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domingo, 17 de abril de 2016

FICHA: BURKE, PETER. HISTORIA SOCIAL DEL CONOCIMIENTO (2012)




Noticia bibliográfica:
Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Carme Font Paz y Francisco Martín Arribas: Burke, Peter. (2012). Historia social del conocimiento. Barcelona: Paidós. Poseo una fotocopia que incluye la Introducción (pp. 13-20), capítulo I (“Recabar conocimientos”, pp. 23-66) y capítulo II (“Analizar conocimientos”, pp. 67-106).

Advertencia:
Los textos que se encuentran entre corchetes se refieren a comentarios que exceden los límites del texto. La presente ficha abarca la Introducción y el capítulo I del libro.


Antes de comenzar con el libro, así se caracteriza Burke a sí mismo: “el autor del mismo es un pluralista en el sentido de considerar que la pluralidad de conocimientos, al igual que de opiniones, son deseables, puesto que la comprensión surge del diálogo intelectual e incluso del conflicto.” (p. 20).

El autor afirma que la obra puede describirse como sociología histórica del conocimiento. (p. 16). Además, “esta obra, a pesar de su extensión, debería considerarse como un ensayo de metodología impresionista que propone conclusiones provisionales, sin tener pretensión alguna de cubrir todos los frentes de este tema tan amplio, pues sólo aspira a sobrevolarlos. En cierto sentido, se trata de una secuencia de ensayos.” (p. 20).
La Introducción está dedicada a presentar el libro. Ante todo, procura establecer la relación con un trabajo anterior del autor, Historia social del conocimiento: De Gutenberg a Diderot.

Sobre el libro (al que califica de “ensayo”).

“…este volumen ofrece una perspectiva general de los cambios que se han producido en el mundo del aprendizaje desde la Encyclopédie (1751-1766) hasta la Wikipedia (2011). Sus temas principales son los procesos, entre ellos la cuantificación, la secularización, la profesionalización, la especialización, la democratización, la globalización y la tecnologización.” (p. 14).

TESIS del libro: “la importancia de la coexistencia y la interacción de tendencias que discurren en direcciones opuestas, un equilibrio de antagonismos que de vez en cuando desembocan en un desequilibrio. (…) La nacionalización del conocimiento coexiste con su internacionalización, la secularización con la contrasecularización, la profesionalidad con lo amateur, la estandarización con los productos hechos a medida, la profesionalización con los proyectos interdisciplinarios y la democratización con movimientos que la contrarrestan y la restringen. Incluso la acumulación de conocimiento se ve compensada en cierto modo por su pérdida. (…) Sólo la tecnologización parece avanzar sin toparse con graves obstáculos.” (p. 14).

Para finalizar la introducción, Burke reflexiona sobre dos preguntas:

¿Qué es la historia social?

Utiliza el concepto “social” porque no se concentra en pequeños grupos intelectuales. “Los protagonistas de este estudio son lo que los sociólogos denominan «grupos que aportan conocimiento», en especial, aunque no en exclusiva, los grupos pequeños en los que todos los miembros se conocen y las «instituciones que generan conocimiento», entendidas como agrupaciones de individuos que se reúnen regularmente, comparten objetivos y siguen las normas que producen distintas funciones sociales, desde el obispo al catedrático de universidad y desde el primer ministro al consejero delegad de una empresa. (…) este ensayo se ocupará de los numerosos papeles sociales de las personas que aportan conocimiento, las funciones que desempeñan estas organizaciones de conocimiento tales como las universidades, los archivos, las bibliotecas, los museos, los centros de investigación, los círculos eruditos y las revistas científicas. Los procesos mediante los cuales se institucionaliza este conocimiento también formarán parte de este debate. (…) se privilegiará su [de las instituciones] frente a la interna, los entornos intelectuales frente a la problemática intelectual.” (p. 16).

¿Qué es el conocimiento?

Burke no aporta demasiado. Distingue entre información (no procesada, o sólo procesada en parte) y conocimiento (procesado). (p.17-18).

El libro se ocupa del conocimiento académico generado en Occidente.



Capítulo I: Recabar conocimientos.

Este capítulo está centrado en el proceso de recabar (reunir) conocimiento.

“Es indudable que una historia social del conocimiento debe ocuparse del modo en el que distintos grupos de personas adquieren, procesan, difunden y emplean el conocimiento, una secuencia que en el mundo de la inteligencia – en otras palabras, del espionaje – se divide en ocasiones en otras cuatro etapas: recopilación, análisis, diseminación y acción.” (p. 13).

La metáfora de reunir conocimiento contiene la idea engañosa de que el conocimiento está disponible en algún lugar y sólo hace falta ir y tomarlo. “Estos términos se emplean como meras simplificaciones de una serie de procesos que incluyen la exploración, la observación, el examen y la experimentación, por no mencionar la compra, el saqueo y, desde luego, la formulación de preguntas y la escucha a los informantes.” (p. 23-24). Estos procesos se describen como investigación.

