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jueves, 3 de febrero de 2022

SAINT-SIMON Y EL SURGIMIENTO DEL SOCIALISMO MODERNO

 


“Es la pasión por la ciencia y por la felicidad pública,

es el deseo de hallar un medio para concluir, de forma sosegada,

la espantosa crisis en la cual se halla sumergida toda la sociedad europea.”

Saint-Simon

 

Saint-Simon (1760-1825) puede ser considerado como el precursor de varias corrientes de pensamiento. Dicho mal y pronto, su pensamiento ejerció gran influencia en el desarrollo de la sociología, de la filosofía, del industrialismo (y la tecnocracia) y del movimiento socialista. En esta ficha no podemos abordar la multiplicidad de campos en los que intervino nuestro autor; por ello, nos limitaremos a esbozar su papel en el surgimiento del socialismo moderno, utilizando como fuente principal la obra, ya clásica, de G. H. D. Cole, Historia del pensamiento socialista. 

NOTICIA BIBLIOGRÁFICA:

En la redacción de esta ficha utilicé: Cole, G. D. H. (1980) [1°edición: 1953]. Historia del pensamiento socialista. 1. Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. 


Una vida digna de ser contada…

La vida de Saint-Simon merece, en sí misma, un tratamiento especial, que no podemos realizar aquí. [1] Nos limitaremos, pues, a un breve esbozo de las cuestiones más importantes. Era miembro de una familia noble (se consideraba descendiente directo de Carlomagno, rey de los francos entre 768 y 814 y emperador entre 800 y 814). Desde joven fue un aristócrata amante de la libertad. Luchó en la Guerra de Independencia de EE.UU; al cabo de ella, regresó a Francia y dejó el ejército, en el que había alcanzado el grado de coronel. A partir de este momento se dedicó a las ciencias. Su participación en la Revolución Francesa se limitó a labrar una fortuna mediante especulaciones en la Bolsa. [2] Utilizó el dinero ganado para proseguir sus estudios. Creía tener una misión; se asignaba a sí mismo un papel de reformador social, tal como, según su opinión, había sido Sócrates (470-399 a. C.). Para descubrir en qué consistía esta misión se dedicó a las ciencias y al estudio de la historia de Francia después de la Revolución de 1789.

A la búsqueda de la unidad perdida…

En esta primera etapa de su actividad, su proyecto era la unificación de las ciencias:

"Su tarea (...) consistía en descubrir un principio capaz de unificar todas las ciencias, proporcionando de esta manera a la humanidad un conocimiento claro de su futuro, de tal modo que los hombres pudieran proyectar su propia marcha colectiva de acuerdo con el orden conocido de la ley universal. Su espíritu estaba dominado en este momento por la idea de unidad, a la que por ese entonces concebía sobre todo como la unidad de conocimiento, una síntesis y ampliación necesarias en el gran avance que desde Bacon y Descartes se había hecho en las ramas especializadas y crecientes de las ciencias naturales y en la comprensión del hombre mismo." ( p. 46). 

Tomó de los filósofos de la Ilustración, D'Alembert (1717-1783) y Condorcet (1743-1794) [3], "su creencia en el empleo de la ciencia aplicada como base de la organización social y su concepción del desarrollo histórico, basado en los progresos del conocimiento." (p. 46).

Sus primeros escritos datan de esta época y tienen por eje la ya mencionada propuesta de la unidad de la ciencia (que abarca aquí la totalidad del saber): Lettres d'un habitant de Genève (1802); Introduction aux travaux scientifiques du XIX siècle (1807-1808); Esquisse d'une nouvelle encyclopédie (1810); Mémoire sur la science de l'homme (1813); Mémoire sur la gravitation universelle (1813). [4] En esta última obra desarrolló la idea de que la ley de gravedad descubierta por Newton (1643-1727) era el principio unificador de las ciencias, sobre el que podría construirse un orden nuevo (p. 48). En estas obras defiende la necesidad de crear las ciencias sociales: 

"Tiene que haber una ciencia de la moral que trate de los fines, del mismo modo que una ciencia natural útil que trate de los medios, es decir, del dominio del hombre sobre su ambiente." (pp. 46-47).

En esta época Saint-Simon pensaba que Napoleón I (1769-1821) podría guiar al mundo hacia un principio unitario, aunque también creía que sobre las conquistas militares no se podía edificar nada duradero. (p. 48). Por ello, acudió al emperador con una propuesta para crear una nueva estructura académica, pero no obtuvo éxito. En esta actitud ya se vislumbra una de las características centrales del llamado socialismo utópico, pues sus exponentes solían apelar al gobierno o a los empresarios para conseguir reformas y crear así una nueva sociedad. En cambio, los socialistas posteriores (ya sean éstos revolucionarios o reformistas) apelaron a la organización de las masas trabajadoras para transformar la sociedad. En defensa de Saint-Simon cabe decir que, en la época que le tocó vivir, la organización del movimiento obrero se hallaba en pañales y nada hacía presagiar que se convertiría en una fuerza política de peso.

Una filosofía (lineal y etapista) de la historia…

Saint-Simon fue elaborando una filosofía de la historia: 

"Miraba con espíritu crítico los resultados de la gran Revolución Francesa, que consideraba como la realización necesaria de una gran obra de destrucción de las instituciones anticuadas, pero que no había logrado nada constructivo por falta de un principio unificador. La historia humana (...) pasaba por épocas alternativas de construcción y de crítica y de destrucción. En todas las épocas la humanidad necesitaba una estructura social que correspondiese a los avances realizados por la Ilustración [5] (...); e instituciones adecuadas y beneficiosas en un estado del desarrollo humano se volvían perjudiciales cuando estaba cumplido lo que tenían en sí; pero se prolongaban después de terminada su labor, aceptando los cambios necesarios." (p. 47). 

Creía, además, en el progreso de la humanidad: "Estaba seguro de que cada gran etapa constructiva en el desarrollo de la humanidad había llegado mucho más adelante que las anteriores." (I: 47).

Saint-Simon distinguía dos etapas constructivas en la historia de la humanidad: a) la Antigüedad clásica; b) el mundo medieval del Cristianismo. Además, consideraba que en su época estaba comenzando una tercera etapa, c) la era de los descubrimientos científicos (sostenía que desde la Reforma del siglo XVI se experimentaba un período de críticas y de destrucción del viejo mundo medieval). 

Para cimentar esta tercera fase constructiva en la historia de la humanidad era necesario encontrar (y Saint-Simon pensaba que esta era su misión en la vida) una nueva concepción unificadora: "¡Una ley universal! ¡Ley y orden!” Saint-Simon tenía pasión por ambos, y sentía fuerte aversión por los desórdenes de la revolución y de la guerra. Quería una nueva era de paz en la cual se haría manifiesto un orden mundial que se sujetaría a una ley común." (p. 48). En su obra De la réorganisation de la société Européenne (1814), escrita en colaboración con el historiador Augustin Thierry (1795-1856), proponía un proyecto de federación europea, basada en la alianza entre Francia y Gran Bretaña.

Por el trabajo, contra los ociosos…

Hacia 1815 había desarrollado lo fundamental de su concepción del nuevo orden social. El eje era la transición de un orden fundado en las artes de la guerra (feudalismo, agricultura, dominación de las clases ociosas -nobleza y militares-) a otro basado en las artes de la paz. Era el momento de la dominación de los industriales [6], que desarrollaran las artes productivas mediante empresas privadas no reglamentadas" (p. 49). 

