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domingo, 11 de septiembre de 2022

HOBSBAWM SOBRE LA REVOLUCIÓN FRANCESA DE 1789-1799

 

Sans-culottes bailando


La obra La era de la revolución (1962), del historiador británico Eric Hobsbawm (1917-2012), abre su ciclo de grandes síntesis dedicado a la historia contemporánea. No soy historiador y por lo tanto no me atrevo a chapucear en un terreno en el que soy apenas un lector desprolijo. Sin embargo, como sociólogo corresponde hacer notar que las ciencias sociales surgieron como respuesta a las dos revoluciones, la Revolución Industrial y la Revolución Francesa. De ahí que La era de la revolución resulte de lectura ineludible para todas las personas interesadas en comprender el proceso que dio origen a la sociología. Al margen de estas consideraciones, leer a Hobsbawm siempre es un placer, entre otras cosas por la manera en que combina la historia económica y social con las transformaciones en la vida cotidiana de los hombres y las mujeres comunes.

Referencia bibliográfica:

Hobsbawm, E. J. (2009). La era de la revolución: 1789-1848. Buenos Aires, Argentina: Crítica. 344 p. (Biblioteca E. J. Hobsbawm de Historia Contemporánea). Traducción de Felipe Ximénez de Sandoval.

Abreviaturas:

GB= Gran Bretaña / RF= Revolución Francesa / RI= Revolución Industrial


Capítulo 3: La Revolución Francesa (pp. 61-83)

La presente ficha aborda el capítulo 3 de la obra, que está dedicado a la Revolución Francesa. No tiene más pretensiones que proporcionar un resumen y formular algunos comentarios que pueden resultar útiles para el lector interesado en el libro.

Desde el punto de vista de su estructura, el capítulo 3 se divide en cuatro apartados: el primer apartado (pp. 61-72) caracteriza a la RF, señala su influencia a nivel mundial e indica cuáles fueron sus causas; el segundo apartado (pp. 72-75) relata de manera sucinta las alternativas de la RF entre 1789 y 1793; el tercer apartado (pp. 75-79) desarrolla la experiencia de la República jacobina (1793-1794); el cuarto apartado (pp. 79-83)

La Revolución Industrial modeló la economía del mundo en el siglo XIX; la Revolución Francesa, en cambio, contribuyó decisivamente a formar la política y la ideología de ese siglo.

Hobsbawm sintetiza la influencia de la RF:

“Entre 1789 y 1917, las políticas europeas (y las de todo el mundo) lucharon ardorosamente en pro o en contra de los principios de 1789 o los más incendiarios todavía de 1793. Francia proporcionó el vocabulario y los programas de los partidos liberales, radicales y democráticos de la mayor parte del mundo. Francia ofreció el primer gran ejemplo, el concepto y el vocabulario del nacionalismo. Francia proporcionó los códigos legales, el modelo de organización científica y técnica y el sistema métrico decimal a muchísimos países. La ideología del mundo moderno penetró por primera vez en las antiguas civilizaciones, que hasta entonces habían resistido a las ideas europeas, a través de la influencia francesa. Esta fue la obra de la Revolución Francesa.” (p. 61)

Es cierto que la RF formó parte de un período de crisis para los regímenes políticos europeos y para sus sistemas económicos, que incluyeron movimientos secesionistas en algunas de sus regiones y colonias[1]. Pero la RF fue mucho más profunda que cualquiera de los movimientos anteriores por tres razones principales:

a) Francia era el más populoso de los Estados europeos (uno de cada cinco europeos era francés en 1789);

b) fue una “revolución social de masas, e inconmensurablemente más radical que cualquier otro levantamiento” (p. 62);

c) fue la única revolución ecuménica. Su influencia indirecta fue universal, brindó el patrón para todos los movimientos revolucionarios subsiguientes.

Hobsbawm se pregunta por los orígenes de la RF. Éstos deben buscarse en la específica situación del Estado francés; a pesar de su desarrollo económico y colonial, Francia no era una potencia como GB, “cuya política exterior ya estaba determinada sustancialmente por los intereses de la expansión capitalista” (p. 63) Francia era la más poderosa de las viejas monarquías absolutistas y aristocráticas de Europa. Por lo tanto, en Francia era más agudo el conflicto entre las fuerzas del Antiguo Régimen [la nobleza feudal] y las nuevas fuerzas sociales en ascenso [la burguesía].

El programa de la burguesía consistía en: eficaz explotación de la fuerza, libertad de empresa y de comercio, administración estatal eficiente de un territorio nacional único y homogéneo, abolición de las restricciones y desigualdades sociales que obstaculizaban el desenvolvimiento de los recursos nacionales, tributación equitativa. Pero su implementación resultaba imposible por la oposición de los intereses tradicionales. En Francia estaba cerrado el camino para la reforma desde arriba.

La estructura social del país permite comprender la dinámica de las fuerzas en conflicto.

Hacia 1789 Francia tenía una población total de 23 millones de personas.

La nobleza (el “primer estado”) estaba constituida por unas 400 mil personas; gozaba de considerables privilegios (que incluían la exención de varios impuestos) y el derecho a cobrar tributos feudales. Pero su situación política era débil en relación a la monarquía; los nobles carecían de independencia y responsabilidad políticas; sus instituciones representativas (estados y parlements) languidecían, con sus atribuciones cercenadas por la monarquía. Desde el punto de vista económico, la nobleza estaba excluida oficialmente del ejercicio del comercio o de cualquier otra profesión; por ende, los nobles dependían de las rentas de sus propiedades o, si pertenecían a la minoría cortesana, de los matrimonios de conveniencia, pensiones regias, donaciones o sinecuras. Sus propiedades estaban, por lo general, mal administradas. Los gastos de los nobles eran elevados y sus ingresos (fijos) se veían afectados por la inflación. Para salir del atolladero económico, los nobles recurrían a sus privilegios: acaparaban los puestos estatales, cerrando el camino a la burguesía[2]; en el campo, la nobleza más pobre aumentaba la explotación de los campesinos, “resucitando” viejos derechos feudales para obtener más dinero y servicios. En suma, la nobleza irritaba a la burguesía y al campesinado, y debilitaba la eficacia de la administración estatal.

El campesinado constituía el 80% de la población. Sus componentes eran libres en general; entre ellos había terratenientes. La mayor parte eran pobres o con recursos insuficientes. El aumento de la población y el incremento de la presión de la nobleza (la ya mencionada exigencia de mayores tributos en dinero y servicios) generaban un ascenso de miseria general. Sólo unos pocos campesinos disponían de un excedente para vender. La situación del campesinado empeoró en los veinte años anteriores a la RF.

La monarquía experimentaba problemas financieros. El fracaso de las reformas de 1774-1776, impulsadas por el ministro Turgot (1727-1781) y boicoteadas por los intereses tradicionales, y la participación en la guerra de independencia estadounidense, dejaron exhausto al Tesoro francés. Los gastos superaban a los ingresos en un 20 %. “Guerra y deuda - la guerra norteamericana y su deuda - rompieron el espinazo de la monarquía” (p. 66)[3].