La palabra investigación era poco empleada antes de 1750. Su uso se difundió a partir de esa fecha para describir estudios llevados a cabo en varios ámbitos (anatomía, astronomía, economía política, física, etc.). Algunos de ellos implicaban trabajo en archivos, otros “trabajo de campo”.

1750-1850: Acumulación de gran cantidad de conocimiento por los europeos (fauna, flora, geografía e historia de otras partes del mundo). Algunos historiadores hablan de “segunda gran era de descubrimiento”. (p. 24) (1) Exploración de las costas de los mares del Sur y otros lugares, pero también del interior de África, América del Norte y del Sur, Australia, Siberia, Asia Central y otros lugares.

“Tanto por tierra como por mar, las grandes aportaciones al conocimiento, especialmente el conocimiento geográfico, fueron obra de individuos que no se consideraban a sí mismos eruditos sino exploradores, que solían contar con la ayuda (no reconocida) de algunos de los habitantes indígenas de la región que estaban explorando.” (p. 28).

Mientras que los barcos de la primera era de descubrimiento transportaban soldados, comerciantes, misioneros y administradores, los de la segunda (época de creciente especialización) llevaban también astrónomos, naturalistas y otros especialistas. (p. 28-29).
A fines del siglo XVIII, la expedición científica (como fenómeno organizado y recurrente dedicado a recabar información) pasó a ser una institución. (p. 29). “La captación de conocimiento se incluyó en la serie de instrucciones que se daban a los capitanes, en cuyos navíos podían embarcar los equipos de especialistas.” (p. 29).

Los viajes de descubrimiento no terminaron hacia 1850. Posteriormente, continuaron con la exploración de los Polos Norte y Sur, de la Antártida, del mundo bajo el mar y del espacio (esta última permite hablar de una “tercera era de descubrimiento”). (p. 30-31).

Otras expediciones se preocuparon menos por la naturaleza y más por la cultura, tanto la del pasado como la del presente. (p. 31-34).

“Los arqueólogos fueron el único grupo que contribuyó a lo que se ha descrito como «el descubrimiento del tiempo», en especial del «tiempo profundo».” (p. 34).

1750: Los europeos pensaban que el mundo tenía 6000 años de antigüedad. Esa noción fue puesta a prueba por arqueólogos, paleontólogos, geólogos y astrónomos. (p. 34).

Mediados s. XIX: Los antropólogos ingleses comenzaron a utilizar la palabra prehistoria para referirse al pasado humano antes de la invención de la escritura. Este período se fue ampliando poco a poco. Hacia la década de 1970, la especie humana contaba ya con 3 millones de años de antigüedad. (p. 34-35). La paleontología amplió la antigüedad de los animales: hoy se cree que la vida en la Tierra comenzó hace 3800 millones de años. La geología hizo lo propio con la antigüedad del planeta, que terminó por ser fijada alrededor de los 4500 millones de años. (p. 35). Por último, la astronomía demostró que el universo era mucho más antiguo de lo que se pensaba. En la actualidad se estima que el big bang ocurrió hace 10000 millones de años. (p. 35-36).

“Los participantes de muchas de las expediciones [de la segunda era de descubrimiento] pueden describirse como recolectores de conocimientos en un sentido casi literal del término. No era infrecuente que los directores de las expediciones, desde finales del siglo XVIII, recibieran el encargo de traer de vuelta objetos locales y muestras científicas.” (p. 37). Creció el acervo de los museos y bibliotecas de Europa y EE. UU.

El proceso de tomar “muestras” se transformó en “proceso de confiscación, «anexión» o «conquista científica»”, y se trasladó a archivos, bibliotecas y museos. (p. 40). Burke da ejemplos del pillaje de fósiles por los ejércitos a finales del siglo XVIII.

Pillaje “era una palabra que se utilizaba con bastante frecuencia para describir las colecciones de antigüedades (…) Fue una expresión que utilizaron incluso los coleccionistas, generalmente cuando se referían a sus rivales” (p.41).

“Lo novedoso en este período fue el creciente interés en otras tradiciones culturales, así como la adquisición de libros y manuscritos en árabe, sánscrito, chino, japonés y otras lenguas no europeas.” (p. 43).

En este período se produjeron varios cambios importantes en los archivos: a) Guardar los documentos en espacios construidos a tales efectos; b) profesionalización de los archiveros; c) Asegurar que los documentos fueran accesibles a los estudiosos y, después, al público en general. (p. 44).
Desarrollo del trabajo de campo. “El mundo fuera de los museos y las universidades no sólo se consideraba un campo de estudio y observación. El trabajo de campo exterior pasó a ser una práctica que se fue consolidando a finales del siglo XVIII, dando pie a conflictos entre «el campo» (el «terreno») y el estudio (el «despacho»), asi como a las rivalidades entre los académicos nómades y los sedentarios, los trabajadores del centro y los de la periferia.” (p. 45).

