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martes, 17 de julio de 2012

FEDERACIÓN OBRERA ARGENTINA – 1° CONGRESO (MAYO DE 1901): RESOLUCIONES


[El texto está tomado de: Bilsky, Edgardo J. (1985). La F.O.R.A. y el movimiento obrero, 1900-1910. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina. (Tomo 2, pp. 191-194). 

Bilsky utilizó las siguientes fuentes para reconstruir las resoluciones del Congreso: 

La Protesta Humana, 1/06/1901: “Congreso Obrero Gremial”.

El Obrero, 8/06/1901: “Congreso Obrero Gremial”.

La Organización, junio de 1901: “El Congreso Obrero”.

La Vanguardia, 1/06/1901: “Congreso Obrero Gremial”.]

[Antes de comenzar con la transcripción del documento, quiero manifestar mi reconocimiento al trabajo realizado por Bilsky, quien llevó adelante un esfuerzo fundamental por  el conocimiento de la historia del movimiento obrero argentino a principios del siglo XX.]

Declaración previa:

“Considerando que el Congreso obrero reunido en este local se compone de sociedades de resistencia, o por mejor decir, de colectividades obreras organizadas para la lucha económica del presente (1); y teniendo en cuenta que en el seno de estas colectividades caben todas las tendencias políticas y sociales (2), el Congreso declara: 

            Que no tiene compromisos de ninguna clase con el partido Socialista ni con el Anarquista, ni con partido político alguno, y que su organización, desarrollo y esfera de acción es completamente independiente y autónoma. Por lo tanto, la organización que este congreso apruebe es pura y exclusivamente de lucha y resistencia.”

Bases de la Federación:

“1° Se constituye en la Capital o en otro punto de la República, una federación obrera que se denominará Federación Obrera Argentina.

2° Para la marcha regular de la Federación se acuerda nombrar un comité federal compuesto por un delegado de cada sección federada y un comité administrativo que será nombrado en el seno del congreso. (3)

3° El congreso decidirá de la fecha y lugar donde ha de celebrarse el próximo congreso y que el comité Administrativo de la Federación celebre sus Asambleas.

4° Los estatutos de la Federación se harán bajo las bases del presente acuerdo y se someterán a la aprobación de las sociedades federadas.

5° Una vez organizada la Federación Obrera Argentina pactará acuerdos de solidaridad con las federaciones extranjeras.

6° Sostendrá un periódico quincenal o mensual, en el que dará cuenta de las deliberaciones de las sociedades.” (4)

El periódico de la Federación se intitulará La Organización Obrera y reemplazará a La Organización, el cual deberá dejar de aparecer.

Arbitraje:

            “La F.O.A. afirmando la necesidad de esperar solamente de la solidaridad de los trabajadores la conquista integral de sus derechos, se reserva en algunos casos el derecho de resolver los conflictos económicos entre el Capital y el Trabajo, en el juicio arbitral, aceptando sólo personas que presenten serías garantías para los intereses de la clase obrera.” (5)

Patrocinio: 

            “Que la Federación facilite a los obreros en las cuestiones que tengan con sus patrones, personas que las defiendan ante la ley.” (6)

Legislación del Trabajo: 

            “El Congreso declara que es necesario promover una enérgica agitación para obtener que los patrones sean responsables en los accidentes de trabajo; la prohibición del trabajo a las mujeres en lo que pueda constituir un peligro para la maternidad o un ataque a la moral; la prohibición del trabajo en los menores de 15 años. (7)

            Considerando el congreso que la ley es siempre adoptada a favor de los capitalistas y la pueden eludir, resuelve que los obreros deben esperar todo de su conciencia y unión, rechazando el recurrir a los poderes públicos para obtener cualquier mejora.”

Huelga General:

            “La Federación Obrera Argentina reconociendo que la huelga general debe ser la base suprema de la lucha económica entre el Capital y el Trabajo, afirma la necesidad de propagar entre los trabajadores la idea que la abstención general de trabajo es el desafío a la burguesía imperante, cuando se demuestre la oportunidad de promoverla con posibilidades de éxito.” (8).

            Se aprueba también el empleo del boicot y el sabotaje.

Primero de Mayo:

            “La F.O.A. proclama la abstención general de los trabajadores en el 1° de Mayo como alta protesta contra la explotación capitalista y la afirmación solemne de las reivindicaciones del proletariado.” (9).


Instrucción y Educación:

            “Se vota igualmente la instalación de escuelas libres” (o escuelas teórico-prácticas). (10).

