiesto comunista 16 años antes. Sin embargo, después de las experiencias de 1848 y de los años siguientes, tenía más conciencia de las dificultades para dar a la revolución la requerida dirección socialista y de los peligros del mero revolucionarismo, sin el apoyo de un movimiento bien organizado de la clase obrera. Después de 1850, Marx había dejado de pertenecer a la extrema izquierda del movimiento revolucionario, y había llegado a mirar con mucha sospecha las simples revueltas que presentaban al enemigo facilidades innecesarias para destruir las organizaciones obreras, y privarlas de sus dirigentes, mediante la prisión o el exilio. Lo que él quería hacer al fundar la Internacional era tomar el movimiento obrero tal como existía y fortalecerlo en su lucha diaria, en la creencia de que de este modo podía ser orientado por el buen camino y desarrollar, en una dirección ideológica, una concepción revolucionaria que naciese de la experiencia de la lucha por reformas parciales, económicas y políticas.” (Cole, 1980: 93).

Como se indicó más arriba, la puesta en marcha de esta estrategia supuso una gran dosis de paciencia y equilibrio, dada la fragilidad de la posición de Marx en la AIT. Una circunstancia favoreció inicialmente los planes de Marx. Los sindicatos ingleses consideraban a la AIT como una actividad secundaria, en tanto concentraban sus energías en la lucha por la reforma electoral y por la obtención de mejoras económicas. De ahí que los dirigentes de los sindicatos ingleses recurrieran a los exiliados alemanes para colaborar en la administración diaria de la AIT y en la preparación de los textos programáticos dirigidos al movimiento obrero europeo. Marx aprovechó largamente esta circunstancia. Integró el CG de la AIT y tuvo a su cargo la redacción de los principales documentos de la organización. En ellos fue desplegando su estrategia para el movimiento obrero.


Marx tuvo a su cargo la redacción del Manifiesto Inaugural de la AIT, que apareció como folleto en noviembre de 1864. Este documento era la carta de presentación de la nueva organización; Marx esbozó en él las líneas generales de su estrategia política. El grueso del texto es una denuncia pormenorizada de los efectos del desarrollo del capitalismo en Gran Bretaña. Así, la expansión de la riqueza va de la mano con la miseria de la clase trabajadora. Desde el punto de vista del tema de este artículo la parte más importante del documento es la dedicada al análisis de las luchas obreras contra el capital.

Marx  comenta dos logros del movimiento obrero inglés: a) la limitación de la jornada laboral a 10 horas diarias, obtenida en 1847; b) el desarrollo del movimiento cooperativo. En el caso de la jornada de 10 horas, Marx destaca la significación del triunfo de los obreros ingleses, cuya victoria no sólo se verificó en el terreno práctico, sino que también representó una victoria en el plano de la teoría, pues la economía política proletaria se impuso sobre la economía política burguesa. Este punto es interesante, porque Marx pretende mostrar que la lucha económica (en este caso, la lucha por la limitación de la jornada laboral) va más allá de los límites estrechos que se pretende imponerle. Al argumentar a favor de una limitación de la jornada laboral, los obreros ingleses debieron dar la batalla teórica a los economistas burgueses, quienes sostuvieron que la ganancia del capitalista se hallaba concentrada precisamente en aquellas horas de producción que la limitación de la jornada laboral pretendía suprimir. La obligación de dar esta contienda teórica obligó a los obreros a encarar la cuestión del capitalismo como un todo, y no partir de conflictos particulares entre un empresario y un grupo de trabajadores.

Con respecto a las cooperativas, Marx indica en primer lugar que dicha forma organizativa pone en jaque las ideas de los burgueses sobre la producción. Aquí corresponde hacer una observación. Los sindicatos ingleses de la época promovían sobre todo las cooperativas de consumo (sociedades cooperativas de consumidores), que tendían a favorecer a los sectores mejor pagos de la clase obrera, facilitando su integración a la lógica capitalista[6]. En el Manifiesto Inaugural, Marx privilegia a las cooperativas de producción, más concretamente a las “fábricas cooperativas”:

Es imposible exagerar la importancia de estos grandes experimentos sociales que han mostrado con hechos, no con simples argumentos, que la producción en gran escala y al nivel de las exigencias de la ciencia moderna, puede prescindir de la clase de los patronos, que utiliza el trabajo de la clase de las «manos»; han mostrado también que no es necesario a la producción que los instrumentos de trabajo estén monopolizados como instrumentos de dominación y de explotación contra el trabajador mismo; y han mostrado, por fin, que lo mismo que el trabajo esclavo, lo mismo que el trabajo siervo, el trabajo asalariado no es sino una forma transitoria inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado que cumple su tarea con gusto.” (Marx, 2001).