"Ha llegado el momento de que los industriales lleven la dirección de la sociedad y de acabar con la dominación de los ociosos o sea de la nobleza y los militares. La sociedad en adelante debe organizarse por los industriales para promover el bienestar de «la clase más numerosa y más pobre», y a cada uno debe retribuírsele con arreglo a su capacidad puesta de manifiesto en los servicios positivos prestados a la causa del bienestar humano." (p. 49) [7]

En este punto, la concepción de Saint-Simon no era novedosa, pues ya los fisiócratas y Adam Smith habían criticado duramente la posición de la nobleza improductiva. 

En la concepción de Saint-Simon no hay elementos de democracia ni de reconocimiento de la existencia de la lucha de clases. Desconfiaba del "gobierno del populacho" debido a los sucesos de la Revolución Francesa: 

"Quería que gobernase el saber; insistía en que los guías naturales de los trabajadores pobres son los grandes industriales, sobre todo los banqueros, que proporcionaban crédito a la industria, y de este modo desempeñaban la función de planificar la economía. No le cabía duda de que los grandes industriales, ejerciendo el poder como dirigentes de la nueva sociedad, actuarían como tutores de los pobres, difundiendo la capacidad de compra, y mejorando de ese modo el nivel general de bienestar. (...) los grandes industriales, si se les da responsabilidad y un saber unificado, actuarán movidos por un espíritu de solidaridad con la mayoría de la clase industrial. (...) Siente reverencia por el orden como condición necesaria para una organización social científica, y está mucho menos interesado en hacer a los hombres felices que en que trabajen bien." (p. 50).

Alrededor de 1815, Saint-Simon se propuso unir a las clases industriales en contra de los ociosos (esto es, el conjunto de la antigua y la nueva nobleza - aquella que había sido creada por Napoleón I -). Propuso al rey de Francia, Luis XVIII (1755-1824; su reinado se extendió de 1814 a 1824), una alianza con los industriales, la cual estaría dirigida contra la nobleza y los militares. Saint-Simon planteó en su proyecto que  la tarea de elaborar el presupuesto nacional debía estar a cargo de un consejo de jefes de la industria.

En esta línea, sostuvo que la educación,

"Debía ser dirigida únicamente por los sabios, y debía basarse en una enseñanza primaria universal destinada a inculcar en todo el pueblo un verdadero sistema de valores sociales, de acuerdo con los progresos de la «Ilustración». Estaba convencido de que la sociedad, para funcionar adecuadamente, necesitaba una base común de valores, ya la ciencia moral le correspondía formularlos en un código de educación y de conducta social." (p.  51). 

Como puede observarse, el sociólogo francés Emile Durkheim (1858-1917) no inventó nada nuevo. Saint-Simon adopta una concepción idealista de la sociedad, pues los valores morales - y, en términos más generales, el saber - son los que determinan el progreso de la sociedad. Ahora bien, no dice nada acerca de la cuestión de cómo surgen tanto el saber como dichos valores morales.. En este sentido, puede decirse que los valores morales parecen derivar de una tendencia "innata" del espíritu humano. "Los dogmas cristianos estaban ya anticuados; pero la sociedad necesitaba más que nunca una dirección espiritual común, la cual ha de hallarse en la universalidad del saber científico." (p. 51).

En la fase final de su obra, Saint-Simon redactó la 1º parte del Nuevo Cristianismo.  [9] Se trataba de construir una cristiandad de nuevo tipo, basada en la ciencia. (p. 51).

Sólo a partir de la década de 1820 Saint-Simon empezó a tener discípulos. En la década anterior había trabajado en condiciones difíciles, de terrible pobreza. (p. 51).

Un socialista de principios del siglo XIX…

La cuestión de los elementos socialistas en Saint-Simon ha sido largamente discutida, tanto entre los autores socialistas como entre los historiadores de las ideas. Marx y Engels inauguraron la discusión en el Manifiesto comunista (1848). Allí pueden leerse los siguientes pasajes: 

“Los sistemas socialistas y comunistas propiamente dichos, los sistemas de Saint-Simon, de Fourier, de Owen, etcétera, hacen su aparición en el período inicial y rudimentario de la lucha entre el proletariado y la burguesía (...) Los inventores de estos sistemas, por cierto, se dan cuenta del antagonismo de las clases, así como de la acción de los elementos destructores dentro de la misma sociedad dominante. Pero no advierten del lado del proletariado ninguna iniciativa histórica, ningún movimiento que le sea propio.” [10]

Para los autores del Manifiesto, la principal limitación de Saint-Simon y del resto de los socialistas de la época, era consecuencia del grado de desarrollo de la lucha de clases entre capital y trabajo. No obstante esto, la valoración general de la obra de los socialistas “utópicos” es muy positiva:

“Mas estas obras socialistas y comunistas encierran también elementos críticos. Atacan todas las bases de la sociedad existente. Y de este modo han proporcionado materiales de un gran valor para instruir a los obreros. Sus tesis positivas referentes a la sociedad futura, tales como la desaparición del contraste entre la ciudad y el campo, la abolición de la familia, de la ganancia privada y del trabajo asalariado, la proclamación de la armonía social  y la transformación del Estado en una simple administración de la producción, todas estas tesis no hacen sino enunciar la desaparición del antagonismo de las clases, antagonismo que comienza solamente a perfilarse y del que los inventores de sistemas no conocen todavía sino las primeras formas indistintas y confusas. Así, esas tesis tampoco tienen más que un sentido puramente utópico.” [11]

Mucho tiempo después del Manifiesto comunista, Engels volvió a retomar el tema. Lo hizo en su folleto Del socialismo utópico al socialismo científico (1880). Allí volvió a poner de relieve la relación entre el estado de la lucha de clases y las teorías de los socialistas “utópicos”. Respecto a Saint-Simon, destacó su “amplitud general de conceptos que le permite contener, ya en germen, casi todas las ideas no estrictamente económicas de los socialistas posteriores”. [12]

Cole, por su parte, intenta definir así al socialismo de Saint-Simon: 

"En la raíz misma de su doctrina se halla la idea de que la tarea y el deber del hombre es el trabajo, y que en el nuevo orden social no se tendría consideración a ningún hombre sino en proporción al servicio que, mediante su trabajo, prestase a la comunidad." (p. 53). 

Respecto a la propiedad: 

"Consideraba que el derecho de propiedad sobreviviría sólo en la forma de derecho a tener la dirección de la propiedad en la medida en que se emplease para un fin bueno. El técnico o el organizador especializado tendrían poder sobre la propiedad con arreglo a sus diversas capacidades puestas al servicio del público, y todos los productores, descendiendo desde éstos a los trabajadores no especializados, gozarían de derechos cívicos en virtud del trabajo que hubiesen realizado." (p. 53). 

No hace un llamamiento a las clases obreras, sino que su mensaje va dirigido 

"a todos los productores, para que acepten las condiciones de la producción científicamente organizada, y para que colaboren activamente con arreglo a su diferente capacidad en el desarrollo de la producción social." (p. 53). 

Para Saint-Simon, obreros y patronos formaban una sola clase y no tenían, por tanto, intereses antagónicos.