El campo fue ganando espacio sobre el estudio desde mediados del siglo XVIII hasta mediados del siglo XX. Luego, la tendencia se invirtió, en buena medida gracias al desarrollo d las comunicaciones. (p. 50).

Uno de los principales argumentos a favor del trabajo de campo fue la cercanía de la observación. Burke remarca que hay que prestar atención a la historicidad de la observación, “incluido no sólo el incremento cada vez más rápido de ayudas a la observación sino también a una mayor toma de conciencia de los problemas que plantea esta práctica.” (p. 50).

1750: Comienza a desarrollarse el interés por la disciplina de la observación, tanto si se la consideraba un arte o una ciencia. (p. 50-51).

Al lado de la vista, se desarrolló la escucha como medio de recabar información. Hay dos formas: la escucha a escondidas y el interrogatorio. Una forma suave de interrogatorio, la entrevista, se desarrolló en el siglo XIX, sobre todo en la prensa. “Una alternativa a la entrevista, así como una herramienta de ayuda para los entrevistadores, es el cuestionario, es decir, una serie de preguntas idénticas que se formulan a distintas personas, lo que permite comparar o incluso contar las respuestas.” (p.59).

Etapas en la historia del cuestionario:

1750 en adelante: Las preguntas se dirigían a los miembros de las élites, entre ellos el clero, los miembros de las expediciones científicas, los viajeros, los inspectores escolares y los antropólogos con el fin de guiarlos en sus observaciones o interrogatorios. (p. 59).

En una segunda etapa, la población se alfabetizó y los cuestionarios se dirigieron directamente a las personas objeto de investigación: trabajadores de las fábricas, soldados, consumidores de distintos productos o, en el caso del censo, las cabezas de familia de un país determinado. (p. 59).

En la práctica no se pueden establecer diferencias tan marcadas entre el trabajo de campo y el estudio, entre recabar datos y analizarlos: “el procesamiento de la información comienza en el preciso instante en que se recababan esos datos. A menudo la escritura se emprende sobre el terreno.” (p. 60).

Fue desarrollándose la importancia de las imágenes. En el siglo XX se expandió la fotografía.

Burke termina el capítulo examinando los problemas de almacenamiento de datos (el creciente espacio que requieren las bibliotecas y archivos para guardar la información). (p. 63-66).

Villa del Parque, domingo 17 de abril de 2016


NOTAS:


(1)  La “primera era de descubrimiento” se inició con Colón y Vasco da Gama. Estuvo centrada en la exploración de las costas. (p. 25).

viernes, 15 de abril de 2016

FICHA: WALLERSTEIN, “LAS CIENCIAS SOCIALES EN EL SIGLO XXI” (1999)

Puente Golden Gate



Noticia bibliográfica:

Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Julieta Barba y Silvia Jawerbaum, incluida en: Wallerstein, Immanuel. (2005). Las incertidumbres del saber. Barcelona: Gedisa. (pp. 23-35). El texto en cuestión es el capítulo 2 de la obra.
Título original: "Social sciences in the twenty-first century". Publicado por primera vez: Kazancigil, Ali y Makinson, D., comps. (1999). World Science Report, 1999. Unesco. (pp. 42-49).


Wallerstein encara la cuestión de tratar el futuro inmediato de las ciencias sociales, esto es, el siglo XXI [Recordar que el texto fue redactado en 1999].

El método elegido es el siguiente: a) examinar el pasado reciente de las ciencias sociales (CS a partir de aquí), y para ello analiza el proceso histórico de construcción de las mismas; b) el proceso histórico de construcción de las CS se ubica dentro de la evolución de las estructuras del saber en general y del marco institucional del sistema universitario en particular (p. 23). Tanto a como b se abordan en tres marcos temporales: la construcción histórica, los desafíos actuales y las posibles alternativas futuras. A su vez, en cada marco temporal trata tres cuestiones: las estructuras del saber en general, la evolución del sistema universitario, el carácter particular de las ciencias sociales. (p. 23-24).


Las estructuras generales del saber en los distintos sistemas históricos son diferentes a las del mundo moderno. En los primeros, “todo el saber se consideraba unificado en el nivel epistemológico” (p. 24) (1). En el sistema moderno, en cambio, hay “dos culturas”: filosofía y ciencia.

Entre 1750-1850 se produjo la separación entre filosofía y ciencia. A partir de allí, ambas fueron consideradas como formas de saber antagónicas.

La mencionada escisión se reflejó de dos modos en el sistema universitario: a) la reorganización de las facultades, sobre todo la evolución de la facultad de filosofía. Aparecieron dos facultades separadas: una de artes (o humanidades o filosofía) y otra de ciencias; b) crecimiento sostenido del prestigio cultural de la ciencia a expensas de las humanidades/filosofía.