La referencia a las cooperativas contiene pues, una crítica y una afirmación positiva. Marx critica de manera indirecta a los sindicatos ingleses, cuya política de cooperativas de consumo permanecía dentro de la lógica del capital. Más allá de los beneficios que podían acarrear para los trabajadores individuales, dichas cooperativas no permitían esclarecer el significado histórico de la lucha entre el capital y el trabajo. La afirmación positiva, en cambio, era la defensa de las cooperativas de producción, pues esta forma organizativa mostraba al trabajador el contraste entre la producción capitalista y aquella realizada a partir de la libre asociación de los productores.

En segundo lugar, Marx se preocupa por marcar los límites de las cooperativas. El pasaje siguiente resume dichos límites:

“Para emancipar a las masas trabajadoras, la cooperación debe alcanzar un desarrollo nacional y, por consecuencia, ser fomentada por medios nacionales. Pero los señores de la tierra y los señores del capital se valdrán siempre de sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos. Muy lejos de contribuir a la emancipación del trabajo, continuarán oponiéndole todos los obstáculos posibles.” (Marx, 2001).

En otras palabras, no bastan la persuasión y el ejemplo para lograr que se imponga el socialismo. Con todos sus méritos, las cooperativas tropiezan, más tarde o más temprano, con la resistencia de la clase capitalista, que asienta su dominación sobre la explotación de los trabajadores. La reorganización de la producción sobre bases que eliminen la explotación es, pues, un problema político y no técnico. De ahí que Marx proponga la conquista del poder político por la clase trabajadora:

“La conquista del poder político ha venido a ser, por lo tanto, el gran deber de la clase obrera. Así parece haberlo comprendido ésta, pues en Inglaterra, en Alemania, en Italia y en Francia, se han visto renacer simultáneamente estas aspiraciones y se han hecho esfuerzos simultáneos para reorganizar políticamente el partido de los obreros.” (Marx, 2001).

Hay que recordar que el Manifiesto Inaugural era el documento de presentación de la AIT, una organización en la que tenían una mayoría casi absoluta los sindicatos ingleses y franceses, que rechazaban o veían con desconfianza la organización política de los trabajadores. Al resaltar la necesidad de la conquista del poder político y proponer la organización de un partido político de la clase obrera, Marx estaba planteando el pasaje desde el momento de la lucha económica al momento de la lucha política. Esto implicaba un nuevo salto cualitativo para la clase trabajadora, mucho más grande que el representado por la creación de la AIT.

La experiencia histórica de la AIT mostró que todavía no estaban dadas las condiciones para llevar a cabo el salto mencionado en el párrafo anterior, pero la política de Marx en la Internacional contribuyó a allanar el camino para lograr la mencionada organización política de la clase trabajadora. Esto se logró, sobre todo, por la política de esclarecimiento teórico, mostrando cuáles eran las bases de la dominación capitalista; pero también por el apoyo marxista a esa formidable experiencia política que fue la Comuna de París (1871).

Los Estatutos de la AIT son otra ilustración de la concepción política de Marx durante el período. El demócrata italiana Mazzini, creador de numerosas sociedades secretas en la época anterior a las Revoluciones de 1848, había presentado un proyecto de Estatutos, según el cual la AIT se constituiría como sociedad centralizada, al estilo de las sociedades secretas. Para Marx, esto era un error, pues retrotraía al movimiento obrero a formas de organización propias de una etapa histórica superada. El crecimiento del movimiento obrero en los años ‘60 exigía una estructura organizativa capaz de actuar en un marco de legalidad y que, a la vez, permitiera contener a las distintas corrientes ideológicas que coexistían entre los trabajadores. Convertir a la AIT en expresión de una única corriente ideológica equivalía a obstaculizar el desarrollo del movimiento obrero.