La crisis fiscal de la monarquía abrió el camino para que la burguesía hiciera un intento de recuperar sus privilegios. Las convocatorias a una Asamblea de Notables (1787) y a los Estados Generales[4] (1789). “Así, pues, la revolución comenzó como un intento aristocrático de recuperar los mandos del Estado.” (p. 66)

La RF no fue hecha por un partido o un movimiento político con un programa sistemático. “No obstante, un sorprendente consenso de ideas entre un grupo social coherente dio unidad efectiva al movimiento revolucionario.” (p. 66) Este grupo era la burguesía; sus ideas eran las del liberalismo clásico, formuladas por los “filósofos” y los “economistas”. Los filósofos pueden ser considerados:

“Los responsables de la revolución. Ésta también hubiera estallado sin ellos; pero probablemente fueron ellos los que establecieron la diferencia entre una simple quiebra de un viejo régimen y la efectiva y rápida sustitución por uno nuevo.” (p. 67)

La ideología de los revolucionarios de 1789 era la masónica. Las peticiones del burgués que hizo la RF están expresadas en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, manifiesto contra la sociedad jerárquica y los privilegios de los nobles, pero no a favor de una sociedad democrática o igualitaria. Propiedad privada derecho natural, sagrada e inviolable. Los burgueses liberales querían una monarquía constitucional basada en una oligarquía de propietarios, los cuales se  se expresarían a través de una asamblea representativa. Constitucionalismo + Estado secular con libertades y garantías civiles para la iniciativa privada + gobierno de contribuyentes y propietarios.

El rey dejaba de serlo por gracia de dios y pasaba a representar la voluntad general de la nación, es decir, del pueblo. La fuente de la soberanía era la nación. El pueblo, identificado con la nación, era un concepto revolucionario.

La reunión de los Estados Generales aceleró el estallido revolucionario. La clase media (líder del 3° estado, que contenía al 95% de la población francesa) luchó para lograr una representación igualitaria respecto a la nobleza (1° estado) y la Iglesia (2° estado). Luego impulsó que las votaciones se realizaran en conjunto y no por estados separados. Finalmente, se reunió aparte, en una Asamblea Nacional, a la que se unieron algunos nobles y clérigos.

“El tercer estado triunfó frente a la resistencia unida del rey y de los órdenes privilegiados, porque representaba no sólo los puntos de vista de una minoría educada y brillante, sino los de otras fuerzas mucho más poderosas: los trabajadores pobres de las ciudades, especialmente de París, así como el campesinado revolucionario.” (p. 68)

La agitación reformista de la burguesía liberal se convirtió en una verdadera revolución por la profunda crisis económica y social. Malas cosechas, encarecimiento de los precios del grano, hambre entre los campesinos pobres y aumento de los precios de los alimentos en las ciudades, combinada con reducción de las compras de productos manufacturados, desocupación y hambre entre los trabajadores urbanos. En ese marco, la campaña de propaganda electoral desarrollada entre 1788 y 1789 dio a “la desesperación del pueblo una perspectiva política al introducir en sus mentes la tremenda y trascendental idea de liberarse de la opresión y de la tiranía de los ricos. Un pueblo encrespado respaldaba a los diputados del tercer estado.” (p. 69)

La contrarrevolución, que intentó suprimir el intento de los diputados del 3° estado, transformó “a una masa en potencia en una masa efectiva y actuante” (p. 68) La reacción popular se hizo efectiva en la toma de la Bastilla[5] (14 julio 1789). Hobsbawm anota “en época de revolución nada tiene más fuerza que la toma de los símbolos” (p. 69; el resaltado es mío - AM-)

El acto siguiente de la RF fue el Grande Peur (Gran Miedo, finales de julio - principios de agosto de 1789), una serie de revoluciones campesinas que abarcaron buena parte del país y que combinaron insurrecciones en ciudades provincianas y una oleada de pánico masivo que se extendió por toda Francia. Consecuencias: la estructura social del feudalismo francés y la máquina estatal de la monarquía francesa quedaron destruídas. La aristocracia y la clase media aceptaron lo inevitable: la Asamblea abolió los privilegios feudales, aunque imponiendo montos elevados para la redención de las cargas feudales (el feudalismo sólo fue abolido en 1793).

Fines agosto 1789: Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, manifiesto formal de la RF.

El proceso que culminó en la sanción de la Declaración fue la primera manifestación de un ciclo que se repitió en las revoluciones subsiguientes (siglos XIX y XX) y cuyos movimientos fueron: 1) los reformistas moderados de la clase media movilizan a los sectores populares para quebrar la resistencia de la contrarrevolución; 2) las masas movilizadas van más allá del programa de los reformistas moderados e inician su propia revolución social; 3) los moderados se escinden en un grupo conservador que se une a los contrarrevolucionarios, y un ala radical decidida a llevar adelante el programa inicial del reformismo moderado con ayuda de las masas, aun con el riesgo de perder el control sobre éstas. El proceso culmina de dos maneras diferentes: el grueso de la clase media se pasa al bando conservador o es derrotado por la revolución social.

La peculiaridad de la RF reside en que “una parte de la clase media liberal estaba preparada para permanecer revolucionaria hasta el final sin alterar su postura: la formaban los jacobinos” (p. 70)

El radicalismo de los jacobinos se explica porque: (a) los revolucionarios de 1789 no tenían a la mano el antecedente de lo ocurrido en la … RF; (b) no existía una clase social que pudiera proporcionar una alternativa por izquierda al radicalismo jacobino. Los trabajadores no representaban todavía una clase social independiente; seguía a líderes no proletarios. El campesinado tampoco proporciona una alternativa política.

La única alternativa al radicalismo burgués eran los sans-culottes, “movimiento informe y principalmente urbano de pobres trabajadores, artesanos, tenderos, operarios, pequeños empresarios, etc. Estaban organizados en las “secciones” de la ciudad de París y otras ciudades, y constituyeron la fuerza de choque de la RF. A través de periodistas como Jean-Paul Marat (1743-1793) y Jacques-René Hébert (1757-1794) formularon una política cuyos componentes eran: respeto a la pequeña propiedad + odio a los ricos + trabajo garantizado por el gobierno, seguros y seguridad social para el pobre. Democracia libertaria e igualitaria, localizada y directa. Pero su ideal político (un áureo pasado de aldeanos y pequeños artesanos, o un futuro venturoso de pequeños granjeros y artesanos no perturbados por los millonarios y banqueros) era irrealizable. Entre 1793-1794 lograron poner obstáculos al desarrollo de la economía francesa, pero no pudieron ir más allá.

