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sábado, 1 de septiembre de 2012

NOTAS DE METODOLOGÍA: EL CONCEPTO DE VARIABLE Y EL PROCESO DE OPERACIONALIZACIÓN EN CIENCIAS SOCIALES: NOTAS A UN TEXTO DE FRANCIS KORN




Francis Korn es una socióloga argentina, graduada en la UBA en 1961. Se doctoró en Antropología por la Universidad de Oxford (1970). Fue directora del Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Di Tella. También se desempeñó como Directora del Departamento de Sociología de la UBA.

Korn es autora de la “Introducción” a la obra Conceptos y variables en la investigación social (Buenos Aires, Nueva Visión, 1971), una compilación de artículos sobre la problemática de las variables en las ciencias sociales. El libro reúne trabajos de Paul Lazarsfeld (1901-1976), Barton y Menzel.

El estudiante de ciencias sociales suele padecer los cursos de Metodología de la Investigación como una especie de tormento refinado, sobre todo porque la práctica de la investigación se encuentra divorciada de la práctica cotidiana de los estudiantes. Además, los manuales presentan la materia como una especie de recetario de cocina, con el que el chef de turno puede manipular todo lo humano y lo divino.

Es por eso que conviene revisar viejos textos, que presentan con claridad cuestiones que han adquirido la dignidad de embrollos. En este sentido, la introducción mencionada constituye una buena presentación del concepto de variable.

La autora comienza señalando el carácter impreciso del término, consecuencia de su uso indiscriminado, que lleva a que se utilice la palabra “variable” como sinónimo de “dimensión de un objeto” (p. 9). Si la teoría social pretende no quedar relegada al territorio del ensayo, es preciso que se vea confrontada permanentemente con la realidad para poder así calibrar la validez de sus explicaciones. De allí que resulte importante transcribir la definición formulada por Korn del concepto de variable:

“el significado completo de la palabra «variable», tal como es usada en ciencias sociales, contiene no sólo la connotación de «aspecto» o «dimensión» de un fenómeno, sino también la propiedad de estos aspectos o dimensiones de asumir distintos valores.” (p. 10).

Cuando se habla de variable, se corren dos riesgos: por un lado, la noción puede quedar reducida a la del concepto, es decir, limitada a lo exclusivamente teórico; por otro lado, puede ser confundida con la de indicador, circunscripta por tanto a los aspectos empíricos de la cuestión. En otras palabras, puede designar tanto a la definición puramente teórica, como a los aspectos meramente empíricos. Para superar esta imprecisión, Korn enlaza la definición de variable con la del proceso de operacionalización.

“El tipo de clasificación (real o nominal) y la particular connotación de los términos incluidos en una proposición sociológica dependen del completo cuerpo teórico en que esta proposición está contenida. Pero si una proposición tiene el status de hipótesis científica, es decir, si su verdad depende de la posibilidad de refutación empírica, sus variables deben ser traducidas a conceptos mensurables. Normalmente, las proposiciones sociológicas se expresan en términos que se refieren a cualidades de objetos o relaciones entre ellos, y no a perceptos. Corresponden a la categoría de «hechos sociales no manifiestos» en la terminología de Durkheim. Como la prueba empírica implica medición, es necesario estudiar estos hechos sociales no manifiestos por los hechos sociales manifiestos que las representan. Es decir, es necesario definir las variables teóricas contenidas en una hipótesis en términos de variables empíricas. A estas últimas se las llama indicadores.” (p. 10-11).

La operacionalización es el proceso por medio del cual los conceptos (que son, aunque suene tautológico, teóricos, es decir, que no tienen directamente referentes empíricos) son convertidos en indicadores. Es el proceso que media entre la teoría y la realidad. No es realizado de manera automática o siguiendo una receta prestablecida, sino que es construido por el investigador a partir de su marco teórico. Esto es así porque a partir de la definición del concepto se desprende la cantidad de dimensiones analizadas. Y, como es sabido, existen diferentes corrientes teóricas en las disciplinas sociales. Dichas corrientes se encuentran enfrentadas entre sí y proponen diferentes maneras de ver la realidad social. Además, cada investigador construye un problema particular, determinando así la mayor o menor complejidad de la operacionalización.

Korn describe así las etapas del proceso:

“el proceso lógico en la operacionalización de una variable requiere los siguientes pasos:
(i)            Definición nominal de la variable a medir;
(ii)          Definición real: enumeración de sus dimensiones;
(iii)         Definición operacional: selección de indicadores.” (p. 11).

La definición nominal no es otra cosa que el concepto. La noción de dimensión se refiere a la propiedad de ser parte de una totalidad mayor, a cada uno de los aspectos discernibles de una variable (p. 11). Si los conceptos son las variables teóricas, los indicadores son las variables empíricas, que pueden indagarse directamente en la realidad.

