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miércoles, 8 de julio de 2020

SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN CURSO 2020 – CLASE N° 6


“Un albañil quería…Pero la piedra cobra
su torva densidad brutal en un momento.
Aquel hombre labraba su cárcel. Y en su obra
fueron precipitados él y el viento.”
Miguel Hernández (1910-1942), poeta español.

Bienvenidas y bienvenidos a la sexta clase del curso.
Después de un largo paréntesis, motivado por el cierre de las cursadas en la universidad, retomo la redacción de las clases. Por ahora vamos a dedicarnos a avanzar en la cursada (siempre teniendo en cuenta las circunstancias excepcionales en las que transcurre el curso), no se preocupen por evaluaciones o trabajos prácticos.
Estoy a su disposición para dudas, consultas, sugerencias o quejas. No duden en escribirme. En la medida de lo posible iré incorporando las respuestas a esas consultas al final de cada clase.
Vayamos directamente a nuestra clase.

En las clases anteriores esbozamos los rasgos generales del modelo reproductivista en Sociología de la Educación. Para ello nos servimos de la obra del sociólogo francés Emile Durkheim (1858-1917). Según la perspectiva durkheimiana, la función primordial de la educación consiste en reproducir las condiciones sociales existentes. Por un lado, reproduce en la joven generación los saberes, habilidades y disposiciones necesarios para mantener la producción de mercancías; por otro, inculca en dicha generación las normas y representaciones sociales requeridas para la perpetuación del orden existente.
Pero todavía no conocemos los medios concretos utilizados por la educación (más preciso, por el sistema educativo) para cumplir los objetivos que acabamos de mencionar. En este punto viene en nuestro auxilio el filósofo francés Michel Foucault (1926-1984), probablemente un viejo conocido de ustedes. Vamos a revisar algunos pasajes de su obra Vigilar y castigar (1975). [1]
Para llevar a cabo nuestra tarea analizaremos la tercera sección del segundo libro de VyC. Dicha sección ocupa un lugar fundamental en la obra, porque Foucault desarrolla en ella los lineamientos fundamentales de su concepción del poder en la sociedad capitalista. El análisis del panoptismo le sirve para describir el pasaje del poder soberano (centrado en la figura del rey y propio del feudalismo) al poder disciplinario (cuyo objetivo es la obtener de los cuerpos el mayor rendimiento posible).
Como es sabido, el estudio de la transición del feudalismo al capitalismo ocupó un lugar central tanto en la sociología como en el marxismo. Foucault aborda la cuestión concentrándose en el surgimiento de la sociedad disciplinaria. Foucault concibe a la disciplina no como una institución o un aparato, sino como el “procedimiento técnico unitario por el cual la fuerza del cuerpo está, con el menor gasto, reducida como fuerza «política», y maximizada como fuerza útil.” (p. 224).
La conformación de una sociedad disciplinaria requería concebir al individuo como una fuente de riqueza. Economistas como Adam Smith (1723-1790) comprendieron la naturaleza del proceso al sostener que la riqueza tenía origen en el trabajo de las personas y no en las cosas en sí. La nueva sociedad estaba basada en el proceso de trabajo capitalista, entendido como la producción de riqueza a partir de la explotación de la fuerza de trabajo. De ahí la centralidad de disciplinar a los individuos (utilizamos aquí la palabra “disciplinar” en el sentido que Foucault da a la noción de “disciplina”).
Foucault explica los mecanismos disciplinarios a partir de la descripción del conjunto de medidas que adoptaba la ciudad para hacer frente a la peste. [2] Los mecanismos son tres: a) una estricta división espacial, que recorta el espacio de la ciudad y pega a cada uno en su puesto. Si alguien se mueve de ese lugar, es ejecutado; b) la inspección continua, llevada a cabo por un cuerpo de milicia que controla cada una de las casas de la ciudad; c) la vigilancia se apoya en un sistema de registro (escrito) permanente.
Foucault describe así el modelo:
“Este espacio cerrado, recortado, vigilado, en todos sus puntos, en el que los individuos están insertos en un lugar fijo, en el que los menores movimientos se hallan controlados, en el que todos los acontecimientos están registrados, en el que un trabajo ininterrumpido de escritura une el centro y la periferia, en el que el poder se ejerce por entero de acuerdo con una figura jerárquica continua, en el que cada individuo está constantemente localizado, examinado y distribuido entre los vivos, los enfermos y los muertos – todo esto constituye un modelo compacto del dispositivo disciplinario.” (p. 201).
La peste es el desorden en la ciudad; la disciplina la enfrenta imponiendo el orden mediante el análisis y la vigilancia continua. La peste mezcla; la disciplina separa a los sanos de los infectados.
Las medidas disciplinarias adoptadas para enfrentar la peste representan un salto cualitativo respecto al “gran encierro” practicado frente a la lepra. Foucault compara ambas políticas: la lepra suscitó la división masiva y binaria entre unos (los sanos) y otros (los enfermos); la peste, en cambio, promovió “esquemas disciplinarios”: “apela a separaciones múltiples, a distribuciones individualizantes a una organización en profundidad de las vigilancias y de los controles, a una intensificación y a una ramificación del poder.” (p. 202).
La lepra y la peste son enfrentadas con políticas que conciben de manera diferente a la sociedad. La lepra representa el ideal de la comunidad pura, que excluye a los “impuros”. La peste es el ejemplo del “buen encauzamiento de la conducta”. (p. 202). Con esta última entramos al terreno propiamente capitalista.
Foucault concluye la comparación señalando que las técnicas para hacer frente a la lepra y la peste no eran incompatibles; el siglo XIX las aproximó, aplicando “al espacio de exclusión cuyo habitante simbólico era el leproso (y los mendigos, los vagabundos, los locos, los violentos, formaban su población real) la técnica de poder propia del reticulado disciplinario.” (p. 202).
El asilo psiquiátrico, la penitenciaría, el correccional, el establecimiento de educación vigilada, los hospitales, en definitiva, todas las instancias de control individual,
“funcionan de doble modo: el de la división binaria y la marcación (loco-no loco; peligroso-inofensivo; normal-anormal); y el de la asignación coercitiva, de la distribución diferencial (quién es; dónde debe estar; por qué caracterizarlo, cómo reconocerlo; cómo ejercer sobre él, de manera individual, una vigilancia constante, etc.).” (p. 203).
Ahora bien, la peste es un modelo experimental, en el sentido de que sólo se aplica en situaciones excepcionales; es una especie de laboratorio en el que se ponen en práctica los esquemas disciplinarios. Puede decirse que fue la primera etapa del programa disciplinario. La etapa siguiente consistió en la extensión de la excepción (la peste) a lo cotidiano. El Panóptico cumplió esa función. 
Jeremy Bentham (1748-1832), el filósofo inglés creador de la corriente filosófica conocida como utilitarismo, ideó el Panóptico con el objetivo de reemplazar al viejo modelo de prisión imperante a finales del siglo XVIII. [3] Foucault sostiene que el Panóptico no se limita al caso específico de la prisión; “por el contrario, debe ser comprendido como un modelo generalizable de funcionamiento; una manera de definir las relaciones de poder con la vida cotidiana de los seres humanos.” (p. 208). En otras palabras, “es de hecho una figura de tecnología política que se puede y que se debe desprender de todo uso específico.” (209).
Foucault concibe al panóptico como el modelo de las nuevas tecnologías disciplinarias. Es una herramienta para “perfeccionar el ejercicio del poder”. El Panóptico contribuye a ese perfeccionamiento de varias maneras: a) reduce el número de los que ejercen el poder, a la vez que multiplica el número de aquellos sobre quienes se ejerce; b) permite intervenir a cada instante, anticipándose a los acontecimientos; c) su fuerza “estriba en no intervenir jamás, en ejercerse espontáneamente y sin ruido, en constituir un mecanismo cuyos efectos se encadenan los unos a los otros” (p. 209); d) por medio de la arquitectura y la geometría, actúa directamente sobre los individuos.
¿Cómo logra el Panóptico esa perfección del poder? Invirtiendo el principio del calabozo. Mientras las funciones de éste son encerrar, privar de luz y ocultar, el Panóptico se limita a encerrar, suprimiendo las otras dos: “La plena luz y la mirada de un vigilante captan mejor que la sombra. La visibilidad es una trampa.” (p. 204). De este modo, un vigilante situado en la torre central, rodeada por el anillo donde se ubican las celdas de los prisioneros, puede vigilar a una multitud de personas. Los presos se saben vigilados; el guardián nunca es visto. La vigilancia (el poder) se convierte en una presencia omnipresente.
La estructura del Panóptica tiene consecuencias importantes sobre el Poder:
“El Panóptico es una máquina de disociar la pareja ver-ser visto: en el anillo periférico, se es totalmente visto, sin ver jamás; en la torre central, se ve todo, sin ser jamás visto. Dispositivo importante, ya que automatiza y desindividualiza el poder. Éste tiene su principio menos en una persona que en cierta distribución concertada de los cuerpos, de las superficies, de las miradas; en un equipo cuyos mecanismos internos producen la relación en la cual están insertos los individuos.” (p. 205).
La contribución del Panóptico al arte de la política consiste, en palabras de Foucault en:
“En suma, hace de modo que el ejercicio del poder no se agregue del exterior, como una coacción rígida o como un peso, sobre las funciones en las que influye, sino que esté en ellas lo bastante sutilmente presente para aumentar su eficacia aumentando él mismo sus propias presas. El dispositivo panóptico (…) es una manera de hacer funcionar unas relaciones de poder en una función, y una función por esas relaciones de poder.” (p. 210)
El Panóptico es un amplificador del poder, una manera de hacerlo llegar a todos los rincones de la sociedad. ¿Para qué? En este punto es imprescindible conectar la institución del Panóptico con el desarrollo del capitalismo. Cabe recordar que la organización capitalista de la sociedad requiere una expansión constante de las fuerzas productivas [4] y que esa expansión está atada al aumento de la explotación de la fuerza de trabajo por medio de la apropiación de plusvalor absoluto y relativo por los capitalistas. [5] Como en el capitalismo los trabajadores son libres en términos jurídicos, esa explotación tiene que realizarse sin recurrir (salvo en casos de rebelión de los trabajadores) a la violencia física. Marx sostiene que, una vez desarrollado, el capitalismo ejerce la dominación de manera automática, por medio de la coerción económica. [6] Esa dominación, sin embargo, no es tan automática. Requiere de la puesta en práctica de una serie de mecanismos que garanticen que el sometimiento de los trabajadores se reproduzca constantemente. En este punto intervienen las instituciones panópticas:
“El Panóptico (…) tiene un poder de amplificación; si acondiciona el poder, si quiere hacerlo más económico y más eficaz, no es por el poder en sí, ni por la salvación inmediata de una sociedad amenazada: se trata  de volver más fuertes las fuerzas sociales – aumentar la producción, desarrollar la economía, difundir la instrucción, elevar el nivel de la moral pública; hacer crecer y multiplicar.” (p. 211).
Amplificación de la capacidad productiva de cada individuo a partir de una vigilancia continua, de un control llevado a todos los lugares de la sociedad.
“¿Qué intensificador de poder podrá ser a la vez un multiplicador de producción? ¿Cómo al aumentar sus fuerzas, podrá el poder acrecentar las de la sociedad en lugar de confiscarlas o de frenarlas? [6] La solución del Panóptico a este problema es que el aumento productivo del poder no puede ser garantizado más que si de una parte tiene la posibilidad de ejercerse de manera continua en los basamentos de la sociedad, hasta su partícula más fina, y si, por otra parte, funciona al margen de esas formas repentinas, violentas, discontinuas, que están vinculadas al ejercicio de la soberanía.” (p. 211).
La vigilancia continua (aunque ésta no se haga efectiva en la práctica, porque hay momentos en que el vigilante puede dormitar o distraerse) reduce al mínimo la necesidad de la coerción por medio de la violencia física.
“El que está sometido a un campo de visibilidad, y que lo sabe, reproduce por su cuenta las coacciones del poder; las hace jugar espontáneamente sobre el mismo; inscribe en sí mismo la relación de poder en la cual juega simultáneamente los dos papeles; se convierte en el principio de su propio sometimiento. Por ello, el poder externo puede aligerar su peso físico; tiende a lo incorpóreo; y cuanto más se acerca a este límite, más constantes, profundos, adquiridos de una vez para siempre e incesantemente prolongados serán sus efectos: perpetua victoria que evita todo enfrentamiento físico y que siempre se juega de antemano.” (p. 206; el resaltado es mío – AM-).
Foucault considera que el Panóptico sirve también para construir un saber de los seres humanos, dada que pone bajo constante observación a las personas. En este sentido, funciona como “una especie de laboratorio de poder”. En este laboratorio encuentran su origen las disciplinas sociales modernas.
Si el tratamiento de la peste representó un salto cualitativo respecto al “gran encierro”, la implementación de dispositivos panópticos marcó otro salto hacia adelante. Mientras que la peste fue enfrentada con medidas de excepción que eran dejadas de lado no bien desaparecía la causa que las había ocasionado, los dispositivos panópticos vinieron para quedarse.
El poder soberano, cuya encarnación era el rey y que correspondía a la sociedad feudal, es desplazado por el PD, cuyo mecanismo modelo es el Panóptico y que se corresponde con el surgimiento del capitalismo. Es un poder que se ejerce en todos los niveles de la sociedad y que tiene como uno de sus objetivos primordiales la multiplicación de la capacidad productiva de los cuerpos de los trabajadores. Los dispositivos panópticos y disciplinarios, los primeros dedicados a vigilar a los individuos, los segundos a encauzarlos por la “buena senda” del trabajo capitalista, se entrelazan y producen una nueva “anatomía política”, cuyo “objeto y fin no son la relación de soberanía sino las relaciones de fuerza.” (p. 212).
Foucault remarca que el Panóptico es mucho más que un proyecto específico elaborado por Bentham. Es una nueva manera de concebir el poder, propio de esa nueva forma de organización social que es el capitalismo.
“Con estas disciplinas que la época clásica elaborara en lugares precisos y relativamente cerrados – cuarteles, colegios, grandes talleres – y cuyo empleo global no se había imaginado sino a la escala limitada y provisional de una ciudad en estado de peste, Bentham sueña hacer un sistema de dispositivos siempre y por doquier alerta, que recorrieran la ciudad sin laguna ni interrupción. La disposición panóptica da la fórmula de esta generalización. Programa, al nivel de un mecanismo elemental y fácilmente transferible, el funcionamiento de base de la sociedad toda ella atravesada y penetrada por mecanismos disciplinarios.” (p. 212).
La lectura de VyC en 2020 agrega un matiz a lo anterior. Vistas las cosas desde el punto de los recursos técnicos, hoy en día es factible implementar un control total de la población por medio de dispositivos informáticos y concretar esa utopía del poder: la vigilancia permanente sobre todos los individuos. El Panóptico requería de dispositivos de una materialidad dura, consistentes en los muros y las torres. En la actualidad, la vigilancia puede realizarse con dispositivos mucho más inmateriales que los del siglo XIX. Sin embargo, es el propio desarrollo del capitalismo (no las necesidades de un Poder “abstracto”), el despliegue de su lógica interna, el que promueve ese reforzamiento constante de la vigilancia.
Foucault sintetiza lo expuesto afirmando que entre los siglos XVII y XVIII se formó la SD. Este período formativo se caracterizó por el pasaje de la disciplina-bloqueo, cuyo ejemplo paradigmático es el conjunto de medidas para enfrentar la peste, a la disciplina-mecanismo, cuyo emblema es el Panóptico; todo esto, en el marco de una extensión y multiplicación de las instituciones de disciplina (hospitales, cuarteles, escuelas, talleres).
Este incremento de las instituciones disciplinarias es parte de procesos sociales más profundos. Los tres procesos más importantes son:
1) La inversión funcional de las disciplinas: en sus orígenes, las disciplinas tenían por objetivo neutralizar los peligros de las multitudes, de las concentraciones numerosas; con el advenimiento del capitalismo se pide de las disciplinas el desempeño de un papel positivo, “haciendo que aumente la utilidad posible de los individuos.” (p. 213). Este aumento de la utilidad, cuya finalidad es siempre económica, es la clave para comprender la extensión de las instituciones disciplinarias.
Foucault ejemplifica lo expuesto en el párrafo anterior con el caso del taller:
“La disciplina del taller, sin dejar de ser una manera de hacer respetar los reglamentos y las autoridades, de impedir los robos o la disipación, tiende a que aumenten las aptitudes, las velocidades, los rendimientos, y por ende las ganancias; moraliza siempre las conductas pero cada vez más finaliza los comportamientos y hace que entren los cuerpos en una maquinaria y las fuerzas en una economía.” (p. 213).
Nada de esto tiene sentido si no se inserta en el contexto de la explotación capitalista y el “hambre” de plusvalor que “padece” incesantemente el empresario. Extraer la mayor utilidad posible de cada individuo, aumentar la explotación (consistente en la producción de plusvalor y su apropiación por el capitalista): he aquí las claves para entender el desarrollo de la SD.
Las disciplinas funcionan cada vez más como unas técnicas que fabrican individuos útiles. De ahí el hecho de que se liberen de su posición marginal en los confines de la sociedad, y que se separen de las formas de la exclusión o de la expiación, del encierro o del retiro. (…) De ahí también que tiendan a implantarse en los sectores más importantes, más centrales, más productivos de la sociedad; que vengan a conectarse sobre algunas de las grandes funciones esenciales: la producción manufacturera, la transmisión de conocimientos, la difusión de aptitudes y de tacto, el aparato de guerra. De ahí, en fin, la doble tendencia que vemos desarrollarse a lo largo del siglo XVIII a multiplicar el número de las instituciones de disciplina y a disciplinar los aparatos existentes.” (p. 214; el resaltado es mío – AM-).
En pocas palabras, la expansión de la SD va de la mano con el desarrollo del capitalismo. Todas las relaciones sociales deben ser “disciplinadas” en función de la producción de plusvalor.
2)La enjambrazón de los mecanismos disciplinarios: las instituciones disciplinarias dejan de ser instituciones cerradas sobre sí mismas y pasan a desarrollar un enjambre de controles hacia el exterior. Dicho de otro modo, los procedimientos disciplinarios desarrollados en su interior se transfieren a otros ámbitos de la sociedad. Por ejemplo, los hospitales pasan a ser puntos de apoyo para la vigilancia médica de la población externa. También aparecen focos de control diseminados en toda la sociedad (casos de los grupos religiosos, las asociaciones de beneficencia, etc.).
3)La nacionalización de los mecanismos de disciplina: La SD pasó a requerir, una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo, la creación de una institución capaz de apropiarse de “instrumentos de una vigilancia permanente, exhaustiva, omnipresente, capaz de hacerlo todo visible, pero a condición de volverse ella misma invisible.” (p. 217). Esta institución es la policía.
El poder policíaco constituye una pieza fundamental de la SD: “es un aparato que debe ser coextensivo al cuerpo social entero y no sólo por los límites extremos que alcanza, sin por la minucia de los detalles de que se ocupa.” (p. 216). A diferencia de otros organismos estatales, la policía se ocupa de lo elemental, de lo pasajero, del rumor. Registra, “a diferencia de los métodos de la escritura judicial o administrativa, (…) [las] conductas, actitudes, virtualidades, sospechas – una toma en cuenta permanente del comportamiento de los individuos.” (p. 217).
La generalización del aparato policiaco en el siglo XVIII marca el triunfo de la SD, la consolidación de ésta. La policía tiene una función primordialmente disciplinaria, además de sus funciones de control de las revueltas y auxiliar de la justicia en la persecución de los criminales. Esta función disciplinaria es
“compleja, ya que une el poder absoluto del monarca a las más pequeñas instancias de poder diseminadas en la sociedad; ya que, entre estas diferentes instituciones cerradas de disciplina (talleres, ejércitos, escuelas), extiende una red intermedia, que actúa allí donde aquéllas no pueden intervenir, disciplinando los espacios no disciplinarios; pero que cubre, une entre ellos, garantiza con su fuerza armada: disciplina intersticial y metadisciplina.” (p. 218).
El proceso descripto hasta aquí es el de la formación de la SD. Consiste “en el movimiento que va de las disciplinas cerradas, especie de «cuarentena» social, hasta el mecanismo indefinidamente generalizable del «panoptismo». “ (p. 219).
