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martes, 15 de noviembre de 2011

RESEÑA: PORTILLO VALDÉS. (2006) CRISIS ATLÁNTICA: AUTONOMÍA E INDEPENDENCIA EN LA CRISIS DE LA MONARQUÍA HISPANA


Portillo Valdés es un historiador español, profesor titular en la Universidad del País Vasco desde 1991. Fue investigador visitante Istituto Italo Germanico de Trento (1988, 1989 y 1990), en el Centro di Studi Per la Storia del Pensiero Giuridico Moderno, Universidad de Florencia (Italia), (1992) y en el Institute of Latin American Studies, Universidad de Texas en Austin (EEUU) (2000-2001). Se ha especializado en el estudio de la crisis de la monarquía española.

El libro que reseñamos [1] se ocupa de un período crucial en la historia de España y de los países latinoamericanos que pertenecían a su imperio. Crisis Atlántica está dedicada a “considerar el surgimiento de los conceptos de autonomía e independencia en el contexto de una crisis global del mundo atlántico hispano. Tal crisis vino marcada por tres hechos inéditos en la historia de la monarquía. En primer lugar, era la primera ocasión en que un ejército extranjero invadía la península hasta llegar a la Corte y desplazaba a la familia real conduciéndola al territorio del ocupante. En segundo lugar, fue también la primera ocasión en que se constituyeron poderes territoriales, juntas, que lideraron por sí mismos la resistencia militar, se comportaron como soberanos y organizaron un gobierno central con sus representantes. En tercer lugar, esa misma crisis planteada, así como lucha contra una dominación extranjera, se convirtió en una crisis constitucional que implicó también la lucha – no con armas, pero sí con leyes – contra el despotismo interior. Estos tres factores estuvieron además presentes en el conjunto de la monarquía.” (p. 24-25). La obra abarca el período comprendido entre los sucesos de Bayona (1808) y la independencia definitiva de los países latinoamericanos que habían pertenecido al imperio español (1825).

Portillo Valdés se interroga a lo largo de toda la obra acerca de los motivos por los que se produjo la disgregación del imperio español. En su opinión, la independencia de los países latinoamericanos no era un resultado inexorable y ni siquiera era algo deseado por las elites criollas al momento de producirse la crisis de 1808. Para resolver el problema de la dirección asumida por el proceso, Portillo desarrolla una investigación enmarcada en la historia de las ideas, basada en el análisis de numerosos textos de autores españoles y latinoamericanos que participaron directamente en el período previo y en el período de la crisis española y de la independencia latinoamericana. A través del examen de estas obras, Portillo Valdés procura establecer las matrices intelectuales que se fueron conformando tanto del lado español como del lado criollo y que, a la postre, desembocaron en la guerra y en la independencia de las colonias americanas del imperio español.

El autor concede especial atención al examen del pensamiento ilustrado y del primer liberalismo español, pues considera que en el seno de esta corriente se fueron generando las ideas refractarias a la autonomía de las colonias que terminaron por hacer inevitable el proceso de independencia. En este sentido, afirma que desde la década de 1740, y en el marco de las reformas borbónicas, “fue haciéndose hueco una imagen más decididamente imperial de la monarquía. Con una manifiesta vocación probritánica, fueron varios los intelectuales y políticos de los reinados de Carlos III y Carlos IV que propusieron concebir la monarquía como un entramado compuesto de metrópoli e imperio comercial.” (p. 20). Fue en este momento que se generó una corriente de opinión en España fuertemente opositora a cualquier intento de conceder márgenes de autonomía a las colonias americanas. El autor se ocupa de indicar que esto va de la mano con el desarrollo de las reformas administrativas borbónicas, que se tradujeron en un desplazamiento de las elites criollas de los puestos de mando en las colonias, quebrando así un acuerdo tácito entre la monarquía y dichas elites. De este modo, al producirse la defección de la monarquía española en 1808, los políticos e intelectuales españoles tendieron de manera unánime a rechazar cualquier concesión a las colonias americanas. Al mismo tiempo, las elites criollas manifestaron su intención de recuperar el espacio perdido a partir de la implementación de las reformas borbónicas.

A partir de los elementos presentados en el párrafo anterior, Portillo Valdés se dedica a analizar el papel jugado por el liberalismo español que elaboró la Constitución de 1812: “Lo que me propongo considerar críticamente son los límites de aquella formulación del primer constitucionalismo como contribución a una comprensión crítica del liberalismo euroamericano. Si los resultados que arroja el experimento del Estado en el Atlántico hispano son tan disonantes respecto de la ortodoxia liberal, es muy posible que los problemas estuvieran en los límites de la teoría liberal más que en la inadaptación de los nietos de la monarquía católica para la modernidad.” (p. 22).

Para Portillo Valdés, el curso que siguió la crisis de la monarquía española en 1808 fue el resultado, sobre todo, del carácter que fue adquiriendo la monarquía a partir de mediados del siglo XVIII, el cual se acentuó como consecuencia de la irrupción de Napoleón en la península. En este sentido, la interpretación realizada por el autor consiste en afirmar que “no fue la «decadencia» española, es decir, su paulatina pérdida de influencia en Europa desde Westfalia (1648), lo que marcó el proceso de contracción de la monarquía, sino su reformulación como nación española (…) El momento decisivo no es el final del siglo XVI –una vez que el esfuerzo expansivo ha demostrado toda su fuerza e intensidad – sino los comienzos del siglo XIX, cuando la monarquía entre en una serie de crisis que conducen al primer constitucionalismo hispano. La cuestión no es, por tanto, de decadencia española, sino de constitucionalismo hispano.” (p 23).

La desintegración del imperio español obedeció, por tanto, a la peculiar estructura del constitucionalismo español, que condicionó la respuesta que dio éste a la crisis de la monarquía en 1808. Así, ya desde mediados del siglo XVIII se fue conformando una concepción que consideraba que la nación española estaba constituida exclusivamente por los españoles peninsulares, en tanto que las demás partes de la monarquía eran concebidas como colonias que debían proveer a las necesidades de la metrópoli. Esta visión, que reconoce la fuerte influencia del pensamiento británico, fue arraigando entre los intelectuales de la Ilustración española, y fue retomada por las principales figuras del primer constitucionalismo español.