En este punto, Korn hace una aclaración importante:

“Obviamente, la cantidad de operaciones que hay que realizar con cada una de las dimensiones de una variable para volverla mensurable depende de su distancia al plano empírico. También hay que tener en cuenta que la cantidad de indicadores que se use para representar una variable dependerá no sólo de su complejidad conceptual, sino de la cantidad de pruebas empíricas que requerirá su validación.” (p. 10-11).

A partir de lo anterior, la autora explica la noción de índice:

“La medida compleja que se obtiene combinando los valores obtenidos por un individuo en cada uno de los indicadores propuestos para la medición de una variable se llama índice. La diferencia entre un índice y un indicador es entonces de grado. Un índice es un complejo de indicadores de dimensiones  de una variable y constituye, por lo tanto, el indicador total de una variable compleja.” (p. 12).

La práctica del proceso de operacionalización sirve para demostrar que la metodología no puede ser reducida a una receta aplicable por igual a todos los problemas. El pasaje desde el concepto al indicador es guiado en todo momento por la teoría. El investigador que pretende invocar la neutralidad de la ciencia recurriendo a las técnicas olvida que sin teoría no hay investigación. Y la teoría no es neutral, implica un punto de partida determinado, un lugar especial desde donde mirar el mundo.


Buenos Aires, sábado 1 de septiembre de 2012

miércoles, 1 de agosto de 2012

FICHA DE LECTURA: NORBERTO BOBBIO, LIBERALISMO Y DEMOCRACIA (1985)




Liberalismo y democracia es una obra del politólogo italiano Norberto Bobbio (1909-2004). Fue publicada originalmente en 1985 en idioma italiano (Milán, Franco Angeli Libri). El libro fue traducido al español por José F. Fernández Santillán y editado en 1989 por el Fondo de Cultura Económica en su colección Breviarios. Para redactar esta ficha de lectura se utilizó la 6° reimpresión de la 1° edición española (México D. F., Fondo de Cultura Económica, 2000). Todas las citas del texto corresponden a dicha edición.

El libro está dedicado a presentar las relaciones entre liberalismo y democracia (p. 7). No es preciso señalar la importancia del tema, sobre todo en una época en que las derrotas del movimiento obrero han generado la convicción de que el socialismo es un albur. Ahora bien, el tratamiento de la temática en la obra es abstracto, porque Bobbio deja constantemente de lado al capitalismo, que es la forma de organización social en que se desarrollan tanto el liberalismo como la democracia. Al hacer esto, vacía de contenido a la política, reduciendo las luchas políticas a meras confrontaciones de ideas. 

La concepción de Bobbio acerca del proceso histórico, expresada en la siguiente cita, permite caracterizar la abstracción mencionada en el párrafo anterior:

“…el curso histórico camina de un estado inicial de servidumbre a estados sucesivos de conquista de espacios de libertad por parte de los sujetos, mediante un proceso de liberación gradual…” (p 15).

De este modo, las Revoluciones Burguesas, que marcaron el pasaje del poder político desde la nobleza hacia la burguesía, son vistas como parte de un proceso secular de conquista de la libertad. Ni una palabra sobra sobre el contenido social de esa libertad. Es por ello que termina cayendo en un fetichismo de la política, esto es, separando el ámbito de la sociedad política del resto de la sociedad y omitiendo el carácter político de las relaciones de producción. Bobbio no va más allá de algunas referencias a los aspectos estrictamente políticos de las Revoluciones Inglesa (p. 55-56) y Francesa. En la obra los aspectos fundamentales del capitalismo suelen son tratados al nivel de la anécdota.

Para entender el sentido de nuestra crítica general al planteo de Bobbio hay que precisar algunas cuestiones. El capitalismo presenta dos características que redefinieron radicalmente el ámbito de lo político: a) los trabajadores sufren una “doble liberación”: son despojados de los medios de producción, pero también son emancipados de toda forma de dependencia personal (esclavitud, servidumbre); b) la dominación social del empresario capitalista se basa en su control del proceso de trabajo, gracias a la propiedad privada de los instrumentos de producción. La conjunción de ambas características hizo que la coerción económica (el sometimiento de las personas a la lógica del capital por medio de la presión de la economía – el que no gana dinero no come -) se convirtiera en la principal herramienta de dominación de la clase capitalista. Dicho de otro modo, el empresario consigue que todos los días los trabajadores concurran a sus lugares de trabajo a ser explotados, sin necesidad del látigo o la pistola en la cabeza. Como consecuencia, cambia el rol y la naturaleza del Estado en relación a las sociedades precapitalistas. Surge la escisión entre la sociedad política (el Estado) y la sociedad burguesa, porque la segunda cuenta con mecanismos para garantizar el ejercicio de la dominación sobre la clase trabajadora y, en principio, sólo debe recurrir a la coerción extraeconómica (la violencia física) del Estado cuando los sectores populares rechazan las reglas de juego imperantes.