Foucault utiliza las reflexiones de Nikolaus Heinrich Julius (1783-1862), médico alemán que promovió las reformas de las cárceles. Julius sostuvo que la Antigüedad había sido una sociedad del espectáculo pues en ella se procuraba hacer accesible a una multitud de personas un número pequeño de objetos. Por ejemplo, el rey estaba expuesto a la visibilidad de las multitudes. En cambio, la Modernidad se proponía resolver el problema inverso: lograr que un pequeño número de individuos pudiera observa instantáneamente a una gran multitud. La solución al problema era el Panóptico. De este modo, la transición del feudalismo al capitalismo podía concebirse como el pasaje de la sociedad del espectáculo a la sociedad de la vigilancia.
La formación de la SD remite a cierto número de procesos sociales más amplios. Foucault indica el lugar que ocupa la SD en ese marco más amplio. “De una manera global puede decirse que las disciplinas son unas técnicas para garantizar la ordenación de las multiplicidades humanas.” Ahora bien, Foucault señala que este problema se le presenta a todo “sistema de poder”. Lo específico de las disciplinas [que no es otra cosa que la solución al problema desarrollada por el capitalismo naciente] está contenido en tres criterios que guían la táctica de poder de la SD: a) hacer del ejercicio del poder lo menos costoso posible; b) hacer que los efectos de ese poder alcancen el máximo de intensidad y que se extiendan lo más lejos posible [hasta abarcar a toda la sociedad, hasta llegar a todos los rincones de la sociedad]; c) ligar crecimiento “económico” del poder y rendimiento de los aparatos en el interior de los cuales se ejerce.
 ¿A qué coyuntura pretenden dar respuesta las disciplinas?
a)Por un lado, el gran impulso demográfico del siglo XVIII, que multiplicó la población flotante (el nomadismo) y produjo un cambio en la escala cuantitativa de los grupos que se trataba de controlar o manipular.  Por otro lado, el crecimiento del aparato de producción. Hay que recordar que la economía mercantil se hallaba en pleno desarrollo en el siglo de las Luces y que a finales de ese siglo se produjo en Inglaterra la primera Revolución Industrial. Frente a estos cambios, las instituciones propias del feudalismo o del absolutismo resultaban inadecuadas; se lo impedía “la extensión llena de lagunas y sin regularidad de su red, su funcionamiento a menudo conflictual, y sobre todo el carácter «dispendioso» del poder que se ejercía.” (p. 221).
La extensión de las disciplinas fue la solución a los problemas planteados por el crecimiento de la población y del aparato productivo. Mientras que el poder soberano “procedía esencialmente por extracción (extracción de dinero o de productos por tributación monárquica, señorial y eclesiástica; toma de hombres o de tiempo por las prestaciones personales o los alistamientos, el encierro de los vagabundos o su destierro)” (p. 222), el poder disciplinario utiliza el principio “suavidad-producción-provecho”. Se disciplina a los seres humanos para vencer su resistencia al poder (que era ya un poder cada vez más capitalista) y para hacerlos más productivos, sin necesidad de emplear la violencia. Marx, con otro lenguaje, describe la transición del feudalismo al capitalismo como el pasaje de la coerción extraeconómica (violencia física) a la coerción económica. Foucault se acerca aquí mucho a la concepción marxista de la transición del feudalismo al capitalismo y la mejora en los detalles, al examinar los dispositivos específicos que permiten disciplinar a las personas, algo que se encuentra ausente en la obra de Marx.
Foucault es muy claro:
“Si el despegue económico de Occidente ha comenzado con los procedimientos que permitieron la acumulación del capital, puede decirse, quizá, que los métodos para dirigir la acumulación de los hombres han permitido un despegue político respecto de las formas de poder tradicionales, rituales, costosas, violentas, y que, caídas pronto en desuso, han sido sustituidas por toda una tecnología fina y calculada del sometimiento. De hecho los dos procesos, acumulación de los hombres y acumulación del capital, no pueden ser separados; no habría sido posible resolver el problema de la acumulación de los hombres sin el crecimiento de un aparato de producción capaz a la vez de mantenerlos y de utilizarlos; inversamente, las técnicas que hacen útil la multiplicidad acumulativa de los hombres aceleran el movimiento de acumulación de capital. A un nivel menos general, las mutaciones tecnológicas del aparato de producción, la división del trabajo y la elaboración de los procedimientos disciplinarios han mantenido un conjunto de relaciones muy estrechas. Cada uno de los dos ha hecho al otro posible, y necesario; cada uno de los dos ha servido de modelo al otro.” (p. 223-224; el resaltado es mío – AM-).
b)En los siglos XVII y XVIII la burguesía, la clase constituida por los propietarios de los medios de producción, conquistó al poder político [el proceso conocido como Revoluciones Burguesas]. Para consolidar esa dominación, se procedió a “la instalación de un marco jurídico explícito, codificado, formalmente igualitario, y [a la] organización de un régimen de tipo parlamentario y representativo.” (p. 224). Este proceso es bien conocido. Sin embargo, la consolidación de la dominación burguesa tuvo otra vertiente, que permaneció oculta:
“Bajo la forma jurídica general que garantizaba un sistema de derechos en principio igualitarios había, subyacentes, esos mecanismos menudos, cotidianos y físicos, todos esos sistemas de micropoder esencialmente inigualitarios y disimétricos que constituyen las disciplinas. Y si, de una manera formal, el régimen representativo permite que directa o indirectamente, con o sin enlaces, la voluntad de todos forme la instancia fundamental de la soberanía, las disciplinas dan, en la base, garantía de la sumisión de las fuerzas y de los cuerpos. Las disciplinas reales y corporales han constituido el subsuelo de las libertades formales y jurídicas. El contrato podía bien ser imaginados como fundamento ideal del derecho y del poder político; el panoptismo constituía el procedimiento técnico, universalmente difundido, de la coerción. (…) Las Luces que han descubierto las libertades, inventaron también las disciplinas.” (p. 225; el resaltado es mío – AM-).
Al lado del derecho burgués, cuyo eje es la noción de igualdad jurídica, existe un “contraderecho”, conformado por la malla de disciplinas que envuelve a toda la sociedad y que llega, por intermedio del poder policíaco, a cada rincón de la misma. Los mecanismos e instituciones disciplinarias “desempeñan el papel preciso de introducir unas disimetrías insuperables y de excluir reciprocidades.” (p. 225).
¿En qué consiste y cómo funciona este contraderecho?
Crean entre los individuos un vínculo “privado”,
“que es una relación de coacciones enteramente diferentes de la obligación contractual; la aceptación de una disciplina puede ser suscrita por vía de contrato; la manera en que está impuesta, los mecanismos que pone en juego, la subordinación no reversible de los unos respecto de los otros, el «exceso de poder» que está siempre fijado del mismo lado, la desigualdad de posición de los diferentes miembros respecto del reglamento común oponen el vínculo disciplinario y el vínculo contractual, y permitir falsear sistemáticamente éste a partir del momento en que tiene por contenido un mecanismo de disciplina.” (p. 225).
El derecho burgués califica a los sujetos de derecho según normas universales, “las disciplinas caracterizan, clasifican, especializan.” (p. 225).
En conexión inseparable con el derecho burgués, el contraderecho de las disciplinas garantiza el funcionamiento del capitalismo.
“Si el juridicismo universal  de la sociedad moderna parece fijar los límites al ejercicio de los poderes, su panoptismo difundido por doquier hace funcionar, a contrapelo del derecho, una maquinaria inmensa y minúscula, a la vez que sostiene, refuerza, multiplica, la disimetría de los poderes y vuelve vanos los límites que le han trazado. (…) [Las disciplinas] Han sido en la genealogía de la sociedad moderna, con la dominación de clase que la atraviesa, la contrapartida política de las normas jurídicas según las cuales se redistribuía el poder.” (p. 226; el resaltado es mío – AM-).
Foucault ubica la prisión 
“en el punto en que se realiza la torsión del poder codificado de castigar, en un poder disciplinario de vigilar; en el punto en el que los castigos universales de las leyes vienen a aplicarse selectivamente a ciertos individuos y siempre a los mismos; hasta el punto en que la recalificación del sujeto de derecho por la pena se vuelve educación útil del criminal (…) Lo que generaliza entonces el poder de castigar no es la conciencia universal de la ley en cada uno de los sujetos de derecho, es la extensión regular, es la trama infinitamente tupida de los procedimientos panópticos.” (p. 226).
c)El desarrollo de las disciplinas generó una novedad en el siglo XVIII: comenzó a darse un proceso circular: “formación de saber y aumento de poder se refuerzan regularmente” (p. 227). En las disciplinas,
“todo mecanismo de objetivación puede valer como instrumento de sometimiento, y todo aumento de poder da lugar a unos conocimientos posibles; a partir de este vínculo, propio de los sistemas tecnológicos, es como han podido formarse en el elemento disciplinario la medicina clínica, la psicología del niño, la psicopedagogía, la racionalización del trabajo. Doble proceso, por lo tanto: desbloqueo epistemológico a partir de un afinamiento de las relaciones de poder; multiplicación de los efectos de poder gracias a la formación y a la acumulación de conocimientos nuevos.” (p. 227).
El capitalismo del siglo XVIII requirió y desarrolló diversas tecnologías: agronómicas, industriales, económicas. Foucault hace notar que el Panóptico y los desarrollos disciplinarios fueron poco celebrados, al lado de los logros de la Revolución Industrial. ¿La explicación? “El poder que utiliza y que permite aumentar es un poder directo y físico que los seres humanos ejercen los unos sobre los otros. Para un punto de llegada sin gloria, es un origen difícil de confesar.” (p. 227). 
Foucault termina la sección planteando la relación entre las técnicas disciplinarias y el surgimiento de las Ciencias Sociales: “lo que esa investigación político-jurídica, administrativa y criminal fue para las ciencias de la naturaleza, el análisis disciplinario lo ha sido para las ciencias del hombre.” (p. 228).
Ya avanzamos bastante. En la próxima clase terminaremos el análisis de los aportes de Foucault a nuestro estudio.
Muchas gracias por su atención.