El énfasis en la planificación de la economía es una de las características distintivas del pensamiento de nuestro autor: 

"Saint-Simon afirmaba que las nuevas fuerzas sociales que tenían su origen en la revolución política y en el progreso científico exigían imperativamente una organización planificada y una dirección de la producción en beneficio del interés general. Fue el primero en ver claramente la importancia dominante de la organización económica en los problemas de la sociedad moderna y en afirmar la posición capital de la evolución económica como factor de las relaciones sociales. (...) se anticipó a Marx al sostener que las relaciones de propiedad mantenidas por cualquier orden social daban a éstas su carácter esencial en todos los demás aspectos. Creía, también, como Marx, que la sociedad humana tendía en la marcha de la historia hacia un sistema de asociación universal, y sostenía que este nuevo sistema de asociación universal sería la garantía de la paz y del desarrollo progresivo." (pp. 54-55).

Cole sintetiza así el aporte de Saint-Simon al socialismo: 

"La gran contribución de Saint-Simon a la teoría socialista consiste en afirmar que la sociedad a través del estado, transformado y controlado por los productores, debe planificar y organizar el uso de los medios de producción a fin de marchar a la par con los descubrimientos científicos (...) lo que le importa a la humanidad no es la política sino la producción de la riqueza (...) pedía que se considerase a la producción abundante como el fin de la organización social, basándose en que, conseguido esto, existiría el máximo de libertad para que los hombres encontrasen satisfacción en su trabajo, y en que la elección de los gobernantes no se basaría ya en llamamientos sin sentido o inapropiados, sino que sería sencillamente cuestión de seleccionar con arreglo a una competencia técnica comprobada. Existiendo esta organización, decía, la abundancia quedaría asegurada para todos." (p. 56).

La "religión" saint-simoniana…

A la muerte de Saint-Simon (1825), un pequeño grupo de discípulos se dió la tarea de difundir las enseñanzas del maestro. Predominaban las concepciones expuestas en el Nuevo Cristianismo. El sansimonismo era una "religión" en la que, sin embargo, se conservaba la fe en la misión civilizadora de la industria científica. Esto último fue un factor que permitió la expansión del sansimonismo, pues atrajo a ingenieros [13], intelectuales y autores de proyectos universales. (p. 58).

Saint-Simon había elegido como su sucesor a Olinde Rodrígues (1795-1851), pero este fue pronto reemplazado por el ingeniero Barthélemy -Prosper Enfantin (1796-1864), quien se encargó de organizar a los sansimonianos como una jerarquía eclesiástica.

La sistematización y difusión de las ideas del maestro quedó a cargo de Saint-Amand Bazard (1791-1832), un radical que había sido carbonario. [14] Gracias a su acción el grupo publicó La doctrina saint-simoniana (1826-1828). 

Los puntos centrales de la doctrina saintsimoniana eran: a) abolición de la herencia de la propiedad; b) todas las riquezas deberían pasar, a la muerte de sus titulares, al Estado, que se convertiría así en la única fuente de capital en la sociedad; c) creación de un Banco Central, dirigido por los grandes industriales y acompañado por una red de bancos especializados, cuya función sería facilitar capital a quienes estuvieran capacitados para emplearlo productivamente.; d) la industria debía estar organizada en grandes compañías, que ejecutarían los planes económicos diseñados por un consejo compuesto por los jefes técnicos industriales y por la gerencia.

Los elementos socialistas de Saint-Simon fueron acentuados por Bazard. Esta evolución socialista del sansimonismo fue tronchada posteriormente por el mencionado Enfantin, quien prefirió acentuar los componentes religiosos de la doctrina del maestro. [15]

Hasta aquí llega nuestra ficha. Es imposible presentar en tan poco espacio una obra tan importante como la de Saint-Simon. Basta decir, a modo de cierre, que él enfrentó un período de enormes cambios munido de dos convicciones: el reconocimiento de la necesidad de estudiar para comprender la nueva realidad; la decisión de plasmar esos estudios en medidas concretas que transformen la realidad. Hoy, en momentos en que vivimos otra vez una época de enormes transformaciones, no está de más retomar esas dos convicciones básicas.

 

Villa del Parque, jueves 3 de febrero de 2022


NOTAS: 

[1] Cole trata la vida y obra de Saint-Simon en el capítulo IV (pp. 44-57). Puede consultarse la Vida de Saint-Simon escrita por él mismo, cuyos cuatro fragmentos fueron redactados entre 1808 y 1812. Incluida en: Saint-Simon. (1985). Catecismo político de los industriales. Madrid, España: Hyspamérica (pp. 21-33)

[2] El profesor Zeitlin proporciona una versión diferente de la participación de Saint-Simon en la Revolución: “En cuanto a la Revolución Francesa tuvo una actitud ambivalente (...), como él mismo lo señala en su autobiografía de 1808: ≪No quise tomar parte en ella porque, por un lado, estaba convencido de que el antiguo régimen no podía perdurar, y por el otro sentía antipatía hacia la destrucción.≫ Documentos del período revolucionario revelan, sin embargo, que fue un adepto de la Revolución más entusiasta de lo que admitió posteriormente. Por ejemplo, renunció a su título aristocrático, preparó el cahier [cuaderno de exigencias y reclamos] de su cantón local para los Estados Generales y presidió la primera reunión de su comuna. Además, en 1793 se le otorgaron dos certificados de civisme [buena ciudadanía] y en otoño del mismo año actuó en hébertist [los hebertistas] y otros círculos radicales de París. Las ideas de Saint-Simon mantuvieron hasta el fin elementos del pensamiento iluminista y revolucionario, pero fusionados, como veremos, con elementos románticos y conservadores.” (Zeitlin, I., Ideología y teoría sociológica, Buenos Aires, Amorrortu, 1997, p. 71).

[3] El Esbozo para un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano de Condorcet, cuya 1º edición se publicó de manera póstuma en 1794,  influyó profundamente sobre Saint-Simon (p. 47). Esta obra puede consultarse online (se trata de la edición publicada en Paris en 1878 por la Librairie de la Bibliothèque Nationale) en: http://www.archive.org/stream/esquisseduntable00cond#page/n5/mode/2up

[4] Las Lettres d'un habitant de Genève (1802) pueden consultarse en: http://books.google.com/books?id=LZEPAAAAQAAJ&pg=PA1&dq=Lettres+d+un+habitant+de+Geneve&hl=es&ei=ECdhTZCsJ8aitgf-gZWGDA&sa=

La Memoire sur la science de l'homme (1813) se encuentra disponible en: http://books.google.com/books?id=NbUUAAAAQAAJ&pg=PA5&dq=saint-simon+Memoire+sur+la+science+de+l'homme&hl=es&ei=ZCVhTQfNtbYHu_v05Qs

[5] "...la revolución política y la revolución en la esfera del pensamiento humano iban unidas, de tal modo que cada gran trastorno político iba seguido rápidamente de una revolución en la actitud del hombre respecto a los problemas morales y científicos." (pp. 51-52). La tesis de que la estructura social y las ideas, el saber, las instituciones, se hallan íntimamente relacionadas, y que no permanecen inmutables, es especialmente fructífera para las ciencias sociales. Sobre ella se fundan tanto la sociología propiamente dicha, como el materialismo histórico. Pero la concepción de Saint-Simon aparece hasta aquí como idealista, pues la estructura social parece depender, en su argumento, del estado del saber en cada período determinado. En definitiva, es el conocimiento el que está operando como variable independiente en el desarrollo histórico.