Si se dejan de lado las cuestiones enunciadas en el párrafo anterior, el liberalismo y la democracia moderna se convierten en fenómenos unilaterales, que pierden conexión con la vida cotidiana de la mayoría de la población de las sociedades capitalistas. Las limitaciones señaladas hacen que Bobbio se encierre en la historia de las ideas entendida del modo unilateral que ya hemos mencionado. Además, el tratamiento de la historia de las ideas por Bobbio es muy recortado, a punto tal que en toda la obra apenas se dedica muy poco espacio al pensamiento socialista sobre la democracia. Bobbio, a quien no puede negarse inteligencia, dice a la pasada algunas cosas importantes, pero carece de una visión adecuada para enmarcar al liberalismo y a la democracia.

Bobbio caracteriza al liberalismo como una determinada concepción del Estado (p. 7), la cual postula la necesidad de limitar las funciones y poderes estatales (p. 7, 17 y ss., 99). Es una consecuencia del desarrollo del individualismo (cap. II); el autor apunta con razón que “sin individualismo no hay liberalismo” (p. 16). Por supuesto, Bobbio no conecta el surgimiento del individualismo con la paulatina expansión de la economía mercantil (productores privados que producen para el mercado); el individualismo es, según nuestro autor, una consecuencia del proceso histórico que va de la “servidumbre” a la “libertad”, y en el plano de las ideas tiene su correlato en el abandono del organicismo y la adopción del contractualismo como explicación de la sociedad y el Estado. 

El individualismo es concebido, por tanto, como el resultado de la confrontación entre servidumbre y libertad, entendidos como principios generales desgajados de las condiciones sociales que les dan sustento. En el mundo real, el individualismo se desarrolló a partir de la generalización de la producción mercantil en los siglos XVI y XVII; al producir para el mercado como productores privados recíprocamente indiferentes, los individuos pasaron a verse a sí mismos como el centro del universo, y la comunidad pasó a ser algo secundario. El contractualismo expresó en el campo de la filosofía política la ideología de la burguesía, la clase de propietarios privados que progresivamente iba transformando el dinero en capital, y que dependía del plusvalor extraído a los trabajadores en el proceso de producción. Su poder social emanaba de la propiedad del capital, y no de la sangre o de dios. El iusnaturalismo servía a sus necesidades políticas porque iba dirigido contra los fundamentos del poder tradicional. Como era de esperarse, Bobbio omite toda mención a estos procesos.

A diferencia de las clases dominantes de las sociedades precapitalistas, la burguesía no basa su dominio exclusivamente en el control del Estado. Su poder social reside en la propiedad privada de los medios de producción, y su interés principal pasa porque esa propiedad sea vista como asunto privado y no como una cuestión política. La burguesía es la primera clase dominante de la historia que promovió la separación entre lo público y lo privado. Este es el contexto para entender el desarrollo del liberalismo. Nuevamente, nuestro autor evita referirse a estas cuestiones.

A continuación de su definición de liberalismo, Bobbio dedica los capítulos III y IV a esbozar los límites que el liberalismo pretende imponer al Estado y al concepto de libertad propio del liberalismo. Es significativo el concepto de libertad negativa (p. 41), pues concibe a la libertad separada de todas las condiciones materiales que hacen posible su ejercicio, y la entiende únicamente como libertad individual (la clase obrera no es libre de dejar de trabajar para los capitalistas). En este punto se percibe con claridad el papel del individualismo como base filosófica del liberalismo. 

En el capítulo V el autor valora positivamente el individualismo. El antagonismo aquí mentado no es otra cosa que la competencia entre propietarios privados (hay que recordar que es a través de la competencia que se aplica la ley del valor en el capitalismo); por su parte, la exaltación de la variedad ensalzada por el autor alude a que se consideran valiosas las diferencias de clase. Todo ello cobijado bajo la noción de “libertad individual”. (p. 29).

Bobbio define a la democracia como una forma de gobierno, en la que el poder reside en la mayoría (p. 7). Para profundizar en la definición utiliza el conocido debate de principios del siglo XIX sobre la libertad de los antiguos y la de los modernos (capítulos I y VI). A pesar de mantenerse en la abstracción (sería fecundo retomar la tradición aristotélica sobre las formas de gobierno – donde se privilegia el contenido de clase de las formas de gobierno por sobre el número de personas que ejercer el gobierno -), Bobbio da en la tecla en el siguiente pasaje: 

“Si por democracia moderna se entiende la democracia representativa, y si a la democracia representativa es inherente a la desvinculación del representante de la nación del individuo representado y de sus intereses particulares, la democracia moderna presupone la atomización de la nación y su recomposición en un nivel más alto y restringido, como lo es la asamblea parlamentaria. Pero este proceso de atomización es el mismo proceso del que nació la concepción del Estado liberal, cuyo fundamento debe buscarse, como se ha dicho, en la afirmación de los derechos naturales e inviolables del individuo.” (p. 38).

La base económica del proceso de atomización está dada por la separación del productor directo de los medios de producción (piénsese en la ruptura de los vínculos con la tierra, por ejemplo). La clase dominante se recompone (en el sentido de intereses generales) en el Parlamento, en el Estado. Los trabajadores deben superar la atomización política y económica.