Villa del Parque, miércoles 8 de julio de 2020

ABREVIATURAS:
 PD = Poder disciplinario / SD = Sociedad disciplinaria / VyC = Vigilar y Castigar.

NOTAS:
[1] Foucault, M. (2006). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina. La traducción española es de Aurelio Garzón del Camino. La obra, cuya edición original data de 1975 (París, Gallimard), consta de cuatro libros: Suplicio, Castigo, Disciplina, Prisión. El segundo libro está constituido por tres secciones: I) Los cuerpos dóciles; II) Los medios del buen encauzamiento; III) El panoptismo.
[2] Utiliza un reglamento de fines del siglo XVIII para describir estas medidas. El reglamento se encuentra en los Archives militaires de Vincennes, A 1 516 91 sc. Documento. (p. 199).
[3] Foucault analiza tres trabajos de Bentham, PanopticonPostcript to the Panopticon (1791), Panopticon versus New South Wales. Todos ellos están incluidos en Bentham, Works, ed. Bowring, v. IV. (Esta edición consta de 11 volúmenes, publicados en Edimburgo entre 1838-1843. El volumen 4 agrupa los textos sobre el Panóptico, las colonias, la codificación y la constitución.).
[4] “La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. (…) Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, un movimiento y una inseguridad constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores.” (Marx, K. y Engels, F., Manifiesto del partido comunista, Buenos Aires, Anteo, pp. 38-39).
[5] “La plusvalía absoluta consiste en aumentar la jornada de trabajo ya sea alargándola o intensificándola. La plusvalía relativa procede por alterar las proporciones relativas de las dos partes de la jornada, reduciendo el tamaño del tiempo necesario, es decir, rebajando el valor de la fuerza de trabajo.” (Sartelli, E., La cajita infeliz: Un viaje a través del capitalismo, Buenos Aires, RyR, 2005, p. 170).
[6] “En el transcurso de la producción capitalista se desarrolla una clase trabajadora que, por educación, tradición y hábito reconoce las exigencias de ese modo de producción como leyes naturales, evidentes por sí mismas. La organización del proceso capitalista de producción desarrollado quebranta toda resistencia; la generación constante de una sobrepoblación relativa mantiene la ley de la oferta y la demanda de trabajo, y por tanto el salario, dentro de carriles que convienen a las necesidades de valorización del capital; la coerción sorda de las relaciones económicas pone su sello a la dominación capitalista sobre el obrero. Sigue usándose, siempre, la violencia directa, extraeconómica, pero sólo excepcionalmente. Para el curso usual de las cosas es posible confiar al obrero a las leyes naturales de la producción, esto es, a la dependencia en que el mismo se encuentra con respecto al capital, dependencia surgida de las condiciones de producción mismas y garantiza y perpetuada por éstas.” (Marx, K., El capital: Libro primero, México D. F., Siglo XXI, 1998, tomo 3, p. 922).

martes, 7 de julio de 2020

DERECHOS HUMANOS, SOCIEDAD Y ESTADO CURSO 2020 – CLASE N° 8


“Aunque por la naturaleza de los hombres la tarea de buscar nuevos métodos
y recursos haya sido siempre tan peligrosa como buscar aguas y tierras ignotas,
porque todos están más dispuestos a denostar que a loar las acciones ajenas,
sin embargo, llevado de ese deseo que siempre ha existido en mí de obrar sin
ningún temor en aquellos asuntos que me parecen beneficiosos para todos,
me he decidido a entrar por un camino que, como no ha sido aún recorrido
por nadie, me costará muchas fatigas y dificultades, pero también la recompensa
de aquellos que consideren benignamente el fin a que se enderezan mis trabajos.”
Nicolás Maquiavelo (1469-1527), político y filósofo italiano



Bienvenidas y bienvenidos a la octava clase de este curso.
De a poco nos vamos normalizando con el ritmo de las clases, si bien persisten la pandemia y la cuarentena. Hoy comenzaremos el estudio de la filosofía política de la Modernidad. Nuestro autor es Maquiavelo (1469-1527), quien nos acompañará en el análisis de los orígenes del Estado moderno. Esta clase representa una transición entre el mundo de los clásicos, cuyas bases son la apropiación del excedente campesino por los nobles y la teoría de la desigualdad de los SH, y el mundo moderno, fundado en torno a la economía mercantil (luego capitalista) y la teoría de la igualdad de los SH.
Pasemos, pues, a la clase.