“Por eso, de un lado los Estatutos deben permitir el ingreso de todos los movimientos existentes (proudhonianos, lassallianos, trade unionistas), y de otro lado la Asociación (…) debe favorecer, a través de la lucha común y las discusiones en los Congresos, la lenta construcción de una teoría común para el movimiento obrero.” (Arru, 1974: 28-29).

En los términos de Marx, El Capital era esa teoría para el movimiento obrero. La constitución de la autonomía política de la clase obrera, y la consiguiente lucha por el poder político, eran imposibles sin la adopción de una teoría que diera por tierra con las teorías elaboradas por la burguesía.

Los considerandos de los Estatutos son claros respecto a la política defendida por Marx. En primer lugar, el movimiento obrero debe dejar atrás tanto las viejas formas organizativas (por ejemplo, las sociedades secretas) como el aislamiento nacional[7]. En segundo lugar, los trabajadores tienen que comprender que el sometimiento del trabajo al capital no sólo es fuente de miseria, sino de dependencia política y sometimiento. En este punto se cruzan la teoría marxista del capitalismo con la acción política contra el capital. Teoría y práctica resultan así las dos caras de la misma moneda, y separarlas (estableciendo, por ejemplo, una escisión entre “prácticos” y “teóricos”) equivale a condenar al movimiento obrero a desarrollarse a la sombra de la burguesía. Por último, los dos puntos anteriores implican postular que la liberación de los trabajadores tiene que ser obra de los trabajadores mismos, es decir, que estos no pueden poner sus esperanzas en las iniciativas políticas de la burguesía, pues todas ellas mantienen la explotación del trabajo por el capital. El corolario necesario de esta afirmación es la organización política de los trabajadores, cuestión que aparece expresada en los Estatutos en la frase más significativa de los mismos: “la emancipación económica de la clase obrera es, por lo tanto, el gran fin al que todo movimiento político debe ser subordinado como medio” (Marx, 2000). No es este el lugar para volver sobre la interpretación de este pasaje por marxistas y anarquistas en la lucha que sostuvieron en el seno de la AIT. Para nuestros fines basta con indicar que “la emancipación económica” significa para Marx la abolición del trabajo asalariado, la cual sólo es posible en la medida en que la clase obrera se adueñe del poder político.


Salario, precio y ganancia (SPG a partir de aquí) es el título de una conferencia dictada por Marx en las sesiones del CG de la AIT del 20 y 27 de junio de 1865. El motivo inmediato fue la discusión de la concepción sobre el salario y la lucha sindical defendida por John Weston (miembro del CG). Weston, partiendo de las tesis de que el volumen de la producción nacional es algo fijo y de que la suma de los salarios reales también es una suma fija, sostuvo que el aumento de los salarios no servía para mejorar la situación de los obreros, y que la acción sindical debía ser considerada perjudicial para los intereses de la clase trabajadora.

Marx rebatió el argumento de Weston mediante la exposición tanto de su teoría del valor como de su teoría de los salarios. En este punto, cabe decir que adelantó los resultados que aparecerían dos años después en el Libro Primero de El Capital. No es este el lugar para desarrollar dichas teorías. Nos concentraremos, en cambio, en analizar la concepción marxista de los sindicatos a partir de lo expuesto en SPG.

Desde el comienzo mismo de la AIT, la política de Marx consistió en buscar imponer la concepción de la necesidad de la autonomía política de la clase obrera frente a la burguesía. Para ello resultaba imprescindible poner en discusión la economía política, verdadero núcleo de la ideología burguesa. Marx venía trabajando en la crítica de la ciencia económica desde el principio mismo de su exilio londinense, en condiciones de extrema soledad política. Tanto la AIT como el movimiento iniciado por Lassalle en Alemania, proporcionaron a Marx una nueva oportunidad de intervenir en la política activa.