Las CS se institucionalizaron a fines del siglo XIX, en pleno predominio de la ciencia. La división en “dos culturas” se expresó como disputa metodológica: 1) epistemología idiográfica, con acento puesto en la particularidad de los fenómenos sociales, la utilidad limitada de las generalizaciones y la necesidad de empatía para la comprensión de los fenómenos sociales; 2) epistemología nomotética, centrada en la utilización de los métodos de las ciencias naturales para la búsqueda de leyes universales. Los primeros seguían el modelo de las humanidades; los segundos, el de la ciencia. Las tres CS principales (economía, ciencia política, sociología) eligieron ser nomotéticas; el resto, fueron más humanísticas y narrativas. (p. 25). (2)

El proceso de disciplinarización de las CS fue complejo:

1750-1850: Panorama confuso. Multiplicidad de nombres para designar a las protodisciplinas.

1850-1945: Simplificación del panorama. La multiplicidad se redujo a pocos nombres. Tres clivajes a fines del siglo XIX: división entre pasado (historia) y presente (economía, ciencia política, sociología); división entre el mundo occidental civilizado (las cuatro disciplinas mencionadas) y el resto del mundo (antropología para los pueblos “primitivos” y los estudios orientales para las grandes civilizaciones no occidentales); división entre la lógica del mercado (economía), la del Estado (ciencia política) y la de la sociedad civil (sociología).

1945: Auge de la disciplinarización. Comienza a desintegrarse la división en divisiones claras. La expansión de los sistemas universitarios en todo el mundo y el crecimiento del número de cientistas sociales promovió la búsqueda de nuevos “nichos” de trabajo. Auge de los programas de estudios interdisciplinarios. Ampliación del número de nombres, proceso que prosigue en la actualidad. La situación se asemeja a la del período 1750-1850. (p. 26).

La división trimodal del saber (ciencias naturales, humanidades, CS) pasó a ser criticada. Surgieron dos grandes movimientos nuevos de saber: ciencias de la complejidad (originadas en las ciencias naturales) (3) y los estudios culturales (origen en las humanidades) (4). Ambos se dirigieron contra la modalidad dominante en las ciencias naturales desde el siglo XVII: la mecánica newtoniana.

La doble ofensiva sobre la mecánica de Newton trajo como consecuencia en las CS que los científicos sociales pudieran considerar seriamente la afirmación: “el mundo social es en sí un área incierta.” (p. 28).

A comienzos del siglo XXI, las CS se encuentran con “una considerable incertidumbre acerca de la validez de los límites disciplinares dentro de las ciencias sociales y con un cuestionamiento real, por primera vez en dos siglos, de la legitimidad de la línea divisoria epistemológica entre las «dos culturas» y, con ello, de la partición triple del saber en las supercategorías ciencias naturales, humanidades y ciencias sociales, éstas últimas ubicadas en el medio.” (p. 28).

Wallerstein analiza el panorama actual de las CS tomando en cuenta las dos culturas, la posible reestructuración de las CS, la relación de esos cambios con el sistema universitario en sí. (p. 28).

El divorcio entre ciencia y filosofía se basó en una división de tareas: los filósofos se ocupaban de “lo bueno”; los científicos, de “lo verdadero”. Por eso la ciencia se atribuyó el monopolio de la búsqueda de la verdad. (p. 29). Posteriormente, hubo intentos de unificar la búsqueda del bien y la de la verdad. Pero chocaron con la falta de unidad de los dos movimientos serios que cuestionaron la división en “dos culturas”: las ciencias de la complejidad y los estudios culturales. No ha podido elaborarse una epistemología nueva: ni nomotética ni idiográfica, ni universalista ni particularista, ni determinista ni relativista. (p. 30).

La construcción de un nuevo consenso epistemológico tiene que contemplar los siguientes asuntos de larga data:

1)    Partiendo del supuesto de que el universo es real, ¿cómo es posible concebir una realidad más general que la que representa la fotografía individual de un momento irrepetible de ese universo?

2)    ¿Cómo puede medirse el impacto del observador en el objeto medido?

3)    ¿Cómo llevar adelante las comparaciones, detectando similitudes y diferencias?

4)    ¿Cuáles son las unidades más significativas de análisis que pueden resultar útiles para comprender el universo y sus partes?

Más allá de las disputas epistemológicas, la división trimodal expresa divisiones de organización fuertes. Por ejemplo: los estudiantes de grado y posgrado obtienen títulos en disciplinas específicas. “Así, las disciplinas, en cuanto organizaciones, controlan en medida el ingreso, confieren prestigio y rigen el avance dentro de la jerarquía de la carrera académica. También tienen autoridad para poner en vigencia leyes «proteccionistas».” (p. 31).

Las disciplinas existentes son “culturales” = “comparten recortes y supuestos en la elección de los temas de investigación, el estilo del análisis y las lecturas requeridas dentro de la comunidad académica. Dan a conocer a sus héroes culturales (a quienes ubican dentro de la «tradición») y practican los rituales necesarios para revalidar su propia cultura. Pocos cientistas sociales de hoy dejan de identificarse, con mayor o menor comprensión, con una disciplina en particular y de asegurar, al menos sotto voce, la superioridad de su  propia disciplina sobre aquellas con las que compite dentro de las ciencias sociales. No debería subestimarse el alcance y la eficacia de tal lealtad cultural.” (p. 32).

