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viernes, 13 de mayo de 2016

FICHA: BENDIX. ESTADO NACIONAL Y CIUDADANÍA (1964)




Noticia bibliográfica:

Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Leandro Wolfson: Bendix, Reinhard. (1974). Estado nacional y ciudadanía. Buenos Aires: Amorrortu. La ficha está limitada al cap. 3 de la obra: Transformaciones experimentadas por las sociedades de Europa occidental a partir del siglo XVIII (pp. 61-104).

Título original: National building and citizenship. Studies of out changing social order.  Publicado por primera vez en 1964 por John Wiley & Sons.

Advertencia: Los textos que se encuentran entre corchetes se refieren a comentarios que exceden los límites del texto.



Bendix estudia en este capítulo la radicalización de las clases bajas en el curso de la industrialización europea, en el marco del proceso de creación de los Estados nacionales. Para ello realiza un análisis comparativo de los derechos de ciudadanía. (p. 61).

En este período, inaugurado por las Revoluciones Francesa e Industrial, se produce la crisis del “gobierno doméstico” (1) y su reemplazo por una relación individualista de autoridad.

“En los incipientes Estados nacionales de Europa occidental el problema político fundamental era la posibilidad de adecuarse a la protesta social mediante la ampliación de la ciudadanía a las clases bajas, y en qué medida hacerlo.” (p. 61).

Las Revoluciones Industrial y Francesa dieron paso a relaciones individualistas de autoridad (pp. 62-66).

[En rigor, se trata de la consolidación del capitalismo en Europa occidental. El capitalismo se caracteriza por la doble liberación del trabajador (es liberado tanto de la propiedad de los medios de producción como de toda forma de dependencia personal). De ahí que la dominación deje de ser personal (Ej., el siervo respecto al señor) y pase a ser impersonal. En otros términos, la coerción extraeconómica – basada en la violencia y en la identificación entre la clase dominante y el Estado – deja paso a la coerción económica (el trabajador ingresa al mercado de trabajo porque necesita dinero para comprar mercancías y satisfacer sus necesidades, no porque le den latigazos). Esto general el espacio de posibilidad para la aparición del concepto de ciudadanía.]

¿Cómo operan las relaciones sociales?

Existe reciprocidad reglada por pautas: “los hombres se orientan respecto a las expectativas de los demás (…) cada acción del «otro» limita la gama de respuestas posibles.” (p. 62). [Así planteadas las cosas  estamos frente a un modelo individualista metodológico, donde lo fundamental son las expectativas de los individuos.]

Así las cosas, autoridad = los pocos que dirigen cuentan con vasta gama de opciones; subordinación = los muchos que acatan órdenes tienen un ámbito de elección restringido.  Pero por más abrumador que sea el poder, sus opciones están limitadas. Uno de esos límites son las posibilidades con que cuentan sus subordinados, por más dura que sea esa dominación. (p. 62) (2)

[Ahora bien, estas expectativas requieren de la existencia de una serie de condiciones materiales para ser posibles (en la práctica o como posibilidad). Bendix se mantiene en su posición individualista y omite la cuestión que menciono aquí. Un ejemplo es el tratamiento del papel de la ideología feudal.]

La sociedad feudal se apoyaba en la ideología tradicional. Ésta última defendía los privilegios de la aristocracia feudal basándose en las responsabilidades de ella. Del lado de los subordinados existía lealtad y obediencia que en muchos casos era auténtica. Bendix reconoce la existencia de conflictos violentos, pero mantiene su posición afirmando que “conviene considerar a la pauta tradicional como si fuera en parte un esquema de conducta y en parte un ideal.” (p. 62).

En síntesis, “las relaciones tradicionales de autoridad permanecen incólumes en tanto las acciones y creencias que se apartan de esta pauta, así como las que la sostienen, no socavan la reciprocidad básica de expectativas.” (p. 62).

¿Cómo se produce el quiebre de las relaciones de autoridad tradicionales?

Se trata de un proceso que abarca varios siglos. En el caso de la aristocracia feudal, son dejadas de lado las responsabilidades mientras conservan y enfatizan sus privilegios consuetudinarios. (p. 62-63).

¿Cómo se manifestó el quiebre de la autoridad tradicional? 

Bendix toma el caso de la actitud frente a la situación de los pobres. Durante siglos se condeno a éstos por su indolencia y su vida disipada, que hacía imposible que tomaran cualquier responsabilidad. “Se cree que la calidad humana y la responsabilidad social marchan juntas. La baja condición social de los pobres los exime de toda responsabilidad; no es mucho lo que puede exigírseles. Por otro lado, un alto rango implica también gran responsabilidad.” (p. 63). Consecuencia: paternalismo de los ricos respecto a los pobres. Pero durante la primera etapa de la Revolución Industrial (RI a partir de aquí) se rechazó la responsabilidad de proteger a los pobres. (p. 63).

En paralelo a la expansión de la RI se formularon tres nuevas interpretaciones de las causas de la pobreza.

a)    La causa de la pobreza consiste en los mismos esfuerzos para mitigarla. Puesto que los pobres no se empeñan en nada, las tentativas de auxiliarlos fortalecen su estado de indolencia, proporcionándoles recursos para permanecer en la inacción. Por el contrario, “la necesidad extrema es la motivación más natural para el trabajo, pues ejerce en los pobres una presión permanente.” (p. 64). Supuesto: aunque quisieran, los ricos no pueden ayudar a los pobres y éstos deben bastarse a sí mismos. (p. 64) [Esta explicación no deja bien parado al trabajo, pues sostiene que se trata de una actividad que es realizada sólo cuando se está entre la espada y la pared. Parece una ser una crítica implícita al carácter agobiante del lavoro.]

b)    La pobreza es una consecuencia del desenvolvimiento normal del mercado de trabajo. La caridad perjudica al pobre, pues impide que los trabajadores pongan todo el empeño en su tarea. Es la amenaza del hambre la que hace que las personas se esfuercen en producir. El trabajo es una mercancía que está sometida como todas las demás a las leyes del mercado. El empresario también debe obedecer a esas leyes, so pena de poner en peligro su empresa. (p. 64). [Aquí hay un reconocimiento implícito de la fuerza de la coerción económica.]

c)    La pobreza deriva de la combinación de la teoría del mercado con la teoría de la población. Su principal exponente es el economista Malthus. No existe armonía entre ricos y pobres, lo natural es el desarrollo de crisis periódicas. La población crece más rápido que los recursos que se requieren para alimentarla. La pobreza es un estímulo para el trabajo, mientras que la caridad no hace más que reforzar la indolencia. Sin embargo, Malthus sostiene que las clases altas deben comprender la ley de población mencionada y difundir su conocimiento entre los pobres mediante la educación. (p. 64).

Surge el siguiente problema: la difusión de mecanismos impersonales perjudica la dominación de la burguesía. ¿Cómo dirigir a las masas?: “ya no se confía sólo en fuerzas económicas impersonales sino también en la influencia de las ideas y  de la educación.” (p. 65).

Surge una nueva ideología empresarial, que constará de la combinación temática de los tres elementos siguientes: “1) el elemento paternalista, que toma como modelo la casa tradicional, en la cual la tónica está dada por la dominación personal del señor sobre su familia y sus servidores; 2) el elemento impersonal, que toma como modelo la concepción del mercado de los economistas clásicos, en la cual la presión anónima de la oferta y la demanda y de la lucha por la supervivencia obligan a los trabajadores a prestar acatamiento a sus empleadores; y 3) el elemento educativo, que toma como modelo la clase escolar, el laboratorio de psicología o la sesión terapéutica, en los cuales se recurre a la instrucción, a incentivos y castigos o a motivaciones indirectas para disciplinar a las personas y alentarlas a intensificar sus esfuerzos.” (p. 65).

“En lo que respecta al curso seguido por la industrialización de Europa occidental, podemos postular una secuencia que, partiendo de una declinación del elemento paternalista y una intensificación del elemento impersonal, pasa luego a una confianza cada vez menor en las fuerzas del mercado y una confianza cada vez mayor en los procedimientos educativos.” (p. 65).

Bendix apunta que “la dimensión política de estas ideologías reviste (…) especial importancia.” (p. 65). Se trata de Estados nacionales incipientes, que ofrecen protección legal a los empleadores y hacen un elogio de la frugalidad y el trabajo duro, cualidades que permiten el ascenso social. (p. 65).

Las interpretaciones individualistas de la relación de autoridad se prolongan más allá de la empresa. La difusión de una ideología individualista puede desembocar en la protesta política y social, antes que en la cooperación entre clases. Así, por ejemplo, se propone una división de las clases bajas entre diligentes e indolentes. Sólo a los primeros les es dado ascender. Pero resulta que muchos trabajadores son diligentes y viven en la extrema pobreza. Esto se agrava porque el éxito económico se convierte en sinónimo de virtud. Dicho éxito va a ser propuesto como barrera a la extensión de la ciudadanía. “Desde este punto de vista, la interpretación individualista de las relaciones de autoridad en la industria se presenta como una tentativa de negar los derechos de ciudadanía a los que fracasan en el terreno económico, tentativa que puede generar un nuevo sentido del derecho en las clases bajas y conducir a esfuerzos tendientes a definir la posición de estas clases en la comunidad política nacional.” (p. 66).