Portillo Valdés estudia el proceso mencionado en el párrafo anterior en el primer capítulo de la obra, “La federación negada” (pp. 29-103). Allí el autor realiza varias operaciones que permiten comprender la naturaleza del proceso que se operó a partir de 1808. En primer lugar, la Ilustración española fue construyendo una concepción de nación española en la que existía una gran diferencia en el tratamiento dado a los españoles peninsulares y a los criollos. Mediante referencias a distintos autores del período, Portillo Valdés demuestra que la Ilustración española aceptó de manera unánime la opinión acerca de la inferioridad de los americanos. El concepto de nación española, que se construyó en este período, tendía a negar sistemáticamente un status de igualdad a los españoles nacidos en América. De este modo, la monarquía “ocupaba toda la extensión de los dominios del rey (…) pero la nación española era un fenómeno estrictamente europeo.” (p- 46-47). Frente al fortalecimiento de esta concepción, varios intelectuales de las colonias americanas respondieron escribiendo trabajos en los que intentaban demostrar que América también podía ser considerada como una “comunidad política perfecta”, con un pasado en que había habido constituciones y formas de gobierno propias. Esta tarea coincidió con una percepción creciente por parte de las elites criollas de que estaban siendo desplazadas de las posiciones tradicionales de poder que detentaban, en beneficio de los españoles peninsulares. Sin embargo, el autor sostiene que dichas elites no buscaban, al momento de producirse la crisis de 1808, la independencia de España, sino tan sólo una mayor autonomía y un regreso a las posiciones que ocupaban en la sociedad criolla antes de las reformas borbónicas.

La “revolución de las provincias de España”, desatada como consecuencia de la conducta ilegal de los monarcas españoles, se desarrolló en torno a las líneas conceptuales que había trazado la Ilustración. Desde el momento mismo en que las Juntas provinciales intentaron constituir organismos centralizados, la posición de las colonias americanas fue totalmente subordinada, llegado al extremo de lo sucedido en la Junta Central, que hizo todos los esfuerzos posibles para violentar la representación de los territorios americanos de la monarquía. Según el autor, esta política deliberada de negación de los derechos de los españoles nacidos en América fue el germen que potenció las aspiraciones hacia la autonomía de los mismos. Portillo Valdés niega que la voluntad inicial de las elites criollas pasara por la independencia. Fue, por el contrario, la política de los liberales españoles la que permitió que dicha idea tomara cuerpo. En todo momento defendieron la desigualdad en la representación de España y América. En resumen, “las provincias americanas habían sido ya expulsadas de la federación hispana o, mejor dicho, nunca fueron admitidas realmente a la misma. En un momento en que tanto en la parte europea como en la americana se entendió que la monarquía debía refundarse y que, para asegurarse su permanencia, debía hacerse desde un nuevo planteamiento constitucional de la misma, a las provincias de América no les fue ofrecido un nuevo pacto que las vinculara de manera estable y aceptable a la patria política.” (p. 103).

En el segundo capítulo, “Pueblos, Congresos, Estados y naciones” (pp. 105-158) se estudia el proceso que se verificó en la América hispana a partir de 1810, marcado por la proliferación de juntas y congresos que fueron definiendo paulatinamente espacios autónomos respecto a la metrópoli. El autor dedica especial atención a señalar que, aún en esta etapa del proceso, las elites criollas no estaban decididas por dar el paso de la independencia respecto de España, y que su objetivo seguía siendo el de la autonomía. Portillo Valdés enfatiza las dificultades que tuvieron los esbozos de los futuros Estados latinoamericanos para constituir una autoridad central. Como en el caso de España, la época estuvo marcada por la defensa de las autonomías locales, pues el espacio local era el único que permitía bases sólidas para una construcción política diferente a la española. Como en el capítulo anterior, el autor analiza el tratamiento asimétrico recibido por las juntas españolas y por las americanas. La demanda de autonomía, que era perfectamente aceptada en el contexto español, pasaba a ser denostada cuando era formulada por los criollos.

En el tercer capítulo del libro, “El discurso de la independencia” (pp. 159-209) el autor analiza el proceso por el cual se fue conformando la noción de nación americana frente al de nación española. Portillo Valdés sugiere que al momento de producirse la crisis de la monarquía, no existía en América una opinión significativa a favor de la independencia. Por el contrario, las elites criollas se consideraban a sí mismas como parte de la nación española. Sólo a partir de la experiencia del rol que les asignaba el liberalismo español fue surgiendo la idea de una nación americana, contrapuesta a la española. Como en los capítulos anteriores, el autor sigue el proceso mediante el análisis de varios textos escritos durante el período.

Finalmente, en el cuarto capítulo, “Los indios calzados: la mayoría en minoría” (pp. 211-255), el autor se dedica a examinar las limitaciones del liberalismo de las elites criollas, haciendo hincapié en el hecho de que las organizaciones políticas que se conformaron a partir de la independencia de España se edificaron en torno a la negación sistemática de los derechos de los pueblos originarios, que constituían la mayoría de la población en la mayoría de los países del área de la colonización española. Los criollos, en este sentido, eran herederos del pensamiento de la Ilustración, que sostenía que los indígenas eran inferiores y que debían ser tratados como tales, con el objeto de elevar su condición. Este examen le permite al autor establecer que las limitaciones del liberalismo no sólo eran patrimonio de los peninsulares, sino que formaban parte de la matriz de pensamiento de las elites criollas. La reivindicación de la igualdad coexistía con la defensa de la desigualdad más extrema en la representación y en los derechos.

La obra de Portillo Valdés constituye un examen pormenorizado del proceso por el cual la construcción de una nación española, realizada en la matriz intelectual del liberalismo español, se mostró incompatible con el mantenimiento de la unidad entre los territorios españoles y americanos de la monarquía. El autor resulta especialmente agudo en el tratamiento de las limitaciones del primer constitucionalismo español en la cuestión de la representación de los americanos. Uno de los logros de la obra es la adopción de un enfoque iberoamericano (no exclusivamente español) de la crisis iniciada en 1808. Sin embargo, el enfoque adoptado tiende a dejar de lado temas fundamentales tales como la debilidad económica de España, y el interés de Gran Bretaña por controlar el espacio económico latinoamericano.