Hablar de Maquiavelo supone enfrentar toda una serie de malentendidos respecto a su persona y a su obra. Comencemos por su mismo apellido, del que se derivó el término maquiavelismo. Si consultamos la edición en línea del Diccionario de la Real Academia Española encontramos que maquiavelismo significa, en su segunda acepción “modo de proceder con astucia, doblez y perfidia”. [1] Lejos de ser un término neutral, tiene una fuerte carga negativa. Lo mismo ocurre si vamos en el mismo diccionario al término maquiavélico. En su tercera acepción dice “astuto y engañoso”. [2] En otras palabras, el nombre de un filósofo, considerado por algunos autores como el fundador de la ciencia política moderna [3], es utilizado en la lengua corriente como sinónimo de conducta negativa, que merece ser reprobada. ¿Cómo pudo darse esta situación? Para poder dar respuesta a la pregunta es preciso decir algunas palabras sobre la vida de Maquiavelo. [4]
Maquiavelo no fue un filósofo alejado del mundo, alguien dedicado a buscar la verdad en los libros. Todo lo contrario. Maquiavelo fue un tipo diferente de filósofo, alguien preocupado en los problemas concretos de su época.
Maquiavelo fue político. Más concretamente, fue funcionario de la República de Florencia, uno de los tantos Estados en los que se encontraba dividido el territorio italiano a comienzos del siglo XVI. Este dato es importante por dos razones. Primero, porque Florencia era un Estado comercial (que se había enriquecido practicando el comercio con Oriente), gobernado por una clase de comerciantes diferente a los señores feudales que mandaban en gran parte del continente europeo. En este sentido, la mentalidad de la elite florentina se encontraba más cercana a una sociedad mercantil que a una sociedad feudal. [5] Pero este desarrollo de la economía mercantil no se dio sin contradicciones y conflictos. Los poseedores de dinero (los comerciantes y banqueros) quedaban en mejor posición que los campesinos y artesanos; aumentaron las tensiones sociales y hubo revueltas y rebeliones populares. [6] Segundo, porque la fortaleza comercial de Florencia iba de la mano con su debilidad militar, consecuencia de la fragmentación política de la península itálica. De este modo, ser funcionario del gobierno florentino implicaba necesariamente pensar los problemas de la división política de Italia.
En síntesis, el ejercicio de la función pública puso a Maquiavelo frente a dos problemas cruciales: a) la división política de la península itálica, que la dejaba a merced de las invasiones de los países vecinos más poderosos (Francia y España); b) los conflictos sociales generados por la expansión de la economía mercantil.
Maquiavelo era, desde el punto de vista de las simpatías políticas, un republicano. ¿Qué quería decir esto en el contexto de la Italia de comienzos del siglo XVI? Significa que Maquiavelo admiraba el modelo de la República Romana, al que conocía por sus lecturas de las obras del historiador romano Tito Livio (59 a. C. – 17 d. C.) y otros autores. Por lo tanto, era partidario del gobierno popular, si bien no lo entendía en el sentido de las democracias modernas (donde todos los ciudadanos están en condiciones de votar y, por tanto, de elegir a los gobernantes). Además de esto, Maquiavelo era una persona de convicciones fuertes. Ejerció diversos cargos públicos en el período comprendido entre 1498 y 1512, mientras Florencia tuvo un régimen político republicano. En 1512 perdió su cargo cuando la familia Médicis volvió al gobierno; Maquiavelo fue encarcelado y torturado por participar en una conspiración contra los nuevos gobernantes. Marchó al exilio, donde permaneció hasta 1521; padeció la pobreza. Amnistiado en 1521, regresó a Florencia, pero fue apresado y torturado nuevamente, otra vez acusado de conspirar contra los Médicis. Estos acontecimientos demuestran la determinación de Maquiavelo, su adhesión a la República. Como puede verse, estamos frente a un personaje bien diferente de la caricatura que se ha forjado en torno a él.
¿De dónde proviene la caricatura que acabamos de mencionar?, ¿por qué se ha asociado el nombre de Maquiavelo con la mentira, la traición y las conductas reñidas con toda norma moral?
Una primera respuesta al interrogante anterior pasa por ubicar a Maquiavelo en el contexto de su época. El pasaje del siglo XV al XVI está marcado por el desarrollo de la economía mercantil, que se vio acelerado por el “descubrimiento” de América y de nuevas rutas de navegación hacia China e India. Varias regiones de Europa comenzaron a enriquecerse; mejor dicho, una clase de comerciantes y banqueros y,  lo que era más novedoso, una clase de empresarios ligada a la producción de mercancías. La escala de los negocios creció, a la par que crecía el espacio geográfico conocido. En la competencia entre grupos locales de comerciantes y fabricantes, salían ganadores aquellos que se veían respaldados por el poder político más poderoso. A su vez, las expediciones de “descubrimiento” y las consiguientes conquistas y colonizaciones exigían sumas de dinero cada vez más cuantiosas; las guerras entre naciones consumían, a su vez, cada vez más recursos. Surgieron los primeros Estados nacionales (España, Francia, Inglaterra), que terminaron en sus países con la fragmentación política propia de la época medieval.
Durante la Edad Media el poder político se hallaba muy dividido. Veamos el ejemplo de Francia. Aunque existía un rey que nominalmente gobernaba todo el territorio, en la práctica cada conde y, en definitiva, cada señor feudal ejercía el poder efectivo en la región que se hallaba bajo su mando. Cada uno de estos pequeños soberanos tenía un ejército propio, ejercía el poder judicial y cobraba impuestos al interior de su territorio. De ahí que un comerciante que llevara mercancías para vender desde el puerto de Marsella hasta París tuviera que pagar multitud de peajes (cada señor cobraba una suma por pasar por su territorio). El rey carecía del poder económico y militar para imponer su autoridad en todo el territorio.
El desarrollo de la economía mercantil cambió la situación. La expansión del comercio requirió de la circulación de dinero y de una disminución de los derechos de peaje (para impedir que el aumento del precio de las mercancías hiciera inviable el comercio). Estas condiciones sólo podían ser garantizadas por el Estado, quien podía acuñar moneda de curso legal para todo el reino y reducir el número de peajes e impuestos sometiendo a los señores feudales. En pocas palabras, el desarrollo de la economía mercantil exigía el desarrollo de la autoridad estatal.
A principios del siglo XVI España, Francia e Inglaterra habían resuelto el problema de constituir Estados nacionales que controlaban un vasto territorio. Italia, en cambio, permaneció dividida en una multitud de Estados, entre los que se destacaban varias repúblicas de comerciantes (Florencia, Génova, Venecia) y el territorio controlado por el Papa. Esta situación debilitó la posición de la península frente a los Estados extranjeros que habían resuelto el problema de la unificación política. De hecho, durante la primera mitad del siglo XVI España y Francia libraron sus guerras dentro del territorio italiano. Maquiavelo, quien además de filósofo y político era un estudioso de los temas militares, comprendió que era imposible la sobrevivencia de los distintos Estados italianos si no se lograba la unificación política de la península itálica. Dicho de otra manera, era imprescindible la constitución de un Estado italiano. Ahora bien, ese objetivo chocaba directamente con los intereses de la Iglesia, que deseaba mantener su poder terrenal en una porción considerable del territorio de Italia (los Estados pontificios).
El principal objetivo de la teoría política de Maquiavelo es contribuir a la creación de un Estado nacional italiano. Como ya indicamos, otros países como Francia y España habían logrado resolver la cuestión de la unificación política. No obstante, fue Maquiavelo quien reflexionó de modo más agudo sobre los problemas involucrados en la creación y la consolidación del Estado moderno. La potencia de su reflexión proviene de que liberó a la filosofía política de los condicionamientos religiosos y morales. Maquiavelo comprendió como nadie que la política tiene que ser eficaz, es decir, que tiene que realizar los objetivos que se propone determinado grupo social. Además, entendió como nadie que el Estado se funda en la violencia, en el sometimiento de un grupo social por otro. [7]
La tragedia de Maquiavelo reside en que en su época las fuerzas que apoyaban la unificación italiana eran inexistentes. Ninguno de los soberanos de los distintos Estados italianos se comprometió con la constitución de un Estado nacional. A su vez, y tal como ya hemos dicho, la Iglesia se opuso firmemente a todo intento de unificación, en el convencimiento de que el éxito de ésta implicaría la decadencia de su poder terrenal. Maquiavelo teorizó una tarea imposible en la Italia de su época. Sin embargo, y como veremos en la próxima clase, lejos de convertirse en un utopista, Maquiavelo comprendió como nadie las nuevas fuerzas sociales que empezaban a manifestarse en la política de los Estados europeos. Por eso es tan importante la comprensión de su obra, tan incomprendida por sus contemporáneos y por las generaciones posteriores.
Maquiavelo fue perseguido, torturado y exiliado por defender sus ideales. Murió en la pobreza. Estos elementos muestran que su figura se halla muy lejos del político inescrupuloso y taimado que se deriva del significado del adjetivo “maquiavélico”.
En la próxima clase comenzaremos la lectura de la obra más conocida de Maquiavelo, El príncipe, redactada en 1513. [8] Es un texto corto y, en líneas generales, fácil de leer, si se tiene en cuenta que el estudiante puede omitir las referencias históricas que se encuentran en cada capítulo. [9] Sin embargo, la facilidad en la lectura es engañosa; El príncipe es un libro complejo. En las siguientes dos clases intentaremos dar cuenta de los motivos de esa complejidad y, de paso, nos adentraremos en el estudio del Estado moderno.
Muchas gracias por su atención. Hasta la próxima.


Villa del Parque,  martes 7 de julio de 2020

ABREVIATURAS:
SH = Seres humanos

NOTAS:
[1] España. Real Academia Española (2019). Diccionario de la lengua española: Edición del tricentenario. Actualización 2019. Disponible en: https://dle.rae.es/maquiavelismo?m=form Consultado: 07/07/2020.
[2] España. Real Academia Española. (2019), op. cit. Disponible en: https://dle.rae.es/maquiav%C3%A9lico?m=form. Consultado: 07/07/2020.
[3] Portantiero, J. C. (1998). “Introducción a La sociología clásica”. En: Di Tella, T. S. y Lucchini, C., comps. (1998). Fundamentos de sociología. Buenos Aires: Biblos (pp. 13-29).
[4] Los interesados pueden consultar la introducción de Juan Manuel Forte Monge a la edición Gredos de varias de las obras del filósofo italiano: Machiavelli, N. (2011). El príncipe. El arte de la guerra. Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Vida de Castruccio Castracani. Discursos sobre la situación de Florencia. Madrid, España: Gredos. El estudio introductorio se encuentra en las páginas i-cxxix. Si bien en la clase utilizo la versión española del nombre del filósofo (Maquiavelo), en las referencias bibliográficas empleo la forma italiana (Machiavelli).
[5] Dicho de modo esquemático, la economía mercantil implica que los productos (bienes y servicios) están destinados a la venta en el mercado. O sea que, en vez de producir para las necesidades del grupo familiar o de la comunidad campesina, los trabajadores (campesinos y artesanos) producen mercancías para la venta. Es imposible siquiera enumerar aquí la multitud de cambios en la vida cotidiana que significó el pasaje a la economía mercantil. Sin embargo, podemos mencionar el más importante: la introducción del dinero en la vida cotidiana. Cada vez más la vida giró en torno a la obtención de dinero, con el que podían pagarse las mercancías necesarias para subsistir.
[6] En 1494 el monje dominicano Girolamo Savonarola (1452-1498) encabezó una rebelión popular que expulsó a los Médicis (la familia que ejercía el gobierno de la República de Florencia) del poder, e impuso un régimen dictatorial cuyo objetivo era desterrar el lujo y la usura y volver a las “costumbres sencillas”. Puede ser considerada como una reacción contra la economía mercantil.
[7] Esto no implica, como veremos más adelante en este curso, negar el papel de los mecanismos ideológicos en el ejercicio de la dominación.
[8] Machiavelli, N. (2011). El príncipe. El arte de la guerra. Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Vida de Castruccio Castracani. Discursos sobre la situación de Florencia. Madrid, España: Gredos. (pp.).
[9] El texto entero, en el archivo PDF que tienen a su disposición, consta de 91 páginas. Cada capítulo consta de algunas reflexiones teóricas, que se encuentran generalmente al comienzo y al final de cada capítulo, y un ejemplo histórico del concepto general que se quiere explicar. Si tienen poco tiempo (cosa frecuente entre los estudiantes) pueden omitir el ejemplo histórico y limitarse a la lectura de las reflexiones teóricas.

viernes, 3 de julio de 2020

INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA CURSO 2020 – CLASE N° 5


“La burguesía ha desempeñado en la historia
un papel altamente revolucionario.”
Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto comunista (1848)

Bienvenidas y bienvenidos a la quinta clase del curso.
Comienzo con un pedido de disculpas, que espero sea el último. Las múltiples ocupaciones docentes y la manía de escribir las clases han hecho que me atrase (mucho) en el desarrollo del curso. Hago, además, otro pedido: en la medida de lo posible envíen por correo electrónico sus comentarios, sugerencias, quejas y demás cuestiones que les parezcan pertinentes. Estoy a disposición y, como podrán observar estos días, reduje sensiblemente los tiempos de respuesta.
Pasemos ahora a la clase propiamente dicha.