1789-1791= Burguesía moderada, Asamblea Constituyente. Se pone en marcha la obra de racionalización y reforma de Francia. La mayoría de las realizaciones duraderas de la RF datan de esta época. Política económica liberal: cercado de las tierras comunales y estímulo de los empresarios rurales; proscripción de los gremios; abolición de las corporaciones. Además, secularización y venta de las tierras de la Iglesia y de la nobleza emigrada. Constitución de 1791, monarquía constitucional. Pero la contrarrevolución no cedió; huida del rey y captura en Varennes (junio 1791). El republicanismo se convirtió en una fuerza masiva; “los reyes tradicionales que abandonan a sus pueblos pierden el derecho a la lealtad de los súbditos.” (p. 72)

Abril 1792= Estallido de la guerra contra las monarquías europeas. Las derrotas iniciales fueron achacadas al sabotaje real y a la traición. Nueva radicalización de las masas.

Agosto y septiembre 1792= La monarquía es derribada por los sans -culottes de París; proclamación de la República; año I del calendario revolucionario. Matanza de los presos políticos. Elección de la Convención Nacional y convocatoria a la guerra total contra los invasores. Encarcelamiento del rey. La invasión es detenida en el cañoneo de Valmy (20 septiembre 1792).

Segunda revolución (República jacobina del año II). La guerra fue promovida y dirigida inicialmente por los girondinos, partido dominante en la Convención, belicosos en el exterior y moderados en el interior. Pero la guerra revolucionaria tenía su propia lógica: era o la victoria total de la revolución o el triunfo completo de la contrarrevolución. No era una guerra limitada, había que movilizar a toda la nación. La joven República francesa descubrió cómo vencer: la guerra total, movilización de los recursos de la nación mediante el reclutamiento en masa, racionamiento, economía de guerra y abolición dentro del país de la distinción entre civiles y soldados. Los sans - culottes apoyaron la guerra, porque pensaban que con ella se derrotaba a la contrarrevolución y se instauraba la justicia social. Los girondinos vieron pronto que no podían controlar la movilización de las masas que habían provocado y tuvieron que competir contra la izquierda (los jacobinos).

2 junio 1793= Golpe de los sans-culottes. Caen los girondinos. Se inicia la República jacobina.

El Terror, tan denostado por muchos historiadores, fue el medio que encontró la República para sobrevivir. Para comprender el contexto: en junio de 1793, 60 de los 80 departamentos de Francia estaban sublevadas contra París; los ejércitos de los príncipes alemanes invadían el país por el norte y por el este; los ingleses atacaban por el sur y por el mar; el país estaba desamparado y en quiebra. Catorce meses después el país estaba firmemente gobernado y los ejércitos invasores habían sido rechazados más allá de las fronteras de Francia. Para la Convención, el dilema era: o el Terror con todos sus defectos para la clase media, o la destrucción de la Revolución y la desintegración del Estado nacional. Las perspectivas de la clase media francesa dependían “en gran parte de las de un Estado nacional unificado y fuertemente centralizado” (p. 77)

Los jacobinos movilizaron a las masas contra la disidencia de los girondinos y de los notables provinciales. Se aliaron para ello con los sans-culottes, cuyas exigencias relativas a la guerra coincidían con el sentido común jacobino. Se promulgó la Constitución de 1793, muy radical, que instauraba el sufragio universal, el derecho de insurrección, trabajo y alimento, la declaración de que el bien común era la finalidad del gobierno y que los derechos del pueblo eran operantes y no meramente asequibles. Fue la primera constitución democrática promulgada por un Estado moderno.

Los jacobinos tomaron otras medidas que dan cuenta de su radicalismo: a) la abolición sin indemnización de los derechos feudales todavía existentes; b) aumentaron las posibilidades de los pequeños cultivadores de explotar las tierras abandonadas por los emigrados; c) abolieron la esclavitud en las colonias francesas.

Consecuencias de largo plazo del gobierno jacobino:

“En Francia establecieron la inexpugnable ciudadela de los pequeños y medianos campesinos, artesanos y tenderos, retrógrada desde el punto de vista económico, pero apasionadamente devota de la revolución y la República, que desde entonces domina la vida del país. La transformación capitalista de la agricultura y las pequeñas empresas, condición esencial para el rápido desarrollo económico, se retrasó, y con ello la rapidez de la urbanización, la expansión del mercado interno, la multiplicación de la clase trabajadora e, incidentalmente, el ulterior avance de la revolución proletaria. Tanto los grandes negocios como el movimiento obrero se vieron condenados a permanecer en Francia como fenómenos minoritarios, como islas rodeadas por el mar de los tenderos de comestibles, los pequeños propietarios rurales y los propietarios de cafés.” (p. 77-78)

El centro del gobierno, conformado por una alianza entre jacobinos y sans-culottes, se inclinaba hacia la izquierda. En términos sociales, era una alianza entre la clase media y las masas obreras; dentro de ella, los jacobinos de clase media constituían la fuerza decisiva. Su centro era el Comité de Salud Pública (un subcomité de la Convención), verdadero gabinete de guerra. Allí la figura más descollante era Maximilien Robespierre (1758-1794). Su poder era el del pueblo (las masas de París); su terror, el de esas masas.

La dinámica de la guerra fue separando a los jacobinos de sus apoyos sociales. La confrontación bélica exigía la centralización; ello perjudicaba la democracia directa de los comités de sans-culottes; además, si bien éstos se beneficiaron con el racionamiento y las tasas de precios, se vieron afectados por el tope a los salarios. En el campo, las requisas de alimentos provocaron el enojo de los campesinos.

Abril 1794= Los jacobinos eliminaron a la oposición de derecha, encabezada por Georges-Jacques Danton (1759-1794), y a la oposición de izquierda (Hébert); pero en ese momento se encontraron aislados.

Junio 1794= Los ejércitos de la República ocupan Bélgica. Eso alejó la amenaza exterior. El gobierno jacobino perdió su finalidad (ganar la guerra).

27/07/1794 (9 termidor)= La Convención derribó a Robespierre, quien fue ejecutado al día siguiente junto a otros dirigentes jacobinos.

El cuarto apartado (pp. 79-83) aborda el final del período revolucionario (1794-1799).

El problema central para la clase media francesa consistía en conciliar estabilidad política y progreso económico, en base al programa liberal de 1789-1791. Había que evitar el doble peligro de la república democrática jacobina y de la restauración del Antiguo Régimen.

El régimen termidoriano, que había derribado a los jacobinos, era débil. Estaba jaqueado por derecha (los monárquicos) y por izquierda (los sans-culottes). El Directorio, forma política adoptada desde 1795, dependía cada vez más del ejército para mantenerse en el poder. Finalmente, el más notable de los generales de la República, Napoleón Bonaparte (1769-1820) terminó derrocando al Directorio.

 

Villa del Parque, domingo 11 de septiembre de 2022


NOTAS:

[1] Menciona, entre otros ejemplos, el movimiento de independencia de Estados Unidos (1776-1783).

[2] Hacia 1780 se necesitaban cuatro cuarteles de nobleza para conseguir un puesto en el ejército, todos los obispos eran nobles y las intendencias (cargo clave en la administración) eran acaparadas por los nobles.

[3] En 1788 la deuda consumía el 50% del presupuesto total; la guerra, la escuadra y la diplomacia el 25%; los gastos de la Corte, el 6%.