Buenos Aires, martes 15 de noviembre de 2011

NOTAS:

[1] Portillo Valdés, José María. (2006). Crisis Atlántica: Autonomía e independencia en la crisis de la monarquía hispana. Madrid: Fundación Carolina. Centro de Estudios Hispánicos e Iberoamericanos & Marcial Pons, Ediciones de Historia. 318 p.

jueves, 10 de noviembre de 2011

RESEÑA: PIMENTA, JOAO PAULO (2011). ESTADO Y NACIÓN HACIA EL FINAL DE LOS IMPERIOS IBÉRICOS. RÍO DE LA PLATA Y BRASIL, 1808-1828



Pimenta (Sao Paulo, 1972) es un historiador brasileño. Profesor en el Departamento de Historia de la Universidad de Sao Paulo desde 2004, también se ha desempeñado como profesor visitante del Colegio de México (2008) y en la Universidad Jaime I de España (2009). Su especialidad es el estudio del proceso de constitución de las nacionalidades y los Estados en el período de la independencia en el área del Río de la Plata (incluyendo aquí a Brasil).

En la obra que reseñamos [1], Pimenta estudia el desarrollo de la nación dentro del espacio geográfico rioplatense, que abarca Argentina, Brasil y Uruguay. El libro se inscribe en una corriente general de la historiografía latinoamericana de las tres últimas décadas, que privilegia el estudio del problema nacional. Pimenta trabaja la cuestión de lo nacional en el período que se inicia con la crisis de los imperios ibéricos (España y Portugal) en 1808, y que culmina con el tratado de paz entre Argentina y Brasil, y el consiguiente reconocimiento de la independencia de la República Oriental del Uruguay en 1828. En palabras del autor, “este libro estudia la disolución de los imperios ibéricos en América y los primeros vislumbres de lo que serán algunos de los Estados nacionales modernos en el área rioplatense, en un período en el cual los imperios aún no habían desaparecido por completo de los horizontes políticos imaginables por los hombres y las mujeres de la época, ni tampoco se habían establecido definitivamente las soluciones políticas opuestas a estos últimos.” (p. 13).

Pimenta aborda, pues, un período de transición. Esto lo lleva a trabajar dos cuestiones básicas. En primer lugar, está el problema de “¿hasta qué punto y en qué medida los procesos de formación del Estado y la nación modernos se encuadran en esquemas generales de desarrollo, teniendo como base de comparación procesos equivalentes en el centro del sistema mundial?” (p. 23). En segundo lugar, la discusión del “mito de los orígenes”, promovido por la historiografía tradicional en Argentina, Brasil y Uruguay, que sostenía que los territorios nacionales de los respectivos países tuvieron una existencia prenacional embrionaria, que se remontaba al período colonial, anterior a la conformación de los distintos Estados.

A lo largo de la obra, Pimenta desarrolla su análisis por medio de tres conceptos fundamentales: territorio, nación y Estado. El autor estudia el proceso de transformación de los conceptos de nación y Estado, en el pasaje de las formaciones políticas ligadas al mundo del Antiguo Régimen a los Estados independientes surgidos de la crisis de los imperios ibéricos. “Estado y nación: he aquí las dos palabras clave y los dos fenómenos diferentes que orientaron su construcción y que fueron capturados en el interior de los discursos y proyectos políticos coexistentes, muchas veces contrarios entre sí, y de cuyo enfrentamiento ha resultado la propia mecánica del proceso en general. Al luchas por mantener el orden vigente, por reformarlo o por superarlo, los hombres involucrados en dicho juego político invariablemente vincularon proyectos de Estados y de naciones a una necesaria redefinición de espacios de jurisdicción de poder, en función de los cuales serían diseñados los nuevos territorios.” (p. 17). Ahora bien, a lo largo del período analizado en la obra, se produjo una transformación radical del significado de los conceptos de Estado y nación. Así, la nación, desprovista en el Antiguo Régimen de connotaciones políticas, pasó a tornarse progresivamente en una referencia política. Esta transformación se conjugó con la experimentada por el Estado, que pasó de estar identificado con la monarquía (Estado patrimonialista) a ser identificado con la nación y con una nueva concepción de la soberanía (introducida por las Revoluciones burguesas), según la cual esta última no era ya un atributo del monarca o del jefe de Estado, sino de la nación, “la colectividad formada por nuevas condiciones pactistas entre los hombres.” (p. 19). El enfoque adoptado por el autor se caracteriza por concentrarse en la cuestión del territorio, dejando de lado otros enfoques más frecuentes, como el de la historia económica y social (el estudio de las condiciones materiales para la constitución de un Estado nacional) o el de las Revoluciones burguesas. Pimenta define el concepto de territorio del siguiente modo, “en el presente estudio, el territorio es, simultáneamente, una idea y una realidad que organiza y le confiere sentido al Estado y a la nación.” (p. 17).

A partir de lo anterior, Pimenta considera que uno de los rasgos fundamentales del período abordado en su obra consiste en el pasaje entre “dos tipos de formación territorial completamente diferente”: el “territorio colonial” y el “territorio nacional”. En este sentido cabe afirmar que el Estado nacional (que se consolidó después del período analizado en el libro) representa un nuevo tipo de formación territorial, totalmente distinto a las formas de organización territorial del período colonial: “La diferencia fundamental entre la territorialidad de los Estados del Antiguo Régimen y la de los Estados nacionales radica en que, en estos últimos, el ejercicio de la soberanía impersonal se conjuga con la necesidad de control total de una economía centralizada (ausencia de monopolios, existencia de mercados internos unificados, etc.) de lo que se deduce la necesidad de cerrar la acción del Estado a través de fronteras continuas y debidamente establecidas, evitando al máximo las variaciones territoriales, tan familiares a la política del Antiguo Régimen. Dentro de esta nueva fórmula, el territorio es tanto el sostén físico de la existencia del Estado como el de la nación.” (p. 19).

La posibilidad misma de la formulación del “mito de los orígenes” radica en la ausencia de la distinción entre las formas de territorialidad a las que se hizo referencia en el párrafo anterior. El trabajo de Pimenta, al acentuar la existencia de una discontinuidad entre el “territorio colonial” y el “territorio nacional”, representa una impugnación de la historiografía centrada en dicho mito, pues muestra a las claras la inexistencia de un espacio nacional preexistente a la constitución de los primeros Estados independientes en el área.