El autor se mueve siempre dentro de los límites del individualismo burgués, que propone un tratamiento unilateral del individuo (sólo es considerado en tanto individuo poseedor). Esto es especialmente visible en la manera en que aborda la cuestión de la relación entre democracia e igualdad (capítulo VII, pero también el VIII). Bobbio llega a afirmar que “la libertad e igualdad son valores antitéticos” (p. 41). Nuestro autor puede llegar a esa conclusión porque tiene como punto de partida al individuo burgués (el propietario privado), quien constituye la culminación del desarrollo de la humanidad. Individuo y comunidad son antitéticos, pues el individuo sólo puede desarrollarse plenamente en el plano privado.

Luego de ocuparse de definir los conceptos de liberalismo y democracia, Bobbio se ocupa en el resto del libro de describir a grandes rasgos la evolución de ambas corrientes de pensamiento entre los siglos XIX y XX (aunque su atención se concentra, sobre todo, en el siglo XIX). El capítulo IX (El individualismo y el organicismo) sirve de engarce entre las dos partes de la obra. En dicho capítulo, plantea que la democracia y el liberalismo tienen en común el individualismo: 

“…el liberalismo y la democracia (…) tienen un punto de partida en común: el individuo; los dos reposan en una concepción individualista de la sociedad.” (p. 49).

Así, casi sin querer, el autor revela el límite infranqueable de la democracia moderna: el respeto al individuo burgués, que no es otra cosa que el respeto a la propiedad privada que constituye a ese individuo.

En los capítulos X-XIII Bobbio tomas las figuras de Tocqueville (1805-1859) y Stuart Mill (1806-1873) para describir, respectivamente, las trayectorias del liberalismo y de la democracia. Cabe insistir en que es llamativa la ausencia de referencias a la lucha del movimiento obrero y de los socialistas por la democracia. Sólo en el capítulo XV trabaja la relación entre socialismo y democracia. Marca la existencia de una antítesis completa entre liberalismo y socialismo (p. 88) y plantea claramente las raíces de la diferencia entre ambos: 

“La manzana de discordia es la libertad económica que presupone la defensa a ultranza de la propiedad privada. Por cuantas definiciones se puedan dar del socialismo del siglo pasado (…), por lo menos hay un criterio constante y determinante para distinguir una doctrina socialista de todas las demás: la crítica de la propiedad privada como fuente principal de «desigualdad entre los hombres» (…) y su eliminación total o parcial como proyecto de la sociedad futura. La mayor parte de los escritores socialistas y de los movimientos que se inspiraron en ellos han identificado el liberalismo, con razón o sin ella – mas ciertamente en el plano histórico con razón – con la defensa de la libertad económica y por consiguiente de la propiedad individual como única garantía de la libertad económica, entendida a su vez como presupuesto necesario para el desarrollo real de todas las demás libertades. Bajo una concepción clasista de la historia, que el movimiento socialista heredó de la historiografía burguesa, según la cual el principal sujeto histórico son las clases y el desarrollo histórico se produce con el paso del dominio de una clase al de otra.” (p. 89).

Bobbio afirma que entre democracia y socialismo existió una relación de complementariedad:

“…desde su origen la relación entre el socialismo y la democracia más bien fue de complementariedad (…) Para reforzar el nexo de compatibilidad, más aún de complementariedad, entre el socialismo y la democracia, se sostuvieron dos tesis: ante todo, el proceso de democratización habría inevitablemente producido o por lo menos habría favorecido el advenimiento de una sociedad socialista, basada en la transformación del instituto de la propiedad y en la colectivización al menos de los principales medios de producción; en segundo lugar, sólo la llegada de la sociedad socialista habría reforzado y ampliado la participación política y por tanto hecho posible la realización plena de la democracia (…) Con base en estas dos tesis, la indisolubilidad entre la democracia y el socialismo fue demostrada, por parte de las principales corrientes del socialismo, como condición necesaria para el advenimiento de la sociedad socialista; por parte de las corrientes democráticas, como condición del desarrollo de la misma democracia.” (p. 90-91). 

Según nuestro autor, fueron las experiencias totalitarias del siglo XX las que aproximaron la democracia al liberalismo.

En el capítulo XVI, y a partir del examen de Anarquía, Estado y utopía (1984), de Robert Nozick (1938-2002), hace un análisis perspicaz del neoliberalismo:

“En cuanto a la determinación de los derechos individuales que el Estado debe proteger, la teoría de Nozick está genéricamente basada en algunos principios del derecho privado, según la cual el individuo tiene el derecho de poseer lo que ha adquirido justamente (o principio de justicia en la adquisición) y lo que ha adquirido justamente del propietario anterior (principio de justicia en la transferencia). Cualquiera otra tarea que el Estado asuma es injusta porque interfiere indebidamente en la vida y en la libertad de los individuos. (…) La doctrina de Nozick plantea más problemas que los que resuelve: está basada completamente en la aceptación de la doctrina jurídica de los títulos de adquisición originaria y derivada de la propiedad, de la que el autor no da la más mínima explicación.” (p. 102).

