Ariel Mayo (ISP. Dr. Joaquín V. González / UNSAM)
El socialismo surgió en Europa occidental, al calor de la primera Revolución Industrial. Sin embargo, su centro de gravedad se fue desplazando hacia el este, a punto tal que en la década de 1890 la recientemente unificada Alemania poseía el partido socialista más grande del mundo, tanto por número de afiliados como por el peso de sus organizaciones sindicales. Este crecimiento era explicado por la teoría marxista en su versión estándar: el desarrollo del capitalismo generaba el crecimiento numérico de la clase obrera y ello derivaba en la expansión de las organizaciones socialistas. [1] En pocas palabras, los socialistas marxistas, el grupo hegemónico dentro del movimiento socialista de finales del siglo XIX, defendían la tesis de la existencia de una relación lineal entre el desarrollo capitalista y el desarrollo de los partidos socialistas.
Pero (siempre hay un pero en la vida): estaba el caso de Rusia. Ya en la década de 1870, Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) tomaron nota del vigor del desarrollo del socialismo en Rusia; un indicador de ese interés radicaba en las traducciones al ruso del MC y del Libro Primero de El capital. Los intelectuales rusos devoraban la literatura marxista. Se trataba de un suceso inesperado e inexplicable para los marxistas: el imperio zarista había actuado a lo largo del siglo XIX como el baluarte de la reacción europea, aplastando con sus fuerzas militares a diversos movimientos revolucionarios. Y ahora ese Imperio absolutista, atrasado, con millones de campesinos analfabetos, se convertía en uno de los centros del movimiento revolucionario europeo (claro que esto solo se volvió perfectamente claro en 1905, con el estallido de la primera Revolución Rusa).
Rusia fue la puerta de entrada a un territorio social desconocido. Marx aceptó el desafío y se dedicó a estudiar ruso, a leer las estadísticas y la bibliografía económica rusa. Entabló relación epistolar con intelectuales y revolucionarios rusos. Ello lo llevó a modificar su concepción del progreso histórico como proceso lineal y a postular la posibilidad de desarrollos alternativos al de la Europa occidental (cuyo ejemplo paradigmático era Gran Bretaña).
El crecimiento del movimiento socialista en Europa central y oriental tenía otro aspecto importante: ponía en el centro la cuestión nacional, esto es, la independencia de los pueblos incluidos en los grandes imperios de la región (el Imperio Austrohúngaro, el Imperio Turco y el Imperio Ruso). En otras palabras, a medida que el centro de gravedad del socialismo se desplazaba hacia el este europeo, surgían (o reaparecían) problemas políticos tales como la cuestión de la eliminación de las monarquías absolutistas, la independencia de los pueblos subyugados por los imperios, etc. Estas cuestiones se sumaban a la ya mencionada de la construcción del socialismo en sociedades con mayoría campesina y un desarrollo relativamente bajo de las relaciones sociales capitalistas.
Polonia era uno de los lugares en los que se cruzaban la cuestión nacional y la cuestión del socialismo. Hay que recordar que desde 1795 la mayor parte del territorio polaco formaba parte del Imperio Ruso. Desde esa fecha los polacos protagonizaron varias insurrecciones para lograr su independencia. Por lo tanto, la cuestión polaca era un tema candente para el socialismo.
Los problemas mencionados son abordados en el prólogo a la edición polaca de 1892 del MC, fechado en Londres el 10 de febrero de 1892 y firmado por Engels.
Abreviaturas:
MC= Manifiesto del partido comunista.
Noticias para obsesivos de la bibliografía:
Engels, F. (2000). Prólogo a la edición polaca de 1892 del Manifiesto del Partido Comunista. En K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista (pp. 105-113). Madrid, España: Biblioteca Nueva. Traducción de Jacobo Muñoz.
Engels abre el prólogo con la explicación estándar de la expansión del MC:
“Es digno, ante todo, de ser subrayado el que el Manifiesto se haya convertido últimamente, en cierto modo, en un patrón de medida para el desarrollo de la gran industria en el continente europeo. En la misma medida en que en un país se expande la gran industria, crece entre los obreros de dicho país el afán de clarificarse sobre su propia posición como clase obrera frente a las clases poseedoras, se difunde entre ellos el movimiento socialista y aumenta la demanda del Manifiesto. Así pues, no sólo el estado del movimiento obrero, sino también el grado de desarrollo de la gran industria en cada país puede ser determinado con bastante exactitud a la luz del número de ejemplares del Manifiesto difundidos en la lengua del país.” (p. 119)
La explicación precedente sirve para justificar una nueva edición polaca del MC. La industria polaca se había convertido en la más importante del Imperio Ruso. Esto era consecuencia de la dispersión de la industria rusa en varias regiones, en tanto que “la gran industria polaca se halla comprimida en un espacio relativamente pequeño y goza de las ventajas y desventajas nacidas de esta concentración” (p. 120).