[6] Debemos a Saint-Simon la introducción de la palabra industrial, utilizada para definir las nuevas condiciones debidas al proceso que más tarde se denominó Revolución Industrial.

[7] Las tres clases "útiles" de la sociedad eran los "productores", los "hombres de ciencia" y los "artistas" (en esta última categoría incluía a los literatos y a los científicos sociales). (p.  52)

[8] A pesar de la importancia que concedía a los factores económicos en el desarrollo social, Saint-Simon los veía más como consecuencia que como causa. Cole afirma que "opinaba que los cambios son el resultado de los descubrimientos científicos, y que las raíces del progreso humano se hallan en el avance del conocimiento, con los grandes descubridores como los agentes supremos de la historia." (p. 56).

[9] La edición 1825 del Nouveau Christianisme se encuentra disponible en el siguiente link: http://www.archive.org/stream/nouveauchristian01sainuoft#page/n5/mode/2up

[10] Marx y Engels dedicaron el tercer apartado del capítulo III del Manifiesto al análisis del “socialismo y el comunismo crítico-utópicos”. Ver Marx, K. y Engels, F. (1986). [1° ed.: 1848]. Manifiesto del partido comunista. Buenos Aires, Argentina: Anteo. La cita copiada aquí se encuentra en la pág. 75.

[11] Marx y Engels, 1986: 76-77.

[12] Engels, F. (1986). Del socialismo utópico al socialismo científico. El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Buenos Aires, Argentina: Anteo. La cita se encuentra en pp. 59-60. También es recomendable la obra del historiador argentino Hernán Díaz: De Saint-Simon a Marx: Los orígenes del socialismo en Francia. Buenos Aires: Biblos, 2021.

[13] Muchos sansimonianos eran ingenieros egresados de la Ecole Polytechnique.

[14] Los carbonarios eran los integrantes de la liga secreta de los carbonari o charbonnerie, surgida en el Franco Condado antes de 1789, y renacida en el reino de Nápoles hacia 1806. Tanto en su vertiente francesa como en la italiana, se caracterizaron por su oposición revolucionaria a Napoleón I y a la posterior Restauración borbónica. No eran socialistas, pero proporcionaron un entrenamiento revolucionario a muchos militantes socialistas. También brindaron un modelo a las sociedades secretas de la década de 1830. Los carbonarios fueron aplastados en la década de 1820. En sus filas militaron Bazard, Chevalier (1806-1879), Buchez (1796-1865) y Cabet (1788-1856), quienes jugaron luego un papel importante en el desarrollo del socialismo en Francia.

[15] En honor a Enfantin hay que destacar que fue partidario de la concepción de la igualdad de los sexos. (I: 60, 67).


lunes, 31 de enero de 2022

SAINT-SIMON Y EL SURGIMIENTO DE LA SOCIOLOGÍA



 “La crisis en que se hallan comprometidas Inglaterra y Francia a la vez, 

acabará con el completo abandono del sistema feudal y 

el establecimiento exclusivo del sistema industrial.”

Saint-Simon, Catecismo político de los industriales (1823)

 

El profesor Irving Zeitlin es autor de un libro clásico sobre la historia de la sociología: Ideology and the Development of Sociological Theory (Englewood Cliffs: Prentince-Hall, 1968). Esta obra se caracteriza, entre otras cosas, por dedicarle un espacio considerable a los precursores de la moderna teoría sociológica, es decir, los autores que comenzaron a diferenciarse de la filosofía política y a elaborar un cuerpo teórico cuyo núcleo era el análisis del capitalismo, esa nueva forma de organización social que estaba reemplazando al feudalismo.

Entre los precursores ocupa un lugar destacado Claude-Henri de Rouvroy, conde Saint-Simon (1760-1825). Zeitlin dedica el capítulo 6 de la obra a presentar los lineamientos principales de la teoría social de Saint-Simon. Esta ficha es un resumen de dicho capítulo, con comentarios propios y agregados varios.

Saint-Simon constituye un caso singular, pues ha sido considerado uno de los padres de la sociología, uno de los primeros defensores del industrialismo y de la tecnocracia y, como si esto fuera poco, uno de los creadores de la teoría socialista. Tal variedad de caracterizaciones, cada una de las cuales contiene algo de verdad, es consecuencia de la época histórica en la que vivió Saint-Simon, y de la manera peculiar en la que éste interpretó las características de esa época; Saint-Simon vivió una era de transición y fue plenamente consciente de ello; esa conciencia le permitió construir una obra compleja, plagada de ideas fructíferas y de errores grandiosos.

Al hablar de transición nos referimos al largo pasaje del feudalismo al capitalismo. No es posible esbozar aquí los rasgos principales de dicha transición; basta con señalar que abarcó todos los aspectos de la cultura, desde la economía y la política hasta las costumbres cotidianas y las ideología. Saint-Simon experimentó de manera más o menos directa dos sucesos fundamentales de esa transición: la Revolución industrial inglesa, iniciada hacia 1770 y que permitió el despegue definitivo del capitalismo; y la Revolución Francesa de 1789, cuyas consecuencias inmediatas fueron el final de la monarquía y de la nobleza feudales. [1] Para un observador situado en 1800 y que abarcase con su mirada la realidad mundial, estaba claro que ambas revoluciones habían acelerado procesos anteriores, así como también iniciado otros nuevos, cuyo impacto se concretaría en los siglos XIX y XX. Saint-Simon es un ejemplo de este tipo de observador.

Los efectos de la Revolución Francesa fueron más notorios en lo inmediato, dada la índole de la misma. La ejecución de Luis XVI (1793) y la acción de las masas parisinas en las calles horrorizaron a los conservadores de todo pelaje; el orden, entendido como la sumisión incondicional de los pobres hacia sus superiores “naturales”, había sido trastocado; las cosas parecían marchar hacia la hecatombe, en la que la propiedad privada y la jerarquía social sería arrasadas por las masas sedientas de venganza. 

La sociología se originó en este caldo de transformaciones económicas, revoluciones políticas, irrupción de las masas y temores de las clases dominantes. Por ello, no es de extrañarse que una parte de los autores que ejercieron influencia en la nueva disciplina hayan adherido a posiciones conservadoras respecto a la Revolución Francesa y a los cambios económicos. Así, Louis de Bonald (1754-1840) y Joseph de Maistre (1754-1821) criticaron el individualismo y la filosofía de la Ilustración desde una perspectiva centrada en la admiración por los “buenos” viejos tiempos medievales, en los que imperaba la autoridad terrenal del señor feudal y la autoridad celestial de la Iglesia. [2] Sin embargo, no todos los conservadores proponían una vuelta a la Edad Media. Auguste Comte (1798-1857), señalado por muchos como el “padre” de la sociología, 

“era conservador en un sentido diferente que Bonald y Maistre. Comte no quería conservar el statu quo ante, sino el statu quo, esto es, la sociedad de clase media que entonces estaba emergiendo y consolidándose. La llamada filosofía positiva de Comte era un repudio explícito de la filosofía “negativa” del Iluminismo y de la Revolución. Comte quería conservar el ≪es≫. Cada etapa del desarrollo evolutivo de la sociedad, según él, es necesaria y perfecta. Sentía gran respeto por el orden fáctico existente, que no debía ser trascendido o negado en ninguna circunstancia.” (p. 70)

Saint-Simon, a pesar de sus críticas a la Revolución Francesa, no adhirió a las concepciones conservadoras. Comprendió que el orden surgido de la Revolución de 1789 estaba plagado de contradicciones y que la superación de las mismas debía darse en el marco de una teoría y una política enfocadas en el futuro, no en el pasado. Por estas razones supo leer mejor la transición de un modo más fructífero que su discípulo Comte.