Socorro Mutuo:

            “El Congreso deja a las sociedades autonomía con respecto al socorro mutuo, pero recomienda que éste sea independiente de las sociedades de resistencia, recordando que existen sociedades de socorro mutuo de carácter puramente obrero.” (11)
Sometida nuevamente a debate esta cuestión se aprueba lo siguiente (moción Garfagnini solo): 

            “El congreso reconociendo en el socorro mutuo un medio eficaz para el regular funcionamiento de las asociaciones federadas para la resistencia, deja a criterio de cada gremio la institución o no del socorro en su seno.” (12)

Personería jurídica:

Esta cuestión pasa a estudio de la Comisión Administrativa. (13)

Trabajo de la Mujer en las Fábricas y Talleres:

            “El congreso recomienda especialmente al comité federal todo lo que tienda a la organización de las mujeres obreras, para que así puedan elevar sus condiciones morales, económicas y sociales.” (14)

Actitud a asumir por las Organizaciones Obreras con los traidores a las huelgas:

            “Procurar que en los talleres y en las fábricas los obreros asociados obstaculicen y desprecien a los traidores.” (15)

Caja de Socorros para auxiliar a las víctimas de la propaganda y los movimientos obreros:

Se rechaza y se aprueba lo siguiente:
            “La Federación practicará la solidaridad con las víctimas de la propaganda.” (16)

Contribución de las Asociaciones a la Federación y la representación ante ella:

Se resuelve que las secciones federadas tendrán un delegado por cada 300 socios en el Comité Federal, no pasando de 3 delegados, aunque las secciones cuenten mayor número que 900 socios. Las cotizaciones serán de 5 centavos por socio y el monto total de la contribución de una organización a la caja federal no será mayor de 25 pesos mensuales.

Otras resoluciones (17):

Contra el trucksystem (sistema de vales a los obreros); 

Se aprueba la creación de una Bolsa de Trabajo, cuestión que pasa al estudio del Comité Administrativo junto con una propuesta para obtener de la Municipalidad un local gratuito u otras ventajas para que ella funcione; 

A favor de la reducción de la jornada de trabajo;

Igualdad de salarios para obreros de ambos sexos;

Aumento de salarios; 

Abolición del trabajo nocturno en los casos en que no sean necesarios;

Promover la organización de los obreros tranviarios.

Acuérdese además iniciar un movimiento a favor de la rebaja de los alquileres.

Declárase la necesidad y conveniencia de realizar congresos obreros internacionales.

Los estatutos de la Federación serán confeccionados por el Comité Federal y pasará luego a la aprobación de las secciones. El próximo congreso será convocado por los últimos días de abril o el 1° de Mayo de 1902.

Acuérdase que en cuanto comience a funcionar la Federación el Comité Federal emite un manifiesto que contendrá resumidas las aspiraciones de la Central y organizará un gran mitin.

Declaración de clausura:

            “El congreso obrero celebrado en la República Argentina al clausurar sus sesiones saluda al proletariado universal que lucha por su emancipación, se solidariza con sus esfuerzos y hace votos por la redención del género humano por medio de la Revolución Social.” (18)

NOTAS:

[Las notas están tomadas de Bilsky, tomo 2, pp. 237-238.]

(1) El periódico La Organización  y La Vanguardia presentan versiones diferentes en este párrafo: el primero dice “…la lucha económica para el presente…” y el segundo simplemente “…para la lucha económica…”.

(2) Aquí también La Organización dice: “…caben perfectamente cuantas tendencias políticas-sociales haya…” y La Vanguardia: “…cuantas tendencias político-aliadas haya…”.

(3) Marotta, tomo I, pág. 109;  Fernández, t. I, 2, pág. 59.

(4) Bilsky toma la redacción que figura en Oved, I. (pág. 167) por ser más completa. En su libro Santillán (págs. 69-70) dice: “Se aprueba sobre tablas que la Federación celebrará un congreso cada año y una Asamblea General cada seis meses…”

(5) F.O.R.A., pág. 3.

(6) Santillán, op. cit., pág.71.

(7) Hasta aquí coinciden la mayoría de los textos (Oved, pág. 169; Marotta, tomo 1, pág. 111), pero el párrafo siguiente sólo es incluido en F.O.R.A., pág. 3 y Oddone, pág. 84). Santillán presenta otro texto diferente: “El Congreso declara que es necesario promover una viva agitación popular para obtener que se respeten la vida y los derechos de los trabajadores.” (p. 71).

(8) F.O.R.A., op. cit., pág. 4; Oved, op. cit., pág. 169; Marotta, op. cit., pág. 111; Oddone, op. cit., pág. 84.

(9) Idem.

(10) Dice I. Oved (op. cit, pág. 169): “Es llamativo que los textos de informes entregados a periódicos distintos después del Congreso difieran entre ellos. La Protesta Humana escribe: «Se vota igualmente la instalación de escuelas libres» (el nombre difundido de las escuelas anarquistas); La Organización y El Obrero, en cambio, señalan que se resolvió crear «escuelas teórico-prácticas».”

(11) S. Marotta, op. cit., pág. 112. La moción es conjunta de Cúneo (socialista) y Garfagnini (anarquista).

(12) I. Oved, op. cit., pág. 170. Ambas mociones aparecen aprobadas según la fuente considerada.