En el capítulo XVII expone la tesis de Samuel P. Huntington (1927-2008) acerca de la democracia, expuesta en el trabajo colectivo La crisis de la democracia. Informe sobre la gobernabilidad de la democracia a la Comisión Trilateral (1975). Hay que recordar que Huntington, teórico político al servicio del Departamento de Estado, elaboró en su obra una justificación de los golpes de Estado que asolaron América Latina durante la década de 1970. Bobbio enuncia aquí los límites de las democracias modernas: 

“Todas las democracias reales, no la ideal de Rousseau, nacieron limitadas, en el sentido ya aclarado de que las decisiones que toman las mayorías no pueden afectar las materias que se refieren a los derechos de libertad llamados precisamente «inviolables». Y esto sucedió desde el inicio. (…) Una vez más, el contraste entre el liberalismo y la democracia se resuelve en la aceptación por parte de la doctrina liberal de la democracia como método o como conjunto de reglas del juego, pero al mismo tiempo en el establecimiento de límites dentro de los cuales pueden ser usadas estas reglas.” (p. 107-108).

Por supuesto, Bobbio tiende a oscurecer que esos derechos “inviolables”  se resumen en el derecho de propiedad, núcleo en torno al cual se estructura el poder en la sociedad capitalista. Aunque los académicos, los políticos y los periodistas prefieran hablar de otras cosas más atractivas.

Buenos Aires, miércoles 1 de agosto de 2012

lunes, 23 de julio de 2012

LA GESTIÓN SEGÚN EL KIRCHNERISMO


De un tiempo a esta parte, la gestión (o el gestionar) se ha convertido en uno de los caballitos de batalla del “kirchnerismo”. La facilidad con que se usa el término no va de la mano con la precisión en cuanto a su significado. En apariencia, al hablar de gestión se alude a una forma de gobernar manteniendo el orden de las cuentas públicas. Ese fue, palabras más palabras menos, el sentido que le dio al término la presidenta Cristina Fernández al regañar públicamente al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, por el manejo de las finanzas provinciales.

Pero si este es el significado de gestionar, ¿cuál es la diferencia con el discurso de los ’90, cuando se sostenía que había que evitar a toda costa el déficit fiscal? Además, es claro (y no hay que fastidiar al lector con estadísticas), que el “kirchnerismo” perdió el superávit fiscal que gozó hasta 2008: 

“Desde 2007 en adelante, la tasa de expansión del gasto del Estado nacional se incrementó significativamente, al punto de alcanzar el 19% del PBI (la mayor participación desde fines de la década de 1980). Este fenómeno y el menor ritmo de crecimiento de la recaudación – cuya desaceleración se intensificó al desatarse la crisis internacional en 2008 – determinaron la progresiva erosión del superávit fiscal, que tendió a desaparecer hacia fines de la década.” (Costa, Augusto, comp., La anatomía del nuevo patrón de crecimiento y la encrucijada actual, Buenos Aires, Atuel, 2010, p. 97).

Pero aquí nos interrumpe un militante “kirchnerista”: “¡Usted razona como un neoliberal! Nosotros no somos fundamentalistas del déficit fiscal, al estilo de los ajustadores que gobiernan en España. Para nosotros gestionar significa hacer un uso prudente de las dineros públicas, es decir, no endeudarnos con la banca internacional o los organismos financieros tipo FMI y Banco Mundial, y utilizar los recursos públicos para mejorar la vida de la gente.”

Para evitar desviarnos del tema principal, aceptemos el argumento que nos presenta nuestro amigo “kirchnerista”. Tomemos como válido que el gobierno de Cristina Fernández no derrocha ni un peso de fondos públicos en gastos innecesarios, y que todos los funcionarios son tan incorruptibles como dicen que era el viejo Robespierre. Pero esto todavía no nos dice nada sobre el carácter social de la política del gobierno.

Alfredo Zaiat, columnista económico del diario oficialista Página/12, suele defender con inteligencia las políticas del “kirchnerismo”. Es por ello que preferimos cederle la palabra para hacer un diagnóstico de los resultados de la gestión de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández:

“Los niveles de pobreza siguen siendo significativos, la informalidad laboral alcanza a un tercio de la población y aún persisten importantes bolsones de desigualdad. El déficit habitacional es agudo, un porcentaje de la población no accede a infraestructura básica de servicios esenciales y todavía existen sustanciales brechas educativas según estratos socioeconómicos. El desempleo y el subempleo involucran al 14,5 por ciento de la población económicamente activa, el regresivo Impuesto al Valor Agregado se ubica en un elevado 21 por ciento y las jubilaciones mínimas son insuficientes. Este marco general convive con años donde han avanzando indicadores sociales, económicos y laborales, mejoraron las condiciones materiales de los trabajadores y a la vez se revirtió la tendencia negativa en la distribución del ingreso, ganando posiciones los sectores postergados por décadas. Esto significa que pese a la recomposición de la situación sociolaboral aún se mantienen rasgos estructurales de profunda desigualdad.” (Página/12, 1/07/2012).