[4] La Asamblea feudal del reino, en la que participaban representantes de todos los Estados (nobleza, iglesia y el 3° Estado, que agrupaba al resto de la población del país y en el que dominaba la clase media - burguesía-), que no se convocaba desde 1614.

[5] La Bastilla era una fortaleza ubicada en París, utilizada durante mucho tiempo como prisión. El pueblo la asaltó buscando armas para hacer frente a la intentona contrarrevolucionaria.


viernes, 2 de septiembre de 2022

EL CONCEPTO DE IMAGINACIÓN SOCIOLÓGICA



 


El sociólogo estadounidense Charles Wright Mill (1916-1962) acuñó el término imaginación sociológica. Este concepto, ampliamente difundido en sociología y otras ciencias sociales, fue desarrollado por su autor en la obra The Sociological Imagination (Oxford University Press, 1959). Esta ficha está dedicada al capítulo 1 de dicha obra, donde Mills esboza el sentido y los alcances del concepto.

Referencia

Mills, Ch. W. [1° edición: 1959]. (1979). La imaginación sociológica. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica. 217 p. (Sección de Obras de Sociología). Traducción de Florentino M. Torner. Incluye prólogo de Gino Germani.

Abreviaturas:

IS= Imaginación sociológica / SH= Seres humanos


Capítulo 1: La promesa (pp. 23-43) [1]

En el comienzo del capítulo está el planteo del problema de la época actual. [2] Los SH tienen la “sensación de estar atrapados”. El motivo: los cambios acelerados experimentados por la sociedad a nivel mundial (crecimiento económico y transformaciones tecnológicas, desarrollo del campo socialista - URSS y China -, independencia política de las antiguas colonias, etc.). Frente a todo ello, las personas no saben qué hacer, pues no acostumbran pensar sus problemas personales en términos de “cambios históricos” y “contradicciones institucionales”; los valores que defienden resultan impotentes frente a la magnitud de los cambios: “los hombres advierten consternados que los viejos modos de sentir se han ido abajo y que los comienzos más recientes son ambiguos hasta el punto de producir parálisis moral.” (p. 24)

Lo que necesitan las personas para enfrentar el problema de la sociedad actual es la imaginación sociológica, esto es, la “cualidad mental que les ayude a usar la información y a desarrollar la razón para conseguir recapitulaciones lúcidas de lo que ocurre en el mundo y de lo que quizá esté ocurriendo dentro de ellos” (p. 25)

A continuación de estas afirmaciones, Mills divide el contenido del capítulo en seis apartados. 

El primer apartado (pp. 25-27) está dedicado a esbozar cómo la IS muestra la relación entre la historia y la biografía, entre lo social y lo individual. La IS pone el acento en la conexión entre el escenario histórico más amplio y la vida interior de las personas.

“El primer fruto de esta imaginación  - y la primera lección de la ciencia social que la encarna - es la idea de que el individuo sólo puede comprender su propia experiencia y evaluar su propio destino localizándose a sí mismo en su época; de que puede conocer sus propias posibilidades en la vida si conoce las de todos los individuos que se hallan en sus circunstancias.” (p. 25)

Para Mills, “la imaginación sociológica nos permite captar la historia y la biografía y la relación entre ambas dentro de la sociedad. Esa es su tarea y su promesa.” (pp. 25-26) Más adelante indica que la IS “es la capacidad de pasar de las transformaciones más impersonales y remotas a las características más íntimas del yo humano, y de ver las relaciones entre ambas cosas” (p. 27). En otras palabras, 

“Darse cuenta de la idea de estructura social y usarla con sensatez es ser capaz de descubrir esos vínculos entre una gran diversidad de medios; y ser capaz de eso es poseer imaginación sociológica.” (p. 30)

Esa es la tarea que caracterizó al análisis social clásico (ejemplos: Spencer, Marx, Comte, Durkheim, Weber, etc.), que se dedicó a los problemas de la biografía, de la historia y de sus interacciones dentro de la sociedad. 

El análisis social clásico se planteó tres preguntas clave: 1) ¿cuál es la estructura de esta sociedad particular en su conjunto?; 2) ¿qué lugar ocupa esta sociedad en la historia humana?; 3) ¿qué variedades de hombres y de mujeres prevalecen en esta sociedad y en este período?

El segundo apartado (pp. 27-30) desarrolla la distinción más importante que utiliza la IS: “inquietudes personales del medio” y “problemas públicos de la orientación social”. Las inquietudes corresponden al individuo como entidad biográfica y dentro del ámbito de su ambiente inmediato; los problemas públicos van más allá del ámbito del individuo, se relacionan con muchos ambientes que, en conjunto, forman la estructura de la sociedad.

Ejemplo: desempleo. Si en una comunidad de 1 millón de habitantes hay un desempleado, ello constituye una inquietud personal y para resolver la cuestión hay que revisar el carácter particular de ese individuo, sus capacidades y su constitución inmediata. Si en un país de 50 millones de personas hay 5 millones de desempleados, ello constituye un problema público y hay que revisar la estructura de oportunidades.

Las transformaciones en medios diversos y específicos son efecto de cambios estructurales. 

El tercer apartado (pp. 30-33) examina cuáles son los mayores problemas públicos y las inquietudes personales en la época en que se escribió la obra. Para ello sostiene que hay que establecer cuáles son los valores preferidos y amenazados, y cuáles son preferidos y apoyados. Ello implica indagar qué contradicciones internas de la estructura pueden estar implicadas.

Mills afirma que “la primera tarea política e intelectual - porque aquí coinciden ambas cosas - del científico social consiste hoy en poner en claro los elementos del malestar y la indiferencia contemporáneos.” (p. 32)

El cuarto apartado (pp. 33-37) está dedicado a la cuestión del estilo de pensamiento propio de la era contemporánea. No se trata de modas de pensamiento, que dejan poca huella; un estilo de pensamiento es un común denominador de una época intelectual. Dos ejemplos de estilos de pensamiento son: la física newtoniana y la biología darwiniana. Ambas constituyen el común denominador de respectivas épocas intelectuales.

En la época moderna, las ciencias físicas y biológicas fueron común denominador del pensamiento serio y de la metafísica popular. Pero ni esas ciencias ni la literatura representan hoy un común denominador del pensamiento. En nuestra época pasan a ser reemplazadas por la IS, la cual: 

“es una cualidad mental que parece prometer de la manera más dramática la comprensión de nuestras propias realidades íntimas en relación con las amplias realidades sociales.” (p. 34)

En el quinto apartado (pp. 37-41) señala que el propósito del libro es “definir el significado de las ciencias sociales para las tareas culturales de nuestro tiempo” (p. 37). Esto lo lleva a hacer una breve descripción de la situación de las ciencias sociales en EE. UU. 