Él siguiente punto del cap. 3 se titula “La agitación de la clase baja se vuelve política: Inglaterra” (pp. 66-75).

El análisis está centrado en la transición en las relaciones grupales a nivel nacional, marcada por el cambio en las ideas concernientes a los derechos y obligaciones de las clases bajas.

Las primeras teorías sobre la evolución política planteaban que ésta obedecía a cambios socioeconómicos. Así, las revoluciones de EE. UU. y Francia expresan el auge de la burguesía, en tanto que la RI condujo a la movilización política de la incipiente clase obrera. Bendix critica estas interpretaciones, porque “a la luz de estos fenómenos históricos, todos los sucesos políticos se interpretaron en un primer momento como subproductos más o menos directos de procesos sociales y económicos.” (p. 67).

Frente a lo anterior, Bendix plantea: “La ciudadanía nacional y el industrialismo moderno se han combinado con una amplia variedad de estructuras sociales; es por ello que concebiremos la democratización y la industrialización como dos procesos distintos, por estrecha que haya sido su vinculación en ciertas ocasiones.” (p. 67).

En Inglaterra, ciudadanía  e industrialismo modernos estuvieron íntimamente relacionados. Por eso se utilizó el caso inglés “como modelo para comprender el crecimiento económico en relación con la modernización política” (p. 67). Bendix se propone demostrar que también en Inglaterra es posible distinguir “el elemento político en medio del cambio económico” (p. 67).

La difusión de los principios de igualdad de derechos para todos los hombres, a la que contribuyó la industrialización, hizo que las clases bajas visualizaran otras formas de protesta.

La protesta de las clases bajas se orientó “hacia el logro de una plena participación en la comunidad política existente o el establecimiento de una comunidad política nacional en la cual fuera posible dicha participación.” (p. 68).

Bendix se refiere a los “disturbios populares ocurridos en Inglaterra a comienzos del siglo XIX” [la destrucción de máquinas]. Marx equiparaba esos sucesos a las rebeliones esporádicas de campesinos y artesanos. Autores posteriores demostraron que la violencia se ejercía también contra banqueros y prestamistas, y que estaba combinada con “un sorprendente respeto por la propiedad ajena”. De este modo, al discriminar entre el saqueo y la destrucción “justificada” de la propiedad, los trabajadores “participaban en una «negociación colectiva mediante revueltas», en una época en que las asociaciones eran prohibidas por la ley.” (p. 68-69).

“Al enfrentarse cara a cara con una evidente desigualdad legal, al impedírseles asociarse para la negociación colectiva pacífica mientras se toleraba y aún se fomentaba la de los empleadores, su «negociación colectiva mediante las revueltas» es el concomitante directo de la demanda por los derechos civiles que se les han negado, pese a la aceptación formal de su igualdad formal ante la ley.” (p. 69).

La lucha contra las desigualdades legales es una nueva dimensión de la agitación social. (p. 69). En especial se manifestó una creciente aversión hacia los cuestionamientos de diversos intelectuales y de las clases medias hacia la respetabilidad popular. (p. 70) (3)
En Inglaterra terminó por imponerse “la idea de que es injusto privar al pueblo de sus derechos de ciudadanía, ya que los trabajadores poseen tales derechos en virtud de su aporte a la riqueza nacional” (p. 70).

Frente al rechazo de las clases medias a la incorporación de los trabajadores a la ciudadanía, los socialistas opusieron: “Esta concepción del «derecho a la subsistencia», con sus matices tradicionales, la noción del «derecho de los trabajadores al producto total» y la creencia de que todo trabajador apto tiene «derecho a trabajar» son los tres derechos intrínsecos o naturales que se oponen a los contractualmente adquiridos, los únicos que reconoce el sistema jurídico prevaleciente.” (p. 72).

En Inglaterra las protestas de la clase baja tuvieron como objetivo el logro de la ciudadanía para los trabajadores. Si bien hubo algunas explosiones violentas, el curso general del proceso fue pacífico en comparación con el continente europeo. ¿Por qué? “Si la modernización política de Inglaterra, pese a todos sus conflictos, siguió un ritmo relativamente pacífico, una de las causas es, quizá, que durante gran parte del siglo XIX ese país estaba a la vanguardia en la industrialización y en la expansión de sus territorios de ultramar. Los obreros ingleses estaban en condiciones de exigir que se les conceda el lugar que les correspondía en la comunidad política de la primera nación del mundo.” (p. 72).

El debate nacional sobre la incorporación de las clases bajas se efectuó en el marco del desarrollo económico y empleando el lenguaje tradicional de la religión. Bendix sostiene que “el sitio de prominencia ocupado por Inglaterra como potencia mundial y los comunes antecedentes religiosos de los trabajadores pueden haber facilitado su incorporación a la vida cívica, aunque el nuevo equilibrio nacional de derechos y obligaciones no se alcanzó sin tropiezos.” (p. 72-73).

Bendix sintetiza así la evolución inglesa: “Tocqueville ven en este período de transición una gran amenaza revolucionaria. El señor sigue esperando servilismo pero se rehúsa a hacerse responsable de sus servidores, al par que estos demandan igualdad de derechos y se vuelven intratables. En el plano social, el caso de Inglaterra se aproxima a este modelo. Muchos de los primeros empresarios ingleses rechazan, sin duda, toda responsabilidad por sus empleados, pero esperan su obediencia; rechazan toda interferencia del gobierno en la conducción de la empresa, pero procuran hacerlo responsable de las consecuencias públicas infortunadas de sus propios actos. Los funcionarios oficiales apoyan en muchos casos a los empresarios porque la agitación truculenta les preocupa hondamente; más es preciso hacer unas cuantas salvedades. Hay industriales que reconocen las obligaciones tradicionales de la clase gobernante. Algunos magistrados adhieren al principio de la no interferencia del Estado (incluso en las primeras décadas del siglo XIX) con actitud de distanciamiento crítico. Por último, la exigencia de igualdad de la incipiente clase obrera se vertió en un molde más o menos conservador, en el sentido de que, en definitiva, no implicó más que el reclamo de que se aceptara públicamente la igualdad de los ciudadanos. En otras palabras: la sociedad inglesa demostró ser capaz de hacer lugar a la clase baja en la comunidad política nacional como un participante igual a todos los restantes, si bien incluso en Inglaterra esta evolución entrañó una lucha prolongada, y la igualdad tal como hoy la entendemos, con todas sus repercusiones, no se logró sino en forma paulatina.” (p. 75).



El punto siguiente se refiere a las “Implicaciones teóricas” (pp. 75-78).

Bendix remarca que el análisis esbozado en los párrafos anteriores se refiere exclusivamente al caso de Inglaterra. Pero en el estudio comparativo del cambio social y político, la experiencia inglesa permite señalar que tienen en común muchos otros casos. (p. 75-76).

En los países en los que no existía una “comunidad política viable” o estaban muy atrasados desde el punto de vista democrático e industrial respecto a Inglaterra y Francia, “la protesta de clase baja puede pasar, de la exigencia de plena ciudadanía dentro de la comunidad política prevaleciente, a la exigencia de que se modifique esa comunidad para que la plena ciudadanía se vuelva posible.” (p. 76).

En este punto, Bendix explicita sus diferencias con Marx. Este último remarca el papel de la alienación de los trabajadores por “insatisfacciones creativas” [forma rebuscada de referirse a la alienación respecto al trabajo analizada en los Manuscritos de 1844]. Bendix hace hincapié en la alienación de los trabajadores respecto a la comunidad política y afirma que a partir de ello es posible “ver en conjunto dos movimientos de masas del siglo XIX, el socialismo y el nacionalismo, a diferencia de Marx que explica el primero e ignora el segundo.” (p. 76).

“El enfoque que aquí proponemos no es una mera inversión de la teoría marxista. Marx concibe los movimientos sociales del siglo XIX como protestas contra las privaciones materiales y espirituales que el proceso capitalista contribuye a acumular, y ve el anhelo fundamental de las masas por tener «satisfacciones creativas» en una sociedad «buena». Yo interpreto tales movimientos como hechos políticos, y defino su carácter en términos del contraste entre la comunidad política premoderna y la moderna.” (p. 77).

El siglo XVIII constituye un hiato en la historia de Europa Occidental. Antes de esa fecha, las masas no podían ejercer sus derechos públicos; luego de ella, se convirtieron en ciudadanos (participantes de la comunidad política). La era de la revolución democrática se extiende desde esa fecha hasta la actualidad. (p. 77).

“…el problema de las clases bajas en un Estado nacional moderno reside en el proceso político por el cual se amplían y redefinen gradualmente, en el nivel de la comunidad nacional, los derechos y deberes recíprocos.  Es  totalmente cierto que este proceso se ha visto afectado en cada ocasión por fuerzas que emanaban de la estructura de la sociedad; pero sostenemos que la distribución y redistribución de los derechos y deberes no son meros subproductos de tales fuerzas, sino que en ellas influye vitalmente la posición internacional del país, las concepciones acerca de la distribución correcta en la comunidad nacional, así como también el toma y daca de la lucha política.” (p. 77) (4).