El origen y desarrollo del capitalismo implicó una transformación sin precedentes en la historia humana. Nada de lo que digamos aquí será suficiente para describir con precisión la magnitud de esa transformación. Las RS, las costumbres, las formas de pensar, nuestro entorno, todo se vio modificado por el capitalismo, a punto tal que nos resulta muy difícil concebir cómo era el mundo antes de la dominación del capital.
En las clases anteriores intentamos asomarnos a la sociedad tal como era en el momento previo al ascenso del capitalismo. Vimos el modo en que los campesinos ingleses fueron despojados de sus tierras y arrojados con sus familias a los caminos; también observamos cómo una parte de la nobleza comenzó a pensar en términos mercantiles y no feudales; fuimos testigos, en fin, de la violencia empleada por el Estado para disciplinar a los campesinos devenidos vagabundos. [1] Lejos de ser un momento dominado por el esfuerzo personal y el ahorro de los futuros capitalistas, la AO se caracterizó por la violencia, utilizada para separar a los productores (los campesinos) de los medios de producción (la tierra). [2]
El capitalismo vino al mundo acunado por la violencia del Estado y los propietarios contra los campesinos, por la conquista y la esclavitud de pueblos enteros. Sin embargo, ésta es sólo una parte de la historia. Ya hemos dicho que ningún sistema social puede mantenerse en el tiempo si se basa únicamente en la violencia. Lo mismo sucedió con el capitalismo. La violencia es el medio utilizado para llevar adelante la AO. Pero una vez que los medios de producción quedaron en manos de una minoría de la población (la burguesía) y que la mayoría de las personas se vieron despojadas de esos medios, era preciso poner en funcionamiento un sistema social completamente diferente a los anteriores. En este sentido, el capitalismo representó un esfuerzo colosal por organizar la producción y desarrollar las fuerzas productivas. Ha llegado el momento, pues, de examinar los rasgos principales del sistema social capitalista. Sólo cuando hayamos cumplido esta tarea nos encontraremos en condiciones de comprender los alcances y limitaciones de la sociología. Y, lo que es mucho más importante, comprenderemos mejor el mundo en que vivimos.
Para describir los rasgos principales del capitalismo nos concentraremos en el análisis del proceso de trabajo. Es el método que hemos elegido al comienzo de este curso: estudiar el modo en que cada sociedad produce los bienes y servicios que sus integrantes requieren para subsistir y satisfacer sus demás necesidades. Ya lo hemos aplicado a las sociedades precapitalistas. Ahora lo utilizaremos para entender cómo funciona el capitalismo.
Nuestro punto de partida es lo aprendido en la clase anterior. Para que exista capitalismo es preciso que los productores directos (los trabajadores) se encuentren separados de los medios de producción. De un lado, los propietarios de medios de producción (la burguesía); del otro, los propietarios de fuerza de trabajo (la clase trabajadora). Sin embargo, esto es sólo el comienzo.
Tener la propiedad de los medios de producción (tierras, fábricas, bancos, medios de comunicación) no significa que existan trabajadores dispuestos a utilizarlos para producir mercancías. Aunque a nosotros nos parezca natural que las personas vayan a trabajar por un salario, esto no fue siempre así. Hay que disciplinar a las personas para que se acostumbren a pasar muchas horas de su vida haciendo un trabajo rutinario.
La tarea de disciplinar y educar a los trabajadores tiene una dificultad adicional: los trabajadores son libres en términos jurídicos. Eso significa que no son ni esclavos ni siervos. El empresario capitalista no puede comprar trabajadores de por vida, como haría en el caso de ser éstos esclavos. Tampoco puede obligarlos a que le paguen un tributo en especie o en trabajo, como haría en el caso de que fueran siervos feudales.
Los trabajadores son libres. Y las máquinas no funcionan por sí solas (aún las más modernas requieren de un programador o de un ingeniero que las programe y opere). No se trata de un problema menor. Sin trabajadores no hay capital, como veremos un poco más adelante. Es cierto que no estamos acostumbrados a pensar así, porque vivimos en una sociedad capitalista y el pensamiento dominante (la ideología) es la de los empresarios. Por eso es común que se diga que el empresario crea fuentes de trabajo. Sin embargo, la verdad es mucho más compleja que las ideologías.
Volvamos a la cuestión principal. El empresario necesita trabajadores. ¿Cómo hacer para que ellos decidan trabajar sin recurrir a la violencia física? En este punto tenemos que recordar que la AO consiste, justamente, en la separación del productor directo respecto a los medios de producción. Ya vimos como Thomas More describió este proceso. Un campesino separado de la tierra pierde la conexión con el medio que lo provee de todo lo necesario para vivir. Queda, por decirlo así, desnudo en el mundo. ¿Cómo hace para obtener los bienes que necesita para vivir? La respuesta es simple: vende su fuerza de trabajo (su capacidad, habilidad y destreza en un oficio u ocupación determinada). La venta se realiza en el mercado de trabajo (alguien que peina canas como yo recordará los avisos clasificados, en los que buscábamos ofertas laborales). Al mercado también concurren los empresarios quienes, como sabemos, necesitan trabajadores para poner las máquinas, las tierras, etc., a producir.
El mercado ocupa un lugar fundamental en el capitalismo. No sólo porque allí se compran y venden las mercancías (el capitalismo es una variante de la economía mercantil), sino porque allí se realiza la compraventa de la mercancía más importante para el capital, la ya mencionada fuerza de trabajo. ¿Por qué es tan importante? Porque la fuerza de trabajo, una vez puesta en acción con los medios de producción, es la única mercancía capaz de crear nuevo valor. Toda la riqueza existente en nuestra sociedad es creada por el trabajo. [3] El empresario, por más que cacaree inflando su papel en la producción, sabe por amarga experiencia los problemas que genera la ausencia de fuerza de trabajo, ya sea por una huelga o por no encontrar en el mercado trabajadores lo suficientemente calificados.
Como ya señalamos, el trabajador es libre. Por lo tanto, concurre al mercado como un individuo libre en sentido jurídico y en pleno uso de sus facultades. Vende su fuerza de trabajo por un tiempo determinado (un día, una quincena, un mes, etc.) y a cambio de un salario. Las condiciones de la compraventa (el comprador es el empresario) quedan fijadas en un contrato. De este modo, el trabajador puede demandar a la parte empresaria por incumplimiento de contrato y recibir una indemnización si los tribunales fallan a su favor. Esto era inadmisible en las sociedades precapitalistas. Imaginen, por un momento, a un esclavo demandando a su amo ante los tribunales. La sola posibilidad nos suena disparatada.
La venta de la fuerza de trabajo en el mercado tiene consecuencias que exploraremos en detalle el año próximo, en la materia Derechos Humanos, Sociedad y Estado. Sin embargo, no puede dejar de señalar algo que resulta fundamental. Al firmar el contrato, el trabajador acepta libremente (insisto, en tanto individuo jurídicamente libre y en pleno ejercicio de sus derechos) las condiciones de trabajo. De ese modo, el trabajador avala por su propia voluntad la dominación de los capitalistas.
Como quiera que sea, el espacio de libertad del trabajador termina una vez que ingresa al lugar de trabajo. Allí es el empresario quien decide qué producir, cómo producirlo y en qué cantidad, y para quién va destinado ese producto. El trabajador no tiene voz ni voto en esas decisiones. Su función es cumplir lo estipulado en el contrato. Se produce, por tanto, un salto fenomenal en el trayecto que va del mercado al lugar de trabajo propiamente dicho. Karl Marx, quien estudió detenidamente el funcionamiento del capitalismo, explica así dicho salto:
“La esfera de la circulación o del intercambio de mercancías, dentro de cuyos límites se efectúa la compra y la venta de la fuerza de trabajo, era, en realidad, un verdadero Edén de los derechos humanos innatos. Lo que allí imperaba era la libertad, la igualdad, la propiedad y Bentham. [4] (…) Al dejar atrás esa esfera de la circulación simple o del intercambio de mercancías, en la cual el librecambista vulgaris [5] abreva las ideas, los conceptos y la medida con que juzga la sociedad del capital y del trabajo asalariado, se transforma en cierta medida, según parece, la fisonomía de nuestros dramatis personae [personajes]. El otrora poseedor de dinero abre la marcha como capitalista; el poseedor de fuerza de trabajo lo sigue como su obrero; el uno, significativamente, sonríe con ínfulas y avanza impetuoso; el otro lo hace con recelo, reluctante, como el que ha llevado al mercado su propio pellejo y no puede esperar sino una cosa: que se lo curtan.” [6]
El mercado es el reino de la libertad; en cambio, el lugar de trabajo es el reino de la dictadura del capital encarnado en el empresario. Sin embargo, no debemos olvidar que el mercado es una institución fundamental para que se ponga en funcionamiento la producción capitalista. Son las dos caras de la misma moneda. Esta peculiar combinación de libertad y opresión es uno de los factores que permitieron la expansión de las RS capitalistas por todo el planeta. Pero ya tendremos oportunidad de explorar en esta dirección. Por el momento volvamos al punto en que dejamos nuestra indagación.
El trabajador acepta trabajar para el empresario a cambio de un salario. Ya hemos aclarado este punto. Ahora bien, ¿qué beneficio obtiene el capitalista de esta transacción? La respuesta a esta pregunta nos lleva al núcleo mismo del capitalismo. El empresario produce para obtener una ganancia. Si invierte comprando medios de producción y fuerza de trabajo, es porque espera obtener ganancia con ello. Si una vez terminada la producción y vendida la mercancía producida obtiene la misma cantidad de dinero que invirtió, esa inversión habrá sido al pepe. El capitalista invierte porque espera sacar del negocio una cantidad mayor de dinero que la que invirtió. Explicar el funcionamiento del capitalismo requiere, pues, explicar de dónde sale ese aumento en la cantidad de dinero invertida.
Vamos a dejar pendiente la explicación, al estilo de las viejas series de televisión que procuraban así crear suspenso. En la próxima clase develaremos la respuesta y terminaremos esta primera aproximación al funcionamiento del capitalismo.
Por último, es probable que varios de los conceptos explicados aquí les hayan resultado complicados y/o confusos. Ello no tiene nada de extraordinario, pues se están adentrando en una ciencia que es nueva para la mayoría de ustedes. Por eso les pido, y sé que soy pesado en la repetición, que pregunten todo lo que necesiten preguntar. De ese modo, con sus preguntas e interrogantes iremos construyendo esta cursada tan peculiar.
Gracias por su atención. Hasta la próxima.