La discusión de las opiniones de Weston fue, pues, la excusa ideal para presentar las conclusiones de la crítica de la economía política. El ámbito y las circunstancias permiten inferir que la preocupación de Marx era tanto política como científica. Si la AIT aceptaba alguna de las variantes de la teoría económica burguesa, la posibilidad de construir la independencia política de los trabajadores se esfumaría. En el caso particular de Weston, si la AIT aprobaba sus tesis sobre la inutilidad de la acción sindical, la clase obrera se vería privada de una escuela de lucha, acentuando así su sometimiento político a la burguesía. De ahí la importancia de SPG.

Marx desarrolla su argumento sobre la lucha entre el capital y el trabajo en el apartado XV de la obra. El punto de partida es el reconocimiento de que el mencionado conflicto es inseparable del “sistema del salariado” y que obedece “al hecho de que el trabajo se halla equiparado a la mercancía y, por tanto, sometido a las leyes que regulan el movimiento general de los precios” (Marx, 1975: 132).

El conflicto entre capital y trabajo es, por tanto, inevitable; debido a ello, la constitución de organizaciones obreras dirigidas a disputar con la burguesía en torno a los salarios no admite discusión. Ahora bien, el problema planteado por Weston era otro: los sindicatos, ¿tenían posibilidades de éxito? Hay que recordar que la AIT misma había surgido como producto de la confluencia entre los sindicatos ingleses y franceses, que buscaban evitar la competencia entre los obreros de ambos lados del Canal de la Mancha, evitando así que las huelgas fueran derrotados (los empresarios “importaban” trabajadores para que se desempeñaran como rompehuelgas). Si se probaba que la acción sindical era ineficaz, quedaban anuladas las bases mismas de la AIT.

Marx empieza por plantear que la fuerza de trabajo, en lo que hace a su valor, se comporta de manera diferente al resto de las mercancías. Así, su valor está formado por dos elementos: uno físico, y otro histórico o social. El elemento físico está constituido por el conjunto de mercancías indispensables para que el trabajador esté en condiciones de trabajar y de multiplicarse como clase. Se trata, pues, del salario mínimo. Pero al lado de este elemento físico se encuentra el elemento histórico, que está dado por el conjunto de necesidades que se considera que deben ser satisfechas en un momento histórico y en una sociedad determinada. Por ejemplo, el elemento histórico puede incluir la obligación por parte de la patronal de pagar las vacaciones del trabajador.

El empresario procura suprimir el elemento histórico y reducir el físico a su mínima expresión. Pero se encuentra con la oposición de los trabajadores, cuya resistencia adopta diversas formas según su capacidad de organización. Así, el problema de la determinación del salario excede el marco de las leyes “económicas”: “El problema se reduce, por tanto, al problema de las fuerzas respectivas de los contendientes.” (Marx, 1975: 136). De este modo, Marx rebate tanto las ideas de Weston como la tesis de la ley de bronce de los salarios[8], defendida por Lassalle y sus partidarios en Alemania.

Si es la lucha de clases la que determina la magnitud del salario, y si el resultado de esa lucha de las fuerzas de los contendientes, resulta evidente la necesidad de los sindicatos como forma de organización de la lucha económica de los trabajadores. Marx responde así a la cuestión sobre las formas de lucha del movimiento obrero, tema candente si se tiene en cuenta que muchos dirigentes obreros abogaban por las cooperativas como principal herramienta de lucha contra el capitalismo (o el crédito gratuito, como era el caso de los partidarios de Proudhon[9]).

Ahora bien, el reconocimiento del carácter inevitable de la lucha entre el capital y el trabajo, y de la necesidad de los sindicatos, era para Marx un punto de partida, no el final del movimiento. La disputa por la magnitud del salario constituía, en definitiva, el momento corporativo del movimiento obrero, en el que éste procuraba mantener sus posiciones dentro del sistema capitalista. Marx deja en claro que no despreciaba este momento; todo lo contrario, pensaba que la lucha económica fortalecía al movimiento obrero en la medida en que le permitía tomar conciencia de su fuerza.

“Si en sus conflictos diarios con el capital [los trabajadores] cediesen cobardemente, se descalificarían sin duda para emprender movimientos de mayor envergadura.” (Marx, 1975: 140).

En síntesis, la lucha económica es un paso necesario para desarrollar otras formas de lucha contra el capital. Sin embargo, si el movimiento permanece en los marcos del momento corporativo, la lucha por el socialismo es imposible.