Bendix señala su coincidencia con Tocqueville: “Mis tesis armonizan con la importancia asignada por Tocqueville a los derechos y obligaciones recíprocos como eje de la comunidad política. En Europa, la creciente conciencia de la clase obrera expresa, ante todo, una experiencia de alienación política, o sea, el sentido de no ocupar una posición reconocida en la comunidad cívica o de no tener una comunidad cívica en la cual participar. A causa de que la participación política popular se ha vuelto posible por primera vez en la historia europea la protesta de la clase baja contra el orden social descansa (por lo menos en un comienzo) en los códigos de conducta prevalecientes, y refleja por ende un espíritu conservador, aun en los casos en que lleva a la violencia contra las personas y contra la propiedad. Más que ir en busca de un nuevo orden social a la manera milenarista, las masas recién politizadas protestan contra su ciudadanía de segunda categoría, y exigen participar en términos de igualdad en la comunidad política del Estado nacional. Si esta evaluación de los impulsos y anhelos a medias articulados que caracterizaron gran parte de la agitación de las clases bajas de Europa occidental es acertada, contaríamos con una clave para entender la decadencia del socialismo, pues la posición cívica de estas clases ya no es un problema primordial en aquellas sociedades que han logrado institucionalizar con éxito la igualdad de los ciudadanos.” (p. 77-78).



La sección siguiente (“La extensión de la ciudadanía a las clases bajas”, pp. 78-101) está dedicada al análisis comparativo de la institucionalización de la igualdad de los ciudadanos. (5)

Comienza planteando cuáles son los “Elementos de la ciudadanía” (pp. 78-83).

La codificación de los derechos y obligaciones de los ciudadanos es “un elemento nuclear de la formación nacional”, pues en el Estado nacional cada ciudadano guarda una relación directa con la autoridad soberana, a diferencia del feudalismo, en el que sólo los grandes del reino mantenían esa relación. (p. 78).

En un principio se excluyó de la ciudadanía a todas las personas social y económicamente dependientes. Esta restricción se fue reduciendo a la largo del siglo XIX. En Europa Occidental la integración en la ciudadanía se distingue de lo ocurrido en el resto del mundo por la existencia de las tradiciones comunes del Ständestaat (Estado de estamentos). Cabe distinguir entre representación funcional, o sea, hacer extensiva la ciudadanía a aquellos que estaban excluidos de ella (6); y el principio plebiscitario, promulgado por la Revolución Francesa, “según el cual debían eliminarse todos los poderes que mediaban entre el individuo y el Estado (como los estamentos, las corporaciones, etc.) para que todos los ciudadanos tuvieran, en su calidad de individuos, iguales derechos ante la autoridad nacional soberana.” (p. 79) (7).

La ampliación de derechos se llevó adelante por medio de transacciones entre el principio funcional y el plebiscitario. (p. 79).

Bendix remite al ensayo Citizenship and social class (1950), de T. H. Marshall, para la formulación de una tipología de los derechos. [Ver la ficha correspondiente]. (8)

¿Cómo se desarrollaron los derechos de ciudadanía?

En el principio, la igualdad de derechos ante la ley. La igualdad jurídica gana espacio a expensas de los privilegios hereditarios. Reconocimiento de la individualidad. Son beneficiados los sectores inarticulados de la población. Pero, “ese incremento de la igualdad legal va acompañado por la desigualdad social y económica” (p. 81). El establecimiento de la igualdad jurídica barre con las medidas de protección medievales (por ejemplo, los estatutos de las corporaciones) y no pone nada a cambio: “por lo tanto, los prejuicios de clase y las desigualdades económicas excluyen rápidamente a la vasta mayoría de la clase baja del goce de sus derechos jurídicos.” (p. 81).

“El derecho del individuo a establecer y defender sus libertades civiles básicas en igualdad con los demás y mediante los procesos legales de rigor es un derecho formal, en el sentido de que se le garantizan facultades legales sin ayudarlo en absoluto a hacer uso de tales facultades.” (p. 81). “En este aspecto, la igualdad de ciudadanía y las desigualdades de clase social se desarrollan juntas.” (p. 81). La igualdad jurídica beneficia a los hombres de fortuna y no a los trabajadores pobres. Se genera la base de la agitación política. “Ya no se busca únicamente la igualdad merced a la igualdad de contrato sino merced al establecimiento de derechos sociales y políticos.” (p. 82).

A continuación se concentra en “Un derecho civil fundamental: el derecho de asociación y organización” (pp. 83-89).

Bendix analiza aquí la incorporación cívica de las clases bajas. (p. 83).

“Las decisiones vinculadas con el derecho a la asociación y con el derecho a recibir una educación formal mínima son fundamentales, ya que tales derechos establecer el marco para la incorporación de las clases bajas y condicionan las estrategias y actividades de sus movimientos una vez que se les permite formalmente tomar parte en la política.” (83).

Los derechos civiles reconocen a cada persona la “facultad de intervenir como unidad independiente en la lucha económica.” (p. 83). Pero traen aparejado el inconveniente de que reconocen únicamente a los individuos que poseen medios para protegerse a sí mismos; por eso, la ley sólo reconoce a los propietarios. Los no-propietarios, en cambio, eran condenados por su fracaso en la lucha económica. “El principio abstracto de la igualdad subyacente en el reconocimiento legal e ideológico del individuo independiente es a menudo la causa directa de desigualdades gravemente acentuadas.” (p. 83). Así, se consideraba al contrato salarial como un contrato entre iguales, es decir, que empleador y trabajador estaban en iguales condiciones de proteger sus derechos. De ahí que se rechazara el derecho a organizarse para negociar con los empleadores. (p. 83).

Lo anterior generó un conflicto jurídico: los derechos civiles comprenden los derechos de propiedad y contrato, la libertad de palabra, de pensamiento y de fe, que incluyen la libertad de unirse a otras personas en la prosecución de fines privados legítimos. Estas libertades se fundan en el derecho de asociación (right of association), principio legal aceptado por Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda); sin embargo, esos países decidieron privar a sus trabajadores del derecho de organización (right of combination). Esa prohibición no incluía el derecho a integrar asociaciones religiosas o políticas (). Inglaterra es el país que fue más lejos en la sanción de leyes prohibitivas especiales destinadas a eliminar las organizaciones obreras. (p. 84).

La combinación del desarrollo económico acelerado y la decadencia del sistema medieval de regulaciones corporativas hizo que se hicieran necesarias nuevas regulaciones. Los países de Europa occidental respondieron con tres tipos de medidas. (p. 85).

A] Países escandinavos y Suiza: mantuvieron la organización tradicional de los oficios hasta el período moderno, preservaron el derecho de asociación y ampliaron la regulación legal de las relaciones entre señores y servidores. “Esta variante representa, con algunas modificaciones, el concepto medieval de libertad como privilegio, concepto que posibilita sin duda el fortalecimiento legal de los ordenamientos sociales existentes.” (p. 85).

B] Tipo absolutista: el caso típico es el de Prusia. Prohibición de las asociaciones de trabajadores, de todas las asambleas secretas y de las organizaciones obreras. Representa “una quiebra capital de la tradición de la libertad como privilegio colegiado en la medida en que el rey eliminar todos los poderes que se alzan entre él y sus súbditos.” (p. 85-86).

C] Política liberal: ejemplo clásico, Inglaterra. Mezcla de la prohibición de las organizaciones obreras y el mantenimiento del derecho de asociación en otras esferas. (p. 86).

“El derecho legal a crear asociaciones combina el principio plebiscitario con el principio funcional. Cuando todos los ciudadanos lo poseen, estamos ante un caso de plebiscitarismo, en el sentido formal de que todo el mundo goza de la misma capacidad legal para actuar. Sin embargo, en la práctica solo ciertos grupos de ciudadanos aprovechan esa oportunidad, en tanto que la gran mayoría permanece «desorganizada».” (p. 86).

El punto de quiebre que permitió la legalización de las organizaciones obreras fue la constitución de la sociedad anónima. [Bendix sigue aquí el análisis de T. H. Marshall]. El reconocimiento de los sindicatos significó para los derechos civiles el pasaje de la representación de individuos a la de comunidades. (p. 88).

“La legalidad otorgada a los sindicatos es un ejemplo de legislación habilitante. Ella les permite a los miembros de las clases bajas organizarse y obtener de esa manera un poder de negociación equitativo, que la igualdad legal formal impuesta previamente les había negado.” (p. 89).

Sin embargo, la organización sindical termina beneficiando a sus miembros, en detrimento del resto de los trabajadores que no se organizan. “Es así que el derecho a organizarse puede ser utilizado para imponer reclamos vinculados con la participación en los ingresos y beneficios, a expensas de los desorganizados y de los consumidores.” (p. 89).

A continuación examina los derechos sociales (Un derecho social fundamental: el derecho a la educación elemental, pp. 90-95).

El derecho a la educación elemental es análogo al derecho de organización. Es inseparable del deber de asistir a la escuela. Su concreción permite la realización de todos los demás derechos. Es probable que sea el primer ejemplo de una prescripción mínima sancionada por todos los poderes del Estado moderno.