Villa del Parque, viernes 3 de julio de 2020

ABREVIATURAS:
AO = Acumulación originaria /  RS = Relaciones sociales / SH = Seres humanos

NOTAS:
[1] Ver la clase N° 2 de este curso, en la que trabajamos la Utopía de Thomas More (1478-1535).
[2] Ver la clase N° 4, en la que describimos la AO, tomando como base el capítulo 24 del Libro Primero de El capital, de Karl Marx (1818-1883).
[3] En este punto corresponde hacer una aclaración. La naturaleza también es fuente de riqueza. Sin embargo, dejo de lado esta cuestión porque quiero concentrarme en el papel del trabajo, dado que por medio de éste podemos explicar el surgimiento de la plusvalía.
[4] Jeremy Bentham (1748-1832) es un filósofo inglés, fundador de la corriente filosófica conocida como utilitarismo. Marx caracteriza del siguiente modo a los principios defendidos por la filosofía utilitarista: “Cada uno de los dos [que participa en el intercambio de mercancías - el comprador y el vendedor -] se ocupa sólo de sí mismo. Y precisamente porque cada uno sólo se preocupa por sí mismo y ninguno por el otro, ejecutan todos, en virtud de una armonía preestablecida de las cosas o bajo los auspicios de una providencia omniastuta, solamente la obra de su provecho recíproca, de su altruismo, de su interés colectivo.” Marx, K. (1996). El capital. Crítica de la economía política: Libro primero: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (p. 214).
[5] El librecambismo es una corriente de teoría y política económica, que predominó en el siglo XIX. Sus partidarios defendían la implantación del libre comercio entre los Estados, suprimiendo los derechos de aduana para las importaciones de mercancías. Esta política beneficiaba a la principal potencia industrial de la época, Gran Bretaña.
[6] Marx, K. (1996). El capital. Crítica de la economía política: Libro primero: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (p. 214).

jueves, 2 de julio de 2020

DERECHOS HUMANOS, SOCIEDAD Y ESTADO CURSO 2020 – CLASE N° 7


“¿Es la nación verdaderamente soberana, cuando la mayoría
de los individuos que la componen carece de los derechos
políticos que constituyen la soberanía?
Maximilien Robespierre (1758-1794), político francés.

Bienvenidas y bienvenidos a la séptima clase de este curso.
Ante todo, les pido disculpas por el atraso en el envío de las nuevas clases. No voy a decir demasiado al respecto, porque quiero pasar rápido al contenido de la clase. Sin embargo, quiero señalar que así como ustedes se encuentran cursando en condiciones excepcionales, los docentes también vivimos un empeoramiento de las condiciones de trabajo. Ya hablaremos del tema en la medida de lo posible. Por el momento, quiero decirles que tomo en cuenta la situación y que mi objetivo en este curso es que puedan incorporar elementos teóricos que les sean de utilidad para la comprensión y el análisis de la realidad actual. Por eso les pido que no se preocupen por el momento por las evaluaciones o los trabajos prácticos; ahora de lo que se trata es retomar el ritmo de la cursada, y eso es en buena medida mi responsabilidad.
Como siempre son bienvenidas sus sugerencias, quejas, preguntas y demases.
Pasemos, pues, a la clase.