Pimenta elaboró su libro en torno al análisis de la prensa publicada en el área estudiada a partir de la crisis de las monarquía en 1808. Los motivos de esta elección son varios; entre ellos, destaca que la prensa, en una época en la que todavía no se habían desarrollado nuevas instituciones, constituía un vehículo privilegiado para la realización de los debates políticos. En una época de crisis, marcada por la inestabilidad y el carácter provisional de muchas de las instituciones, la prensa “es también una de las principales armas de lucha disponible para poblaciones aún poco habituadas a la crítica política, mediante noticias y silencios, artículos y polémicas, en fin, por la organización de posiciones, lo que constituye el fundamento de la actividad periodística.” (p. 22). Para el autor, la prensa del período constituye una fuente primordial para comprender los cambios en la cultura política generados durante el periodo de transición.

Pimenta se preocupa a lo largo de la obra por establecer los elementos de ruptura y de continuidad entre la América ligada a los imperios ibéricos y la América independiente. En definitiva, su estudio tiene por objetivo principal establecer “hasta qué punto la construcción de modalidades específicas de superación del viejo orden, con proyectos y realizaciones de nuevos Estados, nuevas naciones y nuevos territorios independientes de las metrópolis europeas, se vio determinado por una lógica no solamente de rupturas sino también de continuidades; y hasta qué punto las referencias a los nuevos Estados y las nuevas naciones – así como los proyectos políticos que vincularon a ambos de un modo indisociable – fueron realizados en referencia directa a los elementos del orden que estaba siendo desintegrado.” (p. 22).

El libro tiene la siguiente estructura. En la primera parte, integrada por los capítulos 1 y 2, Pimenta reconstruye el “mito de los orígenes” y la relación habitual entre “territorio colonial” y “territorio nacional”. Sólo a partir de esta operación es posible concebir efectivamente al período estudiado como una etapa de “transición”, signada por la emergencia de diferentes proyectos políticos, cada uno de los cuales formula una concepción diferente frente al problema de la relación entre territorio, nación y Estado.

En la segunda parte de la obra, que abarca los capítulos 3-6, realiza la reconstrucción del período examinado, haciendo hincapié en la inexistencia de un camino preestablecido para resolver el problema del territorio en el área rioplatense. En el capítulo 3 presenta el surgimiento de una cultura política durante el ocaso del sistema colonial, dedicando especial atención al impacto producido por la instalación de la Corte portuguesa en Rio de Janeiro en 1808. En el capítulo 4 se desarrolla el proceso de redefinición de las unidades territoriales a partir de la crisis del sistema colonial en 1808-1810. El autor tiene especial cuidado en destacar que ninguna de las nuevas unidades coincidía plenamente ni con las estructuras coloniales ni con los futuros Estados nacionales. El capítulo 5 está dedicado al período comprendido entre 1820 y 1825, y gira en torno al impacto de la independencia del Imperio del Brasil y a la incorporación de la Provincia Cisplatina al mismo. El autor sostiene que el espacio que ocupa Uruguay en la actualidad jugó un papel central durante el período, pues representó la zona de intersección entre dos proyectos diferentes de centralización política, esto es, el encarnado por las Provincias Unidas (bajo la hegemonía de Buenos Aires) y el liderado por el Imperio del Brasil. La definición de la nación “argentina” y de la nación “brasileña” se construyó en un primer momento de modo negativo, por referencia al otro que debía se combatido. La “Banda Oriental” como espacio disputado entre ambas “naciones” fue, por tanto, la piedra de toque para dicha definición. El capítulo 6 está dedicado al examen del período de la guerra entre las Provincias Unidas y el Imperio del Brasil (1825-1828). En este momento se agudizan las líneas expuestas en el capítulo anterior, y se verifica el fracaso del proyecto centralizador de Rivadavia en Buenos Aires, y de Pedro I en el Imperio del Brasil. Finalmente, la emergencia del Uruguay independiente expresa mucho más la intersección de las luchas entre brasileños y argentinos, que la aparición de una “nacionalidad” uruguaya, que fue construida con posterioridad a la independencia.

En las conclusiones del libro, el autor sostiene que en el período tratado Estado y nación, que originalmente se referían a realidades distintas, se fueron aproximando entre sí hasta confluir en la conformación del Estado nacional. Este proceso no fue, sin embargo, ni lineal ni sencillo, como lo demuestra la larga transición entre 1808 y 1828, y se construyó en torno a la cuestión del territorio: “para que el Estado nacional se volviera una modalidad viable de organización de grupos sociales, se hizo necesaria una clara definición sobre su espacio de jurisdicción – tanto físico como social -, de lo que se desprende que el territorio haya sido la propia base de su existencia. El estudio de las relaciones entre práctica política y vocabulario en el contexto rioplatense mostró que ese presupuesto no era ajeno a los intereses de los agentes históricos de la época los que, al establecer antagonismos y crear solidaridades, siempre trataron de proyectar soluciones atendiendo a cada una de las ideas presentes en la tríada Estado-nación-territorio.” (p. 307).

El libro de Pimenta es un aporte importante al estudio del período temprano de la constitución de los Estados nacionales en el área del Río de la Plata. Uno de sus méritos más significativos consiste en la adopción de un enfoque que rechaza toda teleología en el desarrollo histórico al plantear que, al momento de estallar la crisis de los imperios ibéricos en 1808, no existía en el Río de la Plata ninguna entidad nacional que pudiera identificarse con los Estados nacionales que se constituyen a posteriori. Pimenta demuestra a través del análisis de la prensa de la época que “el mito de los orígenes” carece de soporte real, y que representa una estrategia de los historiadores para ensalzar la nacionalidad de los Estados nacionales una vez constituidos estos. De ningún modo este mito (ya sea en su variante argentina, brasileña o uruguaya) se condice con la realidad histórica. Otro de los logros de la obra está dado por el énfasis que pone el autor en la coexistencia de distintos proyectos políticos durante el período, cada uno de los cuales encarnaba en una forma diferente de organización territorial.

El punto más endeble del trabajo radica, paradójicamente, en la fuente empleada, esto es, la prensa de la época. Paradójicamente, porque es esta fuente la que le permite a Pimenta reconstruir la multiplicidad de opciones existentes. Sin embargo, el instrumento elegido tiene el defecto de que genera un sesgo a favor de las clases dominantes, quienes son las que se encuentran capacitadas, por el mero hecho de saber leer y escribir, para debatir por este medio. En este sentido, el libro de Pimenta termina por asemejarse a una historia “desde arriba”, pues la fuente utilizada no permite rastrear adecuadamente el pensamiento de las clases subalternas sobre la nación, el Estado y el territorio.