“Como atributos de la ciudadanía, los derechos sociales pueden considerarse beneficios que compensan el consentimiento del individuo en ser gobernado por los agentes de su comunidad política nacional y de acuerdo con sus reglas. Es importante advertir el elemento de consentimiento o consenso que está en la raíz de la relación directa entre los órganos centrales del Estado nacional y cada miembro de la comunidad. Pero al abordar el examen de los derechos sociales, nos encontramos con que este principio plebiscitario de la igualdad ante el Estado nacional soberano implica deberes además de derechos. Cada individuo apto está obligado a participar en los servicios que el Estado le proporciona.” (p. 90).

“El derecho a votar es facultativo, en tanto que los beneficios de la asistencia escolar son obligatorios; pero en ambos casos, se trata de principios igualitarios que establecen una relación directa entre los órganos centrales del Estado nacional y cada miembro de la comunidad, y esta relación directa es la que da significado concreto a la ciudadanía nacional.” (p. 90).

Luego, desarrolla: “Derechos políticos: el sufragio y el voto secreto” (pp. 95-101).

Se plantea la tirantez entre la orientación estamental y la orientación nacional. Esto se nota en los debates legislativos sobre los derechos de participación política: el derecho de actuar en calidad de representante, el derecho a elegir representantes y el derecho de elección independiente. (p. 95).

La condición básica del proceso fue la unificación del sistema nacional de representación. (p. 95). Al finalizar la Edad Media (y salvo el caso de Inglaterra) la representación territorial cedía lugar a la representación estamental. Además, “solo los jefes de familia económicamente independientes podían tomar parte en la vida pública.  Esta participación era un derecho derivado, no de su pertenencia a una comunidad nacional, sino del territorio y capital que poseían, o de su status dentro de corporaciones funcionales legalmente definidas, como la nobleza, la Iglesia o los gremios de mercaderes o artesanos. No existía la representación individual: los intereses de las asambleas representaban intereses en juego reconocidos en el sistema, ya fuera en forma de propiedades o de privilegios profesionales.” (p. 95).

La Revolución Francesa modificó radicalmente la concepción de la representación: la unidad básica no fue más ni la familia, ni la propiedad, ni la corporación; fue el ciudadano individual. (p. 95). La representación se canalizó a través de una asamblea nacional unificada de legisladores. (p. 96).

Se emplearon cinco series de criterios para limitar el sufragio:

v  Criterios estamentales tradicionales: restricción del sufragio a los jefes de familia dentro de cada grupo de status definido por la ley.

v  Régime censitaire: restricciones basadas en el valor de la tierra, el capital o el monto de los impuestos anuales.

v  Régime capacitaire: restricciones fundadas en el grado de instrucción, la educación formal.

v  Criterios de responsabilidad familiar: restricción a los jefes de familias residentes en fincas de su propiedad.

v  Criterios de residencia: restricción a los residentes desde cierto tiempo en una comunidad local.

El ingreso de las clases bajas planteó problemas para la administración de las elecciones. “En lo sociológico, el más importante es la salvaguardia de la independencia de la decisión electoral del individuo.” (p. 100). La imposición del voto secreto “es, en esencia, una apelación a la mentalidad liberal urbana: es un elemento más de la cultura anónima y privatizada de la ciudad que describió Georg Simmel. El factor decisivo, empero, es la aparición de los votos de la clase baja como un elemento de política nacional, así como la necesidad de neutralizar a las peligrosas organizaciones de la clase obrera: las providencias tomadas para que el voto sea secreto no sólo aíslan al trabajador de sus superiores sino también de sus pares. (…) parece probable que, allí donde exista un monto mínimo de comunicación entre las clases, aquel reduce la posibilidad de que la vida política se polarice sobre la base de la clase social.” (p. 101).

“…el voto secreto representa el principio nacional y plebiscitario de integración cívica, en contraste con las organizaciones de la clase obrera, que ejemplifican el principio de la representación funcional. (…) La cláusula del voto secreto coloca al individuo frente a una elección personal y le confiere, siquiera temporariamente, independencia respecto a su ambiente inmediato: en el cuarto oscuro puede ser un ciudadano nacional. Ello posibilita a la masa inarticulada escapar a las presiones políticas partidarias y a la vez hace recaer en los activistas del movimiento obrero el peso de la visibilidad política. En términos sociológicos, podemos afirmar (…) que el sistema electoral nacional abre canales para la expresión de las lealtades secretas, mientras que la lucha política obliga al activista de un partido a sacar a luz sus opiniones y exponerse a las censuras cuando se aparta del «orden establecido».” (p. 101).



Consideraciones finales (pp. 102-104).

Bendix sintetiza la argumentación: “La extensión de la ciudadanía a las clases bajas de Europa occidental puede ser observada desde diversos puntos de vista complementarios. En su comparación de la estructura política medieval con la moderna, el análisis ejemplifica las tendencias simultáneas hacia la igualdad y hacia la creación de una autoridad gubernamental de alcances nacionales. Típicamente, la constitución del Estado nacional moderno es la fuente originaria de los derechos de ciudadanía, y estos derechos un signo de igualdad nacional. La propia política se ha extendido ahora a todo el ámbito nacional, y las «clases bajas» tienen la oportunidad de participar en forma activa.” (p. 102).

NB: “De acuerdo con la idea plebiscitaria, todos los individuos adultos deben gozar de iguales derechos bajo un gobierno nacional; de acuerdo con la idea funcional, se acepta que los individuos se unan por diferentes motivos, y que haya ciertas formas de representación colectiva.” (p. 102).

“…la extensión de la ciudadanía a las clases bajas implica, en muchos niveles, una institucionalización de criterios abstractos de igualdad que da origen a nuevas desigualdades y a nuevas medidas para hacer frente a tales secuelas colaterales.” (p. 104).


Villa del Parque, viernes 13 de mayo de 2016


NOTAS:

(1)  La expresión pertenece a Alexis de Tocqueville (1805-1859). Bendix escribe que “la vida política medieval se funda en el lazo existente entre el rango hereditario o espiritual en la sociedad, el control de la tierra como principal recurso económico y el ejercicio de la autoridad pública.” (p. 61).

(2)  “Los subordinados tienen una capacidad de raciocinio que los lleva a cooperar o negarse a cooperar en diversos grados, y esto introduce importantes variables en toda pauta establecida de autoridad.” (p. 62).

(3)  Bendix sostiene que durante este período de transición el pueblo experimentó muchas vacilaciones. “Parece haber alternado entre la insistencia en los antiguos derechos y los violentos levantamientos contra las causas más notorias de la opresión, entre la afirmación de su respetabilidad y el clamor por una revolución sangrienta, entre la propuesta de reformas concretas y una sorprendente gama de planes utópicos.” (p. 69-70). Emplea la caracterización de Tocqueville, quien escribió en La democracia en América “casi siempre sobreviene una época en que la mente de los hombres fluctúa entre la noción aristocrática de sometimiento y la noción democrática de obediencia. Esta última pierde entonces importancia moral ante los ojos de quien obedece, que ya no la considera como una especie de obligación divina, pero aún no la concibe en sus aspectos puramente humanos; para él no presenta ninguna característica de santidad o justicia, y se somete a ella como a una situación degradante pero que reporta beneficios.” (p. 70).

(4)  Bendix desarrolla en nota al pie los puntos en que su enfoque difiere del marxismo. Así, el materialismo histórico postula que “la política y el Estado sin variables dependientes de la cambiante organización de la producción. El marxismo no llega a abordar la cuestión de la autonomía relativa de las acciones del Estado ni la existencia continua de comunidades políticas nacionales. También difiere del enfoque sociológico de la política y de las instituciones formales, que interpreta la primera como un mero subproducto de la interacción de los individuos, y las segundas como la «caparazón exterior», dentro de la cual las interacciones proporcionan la clave para una comprensión realista de la vida social.” (p. 77).

(5)  Fue escrita en colaboración con el doctor Stein Rokkan, del Instituto Christian Michelsen, Bergen, Noruega. Bajo el término clases bajas se alude a la categoría (…) integrada por todos aquellos que han sido excluidos de la participación directa o indirecta en los procesos políticos de toma de decisiones dentro de la comunidad.” (p. 78).

(6)  El término “función” se refiere a todo tipo de actividad que se considera propia de un estamento (en el sistema político medieval). “Empleado con mayor amplitud, designa actividades, o derechos y obligaciones, específicas de un grupo. Como tal comprende tanto la observación de determinada conducta cuanto los mandatos éticos sobre lo que se estima correcto. (p. 79).

(7)  El término “plebiscito” designa “a la votación directa, sobre un importante problema público, de todos los electores calificados de una comunidad. Cuanto más amplia es la comunidad, menores son los requisitos estipulados para los electores, y, por consiguiente, cuanto mayor es el número de sujetos que mantienen relación directa con la autoridad pública, mayor será también el conflicto del principio plebiscitario con el funcional.” (p. 79).