En clases anteriores hicimos referencia a las características específicas de la democracia ateniense. A diferencia de la democracia moderna, la democracia en Atenas se caracterizaba por la importancia de la figura del ciudadano-trabajador y por la participación directa de los ciudadanos en el gobierno. De hecho, a nosotros nos cuesta imaginar la forma de gobierno ateniense, dado que nuestro régimen político es bien distinto, aunque comparta con el ateniense la palabra “democracia”.
Tratemos de comprender lo anterior mediante un ejemplo bien cercano: la democracia argentina. Cada cuatro años los ciudadanos elegimos presidente y vice, gobernadores o jefe de gobierno (según la jurisdicción), legisladores nacionales y provinciales, intendentes, etc. En el caso de los legisladores, las elecciones se llevan a cabo cada dos años. Una vez terminadas las elecciones, los ciudadanos pierden entidad, se esfuman en las rutinas y preocupaciones de todos los días. Su única prerrogativa consiste en poner el voto en la urna. Durante todo el tiempo que transcurre entre elección y elección, el poder, la toma de decisiones, queda a cargo de los representantes (presidente, gobernador, legisladores, etc.) elegidos por los ciudadanos en cada proceso electoral. En pocas palabras, en Argentina gobiernan los representantes, mientras que los representados (los ciudadanos) carecen de poder en la toma de decisiones.
En Atenas, en cambio, los ciudadanos tomaban las decisiones de manera directa en la asamblea. Ejercían el poder. Esta particularidad, que por sí sola marca una enorme diferencia respecto a nuestra época, queda empequeñecida si se toma en cuenta otro rasgo fundamental de la democracia ateniense: la figura del ciudadano-trabajador. Veamos con detenimiento esta cuestión.
En la democracia moderna los trabajadores son ciudadanos. Ello significa, en los hechos, que eligen a los gobernantes en cada elección. Allí termina su ejercicio de la ciudadanía. Durante todo el tiempo, las decisiones fundamentales sobre la vida de los trabajadores (el trabajo, la vivienda, la educación, la salud, la seguridad, el régimen de jubilaciones y pensiones, etc.) son tomadas sin consultarlos en absoluto.
Hagamos un paréntesis en la exposición. Como habrán notado dejo de lado la cuestión de la representación, es decir, no me ocupo de la relación representante - representado o, si lo prefieren, gobernantes – ciudadanos. No es que pretenda esquivar la cuestión. Todo lo contrario. Será examinada más adelante, cuando estudiemos el surgimiento del Estado moderno.
Volvamos a la especificidad de la democracia ateniense. En Atenas los campesinos, quienes en las sociedades precapitalistas constituían la inmensa mayoría de la población, ejercían efectivamente el gobierno a través de su participación en la asamblea. Tenían voz y voto en todas las cuestiones fundamentales de la comunidad: la guerra y la paz, las alianzas, los impuestos, los tribunales, etc. En otros términos, los trabajadores ejercían el gobierno de su comunidad.
No hace falta pensar mucho para darse cuenta que la situación descripta en el párrafo anterior es inadmisible en nuestros días. No tenemos nada semejante en la actualidad. Fuera de poner el voto en la urna el día de las elecciones, los trabajadores carecen de toda participación efectiva en los asuntos de gobierno.
Aquí corresponde repetir las palabras de la historiadora Ellen Meiksins Wood (1942-2016):
“La polis griega rompió con el patrón, generalizado en las sociedades estratificadas, de la división entre dirigentes y productores, y sobre todo con la oposición entre Estados apropiadores y comunidades campesinas sujetas. En la comunidad cívica la pertenencia del productor – sobre todo en la democracia ateniense – significó un grado de libertad sin precedentes frente a los modos de explotación tradicionales, ya fuese de servidumbre y trabajo por deudas o por impuestos.” [2]
La participación efectiva de los trabajadores en el órgano de gobierno ateniense (la asamblea) puso un límite preciso a las pretensiones de dominación de la nobleza. En esto reside la “anomalía” de Atenas frente al resto de los regímenes políticos del Mundo Antiguo.
Ahora bien, ¿cómo fue procesado todo esto por la filosofía política?
Hasta ahora hemos desarrollado tanto la defensa de la democracia por Protágoras (c. 485-c. 411 a. C.), como la crítica del régimen democrático por Platón (c. 422 – 347 a. C.). Pero la filosofía no se limitó a debatir en torno a la democracia; un filósofo dio un paso más allá en el debate, el cual le permitió formular la primera clasificación de las formas de gobierno basada en el criterio de clase social. Pero antes de empezar a explicar dicha clasificación es preciso retroceder un poco en el tiempo.
Ya hemos dicho que el filósofo Platón fue un feroz crítico de la democracia, a la que consideraba por lejos como la peor forma de gobierno. La razón de dicha caracterización es simple: la capacidad para gobernar está distribuida desigualmente entre los individuos, de modo que algunos (pocos) poseen esa capacidad, en tanto que otros (muchos) carecen de ella. Un Estado bien gobernado es aquél en el que gobiernan quienes saben hacerlo. En la democracia, en cambio, todos podían gobernar (quienes sabían y quienes no sabían, los capacitados y los no capacitados). Por eso Platón sostenía que la peor forma de gobierno era la democracia.
Pero Platón no se limitó a darle palos a la democracia. Como filósofo, estaba interesado en encontrar los rasgos comunes a una multitud de hechos. En lo que hace a las formas de gobierno no sólo estaba preocupado por comprender en qué consistía la democracia ateniense; se interesó, también, por distinguir las diferentes formas de gobierno, más allá del caso particular de Atenas o de Esparta. Esto lo llevó a construir una clasificación de las formas de gobierno. Utilizó para ello dos criterios: a) el número de gobernantes; b) si los gobernantes gobernaban a favor del bien común.
En base a los criterios indicados, Platón distinguió dos formas de gobierno “puras” y tres formas “impuras”. Las “puras” eran aquellas en las que el gobernante gobernaba defendiendo el bien común; las “impuras”, consideradas degeneraciones de las primeras, se caracterizaban porque el gobernante seguía fines egoístas (su propio beneficio). Las formas “puras” eran: monarquía (gobierno de uno); aristocracia (gobierno de pocos). Las formas “impuras” eran: tiranía; oligarquía; democracia. Así, por ejemplo, en la tiranía gobernaba una sola persona (el tirano) y lo hacía en su propio beneficio. Nótese que Platón no pensaba que fuera posible un gobierno de muchos a favor del bien común. En su opinión, la república bien gobernada era aquélla en la que el gobierno estaba a cargo de los pocos capacitados para gobernar (quienes poseían la sabiduría para hacerlo). Por eso en su obra República termina proponiendo que sean los filósofos quienes estén a cargo de la tarea de gobernar.
La clasificación platónica adolece de un defecto: uno de sus criterios fundamentales consiste en un criterio moral (la búsqueda del “bien común”). ¿Cómo decidir qué es el “bien común” en una sociedad dividida en grupos cuyos intereses están enfrentados?, ¿quién toma esa decisión? No existe ningún elemento objetivo que nos permita resolver la cuestión. Veamos un ejemplo, tomado de la historia ateniense. Durante mucho tiempo los campesinos se encontraron sometidos a la esclavitud por deudas. Esto significa que si un campesino contraía una deuda (y el acreedor era casi siempre un noble) y no podía pagarla, se convertía en esclavo. En este sentido, el interés de los campesinos y de los nobles era diametralmente opuesto, pues los campesinos padecían la esclavitud mientras que los nobles disfrutaban de las ventajas de ella. La cuestión fue dirimida por Solón (c. 638 – c. 558 a. C.), un dirigente político ateniense que abolió la esclavitud por deudas.
La resolución de abolir la esclavitud por deudas fue tomada atendiendo a la presión de los campesinos. Se trató de una decisión política y no moral. Con esto quiero señalar que la política es un terreno en el que los grupos sociales luchan en defensa de sus intereses materiales. En el ejemplo anterior, los campesinos peleaban por abolir la esclavitud por deudas, pues esa institución los convertía en esclavos. Los campesinos tenían una concepción del “bien común” diferente a la de los nobles. Ambos grupos (nobles y campesinos) defendían intereses opuestos en relación a la esclavitud.
Si la política es lucha de intereses entre grupos sociales, es claro que una clasificación de las formas de gobierno basada en un criterio moral (el “bien común”) resulta insuficiente. El mismo Platón había señalado en Republica que la polis era, en realidad, varias polis: la polis de los ricos y la polis de los pobres. Sin embargo, esta concepción de la política no se veía reflejada en la teoría de las formas de gobierno.
Fue Aristóteles (384-322 a. C.) quien dio el paso siguiente en la clasificación de las formas de gobierno. La clave de esta nueva forma de pensar dicha clasificación se encuentra en el Libro III de la Política. Si cabe afirmar que Aristóteles ya había realizado una contribución imperecedera a la teoría social con su idea del carácter social de los SH, su reformulación de la concepción platónica de las formas de gobierno no se queda atrás en importancia. Desgraciadamente no podemos abordar aquí toda la complejidad del Libro III, que va más allá de la teoría de las formas de gobierno. Nos concentraremos en dicha teoría, en especial en la distinción entre democracia y oligarquía.
Antes de comenzar con el análisis de la teoría aristotélica, hay que decir algunas palabras sobre su método de investigación. Aristóteles no se propuso sacar de su cabeza la forma ideal de gobierno y contraponerla a la realidad de las polis de su tiempo. A diferencia de Platón, quien culminó su obra República esbozando los rasgos de una polis ideal gobernada por los filósofos, Aristóteles se dedicó a estudiar cómo se gobernaban las polis concretas, no las ideales. Él y sus discípulos investigaron el régimen político de numerosas ciudades griegas. De ese trabajo monumental ha llegado hasta nosotros la Constitución de Atenas, un trabajo atribuido a Aristóteles en el que se presenta la historia política de Atenas y se describen las características fundamentales de su gobierno. Esta vasta tarea de investigación empírica sirvió de fundamento a la teoría desarrollada en Política.
Ahora podemos pasar a examinar la teoría de las formas de gobierno. Aristóteles, que al fin y al cabo había sido discípulo de Platón, comienza la exposición en el lugar donde la había dejado su maestro.
“Es evidente (…) que todos los regímenes que tienen por objetivo el bien común son rectos, según la justicia absoluta; en cambio, cuantos atienden sólo al interés personal de los gobernantes, son defectuosos y todos ellos desviaciones de los regímenes rectos, pues son despóticos y la ciudad es una comunidad de hombres libres.” (1279a, 11; pp. 170-171).
Una vez establecido este criterio (el del “bien común”), pasa adelante y lo pone en relación con el criterio cuantitativo (el número de personas que ejercen el gobierno).
“Puesto que régimen y gobierno significan lo mismo, y gobierno es el elemento soberano de las ciudades, necesariamente será soberano, o uno solo, o pocos, o la mayoría; cuando el uno o la minoría o la mayoría gobiernan atendiendo al interés común, esos regímenes serán necesariamente rectos; pero los que ejercen el mando atendiendo al interés particular del uno o de la minoría o de la masa son desviaciones.” (1279a, 2; p. 171)
La combinación de los dos criterios (el “bien común” y el número de personas que gobiernan) permite establecer la siguiente clasificación: los regímenes en los que se gobierna en función del interés común son la monarquía (una sola persona ejerce el gobierno); la aristocracia (gobiernan unos pocos); república (gobiernan muchos). Los regímenes en los que se atiende el interés particular son: la tiranía (desviación de la monarquía), la oligarquía (desviación de la aristocracia) y la democracia (desviación de la república).
Si Aristóteles se hubiera quedado aquí, habría sido un continuador de Platón. Sin embargo, da un salto cualitativo e incorpora un nuevo criterio en la clasificación: el criterio de la clase social. Veamos este descubrimiento tal como figura en el texto:
“Lo que diferencia la democracia y la oligarquía es la pobreza y la riqueza. Y necesariamente cuando ejercen el poder en virtud de la riqueza ya sean pocos o muchos es una oligarquía, y cuando lo ejercen los pobres es una democracia.” (1279b, 1280a; pp. 172-173).
En unos pocos renglones y con la precisión que lo caracteriza, Aristóteles reformula los criterios de clasificación. Deja de lado el criterio moral (el “interés común”) y adopta el criterio de clase social (ricos o pobres). Con ello lleva adelante una revolución en el pensamiento político. A partir de ella ya no se trata de juzgar a los gobiernos en función de criterios morales, sino que hay que estudiar a qué grupos sociales benefician. O, dicho de otro modo, cuáles son las clases sociales que ejercen efectivamente el gobierno.
En este sentido, la política es lucha por intereses materiales:
“Pero sucede, como dijimos, que unos son pocos y otros muchos, pues pocos viven en la abundancia, mientras que de la libertad participan todos. Por estas causas unos y otros se disputan el poder.” (1280a; p. 174).
La revolución conceptual desarrollada por Aristóteles permite pararse desde otro lugar al momento de examinar las luchas políticas y el Estado. Aristóteles descubre la ciencia de la política al plantear la pertinencia del criterio de clase al momento de clasificar las formas de gobierno. Dice de un modo claro aquello que Platón formulaba de manera confusa. En política no se trata de moral (de lucha por el “bien común”) sino de lucha de intereses materiales de las distintas clases sociales. La política es el terreno en el que se desenvuelven esas luchas.
La Política es un libro extraordinario, un verdadero clásico de la filosofía política. Nosotros apenas hemos chapoteado un poco en el océano de su contenido. Pero ese chapoteo nos permitió describir dos grandes descubrimientos: el carácter social de los SH y el criterio de clase para estudiar las formas de gobierno.
Ya hemos avanzado bastante. Ahora tenemos que dejar el pensamiento político de la Antigüedad. No disponemos de tiempo suficiente para examinar la filosofía política medieval, así que pasaremos directamente a la Modernidad. Por eso, antes de terminar la clase de hoy quiero decir unas palabras a modo de síntesis de lo estudiado hasta aquí.
La filosofía política de la Antigüedad (esta afirmación vale también para el pensamiento medieval) se basó en la idea de la desigualdad natural de los SH. Esto se ve, por ejemplo, en la justificación aristotélica de la esclavitud, desarrollada en el Libro I de Política. No podía ser de otra manera, dadas las relaciones de producción imperantes en las sociedades precapitalistas. Una sociedad basada en la apropiación del excedente campesino por una minoría que no trabaja, no puede darse el lujo de afirmar que las personas son iguales. La democracia ateniense, que incorporó la figura del ciudadano-trabajador, fue combatida por Platón pues éste consideraba que era una aberración que todos los hombres pudieran participar del gobierno.
La Modernidad, que en el plano del pensamiento político se despliega a partir del siglo XVI, modificó drásticamente los fundamentos de la filosofía política. Su idea base fue la noción de igualdad de los SH. Pasar de la filosofía política antigua y medieval a la filosofía política moderna implica, pues, una serie de transformaciones monumentales. En las clases siguientes intentaremos dar cuenta de los rasgos fundamentales de esa gran transformación. Pero antes es preciso estudiar la obra de un autor que se funda la Modernidad en el terreno del pensamiento político, aunque por múltiples razones se trata de un autor que debe ser ubicado en la transición entre el pensamiento clásico y el pensamiento moderno. Ese autor es Maquiavelo (1469-1527).
En la próxima clase vamos a comenzar la lectura de El príncipe. Enviaré una copia por correo electrónico, así como también algunas indicaciones para la lectura.
Esto es todo por hoy.


Villa del Parque,  jueves 2 de julio de 2020

ABREVIATURAS:
SH = Seres humanos

NOTAS:
[1] Aristóteles. (1988). Política. Madrid, España: Gredos. En las citas empleo la notación marginal, complementada con la paginación de la edición Gredos. La traducción española es de Manuela García Valdés.
[2] Wood, E M. (2000). “El trabajo y la democracia antigua y moderna”. EN: Wood, E. M. (2000). Democracia contra capitalismo: La renovación del materialismo histórico. México D. F.: Siglo XXI. (p.220).