Existen dos “fuerzas potentes” que debilitan la capacidad de las disciplinas para reproducirse a sí mismas: a) la práctica real de los académicos más activos (5); b) las necesidades de quienes manejan los recursos financieros. (6)

Wallerstein pasa a analizar las perspectivas. Dos cosas son seguras: 1) la Universidad ya no tiene el monopolio de la producción y reproducción del saber; 2) se reabrió el debate en torno a las “dos culturas”.

La posibilidad de construir un nuevo consenso en las CS gira en torno al cuestionamiento de la división trimodal de la Universidad en ciencias naturales, humanidades y CS.

Por último, “las ciencias sociales intentan articular lo que sucede, ofrecen una interpretación de la realidad social que la refleja y la afecta al mismo tiempo, de modo que constituyen una herramienta tanto para los poderosos como para los oprimidos. Son un campo de lucha social, pero no es única, y probablemente no el principal. Su forma se verá condicionada por el resultado de las luchas sociales futuras así como su forma histórica se vio condicionada por luchas sociales del pasado.” (p. 35).

[Más allá de esta última observación, todo el artículo gira en el vacío de lo social, en el sentido de que no dice una palabra acerca del proceso de luchas sociales que influyeron decisivamente en la constitución de las CS. Esta es la mayor tara del texto.]



Villa del Parque, viernes 15 de abril de 2016

NOTAS:

(1)  La ausencia de límites era doble: “no existía la idea de que los académicos tuvieran que acotar su actividad a un campo de conocimiento, y la filosofía y la ciencia no se consideraban campos separados del saber.” (p. 24).

(2)  Wallerstein acota que también las humanidades procuraron ser “científicas” a su manera. Mostraron interés por los datos empíricos, pero dejaron de lado las generalizaciones universales. (p. 25).

(3)  Sus postulados: el equilibrio es una excepción; el futuro está intrínsecamente indeterminado; la autoorganización es el proceso esencial de toda materia. En síntesis: flecha del tiempo en lugar de la certeza; la incertidumbre como supuesto epistemológico; la explicación de la complejidad (y no de la simplicidad) como producto último de la ciencia. (p. 27).

(4)  Sus ejes: el ataque al determinismo y el universalismo. “Los textos son fenómenos sociales, creados y leídos o evaluados en un determinado contexto.” (p. 27).

(5)  Estos académicos conforman en torno a sí (a sus proyectos de investigación) pequeñas comunidades de investigadores, poco numerosas, integradas por especialistas de varias disciplinas. Ello erosiona el carácter monolítico de las disciplinas. Su labor no tiene en cuenta la divisoria clásica: presente/pasado, civilización/barbarie, mercado/Estado/sociedad civil.


(6)  La expansión de los sistemas universitarios (proceso que se inició después de 1945) desarrolló la competencia por recursos financieros. La crisis económica agudizó ese proceso. En la actualidad ha llevado a que muchos académicos abandones las estructuras universitarias y se instalen en instituciones por fuera de las mismas. Esto contribuye a horadar las divisiones tradicionales en las CS.

miércoles, 13 de abril de 2016

CORRUPCIÓN Y NORMALIDAD CAPITALISTA

Como si se tratase de una enfermedad crónica, en la última semana el debate político en Argentina giró otra vez en torno a la corrupción. No hace falta precisar los detalles: el presidente, Mauricio Macri, figura en los Panama Papers como integrante del directorio de empresas off shore. Las revelaciones de Leonardo Fariña muestran la magnitud de los dineros públicos apropiados por los ex presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Ninguna de las noticias es nueva. Tampoco lo son las reacciones frente a ellos. Por eso en este artículo no pretendo decir nada novedoso, sino recordar algunas cuestiones que suelen pasar al olvido toda vez que se habla de corrupción.

El capitalismo es una forma de organización social basada en la explotación de los trabajadores por los capitalistas. La explotación es posible por la propiedad privada de los medios de producción, que están en manos de los empresarios. El trabajo, es decir, la producción de todo aquello que permite satisfacer necesidades y mejorar la vida, está en manos de los capitalistas, que se mueven por el interés egoísta de obtener ganancias. Cuanto más productivo es el trabajo, más se enriquecen los burgueses. Más allá de los matices, de las indudables diferencias entre países, la explotación de los trabajadores es la base del capitalismo.