(8)  Marshall distingue entre derechos civiles, derechos políticos y derechos sociales, a los que corresponden cuatro grupos de instituciones públicas: los tribunales, los organismos representativos locales y nacionales, los servicios locales y las escuelas. (p. 80).


viernes, 6 de mayo de 2016

FICHA: SARTORI. "¿QUÉ ES LA POLÍTICA?" (1972)




Nota bibliográfica:

Esta ficha fue redactada a partir de la lectura del capítulo VII de la obra La política: Lógica y método en las ciencias sociales. Dicho capítulo y el VIII reproducen el trabajo de Sartori titulado La Scienza Politica, que se publicó en el volumen 6 de la colección Storia delle Idee Politiche, Economiche e Sociali, dirigida y supervisada por Luigi Firpo, Turín, UTET, 1972. EN: Sartori, Giovanni. (2003). La política: Lógica y método en las ciencias sociales. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. (pp. 201-224). La traducción española es de Marcos de Lara.

Advertencia:

Los textos entre corchetes son de exclusiva responsabilidad del autor de la ficha.


Dedica el primer apartado del texto a examinar las vicisitudes de la idea de política (pp. 202-208).

Sartori (S a partir de aquí) sostiene que la noción ciencia política (CP a partir de aquí) se determina en función de dos variables: 1) el estado de organización del saber; 2) el grado de diferenciación estructural de los componentes humanos. (p. 201).

Es evidente que la noción de ciencia carece de sentido hasta tanto ésta no se haya separado de la filosofía (= amor al saber). La separación de ambas es fundamental, más allá de que la ciencia también se diferencia de opinión, teoría, doctrina e ideología. (p. 201).
La noción de política calificó todo (y, por ende, no significó nada) hasta tanto se produjo la separación de las esferas de la ética, de la economía y de lo político-social, y se constituyeron instituciones que pudieron ser calificadas de políticas, económicas, religiosas y sociales. La separación entre lo “político” y lo “social” es fundamental. (p. 201; el resaltado es mío).

Antes de la confluencia de ciencia y política no puede hablarse de historia de la CP. Es erróneo plantear la existencia de una CP que surge con Aristóteles y renace con Maquiavelo. Antes de la mencionada confluencia, existe “una historia a dos voces: la del concepto de ciencia por un lado, y la del concepto de política por el otro.” (p. 202).

¿Cuál es el objetivo del texto?

“En este escrito no trataré de fijar el nacimiento de la «primera» ciencia política, sino más bien de separar los elementos de varios plausibles, «encuentros significativos» entre los dos términos de nuestro discurso; por un lado, los modos de observar la política que se pueden calificar como científicos, y por el otro, una serie de caracterizaciones de la idea de política.” (p. 202).


En la actualidad es habitual distinguir entre lo político y lo social. Esta distinción es reciente y se consolidó recién en el siglo XX. Sartori sostiene que es erróneo utilizar ambos términos, en su acepción actual, para referirnos al mundo griego.

Aristóteles afirmaba que el hombre era un zoon politikón = “Sólo porque el hombre vive en la polis, y porque la polis vive en él, el hombre se realiza completamente como tal. Al decir «animal político», Aristóteles expresaba, pues, la concepción griega de la vida. Una concepción que hacía de la polis la unidad constitutiva (indescomponible) y la dimensión completa (suprema) de la existencia. Por lo tanto, en el vivir «político» y en la «politicidad», los griegos no veían una parte o un aspecto de la vida; la veían en su totalidad y en su esencia. Por el contrario, el hombre «no político» era un ser defectuoso (…) un ser inferior, un menos-que-hombre.” (p. 203).

En síntesis, es incorrecto separar política y sociedad en Grecia Antigua. “El vivir «político»  - en y para la polis – era al mismo tiempo el vivir colectivo, el vivir asociado, y más intensamente, el vivir en hoinonía, en comunión y «comunidad». Por lo tanto, no es exacto decir que Aristóteles incluía la socialidad en la política. En verdad, los dos términos eran para él un único término, y ninguno de los dos se resolvía en el otro, por la simple razón de que «político» significaba conjuntamente las dos cosas a la vez.” (p. 203-204).

La concepción romana de la civis no es la polites griega. La organización social romana no era la de polis griega. De ahí que los términos para referirse a cada organización social no puedan equipararse. S afirma que la escala de la organización política romana impedía el “vivir político” griego. En Roma la juridicidad (la organización jurídica) reemplaza a la politicidad. Cicerón (104-43 a. C.) “sostenía que la civitas no es un conglomerado humano cualquiera, sino aquel conglomerado que se basa en el consenso de la ley.” (p. 204). El ciclo se cierra con Séneca (4 a. C. – 65 d. C.), para quien “el hombre no es ya un animal político; es, por el contrario, un sociale animal. Estamos en las antípodas de la visión aristotélica, porque el animal social de Séneca y de los estoicos es el hombre que ha perdido la polis, que se ha extrañado de ella, y que se adapta a vivir negativamente más que en forma positiva en una cosmópolis.” (p. 204-205).

Sartori indica que la concepción política del mundo griego no tiene nada que ver con la conceptualización moderna. Por un lado, el sociale animal y el politicum animal no aluden a dos facetas del mismo ser humano, sino que se trata de dos antropologías, opuestas una a otra. (p. 205). Por otro, los griegos no llegaron a ninguna problemática vertical de la política y la politicidad (ni el pensamiento romano ni el medieval). (p. 205) (1)

En el lenguaje medieval, la concepción vertical se expresaba por medio de términos tales como principatus, regnum, dominium, gobernaculum. Para los autores medievales y renacentistas – que escribían tanto en latín como en italiano, francés o inglés – el dominium politicum no era «político» en nuestro significado, sino en el significado de Aristóteles: era la «ciudad óptima» del polites, la res publica que practicaba el bien común, una res populi igualmente ajena tanto a la degeneración democrática  como a la degeneración tiránica. De hecho, los autores medievales usaban dominium politicum en contraposición a dominium despoticum. Equivale a decir que la voz politicum designaba la «visión horizontal», mientras que el discurso vertical se desarrollaba mediante las voces realeza, despotismo y principado.” (p. 206-207).

Maquiavelo (1469-1527) priorizó el enfoque vertical mediante el uso del término príncipe. “La política no se configura en su especificidad y autonomía hasta Maquiavelo.” (p. 208).


Sartori dedica el segunda apartado del capítulo a la cuestión de la autonomía de la política (pp. 208-211).

La autonomía de la política es relativa. Pueden sostenerse cuatro tesis al respecto: “primero, que la política es diferente; segundo, que la política es independiente, es decir que sigue leyes propias, instaurándose literalmente como ley de sí misma; tercero, que la política es autosuficiente, autárquica en el sentido de que basta para explicarse a sí misma; cuarto, que la política es una causa primera, una causa generadora no sólo de sí misma sino también de todo el resto, dada su supremacía.” (p. 208).

Maquiavelo establece la separación de la política respecto a la religión y la moral: “la mayor originalidad de Maquiavelo reside precisamente en el hecho de que teorizó con inigualado vigor sobre la existencia de un imperativo propio de la política. Maquiavelo no se limitó a señalar la diferencia entre política y moral; llegó  a proclamar una vigorosa afirmación de autonomía: la política tiene sus leyes, leyes que el político «debe» aplicar.” (p. 209).

Para mostrar la originalidad de Maquiavelo, Sartori recurre a la comparación con Hobbes (1588-1679). “El método de Hobbes era, pues, rigurosamente deductivo. Con esto está todo dicho. No observaba el «mundo real». Nadie puede cuestionar la estatura filosófica  de Hobbes; pero su «ciencia» no es tal; no descubría nada. Correlativamente, la autonomía de la política que nos interesa no es la teorizada por Hobbes. Y nada puede ocultar el hecho de que Hobbes era más valorativo que Maquiavelo.” (p. 211).


Sartori plantea en el tercer apartado (El descubrimiento de la sociedad; pp. 211-215) la cuestión de la separación entre Estado y sociedad. Esta última se afirma como una realidad en sí misma.

La sociedad no es ni el demos griego ni el populus romano. El pensamiento medieval procuró incluir la sociedad entre los múltiples corpus entre los que se organizaba el mundo medieval en su sistema de jerarquías. (p. 212).

Sartori indica que “el primero en teorizar el derecho de la mayoría y la regla mayoritaria – es decir una regla que restituye operatividad a la noción de pueblo – fue Locke.” (p. 212-213). John Locke (1632-1704) construyó una idea de sociedad que corresponde a la fase contractualista de la escuela del derecho natural. La sociedad es el ente que estipula con el soberano el contrato social. (p. 213). Sin embargo, el liberalismo político postulaba que la sociedad debía seguir siendo regulada y protegida por el derecho; en cambio, el liberalismo económico (desarrollado en el párrafo inmediatamente posterior) procuraba liberar a la sociedad de todas las ataduras corporativas. (p. 214).