(13) “Congreso Obrero Gremial. Clausura”. En: La Vanguardia (23), 8/06/1901, págs. 1-2.
(14) Marotta, op. cit., pág. 112.

(15) I. Oved, pág. cit., pág 170 y La Vanguardia, Ibid.

(16) I. Oved, pág. cit., pág. 171; Santillán, op. cit., pág. 73, La Vanguardia (ibid) dice: “Que cada uno contribuya moralmente, como mejor pueda, a la ayuda de los compañeros víctimas de la propaganda”

(17) Marotta, op. cit., y Santillán, op. cit.

(18) F.O.R.A., op. cit., pág. 4.

FUENTES PARA LAS NOTAS:

Fernández, Alfredo. (1936). El movimiento obrero en la Argentina. Buenos Aires: Plus Ultra.
F.O.R.A. Consejo Federal. Acuerdos. (1906). Resoluciones y Declaraciones. Congresos celebrados por la Federación Obrera Regional Argentina desde 1901 a 1906. Buenos Aires.
Marotta, Sebastián. (1960). El Movimiento Sindical Argentino, su génesis y desarrollo. Buenos Aires: Ediciones Lacio.
Oddone, Jacinto. (1949). Gremialismo Proletario Argentino. Buenos Aires: La Vanguardia.
Oved, Iaacov. (1978). El Anarquismo y el Movimiento Obrero en la Argentina. México D. F.: Siglo XXI.
Santillán, Diego Abad de. (1971). La FORA: ideología y trayectoria. Buenos Aires: Proyección.

Buenos Aires, martes 17 de julio de 2012

viernes, 13 de julio de 2012

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (29): LOS ORÍGENES DEL SOCIALISMO ALEMÁN (I)


Esta nota forma parte de la serie Historia del Movimiento Socialista

La nota anterior estuvo dedicada a Proudhon


Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo indicación en contrario, de: Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista. I: Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.

a) Introducción. El socialismo en Gran Bretaña y Francia en la primera mitad del siglo XIX.

Por razones de organización del material, resolví dividir el capítulo 20 del libro de Cole en dos partes: a) el socialismo de matriz filosófica (I: 220-227); b) el socialismo de origen obrero (I: 227-233).

Hasta 1848, el socialismo estuvo circunscripto a Europa occidental, en especial a Francia e Inglaterra. Fuera de esos países, las ideas socialistas constituían un fenómeno marginal, una especie de reflejo generado por la enorme influencia que ejercía el pensamiento francés en el mundo europeo.

Inglaterra, el país más desarrollado en términos de producción industrial, se hallaba a la vanguardia del capitalismo de la época. La clase obrera inglesa era la más numerosa, sus tradiciones de lucha se remontaban a fines del siglo XVIII y había conseguido organizar un movimiento político de masas, el cartismo, que planteó la unidad entre las reivindicaciones económicas y políticas de los trabajadores. Además, y a través de la obra de Owen, la clase obrera participó en experiencias cooperativistas, las que se presentaron a sí mismas como alternativas a la organización capitalista. Los sindicatos ingleses poseían cierto reconocimiento estatal y ya habían sido aprobadas las primeras leyes laborales. No obstante esto, el movimiento obrero no encaró una lucha frontal contra el capitalismo. Sus representantes más avanzados, los cartistas, creían que la agitación, la movilización y los petitorios, constituían el camino para acceder al gobierno y, desde allí, promover reformas favorables a los trabajadores. En el plano teórico, los economistas ricardianos de izquierda profundizaron en el campo de la teoría del valor-trabajo, llegando a la conclusión de que el producto íntegro del trabajo tenía que pasar a los trabajadores. Pero la crítica al capitalismo se hacía dentro de los marcos del propio capitalismo. Owen, quien terminó por comprender que era preciso transformar las condiciones de producción para superar al capitalismo, se mostró escéptico respecto a las posibilidades de la acción política.

Cole propone la siguiente explicación para dar cuenta de las características del socialismo inglés en esta época:

“Londres nunca fue como París: en la Gran Bretaña no había nada equivalente a los obreros de París que hiciese sentir constantemente la ansiedad por el centro mismo de la vida nacional. Ni los obreros ni los intelectuales eran bastante fuertes para conmover las columnas mismas de la sociedad británica, o para derribarlas, ni siquiera temporalmente. Francia estaba centralizada, e Inglaterra no, ni en lo político ni en lo económico. El gobierno aristocrático inglés se repartía por todo el país: Londres era la sede del gobierno, pero nunca fue la fuente del poder gubernamental. Además, el nuevo mundo industrializado se desarrolló en el norte y en los Midlands, lejos de Londres; y por esto los centros principales de influjo obrero no estaban en la metrópoli, de tal modo que pudiesen influir directamente en los políticos reunidos en el parlamento y en los ministerios, sino lejos de ella. En Francia, París era el centro principal de la actividad obrera, con sólo Lyon en las provincias, y en menos proporción, Marsella para apoyarlo; mientras que, en Inglaterra, Manchester, Birmingham, Newcastle, Nottingham, Leeds y una docena más de lugares proporcionaban la fuerza impulsora, y Londres contaba poco y, en la mayor parte de las ocasiones, podía ser fácilmente intimidado por la policía, que muy pocas veces necesitaba ser reforzada con poder militar.” (I: 222-223).