Mataderos, jueves 10 de noviembre de 2011

NOTAS:

[1] Pimenta, Joao Paulo. (2011). Estado y Nación hacia el final de los imperios ibéricos. Río de la Plata y Brasil, 1808-1828. Buenos Aires: Sudamericana. 409 p. (Traducción del portugués por Marisa Montrucchio).

viernes, 4 de noviembre de 2011

HABLEMOS DE CAPITALISMO: EL DISCURSO DE CRISTINA EN EL G-20

El jueves 3 de noviembre, Cristina Fernández clausuró de modo categórico la discusión acerca de la naturaleza del "kirchnerismo". En la reunión del G20 sostuvo que la salida a la crisis actual de la economía mundial pasa por la adopción de un "capitalismo en serio", que reemplace a la actual anarquía promovida por el dominio del capital financiero. En otras palabras, el modelo económico y social defendido por Cristina es el de un "capitalismo en serio".

En verdad, los dichos de la señora presidenta no tienen nada de novedoso. La distribución del poder en la Argentina de hoy, luego de años de crecimiento económico, muestra que el modelo de acumulación adoptado apuntaba a la consolidación del "capitalismo". Así, por ejemplo, el mantenimiento de la legislación laboral de los años '90 demuestra que la "transformación cultural" de estos años no logró entrar a los lugares de trabajo.

Sin embargo, la afirmación de Cristina en el G-20 tiene importancia en el marco del debate con los intelectuales "kirchneristas" y con todos aquellos que podríamos denominar la "izquierda kirchnerista". Estos sectores sostienen que el "kirchnerismo" está llevando a cabo una "revolución cultural", que es la la única revolución posible en la actualidad dada la tan mentada correlación de fuerzas. Dicho de otro modo, estos señores afirman que el "kirchnerismo" es la única izquierda posible en el país, pues sólo ellos tienen vocación de poder y voluntad transformadora. Sin entrar a discutir en este momento esta caracterizacion, hay que agregar que suelen evitar hablar de capitalismo, en buena medida porque la ambigüedad les permite caer parados en todas las contingencias.

Pero ahora Cristina acortó los márgenes de esta ambigüedad. El "kirchnerismo" podrá ser muchas cosas, pero siempre se moverá en el terreno del capitalismo. Esta definición no es poca cosa, sobre todo si se tiene en cuenta que proviene de un movimiento que en los viejos tiempos hacía alarde de promover una "tercera posición". Ahora Cristina ha puesto las cosas en su lues gar. Las divagaciones de los intelectuales "kirchneristas" deberán bajar al nivel de este valle de lágrimas que es el capitalismo real. Hay que tener presente que Cristina, luego del aplastante triunfo del 23 de octubre, es la líder indiscutida del "kirchnerismo", y que sus partidarios más "ilustrados" han proclamado públicamente la necesidad de "tragarse sapos".

Cuando escribía estas línes viajaba rumbo a Retiro. En la esquina de Paraguay y Uriburu una familia acampaba en la vereda. Dos adultos y tres niños pequeños. Su presencia recuerda cuál es el contenido del capitalismo, ya sea "serio" o "jocoso".


Bahía Blanca, viernes 4 de noviembre de 2011

domingo, 30 de octubre de 2011

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (22): BUCHEZ Y EL COOPERATIVISMO


El índice de esta serie de notas se encuentra disponible en:http://miseriadelasociologia.blogspot.com/2011/06/historia-del-movimiento-socialista.html

Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo indicación en contrario, de: Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista. I: Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.

35. Buchez (1796-1865).

Philippe-Joseph-Benjamin Buchez (1796-1865) ha sido considerado como el "padre" del movimiento cooperativista en Francia. Doctor en Medicina. Con Bazard (1791-1832), fue uno de los fundadores del movimiento carbonario francés. En 1825 fue detenido, pero logró salir absuelto por falta de pruebas. Luego, también junto a Bazard, se unió a los sansimonianos. Colaboró en el periódico LE PRODUCTEUR, que elaboró las ideas económicas de la escuela. En 1829 se abrió de los sansimonianos, pues era católico y no quiso seguir las aventuras religiosas de Enfantin (1796-1864). Trató de fundar una escuela neocatólica de socialistas. En 1831 comenzó a publicar el periódico L'EUROPÉEN.

En 1833, en Introduction à la science de la histoire (1), desarrolló una teoría de la historia basada en las ideas de Saint- Simon (1760-1825). La última etapa de la historia se inicia con el cristianismo, y debe completarse con la aplicación total de los principios cristianos de igualdad, fraternidad y caridad para la organización de la sociedad. Buchez opinaba que la Iglesia católica había fallado en este cometido. La Revolución Francesa había reiniciado esta tarea, y un nuevo movimiento tenía que completarla. (I: 180-181).

Buchez consideró que la asociación de los obreros era el agente principal de este cambio. (2) En 1831 fundó la Asociación de los Ebanistas, que sirvió de modelo a muchas sociedades cooperativas de producción. L'EUROPÉEN se convirtió en órgano del movimiento cooperativo. Pensaba que "la asociación ofrece los medios para crear la nueva sociedad, sin revolución, en el seno de la sociedad existente." (I: 181). [Como si la asociación pudiera socializar la producción sin tropezar con la resistencia del poder político, en tanto capitalista "colectivo".]

En 1840 los seguidores de Buchez fundaron L'ATELIER (que perduró hasta 1850), periódico dedicado a fomentar las asociaciones de productores. (I: 181).

Buchez se relación con el periódico liberal LE NATIONAL. También trabajó con Louis Blanc (1811-1882). Gracias a sus relaciones con los liberales, Buchez fue presidente de las Asamblea Constituyente luego de la Revolución de Febrero de 1848. Pronto perdió sus cargos con el ascenso de la derecha y se retiró a la vida privada. (I: 181).

Sus ideas ejercieron influencia sobre J. M. Ludlow (1821-1911), quien, a su vez, la transmitió a F. D. Maurice (1805-1872), jugando así un papel relevante en la fundación del socialismo cristiano inglés. Los Christian Socialist Promoters de Gran Bretaña fueron una imitación de los primeros experimentos de Buchez en Francia. (I: 182).