“La filosofía de Saint-Simon (...) que originó prácticamente todas las ideas de Comte y que fue plagiada por este en forma desconsiderada, era una crítica del statu quo, al menos en algunos aspectos limitados. Esta es la razón por la cual a veces se ha considerado a Saint-Simon como uno de los precursores del socialismo.” (p. 70) [3]

El profesor Zeitlin enfatiza una y otra vez la importancia de las contribuciones (así, en plural) de Saint-Simon a las ciencias sociales:

“Los eruditos han demostrado en forma cabal que Saint-Simon desarrolló antes de 1814 todas las ideas importantes que posteriormente Thierry y Comte reclamaron como propias. Estas ideas - el positivismo, el industrialismo, el internacionalismo y una ≪nueva religión≫ - y la originalidad con que las abordó lo convierte, pues, en uno de los pensadores sociales más importantes del siglo XIX.” (p. 71).

En la primera parte del capítulo, Zeitlin presenta a grandes rasgos la teoría de Saint-Simon; luego, dedica sendos apartados a la concepción evolucionista de la historia y a la cuestión de la religión.

Nota bibliográfica:

Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Néstor A. Míguez: Ideología y teoría sociológica. Buenos Aires: Amorrortu. (pp. 70-84).

Abreviaturas:

RF = Revolución Francesa de 1789 / RI = Revolución Industrial


Saint-Simon construyó su teoría de la sociedad a partir de una toma de posición respecto a la respuesta conservadora ante la RF:

“Si bien Saint-Simon admiraba la unidad social de la Edad Media tanto como Bonald, reconocía también que no había manera de volver atrás, con lo cual se separaba de los teóricos del resurgimiento católico. La nueva unidad social debía basarse en una nueva unidad en el dominio del pensamiento, de los principales intelectuales.” (p. 72)

La convicción saintsimoniana de la imposibilidad de volver al pasado se sustentaba en una concepción etapista de la historia (luego retomada casi al pie de la letra por Comte  en su conocida teoría de los tres estados): 

“El conocimiento humano había pasado por tres etapas de desarrollo: de la teología a la metafísica y de esta a la científica. El estudio de la conducta humana, al que Saint-Simon llamaba ≪fisiología social≫, debía convertirse en una ciencia positiva, del mismo modo que el estudio de los fenómenos físicos se había hecho científico. Así, el conocimiento científico ocupará el lugar del dogma religioso, y los hombres de ciencia  e industriales serán la nueva élite ≪natural≫ que reemplazará a los líderes de la sociedad medieval, el clero y la nobleza.” (p. 72)

Los esfuerzos de los conservadores por restaurar el statu quo previo a 1789 eran inútiles, pues la RF expresaba una tendencia histórica, un momento necesario en el desarrollo de la humanidad. Saint-Simon pensaba que la nueva etapa estaba signada por el dominio del pensamiento científico.

“Una nueva élite internacional científico-industrial sustituiría a la vieja élite cultivada y educada de la Edad Media. La ciencia debía cumplir en el nuevo orden la misma función que la religión en el viejo. ¿Cómo? Por medio del positivismo, o sea la aplicación de los principios científicos a todos los fenómenos naturales y humanos.” (p. 72).

La afirmación de la preeminencia de la ciencia en el terreno de la teoría de la sociedad venía a cerrar el largo período en el que dicha teoría estuvo encerrada en los marcos de la filosofía política, cuyo rasgo más significativo era el reconocimiento de la centralidad de la naturaleza humana como factor explicativo de las acciones de las personas. Saint-Simon se propuso realizar en el terreno de la teoría social una revolución semejante a la producida en las ciencias naturales a partir del siglo XVI. La filosofía positivista tenía el objetivo de sentar las bases para el desarrollo del pensamiento científico en el estudio de la sociedad y del Estado. Pero Saint-Simon pensaba que esa transformación debía tener su correlato en el terreno de la política.

“En el cuadro saint-simoniano de la sociedad futura es esencial tanto una élite espiritual como una temporal; la primera está constituida por hombres de ciencia y la segunda por industriales y otros propietarios ≪productivos≫. Se trata de una sociedad autoritaria, en la que una élite científico-tecnológica dominará juntamente con los propietarios.” (p. 73)

En este punto se produce la confluencia entre Saint-Simon y los conservadores: ambos temían la irrupción de las masas en la escena política y querían mantener la jerarquía social. Pero Saint-Simon era más realista en términos políticos y comprendía que las condiciones sociales se habían modificado de manera irreversible. Por eso puso a los industriales en la cima de la nueva organización social surgida de la RF. La sociedad burguesa había llegado para quedarse y había que reconocer a la nueva clase dominante. 

“La estructura de la nueva sociedad sigue siendo esencialmente la misma: la ciencia sustituye a la religión como principal fuerza cohesiva de la sociedad y cada élite del viejo sistema es suplantada por una nueva, los científicos por los sacerdotes y los industriales por los señores feudales. El conflicto entre los que tienen y los desposeídos continuará, pero los primeros podrán ahora recuperar el control sobre los segundos. En efecto, Saint-Simon implora a las clases poseedoras que se unan a los grupos más ilustrados de la sociedad, los intelectuales. Tal unión engendrará un orden que sea estable en el cual podrá recuperarse el control sobre los desposeídos, impidiéndose así la revolución.” (pp. 73-74)

En la teoría de Saint-Simon, el capital y la ciencia van juntos. Esta unidad expresa  la consolidación del nuevo orden capitalista. Pero Saint-Simon es consciente de la existencia de contradicciones en ese nuevo orden, siendo la principal de ellas la existente entre propietarios y no propietarios. Su énfasis en la necesidad de la unidad de la clase dominante es parte de esa preocupación por el conflicto social.

Saint-Simon analizó la estructura social emergente de las dos revoluciones:

“Tanto en sus primeras obras como en las posteriores, la estructura de cada sociedad nacional es la misma: hay ≪productores≫ y ≪ociosos≫. En la clase ≪productiva≫, Saint-Simon agrupaba a los banqueros, los industriales, los científicos, los administradores y los obreros manuales, en la suposición de que todos ellos tienen intereses comunes. (...) Además, en su esquema de la ≪nueva≫ sociedad, Saint-Simon dejó intacta la estructura de clase y, por ende, la institución de la propiedad privada; el único cambio que propugna es la compensación a los aparceros por el mejoramiento de las tierras que trabajen. La igualdad, según creía, es una idea extraña que no tiene cabida en la civilización europea.” (p. 75)

En este punto se observa cómo la teoría de Saint-Simon se encuentra próxima a las ideas de los conservadores, pues la reivindicación de la jerarquía y el rechazo de la noción de igualdad poseen un aire precapitalista, que calza mal con las relaciones sociales capitalistas. 