En opinión del autor, los cientistas sociales experimentan “un malestar generalizado, tanto intelectual como moral, por la dirección que está tomando la disciplina de su elección” (pp. 38-39). Algunos elementos que generan malestar: a) el acento en el refinamiento de los métodos y las técnicas de investigación; b) el énfasis en el formalismo y en la formulación de conceptos aislados de la realidad; c) los estudios en primera escala, sin tomar en cuenta su relación con la totalidad. 

No obstante lo anterior, la IS “se está convirtiendo en un denominador común de nuestra vida cultural general” (p. 41)

En el sexto apartado (pp. 41-43) esboza el desarrollo de la sociología, pues esta disciplina “se ha convertido en el centro de reflexión acerca de la ciencia social” (p. 41)

La sociología se movió en tres direcciones generales, cada una de ellas expuesta a deformaciones: 

Tendencia I: hacia una teoría de la historia. La sociología es entendida como “una empresa enciclopédica, relativa a la totalidad de la vida social del hombre. Es al mismo tiempo histórica y sistemática: histórica porque trata materiales del pasado y los emplea; sistemática porque lo hace con objeto de distinguir ‘las etapas’ del curso de la historia y las regularidades de la vida social” (p. 42). Esta senda puede deformarse al punto de convertirse en un “molde trans-histórico donde se meten a la fuerza los materiales de la historia humana y del cual salen visiones proféticas” (p. 42)

Tendencia II: hacia una teoría sistemática de la ‘naturaleza del hombre y de la sociedad’. En este camino, la sociología se propone construir conceptos para clasificar todas las relaciones sociales y conocer sus características (a las que se considera invariables). Corre el riesgo de deformarse si se abandona la historia; en ese caso, se convierte en formalismo.

Tendencia III: hacia el estudio empírico de los hechos y de los problemas sociales contemporáneos. Esto puede derivar (deformación) en la elaboración de una serie de datos de ambiente sin relación entre sí y con poca significación.

Con esto concluye el capítulo.

 

Villa del Parque, viernes 2 de septiembre de 2022

 


Notas

[1] Mills informa que el capítulo 1 fue presentado en forma abreviada en la American Political Science Association, en septiembre de 1958 en St. Louis.

[2] Para comprender mejor el sentido del texto hay que recordar que la primera edición de la obra data de 1959. En esa época el mundo capitalista experimentaba una prolongada etapa de desarrollo económico, iniciada luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Por otra parte, el mundo socialista experimentaba su etapa más próspera en términos económicos; la URSS había iniciado la exploración del espacio con el lanzamiento del primer satélite artificial, el Sputnik (1957) y se encontraba en pleno deshielo político luego de la muerte de Stalin (1953). Finalmente, los países de la periferia se encontraban en pleno proceso de descolonización, la cual incluía, en muchos pasos, la adopción de formas económicas identificadas con el socialismo soviético. 1959 fue el año del triunfo de la Revolución Cubana.

jueves, 11 de agosto de 2022

EL EDÉN DE LOS PROPIETARIOS: ESTADO DE NATURALEZA EN LOCKE





“El gobierno civil ha de ser el remedio contra las inconveniencias

que lleva consigo el estado de naturaleza, las cuales deben ser, ciertamente,

muchas cuando a los hombres se les deja ser jueces de su propia causa.

John Locke

 

John Locke (1632-1704) es uno de los fundadores del liberalismo político. Su obra Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1690) es, a la vez, una justificación de la Revolución “Gloriosa” de 1688 y una defensa de los principios fundamentales del liberalismo.

Pero Locke no sólo es conocido por su papel en los orígenes del liberalismo; una de sus contribuciones más destacadas en el terreno de la filosofía política consiste en la elaboración del contractualismo, una corriente central en la teoría política europea de los siglos XVII y XVIII. En este blog hemos dedicado bastante espacio al contractualismo; basta indicar, por ejemplo, las fichas dedicadas a Thomas Hobbes (1588-1679). Por ello resulta innecesario prolongar esta introducción con una descripción más o menos detallada del contractualismo. Aquí basta con indicar que el contractualismo parte del supuesto que afirma que los SH no son seres sociales por naturaleza, como afirmaba el viejo Aristóteles (384-322 a. C.), sino que originalmente vivían separados unos de otros, en EN. Este EN era dejado de lado mediante un pacto o contrato entre los individuos, el cual daba origen a la sociedad política.

Locke aportó al contractualismo una concepción peculiar del EN, al que concebía como un verdadero paraíso de los propietarios, pues en él cada individuo forjaba su propiedad privada mediante el propio trabajo, podía acumular riquezas más allá de sus necesidades gracias al oro y a la plata, y no debía pagar impuestos, pues el Estado todavía no existía. Sin embargo, “todo lo sólido se desvanece en el aire”, y el Edén de los propietarios desapareció, derribado no por el pecado original sino por el prosaico egoísmo de los propietarios.

Esta ficha, dedicada al capítulo 2 de la obra [1], cuenta la fábula del Edén de los propietarios. Es, por cierto, una historia imaginaria, dado que jamás hubo EN en ningún lugar ni en ninguna época. No obstante ello, la historia resulta edificante para quienes en la actualidad pretenden revivir la utopía del individuo aislado y egoísta.

Nota bibliográfica:

Para la redacción de estas notas se ha utilizado la traducción española de Carlos Mellizo: Locke,J. (2000). Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil: Un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin del Gobierno Civil. Madrid: Alianza. 238 p. (El libro de bolsillo, Area de conocimiento: Humanidades; 4415). Traducción por Carlos Mellizo. Incluye: Prólogo, por Carlos Mellizo.- Nota a la traducción, por Carlos Mellizo.- Selección bibliográfica. Salvo indicación en contrario, todas las citas corresponden a esta edición.

Abreviaturas:

EN= estado de naturaleza / NH= naturaleza humana / SH= seres humanos


En el principio fue el EN… Es curioso comenzar un estudio de la sociedad política postulando su inexistencia. La cuestión es todavía más curiosa si se tiene en cuenta que no existe registro histórico (mucho menos, si cabe, en la época de Locke) en donde se describa una situación de ausencia de sociedad. Para enojo de los individualistas a ultranza, somos seres sociales. Pero entonces, ¿por qué el EN?

Locke lo explica en la primera oración del capítulo: “Para entender el poder político, y para deducirlo de lo que fue su origen, hemos de considerar cuál es el estado en que los hombres se hallan por naturaleza” (p. 36). En otros términos, la función del EN es servir de base para deducir” el poder político “de lo que fue su origen”. O sea, el EN es una herramienta lógica, una premisa que utiliza para inferir de ella las características del poder político. En otras palabras, lo que verdaderamente importa es el Estado.