Hagamos algunas cuentas.

En la actualidad, el empleo no registrado (es decir, los trabajadores de 18 años y más en relación de dependencia a los cuales no se les efectúan descuentos por aportes jubilatorios) asciende al 34,2% de la población económicamente activa (La integran las personas que tienen una ocupación o que sin tenerla la están buscando activamente. Está compuesta por la población ocupada más la población desocupada). Este dato corresponde al 1° trimestre de 2012, y fue elaborado por el Indec. 

Sigamos. El desempleo, misma fecha y misma fuente, asciende al 7,1%.

Zaiat, en el artículo que hemos citado, sostiene que el desempleo y el subempleo sumados son el 14,5 de la población económicamente activa. En otras palabras, el 48,7% de los trabajadores en Argentina son desocupados, subempleados, no registrados. La mitad de los trabajadores tienen, por tanto, una situación laboral poco agraciada según fuentes insospechadas de neoliberalismo. En este aspecto, la gestión defendida por el “kirchnerismo” se ha mostrado cuanto menos poco eficaz para mejorar las condiciones laborales de la mitad de los trabajadores argentinos.

Pero nuestro amigo “kirchnerista” vuelve a alzar la voz: “Tu análisis es gorilismo puro, que le hace el juego a la «corpo». Nosotros asumimos el gobierno de un país que se incendiaba, con índices de desocupación, pobreza e indigencia siderales. Y logramos que la gente tuviera trabajo y empezar a planificar su futuro. Esto significa gobernar, gestionar, y no plantear utopías irrealizables que dividen al campo popular”.

Otra vez optamos por tomar como bueno el argumento de nuestro amigo. Sin embargo, hay algo que no cierra en su planteo. En diciembre de 2001 quedó claro que la continuidad del modelo económico imperante en la década del ’90 era absolutamente inviable. Pero no hubo salida popular a la crisis, en el sentido de que los empresarios siguieron gobernando en las fábricas, en los campos, en las oficinas y en los comercios. De hecho, la misma legislación laboral imperante en los años del peronismo menemista siguió vigente bajo el “kirchnerismo”. Como sucedió tantas veces en estos casos, el capital se recompuso y se puso en marcha un nuevo modelo económico, que permitió que los empresarios levantaran sus ganancias “con pala” (son palabras de la señora presidenta). Ahora bien, el nuevo modelo económico requería un manejo diferente de la fuerza de trabajo. La desocupación no era conveniente para el capital. Si lo eran la precarización y los bajos salarios:

“los salarios reales de la economía crecieron el 48% desde 2003 hasta fines de 2009. (…) Sin embargo, lo que parece ser un sustancial avance en las condiciones de vida de los trabajadores queda relativizado por la dificultad que ha tenido el poder adquisitivo de los salarios para superar los valores alcanzados durante la década de 1990. Más aún, pese al fuerte crecimiento que experimentó la economía en los últimos años, los salarios reales son relativamente bajos en comparación con la etapa de sustitución de importaciones.” (Costa, op. cit., p. 26).

“la oportunidad para el surgimiento de una (re) naciente industria sustitutiva se vio reforzada por dos elementos estructurales remanentes del período anterior: por un lado, la existencia de una considerable capacidad productiva ociosa; por el otro, la abundante oferta de mano de obra desocupada y dispuesta a trabajar a niveles salariales extremadamente bajos, ya que las remuneraciones habían sido devastadas por la crisis y la devaluación.” (op. cit., p. 42 – El resaltado es mío).

La persistencia de niveles elevados de trabajo no registrado, más la desocupación remante y el subempleo, constituyen la garantía que tienen los empresarios para que los salarios reales del conjunto de los trabajadores no consigan levantar cabeza. 

El “saber gestionar” del “kirchnerismo” demuestra, por tanto, ser muy efectivo para los intereses del capital. Hernán Brienza, editorialista político del diario “kirchnerista” Tiempo Argentino, escribió en su columna del domingo pasado: 

“La política es eso. Optar entre dirigir el gasto público a la publicidad y a la seguridad –como hizo Macri y en cierta medida también Scioli– o dirigirla a procesos productivos y de redistribución de la riqueza. Es aquí donde mueren los discursos ideológicos. Compartir el proyecto nacional y popular significa reasignar los recursos en una dirección determinada: en la construcción de la felicidad del pueblo, como diría Juan Domingo Perón.” (Tiempo Argentino, 22/07/2012).