Francia poseía menor desarrollo industrial que Gran Bretaña, pero el movimiento obrero se beneficiaba de las tradiciones políticas inauguradas por la Revolución Francesa, que incluían las acciones de masas de la insurrección. Además, París era el centro de la política francesa, y allí se hallaba concentrado el grueso de la clase obrera francesa: 

“A la centralización francesa y a la concentración del proletariado francés se debe, en gran parte, que Francia fuese la patria de la «revolución permanente». Ningún otro país estaba situado de manera semejante. Sólo en Francia era la revolución una fuerza constantemente viva, que nadie podía desconocer u olvidar.” (I: 223).

Francia fue el centro del movimiento revolucionario hasta 1848. Esto no era solo consecuencia de la combatividad de los trabajadores y de los sectores populares, y de la persistencia de las tradiciones de 1789. En la primera mitad del siglo XIX, Francia fue un centro generador de teorías socialistas, entre las que se destacaron las de Saint-Simon, Fourier y Proudhon, para mencionar sólo a las más conocidas. Babeauf y Blanqui construyeron las primeras organizaciones políticas que reivindicaron los intereses de la clase trabajadora.

“París, hasta 1848, fue el lugar en donde toda clase de teoría de organización social anarquista, socialista o comunista, fue lanzada, largamente discutida y sometida al examen de los teóricos rivales, no sólo por rincones y por pequeños grupos de maniáticos y «abogados sofistas», sino coram populo, en los periódicos más influyentes, en clubes y sociedades que tenían muchos partidarios, en folletos, afiches y hojas volantes, en los cafés y en las calles, en general por todas partes. Esto fue así, porque Francia, y en especial París, había sido teatro de la gran revolución de 1789, y había sufrido a continuación un cambio profundo, tanto en las instituciones sociales como en las políticas. Se debía en gran parte a esto, porque ningún orden nuevo había establecido efectivamente para sustituir al Ancien Régime y por todo el futuro del país y de sus instituciones aún se debatía diariamente. También se debe a que la Francia del siglo XVIII había sido la patria principal de la especulación filosófica (…) En Francia bajo el antiguo régimen, la discusión había tomado ya un sesgo político o social.” (I: 220-221).

Como ya indicamos, la Revolución Francesa incorporó a las masas a la política, y ni Napoleón ni la Restauración Borbónica en 1815, pudieron desarticular definitivamente esa incorporación. Esto, más el progresivo desarrollo del capitalismo, constituyó el caldo de cultivo para la aparición de las teorías socialistas.

Según Cole:

“desde 1789 en adelante, la Francia urbana se había dado cuenta de la presencia en su seno de fuerzas poderosas y nuevas, capaces de una acción explosiva (…) El campesino, habiendo obtenido la tierra o gran parte de ella, había dejado de ser un elemento explosivo: las ciudades, sobre todo París, fueron los centros tanto de acción como de conversación de la nueva era.” (I: 221).

“Sólo en Francia el desarrollo de la nueva filosofía y de las relaciones económicas y de la clase llegaron a relacionarse hasta tal punto, que dieron lugar a la gran discusión acerca del socialismo, la cual llevó a los sabios a las barricadas y a los obreros reflexivos al estudio; hizo de los teólogos iconoclastas y de los ingenieros reformadores sociales, y dio lugar a la fascinadora acción mutua e ideas que el desterrado Heine, y más tarde Alexander Herzen, tan perspicazmente observaron y reseñaron.” (I: 222).

Antonio Gramci caracterizó así la situación francesa: 

“sólo en 1870-1871 con la tentativa de la Comuna, se agotan históricamente todos los gérmenes nacidos en 1789, lo cual significa que la nueva clase que lucha por el poder no sólo derrota a los representantes de la vieja sociedad que se niegan a considerarla perimida, sino también a los grupos más nuevos que consideran como superada también la nueva estructura surgida de los cambios promovidos en 1789. Dicha clase demuestra así su vitalidad frente a lo viejo y frente a lo más. Además, en 1870-71 pierde eficacia el conjunto de principios de estrategia y táctica política nacidos prácticamente en 1789 y desarrollados en forma ideológica alrededor de 1848.” (Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, pág. 55).

El socialismo francés vivió, en el largo período que va de 1789 a 1871, a la sombra de la Revolución Francesa. La creencia en las virtudes de la “república” para eliminar las diferencias sociales, el influjo de la pequeña burguesía, la confianza en la insurrección y en el golpe de mano, fueron expresiones de la persistencia del modelo de la Gran Revolución. El modelo revolucionario surgido en 1789 relegaba a la clase obrera al papel de furgón de cola de la burguesía (no podía ser de otra manera, dado el carácter burgués de la revolución). A lo largo del siglo XIX, la pequeña burguesía reemplazó de ese lugar a la burguesía, pero la clase obrera siguió en su rol subordinado.