Otro punto de divergencia respecto al capitalismo reside en las concepciones económicas de Saint-Simon:

“En los primeros años de su labor intelectual (1815-21), las ideas de Saint-Simon en materia económica se alinean claramente en la concepción del laissez-faire. Pero difiere de los economistas clásicos en varios puntos importantes. No ve la producción como un fin en sí mismo, sino como un medio para mejorar las condiciones de vida; y en la sociedad jerárquica y orgánica que propone esto es posible sólo mediante la planificación racional de la producción. (...) También discrepa de la suposición de los economistas clásicos en el sentido de que la busca del bienestar individual conducirá automáticamente al bien general.” (p. 75)

El énfasis en la necesidad de la planificación de la economía hizo que se lo considerara uno de los precursores del socialismo moderno. Sin embargo, cabe señalar que dicho énfasis no implica per se una ruptura con el capitalismo, pues en esta forma de organización social la competencia entre los empresarios (y con otros países) genera dificultades cuya solución requiere de la acción de un capitalista colectivo (el Estado), entre cuyas funciones se encuentra, precisamente, la de elaborar algún tipo de planificación de la economía que mitigue los efectos de la competencia.

Saint-Simon pensaba que no bastaba con la planificación para resolver los conflictos inherentes a la organización capitalista de la sociedad. Era necesario algo más:

“El egoísmo sin medida de los ricos y la rebeldía irrefrenable de los pobres, tendrán efectos desorganizadores en ausencia de una ética mundana de algún género; la nueva sociedad necesitará, pues, un equivalente secular de la religión.” (p. 75-76)

En la inevitable transición del feudalismo al capitalismo las ideas juegan un papel primordial, pues ellas son el fundamento de todo el orden social: 

“Para resumir, el conocimiento es, según Saint-Simon, el factor subyacente y sustentador de una sociedad; un sistema social es la aplicación de un sistema de ideas. El desarrollo histórico del conocimiento, o de la ciencia, fue una causa fundamental de la transformación de la sociedad europea.” (p. 77).

En línea con esta concepción, Saint-Simon advirtió sobre la carencia de una ciencia de la sociedad, que fuera el equivalente de la física en el ámbito de la naturaleza:

“Si bien existen ya muchas ciencias, falta la más importante: la ciencia del hombre. Esta es la única ciencia que puede reconciliar los intereses de clases y, por ende, ser el fundamento de una sociedad orgánica unida. La ciencia del hombre debe tomar como modelo a las otras ciencias de la naturaleza, pues el hombre es, a fin de cuentas, parte de la naturaleza.” (p. 77)

Zeitlin cierra el capítulo con dos apartados: el primero está dedicado a la concepción evolucionista de la historia (pp. 78-80) y el último a la relación entre internacionalismo y religión (pp. 80-84). Por razones de espacio omito aquí la consideración de estos temas.


Villa del Parque, lunes 31 de enero de 2022


NOTAS: 

[1] Respecto a la actitud de Saint-Simon sobre la RF, el profesor Zeitlin escribe: “En cuanto a la Revolución Francesa tuvo una actitud ambivalente (...), como él mismo lo señala en su autobiografía de 1808: ≪No quise tomar parte en ella porque, por un lado, estaba convencido de que el antiguo régimen no podía perdurar, y por el otro sentía antipatía hacia la destrucción.≫ Documentos del período revolucionario revelan, sin embargo, que fue un adepto de la Revolución más entusiasta de lo que admitió posteriormente. Por ejemplo, renunció a su título aristocrático, preparó el cahier [cuaderno de exigencias y reclamos] de su cantón local para los Estados Generales y presidió la primera reunión de su comuna. Además, en 1793 se le otorgaron dos certificados de civisme [buena ciudadanía] y en otoño del mismo año actuó en hébertist [los hebertistas] y otros círculos radicales de París. Las ideas de Saint-Simon mantuvieron hasta el fin elementos del pensamiento iluminista y revolucionario, pero fusionados, como veremos, con elementos románticos y conservadores.” (p. 71).

[2] Zeitlin dedica el capítulo 5 de su obra al análisis de las concepciones de Bonald y Maistre (pp. 56-69).

[3] Para un resumen de las contribuciones de Saint-Simon al socialismo puede consultarse: Cole, G. D. H. (1980). Historia del pensamiento socialista: 1. Los precursores. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. El capítulo IV (pp. 44-57) está dedicado a Saint-Simon. También es recomendable la obra del historiador argentino Hernán Díaz: De Saint-Simon a Marx: Los orígenes del socialismo en Francia. Buenos Aires: Biblos, 2021.

miércoles, 19 de enero de 2022

FICHA DE LECTURA. PAUL RICOEUR: HERMENÉUTICA Y ACCIÓN.




Nota: Para la redacción de esta ficha fue utilizada la versión incluida en los materiales de la materia Filosofía y Métodos, Carrera de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Capítulo 3: La acción considerada como un texto. 

Paul Ricoeur (1913-2005), filósofo francés, ejerció una influencia renovadora en el campo de la orientación hermenéutica de los estudios sociales. En el siglo XX y a partir de la propuesta de Max Weber (1864-1920) de concebir a la comprensión como el método fundamental de la sociología, numerosos autores trabajaron en el campo de la teoría de la acción. Un seguidor de las ideas de Weber, Alfred Schütz (1899-1959), desarrolló la noción de lo social como un ámbito pleno de significado, con lo cual se revalorizó el papel de la comprensión en las ciencias sociales. 

Schütz se preocupó por despejar las dudas en cuanto a la comprensión, pues muchos filósofos neopositivistas (como Nagel y Hempel) habían sostenido que se trataba de un método subjetivista (fundado en una interpretación meramente subjetiva de los motivos por los que actuaban las personas), que impedía que las ciencias sociales se convirtieran en disciplinas verdaderamente científicas. Schütz trató de elevar la comprensión a un método objetivo, que no tenía nada que envidiarle a las ciencias naturales. 

Ricoeur puede ser ubicado en el grupo de autores que ampliaron la noción de comprensión al incorporarle los avances de la hermenéutica en el plano de los estudios lingüísticos y literarios. Ante todo, Ricoeur aclara que debe entenderse por hermenéutica la interpretación de los documentos escritos de nuestra cultura (actividad también conocida como exégesis), es decir, constituye una actividad cuyo objeto es restringido (los signos escritos), mientras que la comprensión (verstehen) abarca todas las formas de signos que puede emitir un individuo. Mediante esta restricción, Ricoeur se pone a cubierto de las críticas al uso de la comprensión en las ciencias sociales. 

La hipótesis principal de Ricoeur es la siguiente: las ciencias humanas (prefiere esta denominación a la de ciencias sociales) son hermenéuticas porque:

a) su objeto revela algunos rasgos semejantes a los de un texto; 

b) su metodología desarrolla procedimientos similares a los de la interpretación de textos. 