Por una vez estamos de acuerdo con Brienza: “Es aquí donde mueren las palabras”, cuando se abandona la retórica y se pasa a los hechos, cuando la política deja de ser vista como una especie de técnica para administrar y se convierte en el terreno de la lucha entre las distintas clases sociales. El “kirchnerismo” ha demostrado en casi una década de gobierno su capacidad para administrar la transición entre dos modelos de acumulación capitalista. La tan mentada capacidad de “gestión” no es ni más ni menos que esto. Aclaramos que no estamos afirmando que “gestionar”, entendido de este modo, sea sencillo. Pero si queda claro que esto tiene poco que ver con la “emancipación nacional y social” pregonada por la izquierda del “kirchnerismo”.

Eduardo Aliverti, periodista defensor del “kirchnerismo”, se sincera y da la clave para cerrar esta nota:

"Lo expresado por esta implosión de la derecha criolla es que lo mejor del capitalismo epocal y vernáculo lo significa Cristina. ¿Nadie se pregunta por qué no existe la oposición? Sí. Se lo preguntan muchos. Pero el problema es la respuesta. Cristina o, si se prefiere, la tensión dramática encarnada en el kirchnerismo, es que no hay absolutamente nada mejor que ella –o que lo que ella representa– para vivir mejor o para seguir zafando. Si se toma nota de eso, se entenderá qué sentido mayor o menor puede darse a los avatares de la tarjeta SUBE, los gendarmes de Santa Cruz, la cotización del dólar blue, o si les avisaron a los trabajadores del Sarmiento que hay una reestructuración operativa." (Página/12, 23/07/2012; el resaltado es mío).

El resto es silencio…
Buenos Aires, lunes 23 de julio de 2012

sábado, 21 de julio de 2012

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (30): LOS ORÍGENES DEL SOCIALISMO ALEMÁN (II)


Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo indicación en contrario, de: Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista. I: Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.

b) El “socialismo” de Fichte (1762-1814)

En cuanto al desarrollo capitalista, Alemania se hallaba lejos de Inglaterra y de Francia en la primera mitad del siglo XIX. Su industria se encontraba en un estadio incipiente, su clase trabajadora estaba compuesta básicamente por artesanos, se territorio permanecía dividido en un mosaico de Estados pequeños y medianos (con la excepción de Prusia y Austria). Si la historia obedeciera al mandato del determinismo económico, la Alemania de principios del siglo XIX era el lugar menos indicado para que surgiera una teoría socialista. No obstante, fue precisamente en Alemania donde tuvo su origen el marxismo, la corriente de pensamiento socialista más influyente en los siglos XIX y XX. Esta aparente incongruencia debe explicarse a partir del examen de la filosofía idealista alemana y de la conexión entre ésta y las Revoluciones Industrial y Francesa. 

Aquí solo puedo enunciar estas cuestiones, pero quien desee profundizar en ellas puede consultar con provecho las siguientes obras: Razón y revolución: Hegel y el surgimiento de la teoría social (1941), de Herbert Marcuse (1898-1979); El joven Hegel y los problemas de la sociedad capitalista (1948), de György Lukács (1885-1971); Ciencia, clase y sociedad: Sobre la formación de la sociología y del materialismo histórico (1976), de Göran Therborn (n. 1941). (1) Lo cierto es que Alemania, atrasada en el terreno económico y político, pudo interpretar por medio de su filosofía los profundos cambios que experimentaba la sociedad europea.

Cole dedica el capítulo 20 de su obra (2) a “examinar el desarrollo de las ideas socialistas en Alemania, hasta el momento en que Marx creó el socialismo característicamente alemán” (I: 223).

Cole remarca el corte que representa el marxismo en la historia del socialismo: 

“pronto habría de dominar la ideología de la mayor parte del continente, apartando de sí las formas anteriores de socialismo como el viento aparta la paja. No es que el marxismo llegase nunca a desterrar las doctrinas más antiguas: lo que hizo fue lanzar la mayor parte fuera del movimiento socialista, lo cual obligó a que éstas buscaran lugar en otra parte: en el cooperativismo, en las varias formas de anarquismo, incluso en el llamado «socialismo radical» (que sería mejor llamar «radicalismo social») o en el llamado «socialismo cristiano» en el seno de la Iglesia Católica. Los socialismos antiguos siguieron viviendo, incluso después que Marx había tomada prestada la designación de «utopismo» para aplicársela [a ellos]. Pero el marxismo los lanzó fuera del centro, tanto de la discusión, com de la organización.” (I: 223).

Cole insiste en el carácter alemán del marxismo (3). Más adelante, y en otros apuntes, volveremos sobre esta cuestión. Pero corresponde decir que, así formulada, la afirmación de Cole es parcialmente falsa. El origen del marxismo debe buscarse tanto en el desarrollo del movimiento obrero europeo como en la eclosión de teorías socialistas desde 1789. Decir que el marxismo es una doctrina alemana equivale a oscurecer el rol del movimiento obrero y de la lucha de clases. Es confinar al marxismo a la historia de las ideas. Esto no quita que el idealismo alemán (sobre todo Hegel) haya proporcionado la levadura para el surgimiento de esta variante del socialismo.