Buenos Aires, viernes 13 de julio de 2012

NOTAS:

Los datos bibliográficos del libro de Gramsci citado en el texto son los siguientes:

Gramsci, Antonio.  (2003). Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno. Buenos Aires: Nueva Visión.



domingo, 8 de julio de 2012

DE LA CASA AL TRABAJO Y DEL TRABAJO A LA CASA: EL KIRCHNERISMO Y LOS TRABAJADORES


“Y cuando el buey agotado
 todo el trabajo hubo hecho,
aramos dijo el mosquito,
 muy orondo y satisfecho”


Hernán Brienza, editorialista político del diario Tiempo Argentino, nos ofrece en su artículo “Los dilemas de la CGT” una clase de “realismo político”, tal como lo entiende hoy día el “kirchnerismo”. La excusa es la división de la CGT (Confederación General del Trabajo) entre el sector liderado por Hugo Moyano y la pléyade de dirigentes sindicales más o menos acomodados con el gobierno de Cristina Fernández. 

Pido disculpas a los lectores, aunque no me corresponde a mi hacerlo, por el tono presuntuoso que se desprende de las citas de Brienza, pero deben comprender que la “alta política” esbozada por este señor no es materia sencilla para los mortales que sufren la realidad a diario. 

Desde el comienzo, Brienza muestra que sólo se preocupa por las cosas “importantes” y que le preocupa un bledo la situación de los trabajadores. Así procede un verdadero “realista” de la política: 

“Y como no hay mal que por bien no venga, el berrinche de Hugo Moyano de las últimas semana sirve, claro, para detenerse a revisar qué tipo de sindicalismo queremos los trabajadores argentinos y, sobre todo, qué estrategias sindicales, políticas, nacionales, pueden darse a sí mismas, no las agrupaciones de representación minoritarias, sino las formaciones gremiales con vocación mayoritaria.”

¡Clarísimo! Brienza no está para cosas chiquitas, tales como construir pacientemente organizaciones de trabajadores que no transen con la patronal. ¡No!, eso cosa propia de la “paleo-izquierda” (Horacio Verbitsky), que en este siglo XXI sigue pensando que existe la explotación de los trabajadores, y no de los periodistas consustanciados con la “causa nacional y popular” como el señor Brienza. Así que nada de agrupaciones de “representación minoritaria” que no le interesan a nadie. Vamos con las “formaciones gremiales con vocación mayoritaria”. Es cierto que este cuento tiene algunas fallas, tales como el hecho de que las “formaciones gremiales con vocación mayoritaria” se preocupan todo el tiempo por denunciar a los trabajadores que osan enfrentar a las patronales por salarios y demás condiciones laborales. Como los trabajadores saben (los trabajadores de carne y hueso, no los que practican el “realismo político”) los sindicatos están en connivencia con las empresas y recurren a todos los recursos a su alcance (incluyendo la intervención de las simpáticas barras bravas para “persuadir” a los opositores). La CGT puede dividirse y los dirigentes de las “formaciones gremiales con vocación mayoritaria” dedicarse al “rosqueo” sistemático, pero de ninguna manera una “agrupación minoritaria” puede pretender desafiar el régimen de lista única existente en los sindicatos. A este comportamiento “democrático” Brienza lo define como “vocación mayoritaria”.

Apaleados los opositores (¿recuerda Brienza el caso de Mariano Ferreyra, asesinado por las “formaciones gremiales con vocación mayoritaria”?) y establecido el régimen de lista única, el señor Brienza puede dedicarse a… contar los porotos, esto es, a practicar el “realismo político”.

“Ya es tiempo de dejar atrás el debate sobre la equivocación estratégica del líder de la CGT y pensar en los futuros reacomodamientos y, sobre todo, en el rol fundamental que deberán cumplir en los próximos años en el sostén de un modelo económico basado en los sectores productivos.”

Ya estamos en el terreno de la “alta política”. Pero para contrarrestar la tendencia del señor Brienza a volar por las nubes, es conveniente recurrir al testimonio de algunos exponentes de la “paleo izquierda”, con el objeto de poder caracterizar el modelo económico al que deben sostener las “formaciones gremiales con vocación mayoritaria”.