Mataderos, domingo 30 de octubre de 2011

NOTAS:

(1) La versión online de la primera edición de la obra está disponible en: http://www.archive.org/stream/introductionlas02buchgoog#page/n13/mode/2up

(2) "Creía que la asociación conseguiría libertad a los obreros sólo si estaba firmemente basada en los principios cristianos de fraternidad." (I: 182).

miércoles, 26 de octubre de 2011

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL TRIUNFO DE CRISTINA FERNÁNDEZ

La victoria obtenida por Cristina Fernández (n. 1953) en las elecciones del domingo pasado ha sido tan contundente, y la derrota de la autodenominada oposición tan estruendosa, que una muchedumbre de periodistas, comentaristas y analistas políticos varios ha hecho cola para elogiar la sapiencia política de la presidenta, las bondades del modelo vigente y las virtudes de Amado Boudou como guitarrista. Todo vale con tal de arañar un lugar bajo el sol refulgente del "kirchnerismo" victorioso. Ahora bien, las voces de la multitud de aduladores de todo pelaje, en su afán por transformar a Cristina en un mito viviente, tienden a oscurecer algunos aspectos significativos del triunfo del "kirchnerismo" en las elecciones del 23 de octubre.

Aclaremos los tantos. De ningún modo se trata de negar la magnitud del triunfo de Cristina, ni restarle méritos a la estrategia política que diseñó para este año electoral. Eso sería necio. Para decirlo en pocas palabras, Cristina jugó con inteligencia y decisión, imponiendo en todo momento su voluntad frente a colaboradores y aliados a veces reacios, a veces dubitativos. Así como Néstor Kirchner (1950-2010) tomó nota de las lecciones del 2001 y comprendió que la Argentina ya no podía ser gobernada utilizando el mismo discurso del neoliberalismo, Cristina aprendió de la crisis del 2008 y entendió que era imprescindible ir hacia la construcción de una fuerza política sólida, capaz de afrontar los temporales sin correr riesgos de disgregación. Luego del efecto Julio Cobos (n.1955) y de la escisión del Peronismo Federal, Cristina apostó a imponer sus candidatos y reducir al máximo posible el margen de negociación con los caciques provinciales y municipales. Luego del domingo, el grado de cohesión interna del "kirchnerismo" se incrementó significativamente.

Todas estas cosas ya han sido dichas en estos días, así que resulta innecesario abundar en ella. Dado que dispongo de muy poco tiempo, prefiero concentrarme en un par de cuestiones importantes, con la promesa de dejar para más adelante la formulación de análisis más profundos.

En primer lugar, hay que destacar que el triunfo de Cristina corona la conformación de un nuevo bloque dominante en Argentina, el cual se ha venido constituyendo desde la crisis política e ideológica del neoliberalismo en 2001. El apoyo público que las corporaciones empresarios brindaron a la presidenta en el período previo a las elecciones muestra a las claras que la burguesía (si se me permite utilizar este término "antiguo") apoya de manera casi unánime al modelo. Hoy por hoy, la Unión Industrial Argentina y la Sociedad Rural Argentina, por citar sólo los dos casos más representativos, se han hecho "kirchneristas", más allá de las opiniones particulares de algunos dinosaurios. A despecho de los dichos de muchos intelectuales y militantes "kirchneristas", no existe tal enfrentamiento entre el gobierno "nacional y popular" y las corporaciones (salvo, por supuesto, el caso perfectamente funcional de la lucha con Clarín y La Nación). En todo caso, la mención a dicho enfrentamiento sirve para esconder debajo de la alfombra el apoyo casi unánime al "kirchnerismo" entre los empresarios del campo y la ciudad, los banqueros, los rentistas y todos aquellos a los que les interesa el país (claro que a partir de la explotación del trabajo de otros).

En segundo lugar, y en estrecha relación con el punto anterior, el "kirchnerismo" no sólo ha logrado constituir un bloque dominante, sino que ha conseguido lograr que este bloque detente la hegemonía en la sociedad. Así, el aluvión de votos del domingo resulta un formidable espaldarazo para un modelo de acumulación centrado en la dominación del capital sobre el trabajo. En este sentido, se ha naturalizado que el hecho de que "los trabajadores tengan trabajo" es lo máximo a lo que pueden aspirar las personas que pasan la mayor parte de sus vidas trabajando. Cuando hablo de un bloque dominante que se ha vuelto hegemónico quiero decir precisamente eso. En los discursos del domingo a la noche los candidatos triunfantes, de Cristina para abajo, elogiaron al pueblo, hablaron de concordia, de unidad y muchas cosas más, pero no dijeron ni una palabra acerca de los trabajadores. Esto es en sí significativo, si se tiene en cuenta que los ganadores pertenecen al partido (el peronismo) que hizo del movimiento obrero su columna vertebral. Luego de la crisis de 2001, la recomposición de la hegemonía de las clases dominantes es un dato central e innegable de la política argentina actual. Más allá de que no suene agradable para muchos militantes, la realidad indica que hoy en día el "kirchnerismo" encarna la política real de las clases dominantes. La mejor prueba de ello está en los desempeños electorales de la autodenominada oposición, que no logró convencer a sus patrones de las bondades de sus servicios. En este sentido, las elecciones del domingo significan el entierro, tantas veces postergado, de la vieja derecha neoliberal. Fuera del "kirchnerismo" no existe ningún proyecto capitalista viable.

El lector podrá objetar que en estas notas se deja de lado el enorme apoyo popular al "kirchnerismo", expresado en las cifras de votos del domingo. De ningún modo desestimamos este apoyo, pero tampoco pretendemos caer en la actitud de tantos oportunistas, quienes descubren ahora la existencia de "una comunidad mística" entre el líder y su pueblo. En política hay que ser responsable, sobre todo si se pretende nadar contra la corriente. Es por esto que hay que decir que la tarea de la hora consiste en discutir las bases sobre las que se ha edificado la nueva hegemonía de las clases dominantes, encarnada en los dichos de los políticos "kirchneristas". El "nunca menos" tiene que consistir en discutir el poder y no en resignarse ante una correlación de fuerzas que no se puede modificar. En criollo, sólo cuando los trabajadores miren con ojos sobradores al patrón, sólo cuando los que viajan a la mañana en el bondi, en el Sarmiento o en el subte piensen en que van a trabajar a un lugar que empieza a ser suyo, sólo entonces habrán empezado a cambiar las cosas. Para eso falta mucho, pero conviene empezar por discutir esta idea instalada por el "kirchnerismo" de que trabajadores y empresarios tienen intereses comunes, y que deben trabajar unidos en pos de la grandeza del país.

Nunca menos.