Argentina es un país capitalista. Eso está fuera de discusión. Por lo tanto, la riqueza de nuestra clase dominante (que incluye a los Macri, los Kirchner, etc.) surge de la explotación de los laburantes. Es cierto que los Macri y los Kirchner se han especializado, por decirlo así, en el robo directo o indirecto de fondos públicos. Pero para "robar“es preciso que haya “algo” que pueda ser robado. Ese “algo” es la riqueza producida por los trabajadores (el plusvalor, en términos técnicos). Para que los funcionarios públicos sean corruptos se requiere una forma de organización social centrada en la explotación. La corrupción no es una anomalía del sistema. El capitalismo genera corrupción porque su eje es la explotación. Es corta la bocha.

Los periodistas y la “opinión pública” acostumbran a fruncir la nariz y a perorar sobre los males que genera la corrupción. Pero son berrinches de corta duración. Todos ellos saben que es imposible desterrar la corrupción del sistema, pues éste genera a la primera. En un país donde los hospitales y las escuelas están devastados, donde buena parte de la clase trabajadora y los jubilados subsisten con sueldos de miseria, donde es más barato morirse que comprar medicamentos ¿puede haber funcionarios y políticos “honestos”? Defender a éste sistema social es en sí un acto de corrupción.

Algunos compañeros de organizaciones de izquierda sostienen que la corrupción es un síntoma de la “descomposición” del capitalismo, un síntoma de que éste ha alcanzado sus límites económicos. No estoy de acuerdo. El capitalismo tiene por objetivo primordial la búsqueda de ganancias, sin importar su procedencia. Y la corrupción practicada por ministros y demás funcionarios públicos brinda grandes oportunidades de hacer buenos negocios. Por eso, más que hablar de “descomposición”, la corrupción expresa una de las tantas formas en que los empresarios buscan ganancias. En rigor, no hay nada anormal en ella.

Ahora bien, el hecho de que la corrupción sea inseparable de una economía capitalista no quiere decir que no puedan distinguirse formas y métodos específicos de cada país o época histórica. La “corrupción argentina” tiene un sabor peculiar, en parte porque es practicada a la luz del día y con todo desparpajo. Puede decirse con cierta seguridad que se trata de un rubro en el que competimos por el podio en el campeonato del mundo. No es casualidad ni el resultado de que nuestros capitalistas sean más perversos que los del resto del planeta. Se trata de que se sienten impunes pues saben, desde las grandes derrotas de la clase obrera en 1976 y 1989, que nadie cuestiona su dominación. En ese contexto, toda posibilidad de ganancias, legal o ilegal, es explorada por nuestros intrépidos emprendedores, que dejan todo en la cancha por obtener algunos puntos porcentuales más de interés.

El capitalismo puede moderar los niveles de corrupción. Pero jamás puede prescindir de ella. Siempre que haya una oportunidad de obtener buenas ganancias habrá un empresario dispuesto a hacer todo lo que sea necesario. Aquellos que se horrorizan con la corrupción deberían recordar que nuestra clase empresaria no tembló en secuestrar, torturar y asesinar a decenas de miles de compañeros con el objetivo de aplastar a los trabajadores y…asegurar sus ganancias. El resto es silencio.



Villa del Parque, miércoles 13 de abril de 2016

martes, 12 de abril de 2016

FICHA: MILLS, "USOS DE LA HISTORIA" (1959)




Noticia bibliográfica:
Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Florentino M. Torner, incluida en: Mills, Charles Wright. (1979). [1° edición: 1959]. La imaginación sociológica. México D. F: Fondo de Cultura Económica. (pp. 157-177). El texto en cuestión es el capítulo VIII de la obra. Mills aclara que las secciones 5 y 6 del capítulo fueron publicadas originalmente en MONTHLY REVIEW, octubre de 1958.

Advertencia:
Los textos que se encuentran entre corchetes se refieren a comentarios que exceden los límites del texto.



El título es engañoso. Mills no se limita a plantear la relación entre historia y sociología. Va más allá: “La ciencia social trata de problemas de biografía, de historia y de sus intersecciones dentro de las estructuras sociales.” (p. 157 – el resaltado es mío, AM -).

Mills considera que los tres elementos fundamentales de las ciencias sociales son: Biografía, historia, sociedad [Este último término remite a las estructuras sociales]

Mills resume así la relación entre esos tres elementos: “la historia es el fuste del estudio social y [hay que] reconocer la necesidad de desarrollar más una psicología del hombre sociológicamente basada e históricamente significativa. Sin el uso de la historia y sin un sentido histórico de las materias psicológicas, el investigador social no puede enunciar adecuadamente los tipos de problemas que deben ser ahora los puntos de orientación de sus estudios.” (p. 157).

[Desde un enfoque marxista, el punto de partida es el estudio de las relaciones que constituyen la totalidad social. Ni la estructura ni el individuo tienen existencia fuera de esas relaciones. Así como el capital se constituye a partir de la relación entre capitalistas y trabajadores, la estructura y el individuo son producto de las relaciones sociales. El estudio de la estructura y del individuo no debe encararse como si se tratara de esencias inmutables.]

La estructura del artículo refleja la concepción enunciada más arriba. Así, los tres primeros apartados están dedicados a los usos de la historia en las ciencias sociales; los apartados 4 y 5, en cambio, desarrollan cuestiones de psicología social.