En primer lugar, cedo la palabra a la señora presidenta Cristina Fernández: 

“Yo quiero dirigirme a todos los argentinos para decirles que hay 9 millones de argentinos registrados, tenemos un 32 por ciento que está sin registro, trabajo en negro, más un 7 por ciento de desocupación porque está muy en boga este tema del impuesto a las ganancias, que en realidad más que impuesto a las ganancias es un impuesto a los altos ingresos, que existe en todas partes del mundo. Y yo quiero decirles que de acuerdo con nuestros archivos, a la información que contiene el SIPA, que tiene la AFIP, solamente de esos 9 millones 159 mil el 19 por ciento paga impuesto a las ganancias o a los altos ingresos; el 81 por ciento de los trabajadores no llega a los mínimos no imponibles, estoy hablando de los registrados. Vuelvo a reiterar: tenemos un 32 en negro y un 7 por ciento de desocupados que están cubiertos con la Asignación Universal por Hijo que cubre a 3.800.000 pibes y 1.800.000 familias. Estoy hablando de los que tienen la suerte de tener trabajo, obra social y jubilación asegurada, PAMI, etcétera.” (Palabras de la Presidenta en el lanzamiento de un nuevo plan de créditos para jubilados (ARGENTA), 26 de junio de 2012.)

A continuación, cito el testimonio del periodista Alfredo Zaiat: 

“Los niveles de pobreza siguen siendo significativos, la informalidad laboral alcanza a un tercio de la población y aún persisten importantes bolsones de desigualdad. El déficit habitacional es agudo, un porcentaje de la población no accede a infraestructura básica de servicios esenciales y todavía existen sustanciales brechas educativas según estratos socioeconómicos. El desempleo y el subempleo involucran al 14,5 por ciento de la población económicamente activa, el regresivo Impuesto al Valor Agregado se ubica en un elevado 21 por ciento y las jubilaciones mínimas son insuficientes. Este marco general convive con años donde han avanzando indicadores sociales, económicos y laborales, mejoraron las condiciones materiales de los trabajadores y a la vez se revirtió la tendencia negativa en la distribución del ingreso, ganando posiciones los sectores postergados por décadas. Esto significa que pese a la recomposición de la situación sociolaboral aún se mantienen rasgos estructurales de profunda desigualdad.”( Página/12, 1 de julio de 2012 )

No creo que el señor Brienza se atreva a acusar a Cristina Fernández o a Alfredo Zaiat de partidarios de las agrupaciones de “representación minoritaria”. De modo que tendría que estar anoticiado de que el modelo de acumulación imperante no ofrece solamente rosas a los trabajadores. Pero nada de esto preocupa al señor Brienza. La explotación o la emancipación de los trabajadores son cosas del precámbrico. Ahora la “política realista” pasa porque los trabajadores se dediquen a apuntalar a…los patrones. 

Cedo otra vez la palabra a nuestro “realista”:

Y como telón de fondo, lo verdaderamente importante: el rol importantísimo que deberá cumplir el movimiento obrero organizado como sostén fundamental –porque a juzgar por los resultados mostrados por la siempre flácida burguesía nacional− del modelo productivo nacional. Porque de eso se trata: una vez más, los trabajadores van a ser los únicos responsables de mantener sus propias fuentes de trabajo porque –como algunos ejemplos así lo indican− muchos empresarios van a defeccionar de su rol como clase dirigente en los momentos de crisis.”

¿No será mucho? 

Lejos de cualquier veleidad de “emancipación nacional y social”, Brienza plantea que: a) vivimos en una economía capitalista y que la clase dirigente es la burguesía (los empresarios); b) los trabajadores tienen que dedicarse a trabajar y, a lo sumo, conseguir una mejor posición en la venta de su fuerza de trabajo (mejores salarios), pero sin ofender al patrón. Todo esto era conocido desde la época de los dinosaurios, incluido el antiquísimo lamento sobre la “incapacidad” de la burguesía “nacional”. Sin embargo, el señor Brienza llega al colmo de la desvergüenza (perdón, del “realismo”) cuando sostiene que son los trabajadores quienes tienen que preservar sus fuentes de trabajo. ¿Qué puede significar esto en un contexto de crisis como el actual? Nada más ni nada menos que trabajar sin chistar, aceptando todo lo que proponga la patronal. A esto se reduce la sabiduría política que el señor Brienza predica a los trabajadores.

¿Quedó alguna duda? Nuestro autor se ocupa de despejarla en el siguiente párrafo: 

“El modelo económico –sacudido por la crisis internacional− necesita de un estado –¿y por qué no un Estado?− de compromiso en el cual empresarios y trabajadores moderen sus ambiciones en la puja distributiva. ¿Serán capaces los empresarios argentinos de calmar su voracidad? No, seguramente no. Será el Estado, entonces, el encargado de controlar las ganancias de los capitalistas marcándoles, a través de la presión impositiva –que incluya una reforma progresiva, también− e incentivos particulares y sectoriales, los márgenes de ganancia y de distribución de los excedentes. La CGT deberá ser, entonces, un ariete contra la codicia de los empresarios –industriales y (fundamentalmente) agroexportadores− pero nunca un factor de desestabilización del propio modelo. Y mucho menos llevar adelante medidas de fuerza irracionales que terminen favoreciendo a los sectores empresariales.”