Yendo al grano. El EN,

“es el estado en que los hombres se hallan por naturaleza (...) estado de perfecta libertad para que cada uno ordene sus acciones y disponga de posesiones y personas como juzgue oportuno, dentro de los límites de la ley de naturaleza, sin pedir permiso ni depender de la voluntad de ningún otro hombre.” (p. 36)

Los SH poseen “perfecta libertad”, posesiones y personas. Por eso, el EN es el Edén de los propietarios. A estos rasgos del EN (libertad, posesión), agrega la igualdad: “Es [el EN] un estado de igualdad, en el que todo poder y jurisdicción son recíprocos, y donde nadie los disfruta en mayor medida que los demás.” (p. 36) La igualdad es un rasgo de la NH:

“Nada hay más evidente que el que las criaturas de la misma especie y rango, nacidas todas ellas para disfrutar en conjunto de las mismas ventajas naturales, hayan de ser también iguales entre sí, sin subordinación o sujeción de unas o otras” (p. 36).

Locke sigue el sendero inaugurado por Hobbes. Los SH son iguales, afirmación que representa un corte radical con el pensamiento clásico, basado en la noción de la desigualdad natural de las personas.

Pero, el EN es un estado de libertad, pero no un estado de licencia. O sea, cada individuo no puede hacer cualquier cosa (no es un estado de guerra de todos contra todos, tal como sostenía Hobbes en el Leviatán). Hay una “ley de naturaleza”, que

“gobierna [al EN] y que obliga a todos; y la razón, que es esa ley, enseña a toda la humanidad que quiera consultarla que siendo todos los hombres iguales e independientes, ninguno debe dañar a otro en lo que atañe a su vida, salud, libertad o posesiones.” (p. 38)

El punto es interesante. Locke reemplaza un Absoluto (dios) por otro Absoluto (la ley de naturaleza). El problema es que ambos son falsos Absolutos [2], construcciones ideológicas elaboradas al calor de la lucha de clases. El orden burgués deja de estar basado en dios y pasa a legitimarse por la ley de naturaleza. Ahora bien, llegados aquí es legítimo preguntarse: ¿de dónde sale esta ley? La sociedad desgarrada en clases sociales no puede engendrar una única ley de  naturaleza, pues cada clase y grupo social procurará imponer su ley a las demás. Por ende, la ley de naturaleza no será otra cosa que la ley favorable a la clase dominante. Locke recae en el fetichismo jurídico, que pone la ley por encima de las condiciones materiales.

A partir del parágrafo 13 [3], hay una arremetida contra Hobbes y su fundamentación de la necesidad del Leviatán (el Estado).

“Concedo sin reservas que el gobierno civil ha de ser el remedio contra las inconveniencias que lleva consigo el estado de naturaleza, las cuales deben ser, ciertamente, muchas cuando a los hombres se les deja ser jueces de su propia causa.” (p. 43)

Si cada SH es egoísta (y Locke no dice nada en contrario), ser juez de su propia causa derivará en el despotismo de cada individuo, y esto llevará a la guerra de todos contra todos. Pero Locke agrega que el soberano (el Leviatán) también es hombre…¿qué ventaja hay en un régimen en el que el monarca absoluto es un hombre que es juez de su propia causa y tiene la “libertad (...) de hacer con sus súbditos lo que le plazca, sin darle a ninguno la oportunidad de cuestionar o controlar a quien gobierna según su propio gusto, y a quien debe someterse en todo lo que le plazca” (p. 44).

Locke no cuestiona la necesidad del Estado; su objeción va contra la monarquía absoluta; mejor dicho, contra las formas de gobierno en las que una persona o un grupo de personas toman decisiones de manera arbitraria sobre el conjunto de la sociedad. Pero su rival, Hobbes, distingue entre el carácter absoluto del poder estatal y la forma de gobierno. El punto central de la teoría hobbesiana es que los SH no pueden vivir sin un poder que regule sus relaciones sociales.

Los parágrafos 14 y 15 están dedicados al problema de la existencia del EN: “Como todos los príncipes y jefes de los gobiernos independientes del mundo entero se encuentran en un estado de naturaleza, es obvio que nunca faltaron en el mundo, ni nunca faltarán hombres que se hallen en tal estado (p. 44). En este punto, puede decirse que Hobbes tiene razón, pues él sostiene que el EN es una cuestión más lógica que histórica [4]. Sin embargo, la cuestión está mal planteada. El problema no consiste en la existencia o no del EN; el problema a resolver es si los SH pueden vivir fuera de la sociedad. Si el SH es un ser social, el EN deja de ser un problema histórico y pasa a la categoría de herramienta heurística. Además, “no todo pacto pone fin al estado de naturaleza entre los hombres, sino solamente el que los hace establecer el acuerdo mutuo de entrar en una comunidad y formar un cuerpo político” (p. 44)

Locke concluye el capítulo con una afirmación del individualismo: “Yo (...) afirmo que los hombres se hallan naturalmente en un estado así [EN], y que en él permanecen hasta que, por su propio consentimiento, se hacen a sí mismos miembros de alguna sociedad política” (p. 45). En la base del liberalismo se encuentra la negación de la sociedad; o, en otras palabras, la negación del SH como ser social. Eso explica la dificultad permanente del liberalismo para articular lo individual y lo social. Pero esto ya es otra historia, que excede con mucho la fábula contada aquí.

 

Villa del Parque, jueves 11 de agosto de 2022


NOTAS:

[1] Titulado “Del estado de naturaleza” (pp. 36-45).

[2] Es más preciso decir que todo Absoluto, por la mera pretensión de serlo, es falso.

[3] El capítulo 2 abarca los parágrafos 4-15.

[4] “Acaso puede pensarse que nunca existió un tiempo o condición en que se diera una guerra semejante, y, en efecto, yo creo que nunca ocurrió generalmente así, en el mundo entero, pero existen varios lugares donde viven ahora de ese modo. Los pueblos salvajes en varias comarcas de América, si se exceptúa el régimen de pequeñas familias cuya concordia depende de la concupiscencia natural, carecen de gobierno en absoluto y viven en ese estado bestial a que me he referido.” (Hobbes, Leviatán, México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1998, pp. 103-104)


martes, 26 de julio de 2022

RICARDO Y LOS DIFERENTES TIPOS DE TRABAJO

 



“El trabajo es el fundamento del valor y (...)

la cantidad relativa del mismo determina casi

exclusivamente el valor relativo de las cosas.”

David Ricardo

 

David Ricardo (1772-1823) investigó la economía política en los albores de la primera Revolución Industrial. Gracias a él tenemos, entre otras cosas, la crítica de Karl Marx (1818-1883) a la ciencia económica moderna (`moderna’ significa en este caso las primeras décadas del siglo XIX), plasmada en El capital (1867), la mejor descripción del funcionamiento del modo de producción capitalista escrita hasta la fecha. 

Ricardo es autor de Principios de economía política (Principles of Political Economy and Taxation; 1° edición: 1817). Esta obra constituye, junto con An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (1776) de Adam Smith (1723-1790), el aporte más significativo de la economía política clásica a la ciencia económica. Desde el punto de vista bibliográfico, los Principles de Ricardo se encuentran divididos en XXXII capítulos. El capítulo I, titulado “Del valor”, se halla subdividido, a su vez, en siete secciones. La Sección II de ese capítulo está dedicada a examinar el problema de las distintas clases de trabajo y su papel en la determinación del valor en cambio de la mercancía. [1]

Noticia para bibliófilos:

Para la redacción de la ficha utilicé la traducción española de E. Hazera: Ricardo, D. (1985). Principios de economía política. Madrid, España: SARPE.