El primer apartado (p. 157-159) está dedicado al debate acerca de si la historia debe ser considerada una ciencia social. Mills considera que la discusión “no es ni importante ni interesante” (p. 157), pues la conclusión depende del tipo de historiadores y del tipo de investigadores sociales de que se esté hablando.

Mills expone así su punto de vista:

Sobre la función de la historia: “La tarea esencial del historiador consiste en mantener completo el archivo humano; pero ésta es (…) una simple y engañosa declaración de propósitos. El historiador representa la memoria organizada de la humanidad, y esa memoria, como historia escrita, es enormemente maleable. Cambia (…) no sólo porque una investigación más detallada aporte al archivo hechos y documentos nuevos, sino que cambia también porque cambian los puntos de interés y el armazón dentro del cual el archivo se ordena. Esos son los criterios de selección de los innumerables hechos disponibles, y al mismo tiempo las interpretaciones principales de su significado. El historiador no puede dejar de hacer una selección de los hechos…” (p. 158; el resaltado es mío – AM -).

Sobre el carácter histórico de las ciencias sociales: “toda ciencia social – o mejor dicho, todo estudio social bien meditado – requiere una concepción de alcance histórico y un uso pleno de materiales históricos.” (p. 159).



El segundo apartado (p. 159-167) trata la cuestión de si las ciencias sociales son disciplinas históricas.

El punto de vista de Mills es claro. Los investigadores sociales tienen que usar materiales de la historia. Eso es evidente. Pero todavía más importante es que “no puede suponerse que ninguna ciencia social trascienda a la historia.” (p. 160: el resaltado es mío – AM-). Rechaza tanto la posibilidad de una teoría transhistórica de la naturaleza de la historia como la tesis de que el hombre en sociedad es una entidad no histórica. [Si bien excede los límites del análisis de Mills, hay que apuntar que su planteo va en contra del individualismo metodológico, pues éste rechaza por principio la noción del carácter histórico del ser humano. El individualismo metodológico se apoya en el esencialismo. ]

A continuación, explica las razones de la relación entre historia y sociología:

A] Todos los enunciados sociológicos requieren de una visión de gran alcance que sólo la historia puede proporcionar. Esto es así porque la formulación de esos enunciados requiere del método comparativo, del examen de la variedad de estructuras sociales, y para ello es indispensable la historia. Si se deja de lado esa variedad, “nuestros enunciados no pueden ser empíricamente adecuados. No pueden discernirse claramente las regularidades o las relaciones que se pueden advertir entre diferentes características de la sociedad. Los tipos históricos (…) son parte muy importante de lo que estamos estudiando, y son también indispensables para las explicaciones que de ello demos.” (p. 160).

B] Los estudios sociales a-históricos suelen ser estudios estáticos o de ambientes muy limitados. Toda vez que se examinan grandes estructuras, se requiere para reconocerlas del análisis del cambio, y esto sólo es posible cuando se examina un período de tiempo lo suficientemente extenso.

En síntesis, “el conocimiento de la estructura, en todos los sentidos de esta palabra fundamental, así como el adecuado enunciado de las inquietudes y problemas de los ambientes limitados, exigen que reconozcamos las ciencias sociales como disciplinas históricas y que las practiquemos como tales.” (p. 162).

 Mills sostiene que este principio abarca también los estudios estáticos: “La imagen de toda sociedad es una imagen específicamente histórica. Lo que Marx llamó el «principio de la especificidad histórica» se refiere, en primer lugar, a una línea guía: toda sociedad debe ser entendida en relación con el período específico en que existe.” (p. 162-163). Además, cada sociedad posee mecanismos específicos de cambio; en otros términos, no existen “principios universales de cambio histórico” (p. 163).

“El cambio histórico es cambio de estructuras sociales, de las relaciones entre sus partes componentes. Así como hay diversidad de estructuras sociales, hay diversidad de principios de cambio históricos.” (p. 163).

De este modo, sólo el estudio histórico de cada sociedad permite entender sus patrones de cambio. [Creo que en este sentido deben entenderse las advertencias de Marx a Zasúlich en la famosa carta. Allí afirma que el mecanismo de pasaje al capitalismo estudiado en El capital sólo es válido para Europa occidental y no para otras formaciones histórico-sociales.]

C] El conocimiento de la historia es indispensable para realizar estudios comparativos. Esto es evidente para los economistas dedicados a estudiar instituciones del Medio Oriente, de Asia, de África. “El estudio comparativo y el estudio histórico están profundamente entrelazados. (…) Para comprender y explicar los hechos comparativos tal como hoy se nos presentan, tenemos que conocer las fases históricas y las razones históricas de las variaciones de ritmo y de dirección del progreso o de la ausencia de progreso. (…) Así, el punto de vista histórico conduce al estudio comparativo de las sociedades.” (p. 164).