El Estado, que como todos sabemos “nunca ha favorecido a los empresarios” (¡Líbrenos dios de pensar que es un Estado de la clase dominante!), debe regular las relaciones entre empresarios y trabajadores. Esto significa que los empresarios serán reconvenidos a moderar sus ganancias, pero no mucho, no vaya a ser que dejen de invertir. (De paso, hay que decir que esto implica aceptar la vigencia de la explotación de los trabajadores, aunque el “realista” Brienza seguramente piensa que hablar de explotación es absolutamente utópico y ridículo). Esto significa que los trabajadores tienen que aceptar los ofrecimientos de aumentos de salario de la patronal y no exigir una recomposición del salario real. El Estado, en esta relación, tiene que refrendar el hecho de que unos nacen para mandar y otros para laburar. Y aquí termina la cosa. Si hay quejas, seguramente serán motivadas por las “agrupaciones minoritarias”, que, como todos sabemos, no pinchan ni cortan en el mundo laboral. 

Amigo lector: tal vez piense que los dichos de Brienza son un poco increíbles o que exageré deliberadamente la nota. Dejo entonces, para su solaz, esta frase de Brienza que no tiene desperdicio:

“…se sabe, mientras no se invente “Un mundo feliz”, el trabajo es la única herramienta que tiene el laburante para pelearle a la pobreza a la que lo condena el capitalismo, y más precisamente el capitalismo neoliberal.”

O sea que el capitalismo condena a los trabajadores a la miseria…, pero no es “realista” pensar en organizarse para combatirlo. Lo único que puede hacer usted, amigo lector, es trabajar mucho, acostarse temprano y dejar de pensar en tonterías. No en vano nuestro autor invoca la figura de Augusto Timoteo Vandor al momento de referirse a un sindicalismo “realista”.

…Hace mucho tiempo, los trabajadores pensaban que las “únicas herramientas para pelearle a la pobreza” eran la organización y la lucha. Es muy probable que si se hubiera impuesto el “realismo” de los Brienza jamás hubiera habido, por ejemplo, un 17 de octubre de 1945, porque los trabajadores se hubieran dedicado a laburar en vez de marchar sobre Plaza de Mayo. Toda una paradoja del “realismo político”.

Buenos Aires, domingo 8 de julio de 2012

sábado, 7 de julio de 2012

LOS TRABAJADORES Y EL IMPUESTO A LAS GANANCIAS


“…para tener derechos, primero hay que cumplir con obligaciones, 
en este caso impositivas en función a la capacidad contributiva.
 Así se desarrollaron los contratos sociales
 de las sociedades modernas.”


El epígrafe que abre esta nota no fue escrito ni por un economista neoliberal ni por el inefable Mauricio Macri. Su autor es el periodista Alfredo Zaiat, quien se encarga de las cuestiones económicas en Página/12, diario que cumple las funciones de vocero del “kirchnerismo”. 

La frase en cuestión se encuentra en el artículo “Contrato social” (Página/12, sábado 1 de julio de 2012), donde Zaiat interviene en el debate sobre el impuesto a las ganancias aplicado a los salarios. El debate se enmarca en un contexto signado por un ascenso de las luchas obreras, cuya expresión han sido los paros del 8 de junio (CTA – Sector De Micheli) y del 28 de junio (CGT – Moyano). Tanto por el tema como por el contexto no se trata de un debate académico, sino netamente político.

No es nuestra intención presentar aquí las razones por las que el salario de los trabajadores no debe ser considerado ganancia. En nuestra opinión, esto ha sido explicado con toda precisión por el economista marxista Rolando Astarita en su nota “¿Impuesto a los salarios o las ganancias?”. En cambio, el objetivo del presente artículo es someter a discusión la concepción general de Zaiat sobre el sistema impositivo. Nada de lo que sigue es novedoso, pero resulta fundamental aclarar una y otra vez las cuestiones básicas
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Volvamos a la frase del epígrafe. Zaiat invierte la relación entre derechos y obligaciones tal como la concebía el contractualismo (la corriente de filosofía política que proporcionó los argumentos filosóficos para las Revoluciones Burguesas de los siglos XVII y XVIII). Según esta concepción, los seres humanos poseen derechos por el mero hecho de ser seres humanos (los derechos naturales), y esos derechos preceden a cualquier forma de organización social. Es por ello que varios de estos filósofos (Rousseau es el caso más notorio) condenaron las monarquías absolutistas de la época, debido a que dichos regímenes no aceptaban los derechos naturales. Esta corriente de pensamiento ha ejercido una influencia enorme en el pensamiento político posterior, a punto tal que las constituciones de los distintos países parten del reconocimiento de toda una serie de derechos que no pueden ser violados o suprimidos por el Estado, pues son patrimonio de las personas por el mero hecho de ser personas.