Teoría del valor trabajo, ok. Pero, ¿qué trabajo?

Adam Smith fue el primero en establecer que el trabajo es la fuente del valor de las mercancías. Ricardo retoma la idea smithiana y enuncia la siguiente ley del valor

Si la cantidad de trabajo empleada en las cosas regula su valor en cambio [2], cada incremento de la misma debe aumentar el valor del artículo a que se aplique, y, del mismo modo, toda disminución debe reducirlo.” (p. 29) [3]

Ahora bien, así planteada la teoría del valor trabajo presenta una serie de dificultades. La primera de ellas consiste en un problema que es a la vez teórico y práctico. En la sociedad hay multitud de trabajos diferentes, hecho que resulta de la constante extensión de la división del trabajo, algo ya advertido por Smith. Las profesiones, los oficios, las labores, se especializan cada vez más. Por ende, surge la dificultad de cómo comparar un día de trabajo de una ocupación con un día de trabajo de otra ocupación. ¿Cómo establecer la equivalencia entre la hora de trabajo de un ingeniero y la hora de trabajo de un programador de software? , ¿cómo determinar la relación entre la hora de trabajo de un maestro y la hora de trabajo de un recolector de residuos? La cuestión es crucial para la teoría del valor trabajo, pues si los trabajos de las diferentes ocupaciones y oficios son incomparables, la teoría resulta falsa.

Ricardo sostiene que el mercado realiza la comparación entre los diferentes trabajos. La acción de comparar se lleva a cabo tomando en cuenta dos variables: a) la habilidad relativa del trabajador; b) la intensidad media del trabajo ejecutado. Que el actor central sea el mercado da cuenta, en el lenguaje del economista inglés, del hecho de que la economía es un proceso social y no individual. Así, yo puedo pretender cobrar por una hora de mi trabajo (consistente en dar clases de sociología) el triple de la hora de trabajo de un conductor de grúas de precisión utilizadas en la construcción de puentes, pero mi pretensión se estrellará contra el dictamen del mercado. 

Ricardo desarrolla un poco más la cuestión de la determinación del valor relativo de los trabajos, incorporando más variables. De este modo, para establecer la equivalencia entre los distintos trabajos deben tomarse en cuenta: 1) destreza; 2) habilidad; 3) tiempo necesario para aprender el oficio (p. 36). Sin embargo, la enumeración resulta incompleta, pues en ella faltan al menos dos elementos: 4) la habilidad y la destreza de la fuerza de trabajo tienen que comer todos los días, es decir, los medios de subsistencia requeridos por el trabajador; 5) la fuerza de trabajo tiene que reproducirse, para que el proceso de trabajo continúe en la generación siguiente, o sea, los medios de subsistencia necesarios para el mantenimiento de la familia del trabajador o trabajadora.

En base a lo anterior, se puede esbozar una primera definición del salario [4]: éste es el valor en cambio de un oficio, profesión, etc. 

 

Digresión epistemológica

Ricardo indica al pasar que estudia los “efectos de las variaciones del valor relativo de las cosas y no de su valor absoluto” (p. 36). Esta frase tiene importancia epistemológica, pues las variaciones del valor relativo (los precios) pueden observarse y ser mensurados. La teoría del valor arranca, pues, de observaciones objetivas y las explica a partir de los cambios (también observables y objetivos) en la cantidad de trabajo necesario para producir las cosas. Precisamente por esto es una teoría objetiva del valor. Pero resulta significativo notar que la teoría tiene un límite: no dice nada del valor absoluto (por lo menos en esta ocasión). En parte, esto último se explica porque el valor es una relación, no una esencia. ¿En qué consiste la diferencia entre relación y esencia? Ya tendremos oportunidad de desarrollar esto más adelante. 

 

Villa del Parque, martes 26 de julio de 2022


Notas

[1] La Sección II se encuentra en pp. 35-36 de la edición mencionada en la noticia para bibliófilos.

[2] Ricardo utiliza el término valor en cambio para referirse al valor mercantil.

[3] Ver también, al comienzo de la Sección II, la frase que sirve de epígrafe a esta ficha.

[4] Ricardo aborda la cuestión de los salarios en el capítulo V (pp. 87-99).

martes, 12 de julio de 2022

ARGUMENTOS HOBBESIANOS PARA AMAR AL LEVIATÁN O, POR LO MENOS, JUSTIFICAR SU EXISTENCIA

 

Coloso, pintura atribuida a Francisco de Goya


 "Si pudiéramos imaginar una gran multitud de individuos, 

concordes con la observancia de la justicia y de otras leyes de naturaleza, 

pero sin un poder común para mantenerlos a raya, 

podríamos suponer igualmente que todo el género humano hiciera lo mismo, 

y entonces no existiría ni sería preciso que existiera ningún gobierno civil 

o Estado, en absoluto, porque la paz existiría sin sujeción alguna."

Thomas Hobbes


En el Leviatán, la obra maestra del filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679), se encuentran algunos capítulos especialmente importantes desde el punto de vista de la ciencia de la sociedad. Ellos son el XIII, donde se describen las características del estado de naturaleza, el cual precede a la vida en sociedad, y el XVII, en el que se presentan las causas de la creación del Estado, así como la manera en que esa creación se lleva a cabo. Ambos capítulos, que por sí solos justifican la inclusión de Hobbes en cualquier antología del pensamiento político, ya fueron reseñados y comentados en este blog. Pero el trabajo quedaría incompleto si no procedemos a examinar el capítulo XVIII, que da un cierre al tema de la cuestión del surgimiento del Estado abordada en el capítulo que lo precede en la obra.

Antes de empezar es preciso contentar a los amantes de las noticias bibliográficas. Todas las citas del Leviatán fueron tomadas de la siguiente edición: Hobbes, T. (1998). [1°edición: 1651]: Leviatán o la materia, forma y poder de una república, eclesiástica y civil. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica. 618 p. (Sección de Obras de Política y Derecho). Traducción de Manuel Sánchez Sarto.


Cumplidas las formalidades, ya podemos comenzar con el análisis del capítulo XVIII, cuyo título es “De los Derechos de los Soberanos por Institución”. [1]

Hobbes inauguró una corriente de pensamiento político conocida como contractualismo, cuya característica definitoria consiste en postular un estado presocial (el famoso estado de naturaleza), del que se sale mediante la realización de un pacto o contrato (de ahí el nombre de la corriente). A Hobbes no le importa si existió históricamente el estado de naturaleza, pues éste es más que nada un recurso lógico, que permite a nuestro autor modelar los rasgos del Estado. Para ser precisos, hay que decir que en la base de la argumentación hobbesiana se encuentra la noción de naturaleza humana. O sea, la serie argumental es la siguiente: naturaleza (o esencia) humana - estado de naturaleza - contrato o pacto - Leviatán (Estado). En entradas anteriores ya desarrollamos los primeros tres puntos de la serie argumental y, además, indicamos que la nota característica del Estado es el recurso al terror para lograr la paz. Nuestro filósofo no es afecto a lo políticamente correcto y prefiere mostrarnos la desnudez del Estado.