D] La necesidad de la historia no se limita a los estudios comparativos. También es precisa para los trabajos dedicados a un sector limitado de la estructura nacional. “Sabiendo que lo que estamos estudiando está sujeta a cambios, en los más simples niveles descriptivos, debemos preguntarnos: ¿Cuáles son las tendencias predominantes? Para contestar a esta pregunta tenemos que enunciar por lo menos el «desde qué» y el «hasta qué».” (p. 165).

[Este punto es fundamental. El estudio de la estructura es imposible sin tomar en cuenta el carácter histórico de la estructura. El enfoque dialéctico propuesto por Marx combina el análisis histórico con la concepción de la totalidad social.]

“Si queremos entender los cambios dinámicos en una estructura social contemporánea, debemos tratar de discernir su desarrollo en un plazo muy largo, y de acuerdo con él preguntarnos: ¿En virtud de qué mecánica han tenido lugar esas tendencias y está cambiando la estructura de la sociedad? En preguntas así llega a su clímax nuestro interés por las tendencias. Ese clímax se relaciona con la transición histórica de una época a otra y con la que podemos llamar estructura de una época.” (p. 165).

“Los investigadores sociales desean comprender el carácter de la época presente, esbozar su estructura y discernir las fuerzas principales que operan dentro de ella.” (p. 165).

En la parte más aguda de todo el texto, Mills afirma que los cientistas sociales dejan de lado tanto la noción de estructura como la dinámica del período moderno. (p. 165). Llegado a este punto, sostiene que buena parte de la mejor producción de las ciencias sociales está ligada al estudio de la transición entre el feudalismo y el capitalismo (por ejemplo, “solidaridad mecánica” y “solidaridad orgánica” en Durkheim).



El tercer apartado (pp. 167-170) está dedicado a criticar el uso más habitual de la historia en las ciencias sociales. Los llamados “esbozos del ambiente histórico” con los que empiezan los estudios de la sociedad contemporánea.

Mills apunta dos cosas al respecto. En primer lugar, aclara que muchas veces hay que estudiar historia para librarnos de ella. Antes de explicar algo como una persistencia del pasado, es mejor preguntarse ¿por qué ha persistido? (p. 167). En segundo lugar, sostiene que para explicar los rasgos contemporáneos de una sociedad, lo mejor es estudiar esos rasgos en relación con su función contemporánea. Sólo después de este análisis se pasa al estudio histórico.

Mills añade un último punto, de mayor importancia que los dos anteriores. Afirma que “épocas y sociedades difieren en cuanto a que su comprensión requiera o no requiera referencias directas a «factores históricos». El carácter histórico de una sociedad dada en una época dada puede ser tal, que el «pasado histórico» tenga sólo una importancia indirecta para comprenderlo.” (p. 168). Dicho de otro modo, “la importancia de la historia está ella misma sometida al principio de la especificidad histórica. Con seguridad puede decirse que «todo viene del pasado»; pero el sentido de esa frase – «venir del pasado» – es lo que está en discusión. En ocasiones decir que la «historia» se repite o no se repite; depende de la estructura social y de la época en cuya historia estamos interesados.” (p. 169).



Los últimos dos apartados se refieren a las relaciones entre psicología y ciencias sociales. Su importancia es secundaria respecto al tema que da título al artículo. No obstante, hay un par de pasajes que merecen ser reproducidos. Todos ellos se refieren a la cuestión de la naturaleza humana.

“El hombre es desde luego un actor social e histórico que debe ser entendido, si es que ha de entendérselo, en estrecha e intrincada interrelación con estructuras sociales e históricas.” (p. 171).

“El concepto del hombre como criatura social nos permite ahondar mucho más que en la mera biografía externa como serie de papeles sociales. Ese concepto nos obliga a comprender los rasgos más internos y «psicológicos» del hombre, en particular la imagen que tiene de sí mismo y de su consciencia y, ciertamente, el desarrollo mismo de su mente. Muy bien puede ser que el descubrimiento más radical en la psicología y la ciencia social recientes sea el de cómo tantos de los rasgos más íntimos de la persona son socialmente compartidos y hasta inculcados.” (p. 174).

“Cuando comprendemos las estructuras sociales y los cambios estructurales tal cómo actúan sobre escenarios y experiencias más íntimos, podemos comprender las causas de la conciencia y de los sentimientos individuales de que los hombres situados en medios específicos no tienen conocimiento.” (p. 175).

“La idea de una naturaleza humana común al hombre como hombre es una violación de la especificidad social e histórica que exige el cuidadoso trabajo en los estudios humanos; por lo menos es una abstracción que los investigadores sociales no tienen derecho a hacer. Indudablemente, debemos recordar de vez en cuando que en realidad no sabemos mucho acerca del hombre, y que todo el conocimiento que tenemos no elimina por completo el misterio que rodea a su diversidad tal como ésta se revela en la historia y en la biografía.” (p. 177).



Villa del Parque, martes 12 de abril de 2016