Para que se concretase la autonomía de la sociedad respecto de la política fue preciso que se verificara la diferencia entre política y economía. Sartori opina que “son los economistas – Smith, Ricardo y en general los liberales – los que muestran cómo la vida en sociedad prospera y se desarrolla cuando el Estado no interviene; los primeros en mostrar cómo la vida en sociedad encuentra en la división del trabajo su propio principio de organización; y por lo tanto en mostrar también cuántos sectores de la vida social son extraños al Estado y no se regulan ni por las leyes ni por el derecho. Las leyes de la economía no son leyes jurídicas; son leyes del mercado. Y el mercado es un automatismo espontáneo, un mecanismo que funciona por su cuenta. Son, pues, los economistas de los siglos XVIII y XIX los que proporcionaron una imagen tangible, positiva, de una realidad social capaz de autorregularse, de una sociedad que vive y se desarrolla según sus propios principios. Y es así como la sociedad toma realmente conciencia de sí misma.” (p. 213-214).

Sartori señala que el desarrollo posterior de la posición de los economistas fue llevado a cabo por Saint-Simon (1770-1825) y Comte (1798-1857). “La sociedad se configura entonces tan autónoma que puede volverse objeto de una ciencia en sí misma, que no era ya la economía” (p. 215). Esa ciencia fue la sociología.


El cuarto apartado del capítulo VII está dedicado a la cuestión de la identidad de la política. (p. 215-224).

Nuestro autor se propone dar respuesta al problema de ¿qué es la política en sí?, pues en los apartados anteriores mostró que no es ni moral, ni derecho, ni economía, ni el sistema social. Para llevar a cabo esta tarea se pregunta ¿en qué se diferencia el comportamiento político del comportamiento económico y del comportamiento moral?

“El criterio de los comportamientos económicos es útil: la acción económica es tal en la medida en que se dirige a llevar al máximo una ganancia, una utilidad, un interés material. En el otro extremo el criterio de los comportamientos éticos es el bien: la acción moral es una acción «debida», desinteresada, altruista, que persigue fines ideales y no ventajas materiales.” (p. 217). Ahora bien, sólo puede decirse que los comportamientos políticos no son ni morales ni económicos, aunque tengan elementos de ambos. Hablar de “comportamiento político” “no equivale a indicar un tipo particular de comportamiento, sino un ámbito, un contexto.” (p. 217).

El camino propuesto por Sartori: “no es preguntarse en qué se diferencian el comportamiento del animal político del del animal social y económico; es preguntarse cómo se han ido diferenciando y organizando desde el punto de vista estructural de las colectividades humanas. Por consiguiente, la pregunta pasa a ser: cuál será la denotación de las expresiones «en política» y «sistema político», con respecto a las del sistema social y del sistema económico.” (p. 218-219).

La polis y la pequeña-comunidad Estado tenía una organización horizontal; a medida que nos alejamos de esta forma política, pasa a predominar la dimensión vertical. Lo paradójico es que se siguió utilizando el vocabulario griego (horizontal) para designar una situación marcada por lo vertical. “Como consecuencia de esta nueva sistematización, la dimensión horizontal pasa a ser asumida por la sociología, y correlativamente la esfera de la política se restringe en el sentido de que se reduce a una actividad de gobierno, y en sustancia a la esfera del Estado.” (p. 219) [1]

En la actualidad se produce la masificación de la política:”Las masas – que desde siempre estuvieron alejadas o excluidas de la política, o presentes sólo muy de tanto en tanto – ahora entran en la política; y entran con intenciones de estabilidad, para quedarse.” (p. 220).

Se produce una ampliación del concepto de Estado, “es sustituido por el concepto bastante más elástico, y abarcador de «sistema político».” (p. 220).

“La difusión de la política, por otra parte, no sólo tiene lugar a nivel de la base, al nivel del demos. La encontramos también en los vértices, a nivel de las élites. De hecho, nuestras democracias se estructuran como «poliarquías» competitivas de amplia proyección pluralista.” (p. 221).

Sobre el final una crítica al marxismo: “La forma extrema de negación de la autonomía de la política no es de todos modos la sociológica; más bien proviene de la filosofía marxista. En esta perspectiva no se llega sólo a la heteronomía de la política sino más drásticamente a la «negación de la política». En la concepción económico-materialista de la historia, la política es una «superestructura», no sólo en el sentido de que refleja las fuerzas y las formas de producción, sino también en el sentido de que es un epifenómeno destinado a extinguirse. En la sociedad comunista – según lo preveía Marx – el Estado tiende a desaparecer, y con ello desaparecerá la coerción del hombre sobre el hombre. No vale la pena detenerse en esta verdadera negación de la política. Si una filosofía de la historia debe medirse en función de los acontecimientos históricos que ha generado, basta comprobar que a ojos vistas la tesis del «predominio de la política» encuentra su confirmación mejor en los Estados que se basan en la palabra de Marx y de sus sucesores. Quien ha vivido la experiencia de los países del Este, no tiene dudas sobre la identificabilidad de la política; y menos aún duda – es legítimo pensarlo – de la autonomía y autosuficiencia de la política. En los países del Esta no es, por cierto, el sistema social el que explica al Estado. Más bien habría que preguntarse si tiene sentido hablar allí de una realidad social autónoma, dado que las sociedades en cuestión son el más puro producto de un control vertical capilar y omnipresente.” (p. 223). [Dispongo de muy poco tiempo. Pero S falsea la posición de Marx para despachar el asunto en pocas palabras. Marx se refiere en todo momento a la extinción del Estado, no de la política. Engels, en un artículo en el que discute con los anarquistas, dice que los socialistas bregan por la desaparición del Estado, pero que aún en la sociedad comunista seguirá existiendo “autoridad”, es decir, una determinada organización jerárquica del proceso productivo – utilizo el término “jerarquía” adrede, para expresar que la cuestión no se presta a soluciones fáciles - ].

Sartori concluye el capítulo afirmando que existe un hecho indudable: “la ubicuidad y por lo tanto la difusión de la política en el mundo contemporáneo.” (p. 223). Esta ubicuidad puede interpretarse de tres formas diferentes: 1) heteronomía, o extinción; 2) autonomía, predominio o triunfo; 3) dilución, pérdida de fuerza. (p. 224).

[Es notable la habilidad de Sartori para escribir un largo y erudito artículo sobre el concepto de política sin mencionar en absoluto el problema de las clases sociales ni la cuestión del carácter de clase del Estado. Es cierto que S no es marxista y que rechaza abiertamente el punto de vista marxista en el análisis político – se ha transcripto un pasaje dedicado específicamente a “demoler” al marxismo -. No obstante, la política gira en torno al Estado y a los grupos sociales (los llamemos o no clases sociales) que pugnan por controlar los recursos económicos de la sociedad. Una teoría de la política que ignore estas cuestiones termina siendo abstracta, por más minuciosa que sea en el análisis de lo concreto. Por abstracta entiendo que se encuentra obligada a poner el acento en cuestiones unilaterales (por ejemplo, las motivaciones de los individuos) y a dejar de lado el conjunto de la totalidad social.]


Villa del Parque, viernes 6 de mayo de 2016


NOTAS:

[1] Sartori entiende por problemática vertical una concepción “en altura que asocie la idea de política con la idea de poder, de mando, y en último análisis de un Estado subordinado a la sociedad.” (p. 205). Es “el elemento de estructuración jerárquica” de la vida en sociedad. (p. 206).

jueves, 21 de abril de 2016

FICHA: WALLERSTEIN. “EL FIN DE LAS CERTIDUMBRES EN LAS CIENCIAS SOCIALES” (2000)




Noticia bibliográfica:

Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Julieta Barba y Silvia Jawerbaum, incluida en: Wallerstein, Immanuel. (2005). Las incertidumbres del saber. Barcelona: Gedisa. (pp. 37-54). El texto en cuestión es el capítulo 3 de la obra. Agradezco la colaboración de mi compañera Pez López, quien me facilitó sus notas de lecturas.

Título original: "The End on Certainties in the Social Sciences". Publicado por primera vez en SCIENZA E STORIA, núm. 13, 2000, pp. 17-29.



El punto de partida de Wallerstein consiste en la idea de que la incertidumbre es un factor desestabilizador de la vida social, pues genera inseguridad. Para evitar este riesgo, los seres humanos recurrieron a fuentes de certeza (magia y los magos, dioses y sacerdotes, la autoridad colectiva y comunitaria). De ahí que la religión [para hablar en general] servía para “estabilizar las estructuras sociales” (p. 37). [Wallerstein limita el papel de la religión a lo cognitivo e ideológico, dejando afuera el papel político de la misma.]

La eficacia de las fuentes de certeza se plasmaba en las predicciones. Cuando éstas fallaban, se condenaba a los artífices del arte de la certidumbre (ej., los sacerdotes) y no a la creencia en la posibilidad de certezas ni en el sistema que las aseguraba. (p. 37-38).

El sistema-mundo moderno (el capitalismo) requería predicciones precisas; la inversión y la ganancia no podían apoyarse ni en magia ni en religión. Surgió (y fue respaldado y sancionado socialmente) “un nuevo modelo de certificación de la verdad”: la ciencia moderna. (p. 38).

La creación de la ciencia moderna se dio a través de dos etapas:

1)    Ataque filosófico al significado de las verdades reveladas (conocidas únicamente por los sacerdotes). “Los filósofos defendieron la idea de que todos los seres humanos tienen la capacidad innata de razonar por sus propios medios y llegar a la verdad. (…) su principal interés fue negar el derecho de las autoridades religiosas y políticas a promulgar la verdad.” (p. 38). Según Wallerstein (W a partir de aquí) en esto consiste el mensaje fundamental de la Modernidad. (p. 38).