“Al mismo tiempo (…) la clase obrera no debe exagerar a sus propios ojos el resultado final de estas luchas diarias. No debe olvidar que lucha contra los efectos, pero no contra la causa de estos efectos; que lo que hace es contener el movimiento descendente [de los salarios], pero no su dirección; que aplica paliativos, pero no cura la enfermedad. No debe, por tanto, entregarse por entero a esta inevitable guerra de guerrillas, continuamente provocada por los abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado. Debe comprender que el sistema actual, aun con todas las miserias que vuelca sobre ella, engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la reconstrucción económica de la sociedad. En vez de lema conservador de: « ¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!», deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: « ¡Abolición del sistema del trabajo asalariado!».” (Marx, 1975: 140).

La lucha contra el sistema del trabajo asalariado era, forzosamente, una lucha política, en el sentido de que implicaba la conquista del poder político, baluarte de la propiedad privada de los medios de producción que servía de base al sistema del trabajo asalariado. Esto lleva a Marx a criticar a los sindicatos ingleses, los más avanzados en el terreno de la lucha corporativa:

“Las tradeuniones trabajan bien como centros de resistencia contra las usurpaciones del capital. (…) Pero, en general, son deficientes por limitarse a una guerra de guerrillas contra los efectos del sistema existente, en vez de esforzarse, al mismo tiempo, por cambiarlo, en vez de emplear sus fuerzas organizadas como palanca para la emancipación final de la clase obrera; es decir, para la abolición definitiva del sistema del trabajo asalariado.” (Marx, 1975: 141).
El pasaje del momento corporativo al momento político supone un cambio en la forma de organización de los trabajadores, que ya no puede ser el sindicato, especializado en la lucha económica. Marx indica la tarea a realizar (la abolición del trabajo asalariado), pero no aclara qué forma organizativa deberá llevar adelante dicha tarea. Roza así los límites mismos de la AIT, constituida básicamente por sindicatos.

Lo expuesto en los párrafos precedentes muestra que Marx sostenía que el movimiento obrero debía dar el salto a la lucha por conquistar el poder político. Hay aquí una continuidad con el Manifiesto Comunista y con la tarea desarrollada en la Liga de los Comunistas. El énfasis puesto en la crítica de las tradeuniones sirve para inferir que Marx pensaba que el pasaje de la lucha económica (corporativa) a la lucha política (autónoma respecto a la burguesía) no podía ser llevado a cabo por un movimiento obrero librado a sus propias fuerzas. En las condiciones del capitalismo, bajo el pleno imperio de la coerción económica y de la naturalización de las relaciones sociales capitalistas, los trabajadores engendraban la “lucha de guerrillas” sindical, pero veían obturado el pasaje a la lucha política contra el capital. El riesgo para las perspectivas históricas del movimiento obrero era mucho mayor de lo que imaginaba Marx. Bajo un capitalismo que aparecía como el horizonte de toda lucha política, la lucha económica, lejos de contrarrestar la desmoralización de los trabajadores, los encuadraba dentro de las reglas de juego imperantes. Los sindicatos dejaban de ser escuelas de lucha y se convertían en instituciones de la sociedad burguesa. Es por esto que las críticas al tradeunionismo en 1865, y la lucha contra el anarquismo en 1871-1872, deben ser consideradas en un contexto más amplio.

Las consideraciones anteriores nos permiten situar tanto la redacción definitiva del Libro Primero de El Capital como la acción de Marx en la AIT. La estrategia marxista para el movimiento obrero consistía en mencionado pasaje de lo corporativo a lo político, entendido como la transición desde la aceptación de las reglas de juego del capitalismo a la autonomía política de la clase obrera. Para ello era preciso la clarificación teórica (de ahí la centralidad del estudio del capitalismo, que permitía comprender el carácter limitado de la lucha económica) y la construcción de un partido socialista independiente de los distintos partidos burgueses. De modo que aquello que aparece como una lucha interna por ocupar posiciones de poder en el seno de la AIT es, para Marx, parte de la estrategia tendiente a orientar al movimiento obrero hacia la conquista del poder político.