La necesidad del Estado se deriva de la situación de guerra de todos contra todos, propia del estado de naturaleza. El mismo egoísmo que provoca la confrontación entre los seres humanos propone el remedio para superarla: surge así en cada individuo la decisión de ceder a un tercero su derecho al autogobierno. De este modo cobra vida el Leviatán, cuya potencia inflige terror a las personas y las convence de respetar las reglas que impone.

Ahora bien, el Estado utiliza el terror para imponer la paz. Con ese objetivo concentra el poder para someter a los súbditos. Por ende, existe una asimetría brutal entre el poder estatal y el poder de los ciudadanos; simplemente no hay equivalencia entre uno y otro. Pero el gran poder del Estado tiene su contracara; los súbditos pueden considerar que la asimetría mencionada les proporciona más desventajas que utilidades. 

A primera vista, salir de la guerra de todos contra todos para pasar a la opresión estatal no parece ser un buen negocio.

Hobbes resuelve el problema mediante dos argumentos. El primero involucra la cuestión de la representación y es desarrollado al comienzo del capítulo. El segundo consiste en la comparación de la vida de las personas en estado de naturaleza y la vida bajo el poder del Leviatán, y se encuentra al final del capítulo. Dado que el segundo argumento remite a los fines del Estado y que, por tanto, toca la raíz de la cuestión, es preciso comenzar por éste a los fines de la claridad de la exposición, a pesar de que proceder así implica invertir la estructura del capítulo.

Como es su costumbre, Hobbes va al hueso:

“Puede objetarse aquí que la condición de los súbditos es muy miserable, puesto que están sujetos a los caprichos y otras irregulares pasiones de aquel o aquellos cuyas manos tienen tan ilimitado poder.” (p. 150)

La objeción es plausible dada la asimetría de poder entre el Leviatán y los súbditos. Y es todavía más pertinente si se acepta la concepción hobbesiana de la naturaleza humana: los seres humanos son egoístas por naturaleza y luchan entre sí por tres motivos, a saber, competencia, desconfianza, gloria. [2] Pues, si cada individuo procura someter a los demás, ¿qué no haría uno - o varios de ellos - colocado en una posición de poder? 

Parece ser que hemos salido del terror de la guerra de todos contra todos para sumergirnos en el terror del despotismo estatal.

Hobbes responde al problema de la asimetría Estado-súbdito mediante otra asimetría: el terror de la guerra de todos contra todos frente al terror estatal. El primero es la peor situación imaginable para los seres humanos, pues “existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve” (p. 103). En el estado de naturaleza impera “esa disoluta condición de los hombres desenfrenados, sin sujeción a leyes y a un poder coercitivo que trabe sus manos, apartándoles de la rapiña y de la venganza” (p. 150). Ese estado puede compararse a “la miseria y calamidades que acompañan a una guerra civil” (p. 150). 

Todos estos horrores son consecuencia de la ausencia de un “poder coercitivo” que ponga freno a la acción de las pasiones propias de la naturaleza humana.

Nuestro filósofo es taxativo:

“Las leyes de naturaleza (...) [en suma, la ley que dice haz a los otros lo que quieras que otros hagan para tí] son, por sí mismas, cuando no existe el temor a un determinado poder que motive su observancia, contrarias a nuestras pasiones, las cuales nos inducen a la parcialidad, al orgullo, a la venganza y a cosas semejantes. Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras, sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno.” (p. 137)

Por todo esto, el terror de la guerra de todos contra todos es inconmensurable. En consecuencia, el terror que impone el Leviatán es necesario, pues sin la existencia de un poder coercitivo la vida humana no es otra cosa que miedo e incertidumbre. 

El poder estatal provoca “incomodidades” a las personas, pero son insignificantes frente a los efectos de la guerra de todos contra todos. Este es, palabras más palabras menos, el argumento hobbesiano.

La historia nos enseña las atrocidades cometidas por los Estados. Está fuera de discusión la inigualable capacidad estatal para infligir daño y provocar sufrimiento. Pero Hobbes nos propone ampliar la perspectiva e indagar las causas de la existencia del Estado, pues el Leviatán existe con independencia de lo que pensemos de él. Su razonamiento es sencillo, pero apunta al núcleo de la cuestión: la necesidad de reglas para vivir en sociedad y, derivada de ella, la necesidad de un poder que haga cumplir esas reglas.

Tal como se indicó más arriba, Hobbes desarrolla otro argumento para resolver el problema de la justificación del Estado. Según esta otra argumentación, el Leviatán es instituido por la voluntad de cada uno de los individuos, expresada en el pacto. No es una imposición; su institución expresa la autonomía del individuo. Si bien Hobbes apenas menciona al pueblo (algo lógico, puesto que su postura es individualista metodológica), puede afirmarse que el Leviatán surge de la voluntad popular (entendida aquí como la agregación de cada uno de los individuos que firma el pacto). [3] Por ende, cada una de las leyes establecidas por el Estado debe ser considerada como la expresión de la voluntad de cada individuo pactante.

“Cada uno de ellos, tanto los que han votado en pro como los que han votado en contra [de la creación del Leviatán], debe autorizar todas las acciones y juicios de ese hombre o asamblea de hombres, lo mismo que si fueran suyos propios, al objeto de vivir apaciblemente entre sí y de ser protegidos contra otros hombres.” (p. 142)

El terror de que se sirve el Estado para imponer la paz es, por tanto, la manifestación de las voluntades de los individuos. Esta es una diferencia radical respecto a la situación del estado de naturaleza.

Hobbes profundiza el camino abierto por Maquiavelo (1469-1527) en El príncipe [4]. El pueblo es la fuente de la soberanía; el Leviatán es la representación del pueblo. Por esto el terror estatal expresa la voluntad del pueblo de poner fin a la guerra de todos contra todos.

Los dos argumentos que acabamos de exponer le sirven a Hobbes para justificar la necesidad del Estado. Ellos no agotan la variedad de temas desarrollados en el capítulo XVIII, pues allí se abordan dos cuestiones más: i) la soberanía y la representación; ii) los derechos y atributos del Estado. Pero aquí termina la ficha. Ya habrá oportunidad para tratar ambas cuestiones.

 

Villa del Parque, martes 12 de julio de 2022


NOTAS

[1] Se encuentra en pp. 142-150 de la edición mencionada.

[2] Hobbes escribió en el capítulo XIII: “Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria.” (p. 102).

[3] El pasaje clave es el siguiente: “De esta institución de un Estado derivan todos los derechos y facultades de aquel o de aquellos a quienes se confiere el poder soberano por el consentimiento del pueblo reunido.” (p. 142)

[4] Ver al respecto el capítulo 9 de El príncipe.