2)    Fundamentación de por qué los científicos producen enunciados verdaderos. Los enunciados verdaderos tienen que comprobarse con evidencia empírica. Los datos deben recolectarse siguiendo métodos específicos, que pueden ser reproducidos por el conjunto de la comunidad científica. “En realidad, los científicos afirmaban que no eran todos los filósofos sino un subgrupo de ellos, los científicos, quienes tenían el derecho moral de ser reconocidos como fuente de enunciados verdaderos válidos.” (p. 39). Para comienzos del siglo XIX los científicos eran los únicos individuos cuyos enunciados sobre el mundo contaban con plena aprobación social.

El credo de la ciencia tenía una característica contradictoria. En el plano teórico, “los científicos proclamaban el rechazo absoluto de toda autoridad como fundamento de legitimación de la verdad y un igualitarismo absoluto respecto de quién podía formular enunciados verdaderos válidos.” (p. 39). Ah, pero en la práctica… “los científicos mostraban que no era exactamente eso lo que querían decir. En realidad, no creían que toda autoridad fuese legítima ni que cualquiera pudiese exponer sus verdades en el libre mercado de las ideas.” (p. 39). Eran las pequeñas comunidades de especialistas (los practicantes de cada ciencia específica) quienes constituían la autoridad colectiva; sólo aquellos que tenían una formación especializada en una disciplina tenían derecho a opinar. (p. 39).

“A un observador de otro planeta le parecería que la deferencia con que se trataba a los científicos en el siglo XX no era muy distinta del trato que recibían los magos, los sacerdotes o las autoridades locales de antaño.” (p. 39).

Otra paradoja de los científicos. Mientras predicaban el escepticismo, “también afirmaban que la certidumbre era intrínsecamente posible y que por lo tanto llegaría el día en que se sabría todo de todas las cosas. Esa es la concepción determinista del mundo, central para lo que llamamos la ciencia moderna.” (p. 40; el resaltado es mío – AM-). El determinismo fue la piedra de toque de la mecánica newtoniana, “considerada durante mucho tiempo el programa científico fundamental, el modelo de toda empresa científica.” (p. 40). Los criterios de cientificidad fueron: determinismo, linealidad, equilibrio y reversibilidad. (p. 40).

Sin embargo, durante el siglo XX el modelo de ciencia newtoniana recibió críticas severas, provenientes de la física y de la matemática. Resultados: las probabilidades ocuparon el lugar de las certezas; el caos determinista, el lugar del determinismo; la tendencia a alejarse del equilibrio y la bifurcación en lugar de la linealidad; los fractales en lugar de las dimensiones de enteros; la flecha del tiempo en vez de la reversibilidad; la ciencia como parte de la cultura en vez de cómo actividad fundamentalmente distinta del pensamiento humanístico. (p. 40).

¿Cuál fue el impacto en las CS del cuestionamiento de la ciencia newtoniana?

Hay que empezar reconociendo que las CS se institucionalizaron a fines del siglo XIX en pleno predominio cultural de la ciencia newtoniana. “El objeto de las ciencias sociales, dijeron los científicos una y otra vez, es descubrir leyes de alcance universal afines a las formuladas en la física.” (p. 40). Pero en la práctica se mostraron impotentes para realizar predicciones. Atribuyeron ese fracaso a la inmadurez colectiva de sus disciplinas, no al modo de teorización elegido. (p. 41).

La crítica a la ciencia newtoniana modificó la psicología colectiva de los científicos sociales, pues los puso “en condiciones de considerar seriamente por primera vez el enunciado del sentido común que con tanto rigor habían rechazado: la idea de que el mundo social es un terreno intrínsecamente incierto.” (p. 41).

W afirma que pensar el mundo social como un terreno incierto es un enunciado de sentido común. (p. 41).

¿Qué ocurriría si el mencionado enunciado – carácter incierto del mundo social – se tomara como fundamento del trabajo de las CS?

[W retoma conceptos de Prigogine] Los científicos buscan regularidades dentro de un sistema, pero dicho sistema se aleja del equilibrio y en un momento dado se transforma en otra cosa. Por eso, las regularidades obtenidas terminan siendo inútiles.

“…en el mundo hay modelos de explicación para los cambios y que los cambios en sí caen dentro de dos categorías bien distintas: los que forman parte de las regularidades intrínsecas del sistema y los que implican una transición o transformación de un contexto sistémico a otro.” (p. 42).

Si se define a las sociedades como sistemas sociales históricos, hay que distinguir tres momentos en el análisis: la génesis, el funcionamiento continuo y la crisis sistémica.

W presenta una guía metodológica (Búsqueda de ritmos cíclicos y tendencias seculares) para “observar al mismo tiempo cómo se conservan intactos los rasgos esenciales del sistema y cómo el sistema evoluciona en una dirección que lo aleja del equilibrio y lo lleva a una inexorable bifurcación.” (p. 44).

W sostiene que los sistemas sociales se comportan del mismo modo que los otros sistemas, pero son más complejos y, por ende, resulta más complicado medir sus ritmos. (p. 45).

La dificultad es la siguiente. En los sistemas, el equilibrio siempre está en movimiento y es posible observar en qué dirección se mueve. Esto se llama linealidad del sistema para los deterministas y tendencias seculares según W. (p. 45). Ahora bien, “todas las tendencias seculares alcanzan un punto en el que no pueden seguir extendiéndose de manera lineal. Y este es el punto preciso en que los sistemas históricos llegan a una crisis que conduce a la bifurcación.” (p. 46).

A continuación, W vuelve a la carga contra la “ciencia normal” newtoniana. Plantea que hay que tener en cuenta tres cuestiones:

1)    “Su legitimidad proviene de los resultados de las políticas que se eligen tomándola como fundamento. En el caso de las ciencias naturales, la legitimidad está en sus aplicaciones tecnológicas o de ingeniería.” (p. 47). Las CS intentaron seguir el mismo camino, se volcaron a la formulación de leyes nomotéticas y a la consiguiente predicción. Fracasó la ingeniería social. Esto puede promover la búsqueda de otro camino.

2)    Optar por el camino esbozado en el punto 1 hizo que las CS se pusieran “anteojeras epistemológicas”. Recién ahora los cientistas sociales han vuelto a la filosofía. [No estoy de acuerdo. En sus orígenes, la sociología clásica y el marxismo fundamentaron de manera sólida sus bases epistemológicas. Marx, Durkheim, Weber son prueba de ello.]

3)    La “ciencia normal” newtoniana deja de lado toda preocupación por las “incertidumbres más generales de la realidad social”. Dichas incertidumbres son las que “delinean la evolución histórica de la especie humana y que nos dicen lo que realmente queremos saber: dónde estuvimos, dónde estamos y hacia dónde es probable que nos dirijamos o, mejor aún, cuál de los futuros posibles es razonable que busquemos porque lo preferimos a otros.” (p. 47).

W apunta al pasar que una de las razones por las que no se presta atención al estudio de las bifurcaciones fundamentales radica en que el conocimiento de las mismas afecta la acción de las “minorías privilegiadas” (p. 48). [Ni una palabra de clases ni mucho menos de lucha de clases.] Sostiene que la mayoría de las “revoluciones” (políticas, económicas, etc.) fueron “ajustes menores”. Los verdaderos pasajes de un sistema histórico a otro “pueden haber sido muy caóticos y difíciles de clasificar”. (p. 48).

W afirma que en la actualidad:

“el sistema-mundo moderno se encuentra ante una bifurcación fundamental. Atraviesa una crisis sistémica, que en consecuencia afecta también las estructuras del saber. (…) tenemos frente a nosotros no una sino dos grandes incertidumbres sociales: cuál será la naturaleza del nuevo sistema histórico que estamos construyendo y cuál será la epistemología de nuestras nuevas estructuras del saber.” (p. 48).

Respecto a la crisis de la economía-mundo capitalista, W no va a ocuparse. Sólo indica: “producto de largas tendencias seculares que se han alejado del equilibrio, hoy en día asistimos a un recorte de las ganancias que impedirá la acumulación ilimitada de capital, fuerza motriz del desarrollo capitalista. Esta restricción es el resultado de por lo menos tres vectores separados: el incremento secular de los salarios reales en toda la economía-mundo, la creciente destrucción del medio ambiente como consecuencia de la externalización institucionalizada de los costos, y las crisis fiscales estatales, provocadas por la democratización del sistema mundo, que han elevado significativamente los niveles mínimos de exigencias al Estado en materia de educación, salud y salario mínimo de por vida. Además, ha colapsado la legitimidad de las estructuras del Estado gracias a la creciente desilusión respecto de la posibilidad de reducir la polarización del sistema-mundo, legitimidad que fue durante mucho tiempo un mecanismo fundamental para mantener el equilibrio.” (p. 48-49).

¿Qué sucede con las estructuras del saber?

La ofensiva de los científicos quebró la unidad del saber, hasta concretar el divorcio entre ciencia y filosofía (o humanidades) hacia 1750. Además, desde el siglo XIX, los científicos acapararon el monopolio de la verdad. Esto se resquebrajó en el último tercio del siglo XX, donde se presentaron argumento en contra de la división entre la ciencia y la filosofía.