En el capítulo que estamos analizando, Ricoeur se dedica a justificar ambos puntos de su hipótesis. En primer lugar, ¿por qué puede aplicarse el paradigma del texto, desarrollado por la hermenéutica, al objeto de las ciencias sociales? En otras palabras, ¿por qué pueden analizarse los fenómenos sociales como si se tratara de un texto, aplicando las técnicas de la hermenéutica? Para entender el argumento de Ricoeur es preciso entender a qué se refiere cuando habla de discurso. Nuestro autor sostiene que el discurso es un acontecimiento, en el sentido de que es algo que se da y que resulta diferente a lo existente. Si se trata de discurso hablado, el acontecimiento es evanescente, desaparece casi al mismo tiempo de ser emitido, sin dejar rastros (cosa que hace muy difícil su estudio). En cambio, cuando el discurso es fijado en la escritura, es decir, el registro escrito de lo que se dice, se abre la posibilidad de emprender el análisis por medio de la hermenéutica. 

Ahora bien, el pasaje del discurso hablado a la escritura genera una serie de cambios en el discurso, a saber: 

a) el discurso hablado sólo existe en presente, en el sentido de que es un acontecimiento fugaz. En condiciones normales, lo que se dice desaparece rápidamente. Pero si el discurso es fijado en la escritura, se ve reforzado, pues no está destinado a desaparecer. Ricoeur señala que en la escritura no se fija el acontecimiento de hablar (el mero hecho de hablar, de decir algo), sino la exteriorización del objetivo del discurso. En palabras más complejas, el Sagen (el decir) quiere convertirse en Aus-sage (la enunciación, lo enunciado). Es justamente este enunciado el objeto de estudio de la hermenéutica. El problema fundamental que debe resolver la hermenéutica es qué se dice en el acto de hablar. Ricoeur recurre a la teoría del acto del habla desarrollada por los filósofos analíticos John Austin (1911-1960) y John Searle (n. 1932). El acto de hablar está constituido por una jerarquía de actos subordinados, que se dividen en tres niveles: 1) acto locucional, que es el acto de decir; b) acto ilocucional, que es aquello que hacemos en el decir; c) acto perlocucional, que aquello que hacemos por medio del decir. Así, el profesor que dice “¡Saquen una hoja!” está realizando a la vez un acto locucional, emitiendo la oración mencionada; un acto ilocucional, está formulando una orden y no un ruego (está haciendo una orden); un acto perlocucional, está consiguiendo que los estudiantes saquen efectivamente una hoja y se apresten efectivamente a realizar el parcial. A partir de lo anterior, Ricoeur está en condiciones de afirmar que el significado del acto del habla depende no sólo del acto locucional, sino también del acto ilocucional y del perlocucional. La significación es la suma de todos estos aspectos; 

b) en el discurso hablado coinciden la intención del autor y el significado del texto, pues en el habla la referencia al interlocutor de lo que se está diciendo es inmediata. De ahí que pueda decirse que el discurso es autorreferencial. En cambio, al fijarse el texto lo que autor quiere decir se separa de lo que el texto dice ahora, pues se pierde la referencia directa a un interlocutor (que existe, como dijimos, en el habla). En este sentido, cabe afirmar que el texto se separa de la psicología del autor. De ahí que surja un espacio amplio para la interpretación;

c) así como en el punto anterior se planteó la separación entre la intención del autor y el significado del texto en el discurso escrito, se verifica también una separación entre la referencia a una situación común a los interlocutores, que se verifica en el habla (y que permite que todos los participantes en el diálogo entiendan lo que se dice, aún cuando se de el caso de que hablen por “medias palabras”). En cambio, en el discurso escrito se pierde esa referencia a una situación común, liberando al discurso de los límites de referencia ostensible (es decir, las referencias directas que aparecen en el diálogo hablado). Ricouer afirma que ésta es una virtud del discurso escrito, pues permite generar referencias abiertas, que vayan más allá de lo que el texto dice. De este modo, el texto escrito abre posibilidades, que van mucho más allá de lo que el texto mismo dice;

d) en el habla, los participantes están siempre inmersos en los límites de esa relación (no pueden zafar de las referencias directas y de un mundo común). En el texto escrito, en cambio, no existe un interlocutor definido. Un texto, en principio, está dirigido a todos (en un sentido extremadamente general, todos en todos los tiempos y lugares). Ricoeur afirma, entonces, que un texto crea su propio público. De manera que el discurso escrito se separa de todos los límites que condicionan la relación cara a cara propia del diálogo hablado. 

A continuación, Ricoeur aplica los cuatro puntos anteriores al análisis de la acción significativa (esto es, el tipo de acción que estudian las ciencias sociales – la acción que posee un sentido -). Ricoeur aclara desde el principio que la acción significativa sólo puede ser un objeto para la ciencia en la medida en que presente un tipo de objetivación equivalente a la fijación de un discurso en la escritura. Dicho de otro modo, para poder estudiar científicamente la acción significativa es preciso que la misma persista de algún modo en el tiempo (cristalice en alguna manifestación), permitiendo así su estudio. En esto es semejante a lo que ocurre con el pasaje del habla al discurso escrito. 

a) La fijación de la acción. ¿Cómo es posible la objetivación de la acción significativa? Ricoeur sostiene que esto es posible por algunos rasgos internos de la acción, que la asemejan a la estructura del acto del habla que analizamos más arriba. De modo sintético, nuestro autor plantea que la acción significativa posee contenido proposicional y fuerza ilocucional (ambos constituyen su “contenido de sentido”). La acción deja de ser una mera interacción y se transforma en un objeto a interpretar. Ello es posible porque la acción se parece a un acto de habla. 

b) La autonomización de la acción. Este punto es especialmente importante. Del mismo modo que un texto se independiza de su autor, la acción va más allá de lo que espera su agente y da lugar a consecuencias que son propias de la acción, pero que no son esperadas por el agente. Nuestros hechos se nos escapan y producen efectos inesperados. Esto, que ya había sido desarrollado por otros autores que se ocuparon de la teoría de la acción, hace que surja el problema de la adscripción de responsabilidad. En las acciones simples, noema (significado) y noiesis (intención) de la acción, coinciden. En las acciones complejas, esto es más complejo, pues hay más agentes que intervienen. Ahora bien, Ricoeur postula que esta separación entre sentido e intención termina por generar la transformación de los hechos humanos (en este caso, de las acciones) en instituciones, pues en ellas el sentido no coincide con las intenciones lógicas de los actores. Este punto es fundamentar en la teoría de Ricoeur, pues permite dar respuesta a los críticos que sostienen que la acción está motivada por cuestiones psicológicas (internas al individuo, y por tanto imposibles de abordar objetivamente). Las instituciones, como se originan de un proceso de separación entre sentido e intención, permiten un abordaje objetivo del problema del significado de la acción, pues se encuentran separadas de las intenciones individuales. 

c) Pertinencia e importancia. En este punto, Ricoeur vuelve a apoyarse en el análisis del discurso escrito. En el texto, el discurso quiebra todas las referencias ostensibles (las referencias directas que se dan en el diálogo). En las acciones, la importancia (su relevancia más allá de la acción en particular) se independiza de la pertinencia (su relevancia en un contexto dado). Existen, por tanto, acciones muy importantes cuya significación desborda ampliamente el contexto en que se desarrollan y pueden aplicarse a otros contextos sociales.

d) La acción humana como una “obra abierta” Como indicamos arriba, el discurso escrito se dirige a un número potencialmente infinito de lectores (como consecuencia de la autonomización del texto respecto del escritor). Ricoeur apunta que algo semejante ocurre en el caso de las acciones significativas. La acción humana es una “obra abierta”, es decir, que su significación está sujeta siempre a nuevas interpretaciones. Nunca queda cristalizada una interpretación. Ricoeur llega a decir que su significación está abierta a todo el que quiera “leer” el sentido de la acción. 