Zaiat, probablemente sin advertirlo (es un tipo inteligente), adopta una posición contraria al pensamiento político de la Modernidad, y se encolumna, paradójicamente, en las filas del neoliberalismo. La política económica neoliberal tiene entre sus supuestos la tesis de que sólo los poseedores de dinero tienen derechos. Pague por tener. Los derechos son una mercancía para el neoliberalismo. Zaiat, quien en sus columnas sabatinas suele fustigar al neoliberalismo, adopta aquí uno de los principios de esta corriente. Veámoslo de este modo, quién no puede pagar sus impuestos: ¿tiene derechos? Si nos atenemos  a la frase del epígrafe, la respuesta es no. 

¿Cómo podemos explicar la posición adoptada por Zaiat?

La clave se encuentra en el mismo artículo que estamos comentando:

“En la discusión sobre el Impuesto a las Ganancias a los trabajadores en relación de dependencia intervinieron políticos, sindicalistas, trabajadores, comunicadores sociales y economistas del establishment. No fueron convocados a dar su opinión los que más saben del tema: los tributaristas y los contadores. Estos últimos se ocupan del aspecto técnico de la liquidación del impuesto, que la mayoría de los economistas ignoran porque nunca estudiaron esa materia. La omisión de la voz de los expertos ha provocado que el debate sea dominado por una sucesión de disparates conceptuales y técnicos.” (El resaltado es nuestro). 

El régimen impositivo de un país es una cuestión política antes que técnica. Si se entiende al Estado como un instrumento de dominación, que expresa en cada momento una determinada relación de fuerzas entre las distintas clases sociales de una sociedad determinada, el régimen tributario constituye la cristalización, siempre precaria, de un momento determinado de esa relación de fuerzas. Dicho en criollo: las clases dominantes modelan ese sistema tributario en función de sus intereses, y deben enfrentarse para ello a las clases explotadas. Basta mencionar que, por ejemplo, la Revolución Francesa tuvo su origen en la negativa de la burguesía a pagar nuevos impuestos para financiar los gastos del rey y de la Corte. Si hubiera sido por los expertos, el Tercer Estado (burguesía, campesinos, artesanos) todavía estaría pagando las fiestas de Luis XVI y María Antonieta. 

El llamado a escuchar a los expertos formulado por Zaiat se parece a las invocaciones periódicas de los economistas neoliberales acerca de que la economía tiene que estar en manos de los economistas (neoliberales), pues únicamente ellos saben lo que hay que hacer. Por supuesto, para aceptar esta concepción hay que renunciar, primero, al carácter político de la economía. 

Pero Zaiat va todavía más allá. No contento con plantear que para tener derechos hay que pagar primero, y que la política económica tiene que estar en manos de los técnicos, también iguala a los trabajadores con los empresarios. Nada de clases sociales u otras yerbas. Zaiat equipara en su artículo a los grandes propietarios del campo, el sector financiero, las grandes empresas y la dirigencia sindical de la CGT y de la CTA. Total, todo da lo mismo para nuestro autor. Ahora bien, para que todo sea lo mismo, es preciso dejar de lado el hecho de que los empresarios son dueños de los medios de producción, en tanto que los trabajadores están obligados a vender su fuerza de trabajo para subsistir. Este “pequeño detalle” es pasado por alto por Zaiat. De este modo, se empresarios y trabajadores pueden ser descriptos como igualmente insaciables, o como unos tacaños incurables que se niegan sistemáticamente a pagar más impuestos, desairando al pobre Estado que brega incansablemente por el interés general.

Una vez que nuestro autor ha reducido el tema impositivo a una cuestión técnica, y que también se ha ocupado de esfumar a las clases sociales, el régimen impositivo pasa a ser el producto de un “contrato” entre individuos.  Zaiat tendría que recordar que la noción de “contrato social” es propia de liberalismo, y que este liberalismo es una de las bases del neoliberalismo que nuestro autor dice combatir. Para el liberalismo clásico, independientemente de que, a diferencia de Zaiat, reconoce que los derechos humanos preceden a las obligaciones, la sociedad es un ente artificial en el cual lo verdaderamente importante son los individuos. Dichos individuos son definidos como seres egoístas, que procuran maximizar sus utilidades. Usar la expresión “contrato social” implica aceptar la ideología del liberalismo que, guste o no, es también la ideología de la burguesía. 

A través de todos estos malabares, el señor Zaiat, justifica la posición del gobierno frente al pago del impuesto a las ganancias por los trabajadores. 

Como indicamos más arriba, nada de lo expuesto aquí es novedoso, ni pretende serlo. Pero resulta importante hacer notar, una vez más, la enorme distancia existente entre la realidad del modelo de acumulación de capital promovido por el “kirchnerismo” y la prédica de aquéllos que conciben al “kirchnerismo” como un movimiento de “emancipación nacional y social”. Zaiat muestra, con la claridad que le es característica, que la defensa de dicho modelo de acumulación implica la aceptación de la ideología propia del capitalismo. 

Tal vez así se comprenda mejor la enorme coherencia de la presidenta Cristina Fernández cuando caracteriza sistemáticamente a las huelgas y demás protestas obreras como “chantaje”.

Buenos Aires, sábado 7 de julio de 2012