Conceptos como el de flecha del tiempo (Prigogine), ayudaron a los científicos sociales a comprender que podía existir la reversibilidad de los procesos. Se retomó la noción de que no puede haber análisis social que no sea histórico. (p. 50).

El surgimiento de los estudios culturales muestra la crisis del modelo newtoniano en las CS. Los defensores de estos estudios “sostenían que toda actividad cultural tiene lugar dentro de un contexto social, y se produce y evalúa de diferente manera según la ubicación social de quien la produce y quien la evalua. Y, además, la ubicación social es en sí misma una realidad histórica cambiante, de modo tal que la apreciación de un texto que haga una persona hoy puede ser muy distinta de la que esa misma persona haga del mismo texto mañana.” (p. 52).

La crisis de la economía-mundo capitalista va de la mano con la crisis de las estructuras del saber. W afirma:

“estamos al borde de una reestructuración epistemológica fundamental, una reunificación de los métodos de investigación en los distintos campos del saber, donde el ámbito de las ciencias sociales será centra, si no termina abarcándolo todo. Después de todo, las ciencias sociales se dedican al estudio de los sistemas más complejos que existen, y por lo tanto los más difíciles de traducir a un análisis sistémico. También constituyen el fundamento inevitable – aunque con frecuencia no reconocido – de lo que históricamente se ha denominado estudios humanísticos. Son de hecho una actividad necesaria para todos, desde los físicos hasta los estudiosos de la literatura. Pero este no es un llamado al imperialismo de las ciencias sociales, sino una sugerencia de que su ámbito lo abarque todo.” (p. 52).

La incertidumbre domina el panorama de las CS en la actualidad. Hay que hacer elecciones, el conocimiento consiste precisamente en hacer esto.

“Si la realidad es incierta, no hay forma de evitar las elecciones. Y si las elecciones no pueden evitarse, es también imposible pretender que los valores, las preferencias y los presupuestos del analista no afecten el proceso de análisis. (…) toda búsqueda de lo verdadero implica puntos de vista sobre lo bueno y lo bello.” (p. 53).

Finalmente, W formula una serie de sugerencias para las CS. En primer lugar, exponer las premisas en tono analítico y no acusador. En segundo lugar, tener comunidades científicas formadas por personas con distinta trayectoria colectiva. Finalmente, atender a la distinción entre bifurcaciones grandes y pequeñas. (p. 53).



Villa del Parque, jueves 21 de abril de 2016

lunes, 18 de abril de 2016

EL REGRESO DE CRISTINA

Cristina volvió del Sur. La causa del regreso (la declaración en la causa judicial por las operaciones con el precio del dólar a futuro), no interesa a los fines de este artículo. Tampoco es relevante la discusión acerca del número de manifestantes en Comodoro Py. Basta con decir que ningún otro dirigente político en la Argentina de hoy tiene esa capacidad de convocatoria. Volvió Cristina y con su regreso sepultó los pronósticos sobre la desaparición inmediata del kirchnerismo. Los marxistas tenemos la obligación de analizar los hechos, no nuestros deseos. Guste o no, el kirchnerismo y Cristina siguen siendo actores principales en el escenario político.

Transcurridos cuatro meses del gobierno de Macri, algunas cosas comienzan a estar claras. De un lado, la solidez del consenso en torno a la necesidad del ajuste,  que llevó a la alianza Cambiemos a ganar la presidencia. Los golpes sobre la clase trabajadora han sido muy fuertes, sin que se observe por el momento ninguna acción contundente de parte de los afectados (sin desconocer por cierto, las luchas locales). El macrismo avanzó en un terreno abonado por la fragmentación y el individualismo, y por un estancamiento económico iniciado en 2011.

La cuestión política fundamental es el ajuste. La política económica del macrismo es una ofensiva a fondo para restablecer la tasa de ganancia de los empresarios. En la crisis se diluye la ilusión del Estado “de todos” y aparece el Leviatán de la burguesía en todo su esplendor. Los políticos burgueses, cuyo oficio consiste en diseñar vestiduras para cubrir las desnudeces del Estado, se ponen nerviosos, no saben muy bien qué hacer. Los rezongos de Carrió, de Massa, etc., disimulan apenas el consenso general en torno al ajuste.

Con el correr del tiempo, la desnudez burguesa del macrismo empieza a generar descontento. Las centrales obreras y los sindicatos, defensores consecuentes del orden burgués, dan señales de que tienen que hacer algo para calmar la bronca de muchos trabajadores, tanto de los que sufren en carne propia los despidos como de aquellos que ven cómo se evaporan sus salarios con la inflación. Pero tampoco pasan del terreno de la queja, pues ellos también comparten el consenso en torno al ajuste.

El kirchnerismo es, en esta coyuntura, la oposición políticamente correcta al macrismo; más claro, la oposición decorativa que todo gobierno precisa para mantener el entusiasmo de sus partidarios sin que se note demasiado que defiende los intereses egoístas de una clase de la sociedad. Parafraseando a Voltaire, Macri puede afirmar que “si no existiera el kirchnerismo habría que inventarlo”.

La dirigencia kirchnerista es incapaz de luchar contra el ajuste, aunque sea en el terreno de las reivindicaciones económicas más elementales (despidos, reducción de salarios, etc.). Si algo caracterizó a Cristina durante su carrera política fue una actitud de desprecio hacia las demandas obreras (el ejemplo más claro es su crítica a los docentes durante el discurso de apertura del Congreso en 2012). El kirchnerismo llegó al gobierno con el objetivo de restablecer la confianza en las instituciones capitalistas erosionada por la crisis de 2001; ello lo obligó a realizar concesiones a los trabajadores y demás sectores populares. Pero Cristina jamás se sintió cómoda con las cuestiones obreras. En la coyuntura actual, donde los trabajadores sufren el peso principal de la ofensiva macrista, Cristina ha permanecido callada ante las decenas de miles de despidos y el empeoramiento de las condiciones laborales.

La historia reciente del kirchnerismo lo coloca en mala posición para enfrentar el ajuste. Cristina asumió su segunda presidencia en 2011 e intentó durante los primeros meses imponer la “sintonía fina”, una política dirigida a implementar una versión moderada del ajuste de las tarifas de los servicios públicos. La política frente a la deuda externa del kirchnerismo consistió en pagar al contado todo lo que pudo (de ahí que Cristina haya podido vanagloriarse de ser “pagadora serial” de deuda externa) y en negociar con los acreedores para salir del default. En este sentido, el acuerdo con el Club de París (2014), llevado a cabo por el ministro Kicillof, puede figurar cómodamente en un ranking de negociaciones vergonzosas con los acreedores.

Ni Cristina ni los principales dirigentes kirchneristas están en desacuerdo con el ajuste. Como políticos de la burguesía saben que el estancamiento económico es intolerable y que hace falta crear condiciones para promover la inversión de los capitalistas. Por eso el silencio de Cristina durante estos meses. Sin embargo, las bases kirchneristas están convencidas de que Cristina es la única alternativa contra el ajuste. La ilusión tiene bases objetivas. Las concesiones que debió realizar el kirchnerismo para restablecer el orden capitalista conformaron la base de la popularidad de Néstor y Cristina, y les permitieron ganar holgadamente la mayoría de las elecciones en el período 2003-2015. Pasarse abiertamente a las filas del ajuste significaría lisa y llanamente el final del kirchnerismo como movimiento político. De ahí la radical imposibilidad de Cristina para impulsar un ajuste en regla durante el período 2011-2015.

Las causas judiciales arrinconaron a Cristina y a las principales figuras del kirchnerismo. La presión de las medidas económicas del macrismo se hace sentir entre las bases kirchneristas. La movilización realizada en Comodoro Py, con su carácter multitudinario, muestra las vacilaciones del kirchnerismo, su imposibilidad para decir o hacer nada serio respecto al programa económico macrista. Como todos los demás políticos, requiere que el ajuste tenga éxito. Sólo así podrá salir con éxito a la escena política, a intentar diferenciarse del macrismo. Pero a diferencia de los demás políticos, Cristina no puede hacer la plancha durante la implementación del ajuste sin que ello tenga consecuencias fatales para su carrera política. Por todo ello, Cristina está condenada a los gestos impotentes.

El éxito del macrismo requiere, paradójicamente, de la oposición del kirchnerismo. Macri necesita que Cristina sea su “enemiga”. Sólo así podrá aglutinar detrás de sí a los sectores que detestan al kirchnerismo. Al mismo tiempo, la presencia de Cristina como principal dirigente de la oposición asegura que el ajuste no será cuestionado seriamente.

La capacidad de movilización del kirchnerismo es innegable, así como el liderazgo de Cristina. Pero mucho más innegable es su papel lamentable frente al ajuste en proceso. La ausencia de alternativas de izquierda disimula su impotencia. En definitiva, esta ausencia representa la gran derrota de la clase trabajadora. Construir esa alternativa es el gran desafío que tenemos los militantes socialistas.



Villa del Parque, lunes 18 de abril de 2016