Mataderos, miércoles 26 de octubre de 2011

jueves, 20 de octubre de 2011

EL KIRCHNERISMO Y LA CUESTIÓN DE LA IGUALDAD, O DE COMO APRENDIMOS A AMAR A LOS EMPRESARIOS

La campaña electoral está terminando y es oportuno hacer algunas reflexiones sobre cuestiones que las fuerzas políticas mayoritarias suelen ocultar debajo de la alfombra. Dada la victoria contundente que obtendrá el domingo la actual presidente Cristina Fernández (n. 1953), resulta interesante prestar atención a la forma en que el "kirchnerismo" encara un tema central de la política como es el de la igualdad.

Aclaremos los tantos. El "kirchnerismo" se proclama a si mismo como una fuerza que está cambiando la historia en un sentido progresista, nacional y popular. Para evitar malentendidos, me refiero aquí al discurso dominante entre la militancia que ha tomado entusiastamente las banderas del "kirchnerismo", y no a la política económica llevada adelante por el gobierno de Cristina Fernández, que ha favorecido abiertamente las ganancias del capital al mantener, por ejemplo, la legislación laboral neoliberal sancionada en los años '90. Para estos militantes, el "kirchnerismo" es concebido como la única izquierda posible en la Argentina, frente a los dogmas abstractos de la "paleoizquierda" (calificación pergeñada por el periodista Horacio Verbitsky), incapaz de arraigar entre los sectores populares. En una correlación de fuerzas que se diagnostica como desfavorable para el "campo popular", el "kirchnerismo" ha revolucionado la política argentina e implementado una auténtica "revolución cultural".

Ahora bien, la sedicente condición "revolucionaria" o "izquierdista" del "kirchnerismo" tiene que expresarse de manera un poco menos gaseosa. En la campaña se dicen muchas cosas, a las que, como afirma el dicho, se las lleva el viento. Sin embargo, la misma situación de Cristina Fernández en esta elección, su segura victoria hace que algunos de los defensores del "kirchnerismo" suelten la lengua un poco más de lo debido.

La igualdad es una divisoria de aguas entre los defensores del sistema social actual y los que pretenden reemplazarlo por otro sistema diferente. Dicho en términos más antediluvianos, la igualdad constituye uno de los límites entre el capitalismo y el socialismo. Volvamos a un lenguaje más accesible a esta época. Los defensores del statu quo conciben la igualdad en términos de igualdad de derechos, como igualdad meramente jurídica (en criollo, votá en las elecciones, pero no jodas en la fábrica). Los enemigos del sistema, en cambio, piensan a la igualdad en términos de igualdad de condiciones, como un estado en el que las personas tienen pleno acceso a todo lo que precisan para desarrollarse como seres humanos. De un lado, igualdad formal. Del otro, igualdad real. Si bien es cierto en este mundo nada existe en estado puro, también es verdad que si el "kirchnerismo" es verdaderamente una fuerza transformadora de la realidad esto tendría que expresarse, de alguna manera, en los dichos y los hechos de sus defensores. No es preciso una gran muestra, hay que tener presente que la correlación de fuerzas es "desfavorable" para nuestros esforzados varones. Pero, sin embargo, podemos pedir aunque sea una pizca de su pensamiento en esta cuestión.

En las condiciones de la campaña presidencial de 2011 el milagro se ha hecho. Tenemos dos muestras de la novísima manera en que el "kirchnerismo" redefine el viejo tema de la igualdad.

En la edición del domingo pasado, Hernán Brienza (uno de los santos varones del "kirchnerismo") hace esta sorprendente afirmación. Cito: "No hay igualitarismo más radical que la posibilidad de que un chico morochito, pobre, hijo o nieto de tobas, que vive en el Chaco profundo, tenga la misma posibilidad de jugar en red –o sea, ni siquiera digo aprender, informarse, formarse, quebrar la brecha digital, sino apenas jugar en red– que un porteñito pequeño burgués de Palermo Chico, por ejemplo." (1) Hasta ahora, siempre que el peronismo hablaba de igualdad lo hacía en referencia a la cuestión de la "justicia social". Por supuesto, en un movimiento tan complejo como el peronismo, había múltiples maneras de entender la "justicia social", pero la forma en que Brienza la concibe es...difícil de calificar. ¿Es necesario comparar, por ejemplo, la expectativa de vida del pequeño burgués de Palermo Chico y la del toba pobre de la provincia del Chaco? En el plano de lo virtual, esto puede no ser necesario. Pero las cosas cambian cuando se apaga la netbook (a propósito, ¿tendrá electricidad en su hogar el toba pobre del Chaco?). Suena más bien a una frase digna de un tipo canchero (¡una típica canchereada!), que a la reflexión supuestamente responsable de un editorialista político. Si la igualdad consiste en "jugar en red", nada tiene verdadero sentido y todo vale lo mismo. Así de simple. Con Brienza el pensamiento nacional y popular vuela a nuevas alturas y nos hace comprender que la igualdad puede transformarse en una cuestión virtual, que queda encerrada en la pantalla de una netbook.

De ningún modo pretendemos afirmar que nuestro editorialista ha perdido la razón. Lejos de ello, pensamos que su exabrupto se conecta con una tendencia general del "kirchnerismo" que reniega de cualquier forma de lucha de clases (perdóneseme otra vez el empleo de palabras en desuso). Cada vez más lejos del "combatiendo al capital", el "kirchnerismo" confraterniza con el capital. Es posible que seamos necios y no entendamos las complejidades de la estrategia política de Cristina Fernández. Pero en este mundo real, no en el virtual, es conveniente seguir llamando a las cosas por su nombre.

En un spot de su campaña, Cristina Fernández dice "¿De dónde sacamos tanta fuerza para que hoy los empresarios emprendan, los productores produzcan, los trabajadores tengan trabajo y los chicos futuro?" (2) La frase es significativa, porque pone en contexto el exabrupto de Brienza. La "izquierda" que encarna el "kirchnerismo" sueña con la utopía de una sociedad en la que cada uno haga lo que le corresponde hacer, manteniendo la división del poder existente en la actualidad. Así, los empresarios (a partir del poder que les da la propiedad del capital), "emprenden", es decir, deciden qué producir, cómo producirlo y en qué cantidad, sin consultar a nadie más, por el derecho que les otorga su propiedad. Los productores, que en el lenguaje de esta "nueva izquierda" son los mismos empresarios que emprenden, se encargan de producir, es decir, de dirigir la producción en base (¡otra vez!), al derecho que les da su propiedad. Los trabajadores se contentan con tener trabajo, porque saben que es su lugar natural en la sociedad. Finalmente, los "únicos privilegiados" tienen "futuro", siempre y cuando no se atrevan a cuestionar la "utopía kirchnerista".