En 1866 se realizó el Congreso de la AIT en Ginebra. Marx no participó de la reunión, pero escribió un documento para la misma, titulado Rapport du Conseil Central sur les différentes questions mises à l’etude par la Conference de septiembre 1864. Marx resume en este texto sus concepciones políticas sobre el papel de la AIT. Por un lado, realiza una crítica de los presupuestos de los proudhonistas, quienes afirmaban que la “cooperación” era el instrumento para abolir las “injusticias” del capitalismo. Frente a esta tesis, Marx sostiene que las cooperativas son una de las formas de lucha del trabajo contra el capital, pero no pueden transformar la sociedad capitalista. Para lograr esto último hay que partir del reconocimiento de “que el actual sistema pauperizador y despótico de la subordinación del trabajo al capital puede ser suplantado por el sistema ventajoso de tipo público de la asociación de los productores libres e iguales.” (Marx, citado por Arru, 1974: 34).

Marx explicita una vez más su opinión sobre la función de los sindicatos:

“Originariamente los sindicatos (…) surgieron de las tentativas espontáneas de los trabajadores de eliminar o al menos frenar tal competencia [entre trabajadores] (…) El objetivo inmediato de los sindicatos fue por ello limitado a las necesidades cotidianas (…) Pero si ellos son necesarios para las batallas de guerrillas  entre capital y trabajo, son todavía más importantes en cuanto organizaciones para la superación del sistema mismo de trabajo asalariado y capital (…) No han comprendido todavía su poder de acción contra el sistema de esclavitud de los salarios. Por ende se han mantenido demasiado aparte de los movimientos sociales y políticos generales. Con todo, parece que en los últimos tiempos se han despertado (al menos en Inglaterra) en el sentido de su participación en el reciente movimiento político. En el fututo deben aprender a actuar deliberadamente para organizar centros de la clase trabajadora en el general interés de su emancipación completa. Deben ayudar a todo movimiento político y social tendente hacia esta dirección.” (Marx, citado por Arru, 1974: 35).

Por enésima vez, Marx enuncia la necesidad del pasaje de lo corporativo a lo político. Pero este documento vuelve a dejar en la ambigüedad la cuestión de qué forma organizativa era la más conveniente para la tarea revolucionaria de la conquista del Estado.


El examen de varios de los escritos de Marx sobre la AIT en el período 1864-1866 muestra que teoría y práctica iban unidas de manera indisoluble en su militancia política. La decisión de publicar el Libro Primero de El Capital (1867) se comprende así como un hito necesario en la construcción de la independencia política de la clase obrera, y no meramente como un acontecimiento de carácter académico.

Pero hay otra cuestión a destacar, mucho más concreto que la mencionada en el párrafo precedente. La unidad de teoría y práctica no era un mero enunciado, sino que implicaba la adopción de una estrategia y la adopción de los pasos tácticos requeridos para concreción de dicha estrategia. En este sentido, Marx demostró una gran dosis de habilidad política, tanto para conseguir ser incluido en el CG de la AIT como para lograr conjugar el mantenimiento de la unión entre sectores ideológicamente opuestos con el avance simultáneo en la fijación de un programa que incluía la acción política autónoma de los trabajadores. De modo que la leyenda de un Marx enfrascado en sus investigaciones teóricas se diluye apenas se estudia con atención la militancia política de Marx.

Por último, hay que decir que el eje de la política marxista para la AIT radica en el pasaje de la lucha económica (corporativa) a la lucha política. La concepción marxista de los sindicatos forma parte de dicha política; si no se logra el mentado pasaje, es imposible la existencia de un movimiento obrero independiente de la burguesía y, por ende, de la revolución socialista misma.


Villa del Parque, viernes 26 de junio de 2015


BIBLIOGRAFÍA:

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Cole, G. D. H. (1980). Historia del pensamiento socialista: II. Marxismo y Anarquismo, 1850-1890. México D. F.: Fondo de Cultura Económica.

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Riazanov, David. (2003). La vida y el pensamiento revolucionario de Marx y Engels. Buenos Aires: Instituto de Formación Marxista.

Rosdolsky, Roman. (1989). Génesis y estructura de «El Capital» de Marx. México D. F.: Siglo XXI.