Cole afirma que el principal exponente del socialismo alemán pre-marxista fue el filósofo Johann Gottlieb Fichte (1762-1814). Según su opinión, hay dos obras que permiten considerarlo como antecesor del socialismo en Alemania. Se trata de: Der geschlossene Handelsstaat (El estado comercial cerrado, 1800), y sus conferencias de 1813 sobre Staatslehre (Teoría del Estado). 

En ellas Fichte elaboró los fundamentos de su teoría ética, centrada en 

“la actividad creadora del individuo que se expresa mediante la conducta social «inter-personal», en la exigencia de que a todo hombre se le den los medios para expresar su personalidad en el trabajo realizado asociándose a sus prójimos en una ocupación adecuada a sus inclinaciones naturales.” (I: 224). (4)

Fichte sostiene que el individuo puede desarrollar su personalidad si se realizan modificaciones sociales. Garantizar a las personas una ocupación adecuada a sus inclinaciones naturales,

“implica el derecho de acceso a los medios de producción que garantizarán el derecho del trabajador a su producto. El método de la sociedad para asegurar esto consiste en establecer un sistema de corporaciones productoras autónomas que coordinen sus esfuerzos y cambien sus productos mediante mutuo acuerdo. Estas corporaciones deben ser dueñas de los medios de producción, y deben dirigir la vida económica de la sociedad aparte del Estado político, como órganos autónomos de la sociedad en su conjunto.” (I: 224).

Posteriormente, Fichte pasó a atribuir al Estado la responsabilidad de crear las corporaciones citadas, pero nunca sostuvo que debía ser el Estado quien se encargase de la producción.

Los límites del “socialismo” fichteano son nítidos: 

“Fichte no pensaba que sus corporaciones se basaran en los sindicatos obreros o en cualquier movimiento militante obrero, ni, en realidad, en ninguna forma de asociación que fuese predominantemente obrera. No pensaba en una lucha por el poder entre dos clases rivales, o en un levantamiento contra la explotación, sino sencillamente establecer el derecho social del individuo a todo lo necesario para asegurar la posibilidad de expresar su personalidad en un servicio útil para la sociedad. (…) no era un demócrata, y no propuso que sus corporaciones estuviesen democráticamente controladas.” (I: 225).

No puede reprochársele a Fichte que ignorase al movimiento obrero al elaborar su teoría “socialista”. Independientemente de que la ideología fichteana era refractaria a la lucha de clases, la clase obrera no existía en Alemania a fines del siglo XVIII. Esto era consecuencia de la inexistencia o el escaso desarrollo de la manufactura y de la industria. Había, eso sí, artesanos y campesinos. Pero nada parecido a una clase trabajadora más o menos moderna.
Como quiera que sea, el “socialismo” fichteano se integraba como elemento redesarrollo subjetivista de la teoría ética de Immanuel Kant (1724-1804). Fichte pensaba que el orden social tenía que permitir el pleno desarrollo individual, y esto justificaba el reordenamiento social. 

Cole resume del siguiente modo la posición de Fichte: 

“Fichte era un idealista, aunque no un totalitario. Creía en la nación como una unidad real, que no absorbía a los individuos que la formaban, pero que les inspiraba un propósito ético que le permitía alcanzar un nivel más alto de cumplimiento y realización personales. Con este espíritu insistía en la necesidad de una sociedad ordenada y planeada, organizada como un sistema subsistente por sí mismo y subordinando a sus relaciones con otras sociedades a las exigencias de su unidad autárquica. En sus obras aparece claramente la idea, no sólo de un proteccionismo nacionalista dirigido a asegurar esa subsistencia propia, sino también la de una especie de colectivismo como medio para su realización ordenada. Esto hace considerarle como el antecesor, no del «nacionalsocialismo» en un sentido nazista, sino de la política nacional que se propone realizar el «socialismo en un país».” (I: 226).

Buenos Aires, sábado 21 de julio de 2012

NOTAS:

(1) En todos los casos hay edición castellana:
Marcuse, Herbert. (1986). Razón y revolución: Hegel y el surgimiento de la teoría social. Madrid: Alianza. (Traducción de Julieta Fombona de Sucre, con la colaboración de Francisco Rubio Llorente).
Lukács, György. (1970).El joven Hegel y los problemas de la sociedad capitalista. Barcelona: Grijalbo. (Traducción de Manuel Sacristán).
Therborn, Göran. (1980). Ciencia, clase y sociedad: Sobre la formación de la sociología y del materialismo histórico. México D. F.: Siglo XXI. (Traducción de Santos Juliá Díaz). 

(2) Cole, capítulo XX: “El socialismo alemán. Sus comienzos” (I: 220-233).

(3) Lo llama “doctrina característicamente alemana” (I: 223).

(4) Como puede observarse, el idealismo alemán no es reacio a valorar la importancia del trabajo en la sociedad. Y no se trata únicamente de Fichte  También Hegel atribuye un papel central al trabajo.