Es cierto que puede argumentarse que se trata sólo de una frase desafortunada y sólo de un spot de campaña. No faltará quien piense que son dos manifestaciones de la genialidad estratégica de Cristina y cía. No es nuestra intención coartar el derecho del prójimo a pensar lo que quiera. No obstante esto último, es oportuno afirmar que la frase de Cristina resulta sumamente útil a los fines de los empresarios, quienes ven de ese modo legitimada su dominación desde las alturas de la presidencia.

Para concluir. Es bueno recordar que si la izquierda significa algo, lo es en la medida en que cuestiona de manera implacable las relaciones de poder existentes. Si los empresarios sienten que todo está en su lugar, si la dominación del capital se vuelve algo natural, si se felicita a los "emprendedores" exitosos como si se tratara de héroes de la patria, estamos en condiciones de afirmar que el "kirchnerismo" puede ser muchas cosas, pero no una fuerza cuyo objetivo sea cambiar el orden vigente en beneficio de los trabajadores y demás sectores populares. Si la Unión Industrial Argentina festeja, hay que preocuparse. ¿O no?...

Mataderos, jueves 20 de octubre de 2011,
primer aniversario del asesinato de Mariano Ferreyra
a manos de los sindicalistas que defienden fervorosamente el orden existente


NOTAS:

(1) El artículo se titula "Por qué voy a votar a Cristina", fue publicado en TIEMPO ARGENTINO el domingo 16 de octubre de 2011. Está disponible en: http://tiempo.elargentino.com/notas/que-voy-votar-cristina

(2) El spot completo puede verse en: http://www.youtube.com/watch?v=qMurpT40VL8

domingo, 9 de octubre de 2011

DE LA OBSECUENCIA COMO HERRAMIENTA DE CONSTRUCCIÓN POLÍTICA: NOTAS A UN EDITORIAL DE HERNÁN BRIENZA

Hernán Brienza (n. 1971) dedicó su nota editorial en TIEMPO ARGENTINO del domingo 8 de octubre (1) a defender un modelo de práctica política caracterizado por la conducción de un Líder y la obediencia de los militantes. Su opinión puede sintetizarse así: el kirchnerismo, conducido por la presidenta Cristina Fernández (n. 1953), representa el "movimiento nacional y popular" enfrentado a la "derecha". Algunos dirigentes sindicales (no da nombres concretos) se oponen a la conducción de Cristina aludiendo a cierto viraje a la "derecha" de la presidenta, plasmado en su acercamiento a los empresarios. Brienza, ni corto ni perezoso, les contesta a estos anónimos sindicalistas: "Pero si la conductora del movimiento nacional y popular Cristina Fernández de Kirchner considera que es tiempo de no apresurar, debería tener el voto de confianza, no sólo de ese más del 50% de la población que está dispuesto a votarla, sino también de las organizaciones sindicales. Regalarle títulos a la prensa hegemónica, intentar esmerilar la relación entre la presidenta y los trabajadores a menos de un mes de las elecciones no parece una política madura por parte de algunos dirigentes obreros." Brienza sostiene que los dirigentes obreros deben ser "leales" a la conducción de Cristina y aceptar sus decisiones, pues la presidenta es la única que tiene el panorama completo del tablero político, mientras que ellos sólo ven una parte del mismo. En fin, tienen que adoptar la lealtad como eje de su práctica política.

Dejemos por un momento en suspenso la discusión acerca de la pretensión de algunos sectores del "kirchnerismo" de estar protagonizando una epopeya política. Considero más pertinente hacer algunas observaciones sobre la cuestión de la "lealtad". Aceptemos por un momento que Cristina Fernández y cia. son la "izquierda" y que se encuentran confrontando con los empresarios para transformar la sociedad en beneficio de los trabajadores. En este contexto imaginario, el planteo de Brienza carece de todo sentido, pues una transformación de tal magnitud requiere de la participación masiva de los trabajadores y demás sectores populares en las decisiones políticas. Una revolución no se hace con lealtad, sino con la incorporación a la política activa de más y más personas, que pasan a intentar decidir su futuro por sí mismas. En este sentido, el planteo de Brienza ("seamos leales al líder") promueve cualquier cosa menos la incorporación a la política activa de los trabajadores y demás sectores populares. Pues, ¿cómo es posible lograr la participación de cada vez más personas en la política si no se asume el "riesgo" de que se multipliquen las demandas de quienes siempre se han limitado a obedecer las órdenes de sus "superiores"?

El planteo de Brienza tiene sentido, en cambio, si se acepta que el "kirchnerismo" representa la consolidación, en el plano político, de un modelo de acumulación capitalista construido en torno a la exportación de productos primarios, la expansión del mercado interno y la vigencia de la legislación laboral de la década de los '90. Este modelo requiere, para su funcionamiento eficaz, que los trabajadores no puedan "poner palos en la rueda". Dicho de otro modo, el modelo requiere de la plena subordinación de los trabajadores al capital. Para ello es necesario el trabajo en negro, la precarización, la prohibición tácita de las comisiones internas, la persecución a los delegados y la connivencia de los sindicatos con los empresarios. Es claro que estas condiciones son difíciles de mantener si los trabajadores y los demás sectores populares comienzan a participar activamente en política. De ahí que el "kirchnerismo" elogie tan calurosamente la incorporación de los "jóvenes" a la política y no diga una palabra acerca de las condiciones políticas imperantes en las fábricas, en las empresas.

La "lealtad" defendida con uñas y dientes por el señor Brienza ante algunos rezongos de los dirigentes sindicales expresa claramente los límites de la "revolución cultural" promovida por el "kirchnerismo". La política tiene que girar en torno al líder. La tarea de los militantes es obedecer. La tarea de los trabajadores es "ir del trabajo a la casa y de la casa al trabajo" (o, dicho de un modo más caro a los milicos, "subordinación y valor"). La vieja obsecuencia vuelve por sus fueros y se convierte en la máxima virtud política.

Mataderos, domingo 8 de octubre de 2011

NOTAS:

(1) El artículo se titula "Lealtad o pirotecnia discursiva" y se encuentra disponible online en el siguiente link: http://tiempo.elargentino.com/notas/lealtad-o-pirotecnia-discursiva