A partir de estas relaciones entre el texto y la acción significativa, pueden plantearse las implicaciones metodológicas de la interpretación (del paradigma de la lectura). ¿Cuáles son las consecuencias, para el método de las ciencias sociales, de la equiparación entre el texto y la acción significativa? Ante todo, sirven para proponer una forma diferente de concebir la relación entre erklären (explicación) y verstehen (comprensión). Aquí corresponde hacer un poco de historia. La problemática de la relación entre explicación y comprensión fue planteada por primera vez por el filósofo alemán Wilhelm Dilthey (1833-1911), en el marco de su crítica del positivismo. Para los positivistas, el único modelo válido de ciencia era el de las ciencias naturales, basado en la explicación (un método cuyo eje estaba en el descubrimiento de la relación causa-efecto que producía cada fenómeno). Es por ello que los positivistas sostenían que si las ciencias sociales querían convertirse efectivamente en ciencias tenían que adoptar los métodos de las ciencias naturales, es decir, la explicación tenía que convertirse en la herramienta por antonomasia de los científicos sociales. Dilthey propuso una posición contraria a la de los positivistas. Sostuvo que la explicación es propia de las ciencias naturales y que se basa en una lógica inductiva. Pero las ciencias del espíritu (las ciencias sociales) no pueden emplear la explicación, porque ellas se basan en entender la vida psíquica de los individuos a partir de los signos en los que ésta se exterioriza (por ejemplo, el lenguaje, las acciones, etc.). Para ello sólo sirve la comprensión, a la que Dilthey entendía en términos más bien psicológicos (poder “meterse” en el pensamiento del otro, comprendiendo así las motivaciones de su acción). 

La concepción de Dilthey, sin embargo, daba origen a un problema importante: ¿cómo podían ser científicas las ciencias humanas, esto es, en qué medida podían ser caracterizadas como ciencias si no podían utilizar la explicación? Dar respuesta a este problema supone incorporar, de algún modo, la explicación a las ciencias sociales. Ricoeur cree poder resolver esto mediante la adopción del paradigma de la lectura, que constituye la contrapartida del paradigma de la escritura expuesto en los párrafos anteriores. La objetivación del discurso en el texto permite introducir la explicación en las ciencias sociales. En otras palabras, existe una dialéctica (entendida como relación recíproca) entre el explicar y el comprender porque la situación escritura/lectura desarrolla una problemática propia (de paso, esto justifica la centralidad que tiene la hermenéutica para las ciencias sociales). 

¿En qué consiste el paradigma de la lectura? Ricoeur afirma que deriva sus rasgos principales del estado del texto mismo: 1) la fijación del significado; 2) su separación de la intención mental del autor; 3) la exhibición de referencias no ostensibles; 4) el ámbito universal de sus destinatarios. Ricoeur sostiene que la mejor manera de comprender en qué consiste el paradigma de la lectura es planteando dos dialécticas: 1) la que va desde la comprensión a la explicación; 2) la que avanza desde la explicación a la comprensión. A partir de ambas pueden entenderse el papel que puede jugar el paradigma de la lectura en las ciencias sociales. 

¿Cómo describe Ricoeur la dialéctica de la comprensión a la explicación? Ante todo, esta dialéctica se encuentra determinada por el hecho de que comprender un texto no significa reunirse con el autor. Debido a esto, no puede entenderse la comprensión como un proceso por el que conocemos la intención del autor. Esto permite descartar las interpretaciones subjetivistas de la comprensión (como una especie de conexión psicológica, subjetiva, irrepetible, entre el sujeto que estudia el texto y el autor del texto). Pero genera el problema adicional de cómo decidir entre distintas interpretaciones posibles del mismo texto (nunca existe una única interpretación para cada texto). La elaboración de una interpretación adecuada se da mediante un proceso que consiste en conjeturar (formular conjeturas que proporcionen una interpretación del texto) y en validar (desarrollar procedimientos para establecer cuál interpretación es la más adecuada). La clave para presentar esta dialéctica como una forma de conciliar la explicación con las ciencias sociales radica en que la validación adquiera el carácter de una disciplina argumentativa, con procedimientos objetivos, y no un arte subjetivo. La validación es posible como disciplina científica porque si bien existe más de una forma de interpretar un texto, no todas las interpretaciones son iguales ni todas son posibles. A este respecto, Ricoeur dice que en la acción humana existe una plurivocidad específica de significados, los cuales constituyen la base para un número limitado de interpretaciones posibles. Ricoeur adopta el concepto de “conjetura” como sinónimo de verstehen (comprensión) y el de “validación” como sinónimo de erklären (explicación). 

¿Cómo describe Ricoeur la dialéctica de la explicación a la comprensión? Para desarrollar esta dialéctica se basa en la separación que se produce en el texto respecto a las referencias ostensibles que se dan en el diálogo (recordar que en el discurso hablado siempre están presentes los interlocutores del discurso o se hacen visibles las referencias que se hacen en el discurso). Ante esta situación, existen dos actitudes posibles: a) se toma el texto como una entidad ajena al mundo; b) creamos una nueva referencia ostensible como resultado del tipo de actividad que significa leer. Ricoeur decide adoptar la primera actitud, que es la desarrollada por los enfoques estructuralistas. Así, se deja de lado toda referencia exterior del texto (las referencias ostensibles a que hacíamos referencia antes) y nos concentramos exclusivamente en el interior del texto. El texto se transforma en un sistema de signos. Con este procedimiento, el texto se transforma en una estructura, libre de toda referencia exterior, pero así las cosas hace falta incorporar la comprensión para entender en qué consiste el sentido del texto. La explicación de la estructura, sin la comprensión de su sentido, es una especie de juego vacío. Ricoeur supera esta cuestión planteando, justamente, una relación dialéctica entre la explicación (desentrañar la estructura de los signos) y la comprensión (establecer el sentido del texto). Se trata de los dos momentos de lo que denomina el arco hermenéutico. Ahora bien, queda claro que esta comprensión no tiene nada que ver con la intención subjetiva del autor del texto. Como ya se dijo varias veces, el texto está separado de las intenciones del autor que lo escribió. Ricoeur sostiene que esta dialéctica es válida para las ciencias humanas. 

Las dos dialécticas expuestas aquí permiten entender que la comprensión nada tiene que ver con un acercamiento subjetivo (psicológico) a las intenciones de los actores. Por el contrario, los distintos procedimientos de interpretación (validación, estudio estructural del texto como sistema de signos, etc.) y las mismas características de los textos (sobre todo, el alejamiento del texto respecto del autor y la supresión de las referencias ostensibles a la situación a la que se refiere el autor), hacen que la comprensión se convierta en una herramienta objetiva. Para finalizar, Ricoeur sostiene que existe un círculo hermenéutico, que consiste en la correlación entre explicación y comprensión, entre comprensión y explicación.


Buenos Aires, viernes 15 de julio de 2011