Ahora bien, la concentración fabril en Polonia tenía una consecuencia no deseada: “la rápida difusión de las ideas socialistas entre los obreros polacos y en la demanda en aumento del Manifiesto.” (p. 120)
En este punto, la cuestión socialista se entrelaza con la cuestión nacional en el pensamiento engelsiano. El desarrollo industrial de Polonia era para él un indicador de la vitalidad nacional de la nación polaca, que buscaba liberarse de la opresión zarista. Esto lo lleva a reflexionar sobre la suerte del movimiento obrero en las revoluciones de 1848; ellas fueron derrotadas, en la medida en que no lograron concretar ni la unificación alemana, ni la unificación italiana, ni tampoco, por supuesto, algún atisbo de socialismo. Engels desliza la opinión de que el fracaso de las revoluciones se debió a que la clase obrera, en vez de luchar por su causa, “hizo el trabajo de la burguesía” (p. 120). A partir de ello, señala que la burguesía no tiene interés en la independencia de Polonia (en su opinión es algo que quedó confirmado en la falta de apoyo internacional al levantamiento polaco de 1863) y, por lo tanto, solo el proletariado polaco puede emprender con éxito la lucha la tarea de independizar a Polonia del Imperio Ruso.
Por último, Engels sostiene que una Polonia independiente es necesaria para el resto de los obreros europeos. No lo dice expresamente, pero dicha necesidad se deriva de que la independencia polaca debilitaría al zarismo quien, a lo largo del siglo XIX, operó como reserva de la reacción europea contra los movimientos revolucionarios.
Balvanera, sábado 7 de febrero de 2026
Notas:
[1] La versión estándar se encuentra expuesta en el propio MC: “Pero con el desarrollo de la industria no sólo se acrecienta el proletariado, sino que se va concentrando en masas cada vez mayores, su fuerza aumenta y la percibe más. Los intereses, las condiciones de vida en el seno del proletariado se igualan cada vez más a medida que la maquinaria borra crecientemente las diferencias en el trabajo y reduce el salario por doquier a un nivel igualmente bajo. La creciente competencia de los burgueses entre sí y las crisis comerciales de ello resultantes llevan a que los salarios sean cada vez más fluctuantes; el constante y acelerado perfeccionamiento de la maquinaria coloca al obrero en una situación vital cada vez más precaria; las colisiones entre el obrero individual y el burgués individual asumen cada vez más el carácter de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a formar coaliciones contra los burgueses y actúan en común para defender su salario. Llegan hasta formar asociaciones permanentes para asegurarse los medios necesarios en previsión de estas sublevaciones circunstanciales. (...) De tanto en tanto triunfan los obreros, pero sólo pasajeramente. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unificación, cada vez más amplia, de los obreros. Esta unificación se ve favorecida por los crecientes medios de comunicación puestos en pie por la gran industria y que permiten entrar en contacto a los obreros de las diferentes localidades. Y basta ese contacto para que las numerosas luchas locales, que en todas partes tienen el mismo carácter, se centralicen en una lucha nacional, en una lucha de clases. Toda lucha de clases es, sin embargo, una lucha política. (...) Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político, es destruida una y otra vez por la competencia entre los propios obreros. Pero renace siempre de nuevo, más fuerte, más firme, más poderosa. Aprovechando las divisiones internas de la burguesía, arranca el reconocimiento legal de algunos intereses de la clase obrera. (...) En general, las colisiones de la vieja sociedad favorecen de diversas maneras el proceso de desarrollo del proletariado. La burguesía vive en lucha permanente: al principio, contra la aristocracia; después, contra aquellas fracciones de la misma burguesía cuyos intereses entran en contradicción con los progresos de la industria; siempre contra la burguesía en todos los demás países. En todas estas luchas se ve forzada a apelar al proletariado, a reclamar su ayuda y a arrastrarle así al movimiento político. De este modo proporciona al proletariado los elementos de su propia formación, es decir, armas contra ella misma.” (pp. 58-59)

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